Capítulo 10 #3
—Durante la reunión con Pollock y Bain. Estaba sentada frente a esa estantería. Pensé que era el distintivo de algún registro marítimo de Brodick.
—Mi hermana siempre ha tenido una vista excelente —comentó Malcolm.
Mairi ya se había acercado al mueble. No tocó el volumen de inmediato, examinó primero el lomo; Malcolm se adelantó entonces, tomó el libro y lo depositó sobre la mesa, no porque dudara del criterio de su hermana, sino porque, como custodio, prefería ser él quien manipulara un objeto perteneciente a la casa Hamilton.
Mairi le dirigió una breve mirada. Había entendido el gesto sin necesidad de explicaciones.
Douglas leyó el título grabado en la cubierta:
Compañía Marítima Blackwood. Rutas de Glasgow y las Hébridas.
—Blackwood —murmuró.
Abrió el libro con la mano sana.
Tavish se colocó al otro lado de la mesa. Malcolm permaneció junto a su hermana, tan cerca que el brazo de Mairi casi rozaba el suyo. No parecía desconfiar de ella. Desconfiaba de todo lo que pudiera ocurrir en una habitación donde Douglas Hamilton la miraba con demasiada atención.
Las primeras páginas contenían rutas comerciales, notas sobre mareas y antiguos movimientos de mercancías. Douglas pasó varias hojas hasta llegar a un mapa de la costa norte de Arran.
Una carta doblada cayó de entre las páginas.
Los cuatro la miraron.
Douglas la recogió.
El papel estaba amarillento y presentaba marcas de humedad en los bordes. La escritura era apretada, rápida, trazada por alguien que no había tenido tiempo para elegir palabras hermosas.
Mairi inclinó ligeramente el rostro.
—¿Reconoce la letra?
Douglas leyó la firma antes de responder.
—No...
Malcolm se quedó muy quieto.
Douglas desdobló la hoja y leyó en voz alta, no había secretos entre ellos:
Señor MacBride:
El hijo de Archibald Hamilton ha regresado a Arran. No reclama Brodick, al menos no todavía, sino las tierras del norte que Archibald siempre consideró suyas y que perdió cuando el antiguo duque reconoció a Alexander como heredero.
Entre ellas se encuentran el embarcadero y el Paso de los Ciervos.
Ha comprado una ruta marítima que llega hasta aquella costa. Sus barcos llevan el emblema de un navío negro, el mismo que aparece en las cajas descargadas durante la noche y se hacen llamar Blackwood.
Quiere controlar el camino y el embarcadero, y demostrar que aquellas tierras le pertenecen.
Guarde la declaración del antiguo duque Douglas Hamilton.
En ella no solo reconoció a Alexander como heredero, sino que dejó el Paso de los Ciervos bajo la protección del pueblo de Arran, en agradecimiento por la ayuda que le prestaron.
También hay una copia del acuerdo con la familia Sinclair de Glenmuir.
Mientras ese pacto siga vigente, el hijo de Archibald no podrá adueñarse legalmente del paso ni expulsar a las familias que viven allí.
Si descubre dónde está el documento, intentará destruirlo.
Proteja a Alexander y avise a los hombres del pueblo.
Alistair Fraser Agente de la casa Hamilton en Glasgow
Douglas terminó de leer.
Durante unos segundos, nadie habló.
La lámpara proyectaba una luz amarilla sobre la carta, el disco de latón y el mapa de la costa norte. Afuera, el viento golpeaba los cristales de Brodick con un sonido largo y profundo, como si la propia isla aguardara su reacción.
Douglas volvió a leer las últimas líneas.
Proteja a Alexander y avise a los hombres del pueblo.
—El viejo MacBride —murmuró.
No era una pregunta.
Tavish apoyó ambas manos sobre la mesa.
—Debió de recibir la carta.
—Y conservar los documentos —añadió Malcolm.
Douglas levantó los ojos.
Recordó la resistencia del anciano a abandonar su casa, la obstinación de las viudas, los hombres que habían acudido al incendio sin esperar órdenes y la forma en que todos parecían conocer el Paso de los Ciervos mejor que los planos de Brodick.
Hasta aquel instante había creído que protegían sus tierras.
Ahora comprendía que habían estado protegiendo algo más antiguo: al viejo clan Hamilton.
No al ducado, ni la propiedad, ni el apellido inscrito en los documentos, sino a una familia que un día había contraído una deuda con el pueblo y había dejado parte de su honor en sus manos.
—Todos lo sabían —comprendió Douglas.
Angus MacPain bajó la mirada.
El gesto fue suficiente.
Douglas se volvió hacia él.
—¿También usted?
—No conocía toda la historia, milord. Sabía que el paso no podía venderse ni cerrarse sin reunir antes a las familias del pueblo. Mi padre lo decía, y su padre antes que él.
—¿Y las viudas?
—Saben más de lo que cuentan —respondió Tavish—. Como todas las viudas de Escocia.
Nadie sonrió.
Douglas miró de nuevo la carta.
El viejo MacBride había guardado el secreto.
Los hombres del pueblo habían respetado el pacto.
Las mujeres habían permanecido en aquellas casas incluso cuando habría resultado más fácil marcharse.
Durante generaciones, todos ellos habían protegido una decisión tomada por un Hamilton muerto mucho antes de que Douglas naciera.
Y no le habían dicho nada.
No porque no lo reconocieran como heredero.
Porque aún estaban esperando que demostrara que merecía conocerlo.
La idea debería haberlo ofendido. En cambio, le produjo una sensación más profunda y más difícil de nombrar.
Por primera vez desde su llegada a Arran, Brodick no le pareció una propiedad que debía administrar, sino parte de su identidad. Una alianza hecha de sangre, piedra, memoria y hombres que no necesitaban llevar el mismo apellido para pertenecer al mismo clan.
Cerró la mano sana sobre el borde de la mesa.
—Voy a hablar con el viejo. MacBride debió de esconder la carta aquí durante la asamblea —dijo él—. Entró solo en esta sala mientras buscábamos los documentos del paso.
—Ahora es de noche —señaló Angus.
—Ha esperado varias décadas. No le pediré que espere hasta mañana.
Tavish tomó el mapa.
—Iré con usted.
Douglas negó con la cabeza.
—No. Esta conversación me corresponde.
—Quizás al viejo MacBride no le importe lo que le corresponde a un duque.
—Entonces tendrá la satisfacción de decírmelo personalmente.
Tavish soltó una breve risa.
Malcolm observó a Douglas durante un instante. Después miró a su hermana.