Capítulo 8 #3
Douglas notó cómo el ardor empezaba a apagarse.
Después envolvió la mano con una venda nueva y terminó el nudo con la misma precisión con la que habría cerrado un vestido.
—No debería haber salido —dijo él.
Ella ni siquiera levantó la vista.
—Y usted no debería sangrar tanto cada vez que intenta tener razón.
Douglas observó la venda.
—Nunca he intentado tener razón. Suelo tenerla.
Mairi sonrió un poco.
—Qué alivio. Temí que el humo le hubiera afectado la arrogancia.
Él flexionó los dedos con cautela.
El dolor era mucho menor.
La miró con cierta sorpresa.
—Aibileen lleva casi un mes intentando que esta mano deje de molestarme.
Mairi terminó de ajustar el último pliegue de la tela antes de responder.
—Porque Aibileen cura heridas —Alzó entonces los ojos hacia él—. La señora MacNair me enseñó a curar highlanders.
Douglas sostuvo su mirada.
—¿Y eso marca alguna diferencia?
La sonrisa de Mairi fue un destello.
—Los highlanders son mucho más tercos. Hay que convencer primero a la herida de que su dueño va a dejar de hacer tonterías.
Douglas soltó una risa baja, inesperada.
—¿Y funcionará?
Ella retiró despacio las manos de la suya.
—Si por una vez me hace caso... —Hizo una breve pausa—. Mañana apenas recordará que se abrió la mano.
Sus dedos pasaron sobre la palma de él, ajustando la tela.
Douglas sintió cada roce como si la piel hubiera decidido recordar únicamente aquello.
La furia seguía allí, bajo el pecho, latiendo al ritmo del bosque herido.
Pero cuando Mairi sostuvo su mano entre las suyas, algo en esa furia cambió de forma.
No se calmó.
Se concentró.
En ella.
En la línea de su boca manchada de hollín, en el cabello rubio escapando de la trenza, en la curva delicada del cuello donde el pulso le golpeaba demasiado deprisa.
Douglas pensó, con una falta de decencia absoluta, que si inclinaba la cabeza y la besaba en ese instante, ella sabría a humo, sal y rabia.
Y que probablemente aquello lo destruiría mejor que cualquier incendio.
Mairi terminó el nudo.
No soltó su mano de inmediato.
—Lo vi —dijo en voz baja.
—¿Qué vio?
—A usted. Con él.
Douglas miró hacia la sala donde habían llevado a Kerr.
—Entonces vio que estuve a punto de cometer una estupidez.
—Vi a un hombre furioso porque alguien había intentado quemar a su gente —Él volvió a mirarla. Mairi sostuvo sus ojos—. No lo estoy disculpando.
—Nunca lo hace.
—No. Pero empiezo a entender algunas cosas.
Aquello fue mucho peor que una absolución.
Douglas bajó la vista a su boca.
Ella no se apartó.
El humo los rodeaba, el bosque seguía crujiendo a lo lejos, las voces de los hombres subían y bajaban alrededor de ellos, y aun así, durante un segundo, solo existió la mano de Douglas entre las de Mairi y esa distancia mínima, terrible, que separaba un desastre de un beso.
—Hamilton —llamó Malcolm desde el camino.
Douglas cerró los ojos un instante.
Mairi soltó su mano.
Malcolm venía hacia ellos con el rostro endurecido.
—Kerr ha vuelto a hablar.
Douglas giró la cabeza.
—¿Qué ha dicho?
—Que Pollock y Bain no son más que peones. Que el dinero no salió de ellos. Y que si quiere saber quién está comprando hombres para mover Arran, tendrá que mirar hacia Glasgow.
Douglas contempló la venda nueva que cubría su mano.
Aún conservaba el calor de los dedos de Mairi.
Era absurdo.
Había pasado la mañana entre humo, sangre, barro y llamas. Había derribado a un hombre, había estado a punto de perder el control delante de toda Arran y todavía le ardían los pulmones por el humo.
Sin embargo, nada de aquello ocupaba ahora su pensamiento.
Solo recordaba unas manos pequeñas sujetando las suyas con una seguridad que ninguna otra persona había conseguido imponerle jamás.
Mairi dio un paso atrás.
Había terminado.
No había ninguna razón para permanecer allí.
Lo sabía.
Él también.
Pero ninguno de los dos fue el primero en marcharse.
Las voces del pueblo llegaban amortiguadas por el viento.
Malcolm llamaba a alguien.
Ninguno respondió.
Douglas la miró como no la había mirado nunca.
No como a una mujer enferma.
No como a alguien a quien proteger.
Sino como a la única persona capaz de enfrentarse a él cuando toda la isla obedecía sus órdenes.
Y, por primera vez desde que la conocía, comprendió que aquello no le despertaba el deseo de cambiarla.
Le despertaba el deseo de merecerla.
Mairi sostuvo su mirada un segundo más.
Después bajó despacio los ojos hacia la mano que acababa de vendar.
—Procure no abrirla otra vez.
Douglas esbozó una sonrisa cansada.
—No puedo prometerlo.
Ella levantó la vista. Durante un instante pareció a punto de decir algo. Algo importante.
Algo que llevaba demasiado tiempo encerrado entre el orgullo y el miedo. Pero no lo hizo.
Se dio la vuelta. Comenzó a alejarse.
Douglas no la llamó.
No porque no quisiera.
Sino porque, por primera vez en su vida, comprendió que había palabras que un Hamilton no podía ordenar.
Solo esperar a merecer.
Y verla alejarse volvió a dolerle mucho más que cualquier herida que el fuego hubiera conseguido hacerle.