Capítulo 7 #3
Tavish no pidió permiso a Malcolm, ni a Douglas, ni a nadie. Se inclinó frente a ella con esa insolencia alegre que a algunos hombres les nacía en el rostro antes que el sentido común, y Mairi, después de una duda tan breve que solo Douglas la vio, puso su mano en la de él.
La música cambió.
Tavish la hizo girar.
El salón aplaudió.
Douglas permaneció inmóvil.
No había nada impropio en aquello. Tavish era MacKinnon, aliado de Glenmuir, hombre de una casa antigua, joven, fuerte, acostumbrado a tratar a Mairi como parte del mismo mundo.
No la miraba como a una enferma. No la vigilaba como si la vida pudiera escapársele por una ventana abierta.
La hacía reír. La hacía moverse deprisa.
La sujetaba en los giros con una seguridad que no parecía posesiva porque nunca había necesitado temer perderla.
Eso fue lo insoportable.
Douglas podía odiar la mano de Tavish sobre la de Mairi. Podía odiar su sonrisa. Podía odiar que el MacKinnon bajara la cabeza para decirle algo al oído y que ella, ella, riera de verdad, con los ojos encendidos, las mejillas vivas y el cuerpo entero entregado a la música.
Pero no podía odiar el motivo.
Mairi estaba feliz.
Sin él.
Aquello le resultó más humillante que el rechazo, más cruel que la propuesta fallida y mucho más peligroso que cualquier documento perdido.
Porque hasta entonces Douglas había creído, con esa vanidad silenciosa que los hombres llaman dolor, que la ausencia de Mairi era un vacío compartido.
Tal vez ella lo odiara. Tal vez lo recordara con rabia.
Pero lo recordaba. Eso le había bastado como consuelo miserable.
Ahora la veía girar entre los brazos de otro hombre y comprendía que el mundo de Mairi no estaba suspendido a la espera de que él encontrara las palabras correctas.
Seguía vivo.
Y otros hombres podían entrar en él.
Malcolm apareció a su lado con dos vasos de whisky y le ofreció uno sin mirarlo.
Douglas lo tomó.
—Tavish sería un buen marido para Mairi —comentó Malcolm.
El whisky no llegó a la boca de Douglas.
Durante un instante solo se oyó la música, los golpes acompasados de las botas y una risa de Mairi al equivocarse en medio giro.
—MacKinnon —continuó Malcolm, mirando la danza—. Sinclair. Dos casas de las Highlands. Se conocen desde niños. Él la hace reír. Ella ya está recuperada. No sería una mala unión.
Douglas siguió mirando al frente.
La mano alrededor del vaso se cerró despacio.
—Siempre me he contenido las ganas de darle un puñetazo, Malcolm Sinclair.
Malcolm arqueó una ceja.
Douglas bebió al fin, no porque tuviera sed, sino porque necesitaba ocupar la boca con algo que no fuera una amenaza.
—Espero que esta noche tampoco sea la primera vez —escupió Douglas.
Malcolm lo miró de perfil.
No sonrió.
Eso habría sido demasiado cruel y, en el fondo, no quería ser cruel con un hombre que acababa de delatarse con más claridad que si hubiera caído de rodillas en mitad del salón.
Malcolm había visto celos antes. Los había sentido también, de la peor manera, cuando Audrey empezó a pertenecerle sin que él hubiera ganado aún el derecho de admitirlo.
Aquello que veía en Douglas no era simple orgullo herido ni deseo de recuperar una posesión perdida.
Era algo más importante. Más lento. Más peligroso para todos.
Douglas Hamilton no estaba furioso porque otro hombre tocara a Mairi.
Estaba furioso porque otro hombre podía hacerla feliz.
Y porque Mairi tenía motivos para permitírselo.
—Conviene que tampoco golpee a Tavish en mi presencia —dijo Malcolm al fin.
—¿Porque lo defenderá?
—Porque si empiezo a aprobar cada puñetazo que un hombre merece, perderé la autoridad moral antes del amanecer.
Douglas soltó una risa baja, sin alegría.
—Qué responsabilidad tan aburrida.
—Ser laird suele serlo, algún día usted lo será.
Ambos guardaron silencio.
La música continuó.
Mairi giró una vez más entre los brazos de Tavish. El plaid Sinclair se abrió como una llama oscura sobre su vestido, el cabello rubio se soltó un poco más y, al completar el giro, levantó la vista por pura casualidad.
Sus ojos encontraron los de Douglas.
La sonrisa desapareció de sus labios.
No de golpe. Simplemente se perdió, absorbida por algo más fuerte que la música, más visceral que el orgullo y mucho menos manejable que la prudencia.
Tavish siguió marcando el paso. La sala siguió riendo.
El gaitero tomó aire. Las botas golpearon la piedra.
Pero entre Douglas y Mairi el salón entero se volvió lento, distante, casi irreal.
Él la miró como la había mirado en el jardín la noche anterior, pero ahora había algo más bajo la superficie.
Dolor.
Deseo.
Y una comprensión tardía que Mairi no quiso leer porque habría sido demasiado peligrosa.
Tavish dijo algo.
Ella no lo oyó.
Douglas tampoco respiró.
La danza continuó, pero para ellos dos Brodick acababa de quedarse sin paredes, sin testigos y sin música.
Douglas Hamilton acababa de comprender que existía algo mucho más insoportable que ser rechazado por una mujer: verla empezar a ser feliz sin él.