Capítulo 9
Douglas despertó con la impresión desagradable de que alguien le había metido la mano derecha en una fragua durante la noche y después, por falta de imaginación, había decidido rellenarle los pulmones con ceniza.
Tardó unos segundos en comprender dónde estaba, no porque no reconociera la habitación de Brodick, sino porque el cansancio le pesaba detrás de los ojos con una torpeza impropia de él.
La luz de la mañana entraba de lado, gris, fría, limpia después del incendio, y aun así el olor a humo seguía pegado a las cortinas, a la madera, a su piel y a la camisa que se había quitado a medias antes de caer sobre la cama sin recordar del todo cuándo había decidido sentarse.
Intentó incorporarse.
Fue un error.
La mano le lanzó una punzada tan violenta que Douglas apretó los dientes antes de que el sonido que subió por su garganta pudiera convertirse en algo parecido a una queja.
Un Hamilton podía sangrar, arder, caer de una pendiente o recibir un cuchillo; lo que no podía hacer era gruñir como un anciano con reuma por una mano maltratada.
Aquella conclusión le pareció razonable hasta que intentó cerrar los dedos y descubrió que la venda se había tensado, húmeda de ungüento y sangre seca, recordándole que la soberbia tenía una relación muy íntima con el dolor.
La puerta se abrió después de dos golpes secos.
Angus entró sin esperar permiso suficiente, lo cual significaba que la situación era grave o que llevaba demasiados años sirviendo a los Hamilton para fingir obediencia ceremonial a esas horas de la mañana.
Un mozo traía una bandeja con café, pan, varias cartas y Angus MacPain una expresión que habría podido considerarse severa si Douglas no hubiera conocido la diferencia entre la severidad real y la preocupación mal disfrazada.
—El constable se llevó a Kerr hace una hora —informó Angus—. Dos hombres de Brodick lo acompañan hasta que sea entregado como corresponde. El señor Pollock está pálido, el señor Bain está peor y ambos repiten que no sabían nada con una insistencia que me ha hecho desear quedarme sordo.
—Los veré en media hora.
—No —Douglas levantó la vista. Angus dejó la bandeja sobre la mesa junto a la cama—. Perdón. Quise decir: no sería prudente.
—Suena igual.
—Lo sé, milord.
Douglas apartó la manta.
—Tengo asuntos que atender.
—También tiene fiebre ligera, humo en los pulmones y una mano que parece haber intentado perder una discusión contra una sierra.
—He tenido mañanas peores.
—Eso dice más de su carácter que de su salud.
Douglas lo miró con la frialdad suficiente para hacer callar a un hombre menos acostumbrado a él.
Angus no se calló.
—Lady Mairi Sinclair preguntó por su estado.
La habitación cambió.
No de forma visible. El fuego siguió ardiendo bajo en la chimenea, el café siguió humeando en la bandeja y el viento siguió empujando contra los cristales. Pero dentro de Douglas algo se detuvo con una violencia ridícula.
—Qué amable.
—No sonó amable.
—Entonces ¿cómo sonó?
—Lady Mairi es hija de la antigua Escocia, milord. Para ella, los remedios de su clan no son simples hierbas; forman parte de su casa, de su gente y de su orgullo. Si cree que puede curarlo mejor, vendrá. Y no aceptará un no por respuesta.
Douglas miró la venda de su mano.
—No tiene por qué ocuparse de mí.
—Me temo que nadie se lo ha explicado.
Antes de que Douglas pudiera responder, otro golpe sonó en la puerta. Aibileen apareció primero, con una cesta de paños limpios, agua caliente y esa expresión de determinación que algunas mujeres de Arran usaban como si fuera una cofia. Detrás de ella entró Mairi Sinclair.
No llevaba vestido de visita ni aquella elegancia blanca con la que había descendido del barco.
Vestía lana oscura, sencilla, ajustada al cuerpo con sobriedad suficiente para permitir movimiento y con una dignidad que no necesitaba adorno.
El cabello rubio estaba recogido en una trenza baja, aunque varios mechones se habían soltado alrededor de su rostro, suavizando unos pómulos cada vez con mejor color.
Tenía los ojos grises más despiertos que el sol y una pequeña caja de madera entre las manos.
Douglas sintió una irritación inmediata contra su propio cuerpo por reaccionar antes que su cabeza.
Aibileen se adelantó hacia la mesa.
—Traigo agua limpia, milord. La venda debe cambiarse antes de que...
—Gracias, Aibileen —interrumpió Mairi, con una cortesía tan impecable que habría sido imposible acusarla de rudeza—. Puede dejarla ahí.
Aibileen parpadeó.
—Yo suelo encargarme de la mano de lord Douglas.
—Lo sé. Y lo ha hecho con mucho cuidado —Mairi dejó la caja sobre la mesa y abrió la tapa—. Pero el corte no cerraba. Desde ayer sí ha empezado a hacerlo. Usaremos lo que la señora MacNair me enseñó.
No fue una declaración de guerra.
Fue peor.
Fue una ocupación del terreno con bandera clavada y absoluta educación.
Aibileen miró a Douglas, quizás esperando que él interviniera. Douglas, que había comandado una línea de hombres contra un incendio sin vacilar, descubrió que no tenía ninguna intención sensata de entrar en una disputa entre dos mujeres que sostenían paños limpios y remedios medicinales.
Mairi levantó la vista hacia él, y en sus ojos apareció un brillo malicioso que le decía que, por una vez, Douglas Hamilton iba a experimentar el encanto de que otros decidieran por su salud.
—Siéntese —ordenó ella.
Douglas se quedó inmóvil.
—Estoy sentado.
—Entonces quédese así.
Angus emitió algo que pudo haber sido una tos o una risa prudente.
Douglas no apartó los ojos de Mairi.
—Está disfrutando demasiado de esto.
—Apenas hemos empezado.
Aibileen dejó la cesta con movimientos más secos de lo necesario. No era una muchacha necia; comprendía perfectamente cuándo una estancia dejaba de pertenecerle. Sin embargo, antes de marcharse rozó con los dedos el borde del recipiente de agua y dijo:
—Si necesita algo, milord...
—La llamaremos —respondió Mairi.
Douglas no supo si admirarla o pedir a Dios paciencia.
Aibileen salió.
Angus, por pura supervivencia, también.
La puerta se cerró.
Durante unos segundos, el silencio fue más íntimo que cualquier conversación.
Mairi se acercó a la cama, tomó la mano de Douglas con firmeza y empezó a desenvolver la venda.
Él notó el contacto de sus dedos antes de notar el dolor.
Aquello ya era un problema, sobre todo teniendo en cuenta de que se acababa de despertar y que no era dueño de su cuerpo.
Mairi inclinó la cabeza sobre la herida y varias hebras rubias escaparon de su larga trenza, rozándole la muñeca.
Douglas se obligó a mirar la pared, la chimenea, la ventana, cualquier lugar que no empeorara el dolor de su entrepierna.
—Está mejor —dijo ella.
—Parecía peor hace un minuto.
—Porque usted se ha movido demasiado.
—No me he movido de la cama, y no acostumbro a quedarme aquí toda la mañana.
—Ahora entiende cómo me sentía cuando todos vigilaban mis movimientos, mis mantas, mis ventanas y mis cucharadas de sopa.
Douglas bajó la mirada hacia ella.
Mairi no lo miraba. Limpiaba la herida con agua tibia y una delicadeza que contrastaba de forma injusta de sus palabras.
—No le gustaba que la trataran como a una inválida —comprendió él.
—No.
—A mí tampoco —Ella alzó entonces los ojos, y en ellos había una pregunta que no necesitó formularse. Douglas flexionó apenas los dedos, sintió el ardor y añadió, más bajo: —Aunque no me parece tan insoportable cuando es usted quien me trata como si no tuviera juicio.
Mairi se quedó quieta solo un instante.
Después volvió a la herida.
—No se acostumbre.
—Demasiado tarde.
Mairi, ignorándolo con esa mueca de soberbia femenina tan suya, abrió el pequeño recipiente de ungüento, y el aroma de miel, hierbas machacadas y algo amargo llenó el espacio entre ellos.
Lo extendió sobre el corte con el pulgar.
Douglas tuvo que cerrar la otra mano sobre la sábana para no cerrar esa misma mano sobre ella.
—Mairi.
—No se mueva.
—No me estoy moviendo.
—Entonces deje de mirarme así.
—¿Cómo?
Ella apretó un poco más la venda de lo necesario.
—Como si la fiebre le hubiera quitado los modales.
Douglas soltó una respiración que casi fue risa.
—No tengo fiebre suficiente para eso.
—Lástima. Habría sido una excusa útil.
Terminó de vendarlo con precisión. Después le tomó la muñeca y comprobó el pulso, quizá por costumbre, quizás porque no encontraba una forma decorosa de soltarlo todavía.
Douglas sintió el dedo de ella sobre su piel como si lo estuvieran marcando como a una vaca.
Era absurdo que una mano pudiera arder más por el roce de una mujer que por una herida abierta.
—Caminará conmigo —dijo Mairi al fin.
—No.
—Sí.
—Tengo trabajo.
—Kerr ya está con el constable. Angus puede impedir que Pollock se desmaye sin ayuda. El bosque seguirá quemado aunque usted lo mire con más furia. Y si permanece encerrado respirando humo viejo, esta noche tendrá más fiebre de la que tiene.
Douglas la observó con el ceño fruncido.
—Suena desagradablemente razonable.
—Aprendí de un experto.
Aquello sí lo alcanzó. Douglas recordó tardes enteras obligándola a caminar por los jardines de Hamilton Lodge, revisando el viento, el chal, la distancia y cualquier amenaza imaginaria que pudiera acercarse a sus pulmones.
Recordó su propia voz diciéndole «volvemos» con la misma arrogancia con la que ahora ella acababa de decir caminará.
—¿Así se sentía? —preguntó.
Mairi cerró la caja de ungüento.
—A veces.
—No resulta agradable.
—No.
Douglas miró su mano vendada, luego a ella.
—Muy bien.
Mairi parpadeó.
—¿Muy bien?
—Caminaré.
—Eso ha sido sospechosamente fácil.
—Preferiría caminar antes que seguir sentado descubriendo mis defectos.
—Tardaría semanas.
—Entonces apresurémonos.