La furia del Highlander (Los Duques de Escocia 2) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Salieron por los jardines de Brodick con un mozo a una distancia suficiente para salvar las apariencias y demasiado lejos para entender una sola palabra.

El aire olía a tierra mojada, mar y humo apagado.

Douglas caminaba sin abrigo, contra las órdenes de cualquier persona sensata, aunque Mairi había insistido en que al menos cerrara el chaleco antes de exponerse al viento.

Él obedeció sin nombrar la obediencia. Ella lo notó sin nombrar la victoria.

Al principio hablaron de cosas seguras. Del daño en el Paso de los Ciervos.

De los hombres heridos. De que Seumas MacBride había intentado levantarse a primera hora para ir a ver la piedra del juramento y tres mujeres lo habían amenazado con encerrarlo en una despensa.

Mairi rio al imaginarlo, y Douglas, que caminaba a su lado con la mano herida apoyada contra el cuerpo, sintió que aquel sonido hacía algo imperdonable con la mañana y que, cada vez, se sentía más torturado.

—No sabía que le gustara tanto reírse de ancianos imprudentes —dijo él.

—Solo cuando sobreviven, los Sinclair tenemos al viejo Iain.

—Lo recuerdo, creo que en cada viejo clan hay uno.

—Estoy segura de ello.

El sendero que habían tomado bajaba hacia la costa entre árboles bajos, todavía húmedos por la lluvia nocturna.

Desde allí se veía una franja de mar gris y la línea de la playa donde las olas rompían con una obstinación fría.

Douglas miró el agua y algo en su rostro cambió, no una sonrisa, pero sí un aflojamiento breve de la severidad.

—Audrey se cayó allí una vez —dijo, señalando unas rocas planas—. Tenía nueve años. Insistió en que el culpable había sido yo, siempre me culpaba de todos sus males. Decía que era mi obligación como heredero.

Mairi giró la cabeza hacia él.

—Eso parece muy propio de lady Audrey.

—Ella lo llamaba orden jerárquico, en el que ella siempre estaba por encima aunque yo fuera el heredero.

—Y probablemente tenía razón.

Douglas la miró de lado.

—¿Va a ponerse siempre de parte de mi hermana?

—Me casé emocionalmente con su familia en cuanto mi hermano se casó con su hermana.

—Eso es una frase alarmante.

—Lo era más vivir en Hamilton Lodge con Cathaline intentando enseñarme a distinguir entre una visita social útil y una campaña militar. Según ella, no había ninguna diferencia.

La boca de Douglas se curvó.

—Cathaline considera que todo lo importante debe invadirse con buen vestido.

—Y con plumas.

—Las plumas fueron un periodo difícil.

Mairi rio de verdad.

No mucho, no de manera escandalosa, sino con una libertad que le iluminó el rostro y dejó a Douglas un segundo sin respuesta.

La vio así, junto al mar de Arran, con el cabello rubio movido por el viento y los ojos grises libres de fiebre, de miedo y de aquella tristeza que él mismo había ayudado a poner allí, y comprendió que una parte de él habría entregado cualquier cosa por haberla hecho reír así antes.

—¿Qué? —preguntó ella, al notar su silencio.

—Nada.

—Eso nunca es cierto.

—Me preguntaba si en Glenmuir ríe así.

La sonrisa se desvaneció un poco, no por completo.

—En Glenmuir río de muchas formas. La mayoría por culpa de Ewan, que debe estar poniendo de los nervios a MacNair mientras se cree el nuevo laird en ausencia de Malcolm.

Douglas miró de nuevo al mar.

—Por supuesto, Ewan es divertido.

—¿Le molesta?

—No.

Mairi alzó una ceja, pero no insistió.

Llegaron a una pequeña playa protegida por rocas, donde un arroyo bajaba desde los árboles y se extendía sobre la arena antes de perderse en el mar. El agua era clara, fría, viva. Mairi se detuvo junto a la orilla, mirándola con una expresión que Douglas reconoció demasiado tarde.

—No —dijo él.

Ella se giró despacio.

—No he hecho nada.

—Lo está pensando.

—No sabía que ahora también vigilaba mis pensamientos.

—Si incluyen meterse en agua helada en octubre, sí.

Mairi se quitó los guantes.

Douglas se puso rígido.

—Mairi.

—No voy a nadar hasta Irlanda.

—No debería mojarse.

—En mi tierra hay más frío que aquí.

—Eso no es argumento.

—No. Pero esto sí.

Mairi dio un paso hacia el agua, descalzándose con una rapidez que dejó a Douglas entre la indignación y una fascinación absolutamente inconveniente. La falda se levantó lo justo para mostrar los tobillos, finos, vivos, blancos contra la arena oscura. Douglas apartó la mirada demasiado tarde.

—Toda mi vida reciente ha sido una lista de cosas que no debía hacer —añadió ella, con los pies ya en el agua fría—.

No salir. No cansarme. No abrir la ventana.

No caminar más. No montar. No volver a casa.

No mojarme. No respirar demasiado fuerte por si el mundo se asustaba.

Ayer usted entró en un establo en llamas porque había una mujer y un caballo dentro.

Hoy no puede pedirme que tema este poco de agua.

Douglas la miró.

El mar le rodeaba los tobillos. El viento le pegaba la falda a las piernas. Tenía el rostro encendido por el frío y por algo más que era pura vida.

Y Douglas perdió el miedo un instante.

No todo.

El suficiente.

Se agachó, se quitó las botas con una sola mano y entró en el arroyo sin decir nada.

Mairi abrió los ojos.

—¿Qué hace?

—Si decide morir de imprudencia, al menos no lo hará sola.

—Qué gesto tan romántico.

—No era mi intención.

—Nunca lo es.

Él la salpicó.

No mucho. Apenas un golpe de agua con el pie.

Mairi se quedó inmóvil.

—Lord Douglas Hamilton.

El tono habría intimidado a un hombre que no estuviera sonriendo.

—¿Sí?

Ella le devolvió la salpicadura con mucha menos prudencia.

El agua le alcanzó la camisa.

Douglas la miró como si acabara de declarar una guerra.

—Eso ha sido imprudente.

—Quizás. Pero me siento muy satisfecha.

Y entonces él sonrió.

No esa curva seca que usaba cuando alguien decía algo inteligente.

No una mueca de superioridad. Sonrió de verdad, con una juventud inesperada que le cambió el rostro entero, suavizando la dureza de la mandíbula, encendiendo los ojos marrones y dejando ver por un segundo al muchacho que había corrido por aquella playa antes de convertirse en heredero, protector, juez y hombre incapaz de decir amor sin disfrazarlo de obligación.

Mairi sintió que el corazón se le desordenaba.

Douglas dio un paso hacia ella.

El agua se movió entre ambos.

—Tiene frío —dijo.

—No.

—Está temblando.

—Por culpa suya.

Ninguno supo quién se movió primero.

Él la alcanzó por la cintura para impedir que resbalara sobre una piedra.

Ella apoyó una mano sobre su pecho para recuperar el equilibrio.

El contacto fue suficiente para borrar la playa.

Mairi sintió la fuerza de Douglas bajo la camisa, el calor de un cuerpo demasiado cercano, el latido firme contra su palma.

Él sintió sus dedos abrirse sobre él, la respiración de ella subiendo, el perfume de lluvia, sal y hierbas que llevaba en la piel.

Douglas bajó la cabeza.

Mairi pudo apartarse.

No lo hizo.

El beso no fue prudente.

Tampoco fue suave al principio. Fue la consecuencia de demasiadas palabras retenidas, demasiados cuidados mal explicados, demasiadas noches imaginando lo que ninguno debía querer.

Douglas la besó con una contención que se rompió en cuanto sus labios encontraron respuesta.

Mairi se aferró a su camisa, no como una muchacha sorprendida, sino como una mujer que decidía, por fin, tomar aquello que había deseado incluso cuando lo odiaba.

Él emitió un sonido bajo, casi un gruñido, y su mano buena subió desde la cintura hasta la espalda, pegándola a él con una necesidad que la hizo estremecer de los pies mojados a la nuca.

El mundo se redujo a cuatro cosas: boca, aliento, agua fría y deseo indiscutible.

Mairi se separó primero.

No mucho.

Lo suficiente para respirar.

Douglas apoyó la frente contra la de ella, con los ojos cerrados y la mano temblando sobre su espalda.

—No debería haber hecho esto —se disculpó.

—No.

Pero Mairi no lo soltó mientras se daba cuenta de que el mozo que los había seguido hasta allí había tenido la prudencia de retirarse a bastantes metros hasta el punto de no verlos.

La lluvia empezó entonces, repentina, escocesa, feroz, como si el cielo hubiera decidido que la decencia necesitaba ayuda.

El mozo que los acompañaba gritó desde el lejano sendero que había una caseta de redes cerca, y Douglas, recobrando lo poco de juicio que le quedaba, tomó los zapatos de Mairi, sus botas y su mano, y la condujo hacia la pequeña construcción de madera levantada junto a las rocas.

La caseta olía a sal, cuerda mojada, algas secas y madera vieja.

Era estrecha, con redes colgadas en una pared, un banco tosco y una ventana pequeña por la que entraba la luz gris de la tormenta.

El mozo se refugió bajo el alero exterior, lo bastante cerca para proteger reputaciones y lo bastante lejos para que el silencio entre Douglas y Mairi se llenara de todo lo que el beso había dejado sin decir.

Mairi estaba empapada.

Douglas también.

La camisa se le pegaba al torso, marcando la anchura de los hombros y el contorno duro del pecho.

Mairi lo vio antes de poder evitarlo. Él vio cómo una gota descendía por el cuello de ella, se detenía en el hueco de la clavícula y desaparecía bajo el borde húmedo del vestido.

Aquello hizo que la mano herida le doliera menos y todo lo demás mucho más.

—Ayer dijo que empezaba a entender algunas cosas —dijo él al fin, con la voz ronca.

Mairi tragó saliva.

—No crea que eso significa que le doy la razón.

—Nunca he necesitado que me la den.

—No. Ese siempre ha sido su problema.

Douglas soltó una respiración lenta. Se apoyó contra la mesa donde descansaban varias cuerdas enrolladas, como si necesitara poner distancia entre ambos antes de volver a besarla.

—Creí que si podía mantenerla viva, bastaría.

Mairi lo miró.

El ruido de la lluvia cubrió durante unos segundos cualquier respuesta.