Capítulo 9 #3
—Para usted quizás —dijo ella al fin—. Yo soy una Sinclair. Vivir encerrada, aunque sea en una casa hermosa, no es vivir.
Douglas asintió muy despacio.
—No —dijo—. Tampoco basta para mí.
Aquello la sacudió.
No era una declaración.
No era una disculpa completa.
Pero había algo en esa frase que no se parecía a la arrogancia de antes. Douglas no intentaba dominar la conversación, ni resolverla, ni dar órdenes a sus sentimientos hasta convertirlos en algo aceptable. Solo le había entregado una verdad incompleta y, precisamente por eso, más peligrosa.
Mairi bajó la vista hacia la mano vendada.
—Está sangrando.
—No importa.
—A mí sí.
Se acercó para revisar el nudo. Douglas la dejó hacerlo. El espacio se redujo otra vez. Sus dedos tocaron la venda. Él levantó la mano buena y apartó un mechón mojado del rostro de Mairi, tan despacio que ella tuvo tiempo de detenerlo. No lo hizo.
—No debería llevarla de vuelta a su hermano empapada —murmuró él.
—Entonces no lo haga.
Douglas la miró.
Mairi le sostuvo la mirada, aunque el color le subió a las mejillas. No sabía qué estaba diciendo. O sí. Quizás eso era lo terrible.
Él tomó el plaid que llevaba sobre un hombro y se la colocó alrededor de los hombros con una lentitud casi reverente.
Mairi sintió el peso, el calor que aún conservaba de su cuerpo y el significado de aquello.
No era un abrigo cualquiera. Era suyo. Era Hamilton.
Era una protección que, por primera vez, no se sintió como jaula.
—No debería llevar esto —dijo ella, muy bajo—. Ya sabe que significaba para nuestros antepasados.
Douglas no apartó las manos de los bordes de la tela.
—Entonces quíteselo.
Mairi no se movió.
La lluvia golpeó el techo.
Douglas bajó la cabeza otra vez, pero esta vez el beso fue distinto.
Más lento. Más profundo. Menos violento.
Mairi respondió con una ternura femenina que le quebró a él más control que cualquier furia.
Sus manos pequeñas subieron hasta los hombros de Douglas, fuertes, mojados, vivos.
Él la sostuvo por la espalda, sin aplastarla, sin apropiarse de ella, pero con una tensión en los dedos que confesaba cuánto le costaba no hacerlo.
Cuando se separaron, ninguno dijo perdón.
Tampoco basta.
La lluvia cedió poco después.
Regresaron a Brodick con el mozo caminando unos pasos detrás y una distancia correcta entre ellos que habría engañado a cualquiera que no hubiera visto los labios de Mairi un poco más rojos, o la forma en que Douglas mantenía la mano vendada cerrada como si aún guardara el calor de sus dedos.
Tavish esperaba en el patio, apoyado contra un muro, con la expresión de quien llevaba demasiado tiempo fingiendo no esperar.
—Mairi —dijo al verla—. Malcolm preguntaba por ti.
Douglas se quedó serio de inmediato.
No fue brusco. No dijo nada ofensivo. No hizo gesto alguno de posesión.
Pero algo se cerró en su rostro con una rapidez que Mairi ya empezaba a entender.
No era solo orgullo. Tampoco simple celos.
Era miedo, el de un hombre que no sabía pedir y por eso creía que todo cuanto deseaba podía serle arrebatado antes de aprender a dominarlo bien.
—Gracias, Tavish —respondió ella.
El MacKinnon miró de Douglas a Mairi y luego al plaid que ella todavía llevaba sobre los hombros. Su sonrisa apareció despacio, peligrosa.
—Veo que el paseo fue... medicinal.
—Cállese, MacKinnon —dijo Douglas.
Tavish alzó las manos.
—Ni una palabra más.
—Qué milagro.
Mairi no quiso sonreír.
Casi lo hizo.
Aquello empeoró a Douglas.
Ella se quitó la prenda de los hombros y se la devolvió.
—Gracias por el abrigo, lord Douglas. Espero que recupere fuerzas después de este paseo.
La formalidad regresó, pero ya no era la misma. Debajo temblaba el recuerdo de la caseta, del agua, de la boca de ambos.
—Lady Mairi.
Ella se marchó con Tavish hacia el pasillo donde Malcolm la esperaba.
Douglas entró en Brodick sin mirar atrás.
Angus estaba al pie de la escalera, revisando una lista que no debía requerir tanta atención.
—Milord.
—Ahora no, Angus.
—Desde luego.
Douglas puso un pie en el primer escalón.
—Pero, si me permite una imprudencia...
Douglas cerró los ojos un instante.
—No parece que vaya a impedírselo.
Angus plegó el papel con calma.
—Tiene usted la misma cara que tenía su padre cuando descubrió que ya era demasiado tarde para dejar de querer a una mujer... y una Sinclair sería todo lo que Arran necesita.
Douglas no respondió.
Subió las escaleras, cruzó el pasillo y entró en su habitación. Cerró la puerta. Solo entonces miró su mano vendada. Aún olía a miel, hierbas y a la cocina de una casa escocesa que no era la suya. Aún sentía los dedos de Mairi ajustando la tela. Aún sentía su boca.
El verdadero incendio no había empezado en el Paso de los Ciervos.
Había empezado aquella tarde en Hamilton Lodge, cuando Mairi Sinclair lo miró como si hubiera esperado amor y solo hubiera recibido una propuesta de matrimonio humillante.
Y Douglas, por primera vez, comprendió que quizás tenía un problema mucho mayor que el de los inversores en su isla.