Capítulo 10
El desayuno de la mañana siguiente habría resultado perfectamente ordinario si Douglas no hubiera recordado, cada vez que Mairi levantaba la taza, la forma en que aquellos labios habían respondido a los suyos bajo la lluvia.
Brodick había recuperado una calma engañosa.
El olor del incendio seguía prendido a la ropa, a las cortinas y a la piedra, pero los criados habían abierto las ventanas del comedor y el aire salado entraba desde la bahía, mezclándose con el café, el pan tostado y la carne caliente.
Malcolm ocupaba un lugar a la derecha de Douglas; Tavish se había sentado frente a él, acompañado por los otros MacKinnon, mientras Angus MacPain revisaba unos planos junto al extremo de la mesa con una taza olvidada a su lado.
Mairi llegó la última.
No parecía incómoda, aunque Douglas conocía ya la diferencia entre su tranquilidad verdadera y aquella otra que fingía cuando necesitaba protegerse.
Saludó a todos, tomó asiento y desplegó la servilleta sobre el regazo con la elegancia de una dama que no había pasado la víspera besando al heredero de Brodick dentro de una caseta de pescadores.
Douglas tampoco dio muestras de recordarlo.
Salvo porque le preparó el té antes de que ella pudiera hacerlo.
Vertió un poco de leche, no demasiada, añadió una cucharada pequeña de miel y colocó la taza frente a ella sin pensar. Solo después comprendió que toda la mesa había visto el gesto.
Mairi bajó la mirada hacia el té.
Malcolm miró a Douglas.
Tavish dejó de masticar.
—Qué servicio tan atento —comentó el MacKinnon.
Douglas levantó los ojos con lentitud.
—Solo pretendo que mis invitados se sientan cómodos, MacKinnon.
Uno de los hombres MacKinnon ocultó una risa detrás de la taza. Mairi apretó los labios, pero no lo bastante para impedir que una curva mínima apareciera en ellos.
Douglas la vio.
También Malcolm.
El laird Sinclair no dijo nada. Se limitó a observar primero a su hermana, después la venda limpia de la mano de Douglas y finalmente esa taza que el Hamilton había preparado con el conocimiento de quien llevaba demasiado tiempo estudiando las pequeñas costumbres de una mujer.
Mairi bebió un sorbo. El recuerdo de la boca de Douglas la alcanzó antes que el sabor del té, y tuvo que dejar la taza con cuidado para que la porcelana no delatara el temblor de sus dedos.
Él estaba hablando con su hermano Malcolm sobre los hombres enviados al puerto, pero ella no escuchaba las palabras.
Veía la línea de su mandíbula, la manera en que el cabello oscuro caía sobre la frente y el movimiento de su boca al pronunciar cada frase.
La misma boca que la había besado primero con hambre y después con una lentitud mucho más peligrosa.
Douglas giró la cabeza.
Sus miradas se encontraron.
Mairi apartó la suya hacia la venda.
—¿Le duele? —preguntó.
—No.
—Eso significa que sí —intervino Tavish.
—Eso significa que no le he preguntado —replicó Douglas.
Malcolm apoyó el cuchillo junto al plato.
—Tavish, come.
—Estoy comiendo.
—Entonces hazlo callado, tienes trabajo en el Paso de los Ciervos.
Tavish obedeció durante casi medio minuto.
Angus entró en la conversación antes de que pudiera fracasar de nuevo.
—Milord, hay un problema en el camino.
Douglas dejó la taza.
Toda distracción desapareció de su rostro.
—¿Qué ha ocurrido?
—Finlay mandó un muchacho al amanecer. Varias cuerdas de la estructura provisional han sido cortadas y faltan dos cuñas de hierro. También han desaparecido una caja de herramientas y algunos planos de la reconstrucción. Hay huellas recientes que salen del camino norte y bajan hacia el bosque.
Malcolm se irguió.
—¿Algún herido?
—Todavía no. Los hombres vieron la manipulación antes de empezar a trabajar.
Douglas ya se levantaba.
Mairi hizo lo mismo.
Él la miró.
—Quiero que se quede en Brodick, milady.
La habitación quedó en silencio.
Mairi sostuvo sus ojos.
—Eso ha sonado como una orden.
—Lo era.
—Entonces la respuesta es no.
Tavish bajó la cabeza hacia su plato con un interés repentino por el pan. Malcolm no intervino. Sabía reconocer una batalla que no le pertenecía y, más importante aún, una que su hermana no necesitaba que libraran por ella.
Douglas apretó la mandíbula. La reacción más antigua de su carácter le exigía repetir la orden con más dureza, mandar cerrar los establos o pedir a Malcolm que ejerciera una autoridad que Mairi rechazaría todavía con mayor fuerza.
Después recordó el agua alrededor de sus tobillos, la caseta, la forma en que ella había dicho que vivir encerrada no era vivir.
—Acompáñenos —corrigió—, pero no se separe del grupo.
Mairi tomó sus guantes.
—Espero ser de ayuda.
Douglas la vio marcharse hacia la puerta.
—No he terminado de desayunar —murmuró Tavish.
—Entonces cabalgarás con hambre —dijo Malcolm, levantándose.
El trayecto hasta el Paso de los Ciervos discurrió bajo un cielo bajo y gris.
El viento había limpiado parte del humo, aunque el bosque conservaba zonas ennegrecidas donde los árboles parecían alzar ramas muertas contra las nubes.
Douglas encabezaba el grupo sobre un caballo oscuro, con la espalda recta y la mano herida protegida contra el cuerpo.
Malcolm cabalgaba a su izquierda; Tavish y los otros MacKinnon iban algo más atrás, atentos a los cambios del terreno.
Mairi avanzaba junto a Douglas.
No porque él lo hubiera ordenado.
Porque ninguno de los dos había permitido que el otro se alejara.
Ella montaba con la soltura de una mujer criada entre caminos que no respetaban la delicadeza.
Su cuerpo acompañaba cada movimiento de la yegua gris con naturalidad, la cintura flexible, las piernas firmes y las manos ligeras sobre las riendas.
Douglas llevaba años recordándola sentada junto a una ventana, pálida después de caminar demasiado, y ahora tenía ante sí a una mujer que parecía pertenecer al caballo, al viento y a las montañas.
La observó de nuevo.
—No tiene que vigilarme cada minuto —dijo Mairi.
—No lo hago.
—Lleva casi todo el camino comprobando si sigo sobre el caballo.
—Eso no es vigilar. Es comprobar.
Mairi giró el rostro hacia él.
—Los Hamilton tienen palabras diferentes para todos sus defectos.
—Los Sinclair llaman virtud a casi todos los suyos.
—Porque suelen serlo.
—Naturalmente.
Mairi esperó una nueva discusión, pero él miró hacia el camino con algo parecido a una sonrisa. Le resultó mucho más difícil defenderse de ese Douglas que del hombre severo de Hamilton Lodge.
Al hombre arrogante sabía enfrentarlo. Al hombre que podía reír con ella, pedir en vez de imponer y besarla como si hubiera pasado la vida entera conteniéndose, todavía no sabía dónde colocarlo.
El Paso de los Ciervos estaba lleno de hombres cuando llegaron.
Nadie había tocado la estructura desde que descubrieron la manipulación.
Las cuerdas principales colgaban con cortes limpios; dos vigas habían sido desplazadas apenas unos centímetros, justo lo suficiente para que cedieran al recibir peso, y las cuñas que mantenían una pasarela provisional habían desaparecido.
Douglas desmontó y examinó el lugar sin precipitación. La rabia no lo volvió ciego; lo hizo más astuto.
—Querían que pareciera un accidente —dijo Malcolm, agachándose junto a una cuerda cortada.
—Y que ocurriera cuando hubiera hombres encima —añadió Douglas.
Tavish pasó un dedo por uno de los cortes.
—Hoja limpia. No cuchillo de trabajo. Alguien vino preparado.
Douglas empezó a distribuir hombres entre los dos extremos de la estructura.
Dio instrucciones breves, comprobó cada anclaje y ordenó que nadie pisara la pasarela hasta que los MacKinnon revisaran las rocas superiores.
No necesitaba gritar. Después del incendio, todos sabían lo que ocurría cuando Douglas Hamilton señalaba un lugar y decía que debía arreglarse.
Mairi dispuso paños, agua y remedios sobre una mesa improvisada junto al muro. Uno de los trabajadores se había cortado la palma al retirar una tabla astillada, y ella lo sentó sin aceptar su protesta de que no era nada.
—Los hombres siempre dicen que no es nada —dijo mientras limpiaba el corte.
—No quería molestarla, milady.
—Entonces deje de moverse.
Douglas, a pocos metros, levantó la vista al escucharla.
Mairi estaba arrodillada frente al trabajador, con el cabello rubio agitado por el viento y una concentración envidiable en el rostro. Sus dedos sujetaban la muñeca del hombre sin temor a la sangre. No esperaba que nadie le explicara qué debía hacer. Actuaba.
Douglas sintió orgullo antes de recordar que no tenía derecho a sentirlo.
Después sintió deseo, que parecía mucho menos interesado en derechos.
La imagen de ella arrodillada llevó su pensamiento hacia lugares que nada tenían que ver con heridas, y Douglas tuvo que girarse hacia Malcolm antes de que su propio cuerpo convirtiera aquella mañana en una humillación pública.
—Hamilton —lo llamó Tavish desde la pasarela—. Mire esto.
Douglas fue hacia él.
Un pequeño disco de latón estaba atrapado entre dos piedras, casi oculto por el barro. Tavish lo recogió y lo limpió con la manga. En una cara aparecía grabada la silueta de un barco negro; en la otra, una letra B rodeada por una inscripción casi borrada.
—Del puerto de Glasgow —dijo uno de los MacKinnon—. Algunas compañías marcan así sus cajas y aparejos.
Douglas tomó la pieza.
—¿La reconoce?
—No la compañía. La clase de marca, sí.
Mairi se acercó después de terminar con el herido. Miró el disco y frunció el ceño.
—He visto ese barco antes.
Douglas alzó la cabeza.
—¿Dónde?
—No estoy segura, pero lo he visto.
No pudieron continuar.
Un crujido recorrió la estructura.
No fue fuerte. Fue peor: un sonido hondo, como si la piedra hubiera respirado debajo de ellos.
—¡Atrás! —ordenó Douglas.
Los hombres se apartaron, pero en el extremo más bajo de la pasarela Niall Boyd se había agachado para recoger una herramienta. Mairi estaba a dos pasos de él cuando uno de los soportes cedió.
La pasarela se inclinó de golpe hacia la zanja abierta en la ladera.