La furia del Highlander (Los Duques de Escocia 2) Capítulo 8
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Capítulo 8

La paz de Arran duró una sola noche.

Antes del amanecer, cuando Brodick aún dormía bajo el cansancio de la música, el whisky y las viejas canciones, una campana empezó a golpear el aire con una violencia que no pertenecía a ninguna misa.

El primer tañido se perdió entre las piedras del castillo; el segundo despertó perros, criados y hombres que habían dormido vestidos en bancos junto al fuego; el tercero ya no fue campana, sino alarma, una llamada que parecía salir de las entrañas mismas de la isla.

Douglas Hamilton abrió los ojos antes de que el cuarto sonido terminara de vibrar.

No pensó.

Se levantó.

En el pasillo ya se oían pasos, puertas abiertas de golpe, una doncella gritando algo sobre humo y un mozo corriendo hacia la escalera principal con tan poca prudencia que casi se rompió el cuello contra un arcón.

Douglas salió de su habitación sin chaqueta, con la camisa abierta en el cuello, las botas mal abrochadas y el tartán Hamilton sujeto de cualquier manera sobre un hombro.

La venda de su mano derecha se había aflojado durante la noche y la sangre había endurecido parte de la tela, pero no miró la herida.

Abajo, en el vestíbulo, Angus discutía con dos criados a la vez mientras un muchacho del puerto intentaba hablar sin aire.

—¡El bosque! —jadeó el chico—. El Paso de los Ciervos... arde. El fuego baja hacia las casas del norte. Los caballos están encerrados en los establos viejos.

Durante un instante, el castillo entero pareció quedarse bloqueado.

Después Douglas se movió.

—Angus, abre el patio. Todos los hombres al camino. Que saquen carros, barriles, mantas y picos. Quiero cubos desde el pozo y desde la cisterna. Finlay, ensilla a los caballos que estén listos. Los demás, a pie. Nadie espera instrucciones dos veces.

—Sí, milord.

Malcolm apareció en la escalera, todavía abrochándose el cinturón sobre la camisa, con el tartán Sinclair cruzado de cualquier manera y el rostro de un hombre al que no hacía falta explicar una emergencia.

Detrás de él, Tavish MacKinnon bajaba saltando dos escalones a la vez, con el cabello suelto y la expresión feroz de quien se despertaba mejor para una catástrofe que para un desayuno.

—¿Dónde? —preguntó Malcolm.

—Paso de los Ciervos —respondió Douglas—. El viento viene del oeste.

Malcolm miró hacia las ventanas, donde un resplandor rojizo empezaba a manchar la oscuridad.

—Si entra en el brezal, no lo pararán antes de las granjas.

—Entonces no entrará.

No hubo más discusión.

Salieron juntos.

El aire exterior estaba frío, pero olía a humo, y ese olor convirtió la furia de Douglas en algo físico.

No era todavía miedo; era peor, una certeza visceral de que alguien había tocado su tierra después de recibir sus órdenes y la había prendido como si Arran no le perteneciera.

En el patio, los caballos relinchaban, los perros ladraban y varios hombres corrían de un lado a otro con cubos vacíos porque nadie sabía aún hacia dónde obedecer.

Douglas cruzó entre ellos como una tormenta.

—¡Abrid paso! ¡Carros al camino norte! ¡Las mantas al pozo y empapadlas! ¡Quien no pueda cargar agua que saque niños y ancianos de las casas bajas! ¡Tú, no mires, corre!

No gritaba como un hombre fuera de sí.

Gritaba como un hombre al que todos debían escuchar si querían seguir vivos.

Y lo escucharon.

En menos de cinco minutos, Brodick dejó de ser un castillo sobresaltado y se convirtió en un cuerpo entero moviéndose bajo una sola voluntad.

Los carros salieron con barriles vacíos; los criados formaron una línea hacia la cisterna; dos pescadores se hicieron cargo de las cuerdas; los hombres de Arran tomaron picos, hachas y palas; los MacKinnon empezaron a cargar rollos de cuerda como si hubieran nacido con ellas sobre los hombros.

Malcolm se colocó junto al primer grupo que bajaría hacia las casas.

—Yo saco a las familias —dijo.

Douglas asintió sin mirarlo.

—Yo corto el fuego antes del brezal.

Tavish se adelantó.

—Los riscos son nuestros.

Douglas lo miró un segundo.

—Entonces demuéstrelo.

—Con gusto, Hamilton.

Cabalgaban ya cuando Mairi apareció en el arco del castillo.

Llevaba el cabello trenzado de prisa, un vestido oscuro bajo una capa de lana y el tartán Sinclair sujeto con un broche que temblaba menos que su pulso. No preguntó qué ocurría. Miró el cielo rojo hacia el norte y comprendió lo suficiente.

—Mairi, dentro —ordenó Malcolm desde el caballo.

Ella ni siquiera lo miró.

—No.

Douglas giró la cabeza con una furia inmediata, absurda, que no tenía derecho a sentir y que, sin embargo, le subió por el cuerpo como otra clase de incendio.

—Vuelva al castillo.

Mairi ya bajaba los escalones.

—No.

—Mairi.

—Hay niños ahí.

—No pienso discutir.

—Entonces no discuta.

Pasó junto a él con una determinación tan fría que Douglas estuvo a punto de desmontar, cogerla por la cintura y encerrarla en Brodick aunque tuviera que pelear con medio clan Sinclair para hacerlo.

No lo hizo porque a lo lejos se oyó un grito, uno de esos gritos que no admiten retrasos, y porque Mairi ya estaba organizando a las mujeres con la rapidez feroz de quien no espera para resultar útil.

—¡Mantas mojadas! —ordenó ella en gaélico a dos muchachas que la miraban sin saber a quién obedecer—. Paños para cubrir la boca de los niños. ¡Agua a las puertas bajas, no a la lumbre grande! Las heridas junto al muro, donde no llegue el humo.

Las mujeres obedecieron.

Douglas la vio coger un cubo.

Eso estuvo a punto de partirle el juicio.

Pero el fuego volvió a rugir en el camino y Douglas espoleó el caballo.

El Paso de los Ciervos ardía en línea recta.

Las llamas no habían tomado todavía todo el bosque, pero avanzaban por los matorrales secos bajo los avellanos y mordían las ramas bajas con una codicia que el viento alimentaba a cada instante.

El humo bajaba hacia el camino y se enredaba en la garganta.

Más abajo, cerca de los establos secundarios donde algunos vecinos guardaban animales cuando cruzaban hacia la cala, varias mujeres gritaban nombres entre sombras naranjas.

Un caballo golpeaba una puerta con los cascos. Otro relinchaba dentro, desesperado.

Douglas desmontó antes de que el animal se detuviera del todo.

—¡Zanja aquí! —bramó, señalando la franja donde el brezal empezaba a espesarse—. ¡No dejéis que cruce esta línea! Finlay, hombres al fresno caído. Cortadlo y tiradlo al claro. ¡Mantas en el tejado del establo! ¡Los caballos primero!

—¡Hay alguien dentro! —gritó una mujer—. ¡Aibileen entró a soltar las bestias!

Douglas no esperó.

El establo viejo ya tenía humo saliendo por las ranuras del techo. Una puerta lateral estaba atascada por una viga caída y el caballo atrapado dentro golpeaba con tanta fuerza que la madera crujía a punto de partirse. Tavish llegó a su lado con una cuerda al hombro.

—La puerta no cederá.

Douglas cogió un hacha de manos de un muchacho.

—Entonces no usaremos la puerta.

Golpeó.

Una vez.

Otra.

La madera saltó bajo el filo. El humo le entró en los ojos, le quemó la garganta y le llenó el pecho de una tos seca que no se permitió terminar.

Tavish metió un hombro contra los tablones.

Douglas golpeó de nuevo. Al tercer hachazo, la abertura fue suficiente para que el aire entrara y las llamas se avivaran con un rugido brutal.

—¡Atrás! —gritó alguien.

Douglas entró.

Dentro, el mundo era humo, calor y ruido animal. Aibileen estaba junto al último compartimento, intentando cortar un nudo endurecido mientras el caballo sacudía la cabeza. Tenía el cabello suelto, una manga quemada y los ojos llenos de lágrimas por el humo.

—¡Fuera! —ordenó Douglas.

—¡Está atado!

Douglas alcanzó la cuerda con su cuchillo, cortó de un tirón y golpeó la grupa del caballo para que saliera hacia la abertura. El animal pasó junto a Tavish como una sombra enorme y casi lo derribó. Aibileen tosió, doblándose. Una viga del techo gimió.

Douglas la tomó por la cintura.

—Ahora sí.

La levantó casi en volandas y salió con ella contra el pecho justo cuando parte del techo cedía detrás, arrojando chispas y paja ardiente al suelo.

Tavish los cubrió con una manta húmeda que le lanzaron desde fuera, y durante un instante los tres quedaron envueltos en vapor, humo y ceniza.

Aibileen se aferró a la camisa de Douglas con dedos temblorosos.

Mairi lo vio desde la línea de agua.

Vio a Douglas salir del establo con una mujer en brazos, cubierto de humo, el rostro ennegrecido y el borde del tartán quemado. Vio cómo la depositaba en el suelo con una brusquedad cuidadosa y cómo Aibileen, todavía tosiendo, tardaba un segundo más de lo necesario en soltarlo.

No era momento de sentir nada mezquino.

Y, sin embargo, el corazón humano no siempre espera a que el peligro pase para comportarse mal.

Mairi dejó el cubo que llevaba y corrió hacia Aibileen.

—Respira despacio —le dijo en gaélico, arrodillándose junto a ella—. Aquí. Cúbrete la boca con esto.

Le colocó su propio pañuelo húmedo sobre los labios y examinó la quemadura del brazo antes de que nadie se lo pidiera. Douglas se giró hacia ella, furioso de nuevo, pero aquella vez la furia venía mezclada con algo que lo hacía más peligroso.

—Le dije que volviera dentro.

—Y yo le dije que no.

—Está demasiado cerca del fuego.

—También usted.

La respuesta lo dejó sin réplica medio segundo.

Solo medio.

Después un grito desde la pendiente lo arrancó de ella.

Tavish estaba en el borde del sendero con dos MacKinnon, asegurando una cuerda alrededor de un tronco ennegrecido. Más abajo, Seumas MacBride avanzaba a trompicones hacia una zona donde las llamas lamían ya los restos del viejo muro de contención.

—¡Seumas! —rugió Douglas—. ¡Atrás!

—¡La piedra! —gritó el viejo—. ¡La piedra del juramento!

—¡Maldito viejo! —maldijo Tavish, lanzándose pendiente abajo con la cuerda atada a la cintura.

Douglas corrió tras él.