Capítulo 8 #2
Malcolm, que venía desde las casas bajas con dos niños empapados de humo en brazos de sus madres, vio la escena y soltó a uno de sus hombres una orden seca.
—¡Conmigo!
El viejo Seumas había llegado hasta una piedra ancha medio cubierta por raíces, donde las familias de la costa, según él, habían jurado generaciones atrás mantener abierto el paso.
No era el documento. No era prueba legal.
Era peor: era un símbolo. Y los viejos podían morir por símbolos con una tranquilidad que exasperaba a los vivos.
La pendiente cedió bajo los pies de Seumas justo cuando Tavish lo alcanzaba. El MacKinnon lo empujó hacia arriba con todo el cuerpo, pero su propia cuerda rozó una rama prendida y empezó a humear.
Douglas llegó al borde.
—¡Tira! —gritó a los hombres.
La cuerda resistió un segundo.
Después empezó a deshilacharse por el calor.
Douglas se lanzó sobre la pendiente sin pensarlo, clavó las botas en la tierra blanda y sujetó a Tavish por el cinturón justo cuando este resbalaba hacia el tramo roto.
El peso de ambos tiró de la cuerda, la raíz bajo la mano de Douglas se partió y por un instante todo fue humo, barro y el rugido del mar abajo, invisible entre la niebla caliente.
—¡MacBride está arriba! ¡Ahora deje de hacerse el héroe!
Tavish soltó una carcajada áspera.
—¿Me lo dice el hombre que acaba de meterse en un establo ardiendo?
Malcolm apareció sobre ellos y atrapó la cuerda con ambas manos.
—Si seguís coqueteando con la muerte, os dejo caer a los dos.
Los hombres tiraron.
Tavish fue el primero en llegar arriba, rodando sobre el barro. Douglas subió detrás con la mano derecha abierta de nuevo, la venda rota y sangre fresca cayéndole entre los dedos. Malcolm lo agarró por el antebrazo y lo puso en pie con un tirón tan fuerte que Douglas casi chocó contra él.
Durante un segundo se miraron.
No hubo agradecimiento.
No hacía falta.
—Ese viejo necesita una cuerda al cuello —dijo Douglas.
—Llevo años diciéndolo de varios Sinclair —respondió Malcolm, comprendiéndolo.
El fuego seguía avanzando por la parte baja del bosque, pero la zanja empezaba a funcionar.
Los hombres de Arran y los MacKinnon cortaban ramas, empapaban mantas y golpeaban las llamas pequeñas con una coordinación áspera, imperfecta y eficaz.
El peligro mayor parecía controlado cuando Douglas vio a alguien moverse entre los árboles del lado norte.
No corría hacia el fuego.
Corría lejos de él.
Un hombre alto, con chaqueta oscura, gorra hundida y un bidón pequeño colgando de una mano. La luz roja le iluminó el perfil un instante. Douglas lo reconoció por la reunión, no como comerciante, sino como uno de los capataces contratados por los hombres de Glasgow.
Duncan Kerr.
La furia de Douglas dejó de ser fuego disperso.
Encontró el foco.
—¡Kerr!
El hombre giró la cabeza.
Y echó a correr.
Douglas salió tras él.
—¡Hamilton! —llamó Malcolm.
Douglas no se detuvo.
El bosque era una confusión de humo, barro, raíces y ramas bajas.
Kerr conocía el camino lo bastante para huir, pero no lo suficiente para moverse como un isleño, y eso lo condenó.
Resbaló una vez, recuperó el equilibrio y bajó hacia la costa, donde el sendero se estrechaba entre rocas negras.
Douglas lo siguió con el pecho ardiendo, la mano sangrando y el tartán quemado golpeándole contra el costado.
Detrás oyó a Malcolm. A un lado, Tavish apareció entre los árboles, cortando el paso desde una senda más alta con la rapidez peligrosa de los MacKinnon.
Kerr llegó al borde del acantilado y sacó un cuchillo.
—¡Atrás!
Douglas se detuvo a tres pasos.
No por miedo.
Por lógica.
El hombre tenía los ojos rojos de humo, la barba manchada de hollín y una desesperación que lo hacía más peligroso que valiente. El bidón había caído a sus pies, aun oliendo a aceite.
—¿Quién le pagó? —preguntó Douglas.
Kerr soltó una risa rota.
—¿Importa? Los grandes señores siempre preguntan tarde.
—Ha prendido fuego a casas.
—He prendido fuego a maleza vieja y a recuerdos más viejos aún. Nadie debía estar allí.
Douglas avanzó un paso.
Kerr levantó el cuchillo.
—Los Hamilton siempre necesitan que otros les salven la casa. Sinclair, MacBride, mujeres huyendo de noche... Su abuelo murió por menos que este camino.
El mundo se volvió rojo.
No por el fuego.
Douglas se lanzó.
Kerr atacó con el cuchillo; Douglas lo esquivó a medias, sintió el filo rozarle el brazo izquierdo y golpeó al hombre en el estómago con una violencia que lo dobló.
Cayeron los dos sobre el barro. Kerr intentó clavarle el cuchillo en el costado, pero Douglas atrapó su muñeca con la mano herida y el dolor le subió como una llamarada blanca.
No le importó. Giró, estampó la muñeca del hombre contra una piedra hasta que el cuchillo cayó y le cerró la mano ensangrentada alrededor de la garganta.
Kerr se ahogó.
Douglas vio la cara de su tío Archibald sin haberla visto jamás.
Vio a su padre niño entre árboles.
Vio a su abuela Harriet huyendo.
Vio el bosque ardiendo.
La presión de sus dedos aumentó.
—Hamilton.
La voz de Malcolm llegó detrás, baja, grave, cargada de una advertencia que no defendía al hombre en el barro, sino al mismísimo Douglas.
Douglas no soltó.
Kerr pataleó.
—No delante de su gente —insistió Malcolm.
Aquello sí llegó.
No porque Douglas temiera a su gente.
Sino porque su gente lo estaba mirando.
Tavish estaba al lado, respirando con fuerza. Dos pescadores habían llegado tras ellos. Más lejos, a través del humo, varias figuras se detenían entre árboles. Y Mairi estaba allí.
No sabía cuándo había llegado.
Pero estaba.
Con el rostro pálido bajo el hollín, el pañuelo húmedo todavía en una mano y los ojos fijos en él, no con miedo, no exactamente, sino con una comprensión que le dolió más que el corte de la mano.
Douglas soltó a Kerr de golpe.
El hombre cayó tosiendo, tragando aire como un animal.
Tavish lo redujo con una rodilla en la espalda y le ató las manos con una cuerda sin delicadeza alguna.
—Hay formas más limpias de matarlo —murmuró Tavish.
Douglas no lo miró.
—No voy a matarlo.
—Ya. Por eso Malcolm tuvo que recordárselo.
Malcolm le lanzó una mirada.
—Tavish.
—Cierto. Callado.
Kerr escupió barro y sangre.
—Yo solo prendí la llama —jadeó—. Otros pagaron la yesca.
Douglas se agachó lentamente.
—¿Quién?
Kerr sonrió con los labios partidos.
—Pregunte en Glasgow quién quiere realmente ese paso, Hamilton. Pregunte quién gana si Brodick parece incapaz de proteger su propia isla.
El silencio que siguió fue incómodo para todos.
El fuego quedó sofocado al mediodía, aunque no apagado del todo. El bosque seguía humeando en manchas oscuras, las ramas bajas parecían dedos quemados y el Paso de los Ciervos, aún en pie, había perdido parte de la belleza que lo hacía parecer eterno.
Hubo heridos: dos hombres con quemaduras en los brazos, Aibileen con la manga chamuscada y los ojos irritados, un niño con una caída sin importancia que su madre convirtió en tragedia legítima, y Seumas MacBride, a quien tres personas distintas amenazaron con atar a una silla si volvía a acercarse a cualquier piedra con valor sentimental.
Duncan Kerr fue encerrado en una sala baja de Brodick bajo vigilancia de dos hombres Hamilton y uno de Glenmuir, porque nadie confiaba ya lo suficiente en nadie para dejarlo en manos de una sola casa.
Douglas permaneció junto al borde del bosque, cubierto de humo, sangre y barro. Miraba las columnas de humo como si pudiera obligarlas a confesar.
Mairi se acercó sin hacer ruido.
Él la sintió antes de verla.
—Déjeme la mano —dijo ella.
Douglas no se movió.
—No hace falta.
—Creo que ahora le toca a usted obedecer como yo lo hice durante tanto tiempo.
La mirada de él bajó a la suya.
Durante un instante, Aibileen, el fuego, Tavish, Malcolm y todo Arran parecieron quedarse a una distancia peligrosa y ajena.
Mairi tomó su mano.
No pidió permiso.
Sus dedos estaban fríos por el agua, firmes por el cansancio y demasiado suaves para tocar una herida abierta con tanta decisión.
Douglas cerró la mandíbula cuando ella retiró la venda rota.
La sangre le había manchado los nudillos y parte de la palma.
Mairi examinó el corte sin prisa, como si estuviera recordando algo.
—Necesito brezo seco, hojas de llantén y un poco de miel —dijo a una muchacha de Arran que permanecía cerca—. También un paño limpio.
La joven salió corriendo.
Douglas arqueó una ceja.
—Eso no estaba en el botiquín de Hamilton Lodge.
—No. Estaba en la cocina de la señora MacNair.
Cuando regresaron con lo que había pedido, Mairi trituró las hojas entre los dedos, mezclándolas con una pequeña cantidad de miel hasta formar una pasta espesa de aroma limpio y silvestre.
La extendió sobre la herida con una delicadeza inesperada.
El frescor fue inmediato.