La furia del Highlander (Los Duques de Escocia 2) Capítulo 10 #2
45%

Capítulo 10 #2

Mairi consiguió aferrarse al borde del antiguo muro de piedra. Niall cayó de rodillas y una de las traviesas se desplomó sobre su pierna, dejándolo atrapado en la parte hundida de la estructura.

Entre ellos y el resto de los hombres se había abierto un hueco de casi tres metros: madera rota, piedras sueltas y una caída irregular que descendía hacia el bosque.

Douglas dio un paso hacia el borde.

Malcolm lo sujetó por el brazo.

—Si pone un pie ahí, caerá todo.

—Suélteme, laird Sinclair.

—No.

Douglas giró hacia él con una furia tan inmediata que varios hombres retrocedieron.

—Mairi —llamó, volviendo la vista hacia ella—. No se mueva.

El muchacho soltó un gemido. La viga transversal se hundió un poco más sobre su pierna.

Mairi examinó la plataforma.

—Si no lo libero, perderá el pie.

—Espere la cuerda.

—La viga sigue bajando.

—He dicho que espere.

Mairi levantó los ojos.

—No puede pedirme que confíe en usted mientras usted se niega a confiar en mí.

La frase atravesó la distancia entre ambos.

Douglas miró la madera, la pendiente y el cuerpo del muchacho. Después miró a Mairi. No vio pánico en ella. Vio a una mujer entera y valiente. Ella ya había identificado un saliente de piedra bajo la plataforma y una cuerda secundaria que colgaba a su derecha.

Malcolm habló junto a él.

—Sabe lo que hace.

—Puede caer.

—También puede salvar al muchacho.

Douglas habría preferido cruzar él mismo, recibir todo el peso, arrancar la viga con las manos y no depender de nadie. Pero eso no era liderazgo. Era miedo vestido de valor.

Tomó una cuerda de Tavish.

—Pásenle el extremo —ordenó—. Doble vuelta en el saliente y nudo por debajo de la viga. Malcolm, asegure este lado. Tavish, quiero tres hombres sobre la línea.

Mairi recibió la cuerda.

Douglas fijó los ojos en ella.

—No intente levantar la madera sola.

—No pensaba hacerlo.

—Asegure primero al muchacho.

—Lo sé.

Él apretó los dientes.

—Confío en usted.

Mairi se quedó inmóvil un segundo.

Después se puso a trabajar.

Pasó la cuerda bajo los brazos de Niall, la ajustó sobre su pecho y descendió con cuidado hasta apoyar un pie en el saliente. Douglas dirigía cada movimiento desde el otro lado sin tratarla como a una niña, aunque toda la fuerza de su cuerpo estaba concentrada en no saltar hacia ella.

—Ahora la viga —dijo Mairi.

Los hombres tensaron la cuerda atada al madero. La viga se levantó apenas unos centímetros, pero fue suficiente. Mairi sacó con cuidado la pierna de Niall y le pasó la otra cuerda por debajo de los brazos.

—Ahora —gritó.

Tavish y Malcolm tiraron desde el lado seguro mientras Mairi empujaba al muchacho por la espalda. Niall se deslizó sobre las tablas inclinadas hasta que dos hombres consiguieron agarrarlo y sacarlo de la pasarela.

Niall alcanzó primero el lado seguro.

Mairi se dispuso a seguirlo.

La plataforma volvió a crujir.

—¡Ahora! —bramó Douglas.

Ella saltó.

La madera cedió bajo su pie.

Douglas la alcanzó por la cintura antes de que golpeara el borde. El impulso los lanzó a ambos hacia atrás. Mairi cayó contra su pecho; la mano buena de él se cerró sobre su cuerpo y la herida volvió a abrirse al sujetar la cuerda con la otra.

Douglas no sintió el dolor.

Solo a ella.

La apretó con una fuerza que no tenía nada de cortesía.

El cuerpo de Mairi quedó pegado al suyo, la respiración agitada contra su cuello y el cabello rozándole la mandíbula.

Durante unos segundos él no hizo más que comprobar que estaba entera, deslizando la mirada por su rostro, sus hombros y sus brazos.

—Estoy bien —dijo Mairi.

—Lo sé.

—Entonces suélteme.

Douglas la sostuvo todavía más.

—Todavía no.

Ella sintió el temblor bajo la camisa de él. No era cansancio. Era miedo con tanta violencia que parecía furia. La mano de Douglas se clavaba en su cintura como si el cuerpo necesitara una prueba física de que no había caído.

Sus rostros quedaron demasiado cerca.

Ambos recordaron el mar.

La lluvia.

La caseta.

Mairi bajó la vista y vio la sangre filtrándose por la venda.

—Se ha abierto otra vez la mano.

—No importa.

—A mí sí.

Douglas cerró los ojos un instante.

Cuando volvió a abrirlos, algo se había rendido dentro de él, no el orgullo entero, pero sí la mentira que llevaba demasiado tiempo utilizando.

—No la cuidé por lástima.

Mairi se quedó quieta.

—Entonces ¿por qué?

Douglas miró la abertura donde ella había estado a punto de desaparecer.

—Porque tenía miedo.

—¿De qué?

Él tragó saliva como si las palabras fueran más difíciles que el humo del incendio.

—De que un día dejara de respirar y yo no pudiera impedirlo. De que regresara a Glenmuir, enfermara otra vez y yo no estuviera allí. De perderla.

Mairi lo observó sin pestañear.

Aquello no era amor declarado. No era una disculpa. Pero destruía la idea que más la había herido: que Douglas solo la había visto con lástima.

—El miedo no le daba derecho a decidir sobre mi vida.

—Lo sé.

La respuesta fue inmediata.

Mairi no esperaba que aceptara la culpa sin discutirla, sin añadir razones médicas, clima, riesgos ni prudencia. Douglas tampoco parecía cómodo con aquella admisión, pero no intentó recuperarla.

—Mairi.

La voz de Malcolm llegó desde detrás de ellos, baja y endurecida por la advertencia.

Ella no apartó los ojos de Douglas.

Malcolm dio un paso hacia delante.

—Hamilton —añadió, esta vez con una amenaza mucho menos disimulada—. Suéltela.

Douglas giró la cabeza. Durante un instante, los dos hombres se midieron en silencio. Malcolm tenía la mandíbula tensa y una mano cerrada junto al costado. Douglas la soltó despacio.

Tavish se acercó con el disco de latón en una mano y un trozo de cuerda en la otra.

—Hay más —dijo—. Esta cuerda no pertenece a Brodick ni a mis hombres. Es aparejo de barco, fuerte y tratado con brea. Y uno de los muchachos ha encontrado huellas de caballo hacia la costa.

Douglas recuperó de inmediato la autoridad.

—Dividiremos el grupo.

Malcolm miró a Mairi.

—Tú vuelves a Brodick.

Douglas deseó decir lo mismo.

En lugar de hacerlo, miró a Mairi.

—¿Quiere volver?

Ella comprendió la importancia de la pregunta. Aún tenía barro en las manos y el corazón desordenado por lo que él acababa de confesar.

—No. Quiero ayudar a encontrarlo.

Douglas no estuvo de acuerdo. Mairi lo vio en los ojos, en la tensión de la boca y en la manera en que miró las huellas como si pudiera obligarlas a no ponerla en peligro.

—Entonces no se aparte de mí.

Mairi asintió.

—Eso sí puedo aceptarlo.

Siguieron las marcas del caballo por un sendero estrecho hasta una caseta abandonada cerca de la costa. La puerta estaba abierta. Dentro encontraron pan reciente, una botella a medio vaciar, un mapa de la isla y una manta todavía tibia. El hombre que había estado allí no llevaba mucho tiempo fuera.

Mairi tomó el mapa.

En una esquina aparecía dibujado el mismo barco negro del disco de latón.

—Esto es lo que recordaba —dijo—. He visto esa marca en Brodick.

—¿En qué lugar?

—No lo sé todavía.

Un disparo quebró el aire.

Douglas no pensó. La arrojó al suelo y cayó sobre ella, cubriéndole la cabeza y el torso con su propio cuerpo. La bala golpeó una roca junto a la puerta y arrancó una lluvia de fragmentos.

Malcolm gritó órdenes desde el exterior. Tavish corrió hacia los árboles.

Douglas permaneció encima de Mairi.

—¿Está herida?

—No.

—¿Segura?

—Douglas.

Ella dijo su nombre sin título.

Él se quedó inmóvil.

Mairi tenía las manos apoyadas sobre su pecho, la respiración atrapada bajo el peso de aquel cuerpo enorme y los labios a pocos centímetros de los suyos. Douglas podía sentir cada curva de ella contra él, el calor bajo la ropa y el latido acelerado que no sabía si pertenecía a Mairi o a sí mismo.

Bajó la mirada hacia su boca.

Mairi no se apartó.

—¡Hamilton! —llamó Malcolm desde fuera—. Se ha ido hacia las rocas.

Douglas cerró los ojos un segundo y se levantó. Ayudó a Mairi a incorporarse, manteniendo la mano en su cintura más tiempo del necesario.

La búsqueda duró media hora, pero el tirador conocía una ruta de salida hacia una cala donde debió de esperarle una barca. Encontraron huellas y una segunda pieza de latón, pero ningún hombre.

Regresaron a Brodick antes de que anocheciera.

Mairi volvió a vendar la mano de Douglas en el salón de mapas. Malcolm estaba presente al principio, aunque se retiró con Angus para revisar el mapa encontrado. Tavish se quedó junto a la puerta hasta que Mairi levantó la vista y él comprendió, con una sonrisa insolente, que tampoco lo necesitaban.

Douglas observó cómo ella limpiaba la sangre.

—Ha confiado en mí —dijo Mairi.

—No me ha gustado.

—No esperaba que le gustara.

—Pero lo he hecho.

—Sí.

Douglas esperó a que terminara el nudo.

—¿Era eso lo que necesitaba de mí?

Mairi levantó los ojos.

—Es un principio, milord.

Él aceptó la respuesta sin exigir más.

Malcolm volvió a entrar primero.

Tavish apareció detrás de él poco después, hablando de algo con el administrador Angus.

La mirada de Malcolm pasó de su hermana a Douglas y después se detuvo en la venda recién cambiada.

No hizo ningún comentario, pero se acercó a Mairi hasta quedar a su lado, con esa discreta vigilancia que no necesitaba palabras.

Podía respetar la voluntad de su hermana sin olvidar que, mientras permaneciera en Brodick, seguía siendo responsable de su honor.

Tavish dejó sobre la mesa la pieza de latón y el fragmento del mapa encontrados en la caseta.

El pequeño barco negro volvió a quedar a la vista bajo la luz de la lámpara.

Mairi lo observó.

Sus grandes ojos grises recorrieron la proa elevada, las velas oscuras y la letra grabada bajo el dibujo. Después frunció ligeramente el ceño y miró hacia la pared situada detrás de Douglas.

—Espere.

Los hombres siguieron la dirección de su mirada. Sobre una estantería baja, entre varios registros de mareas y libros de navegación, había un volumen ancho encuadernado en cuero negro. En el lomo aparecía estampado el mismo barco.

Mairi señaló el libro.

—Eso era lo que había visto.

Douglas se volvió.

—¿Cuándo?