Capítulo 7 #2
Vio a una mujer que entendía a las personas con una facilidad que él jamás tendría. No necesitaba dar órdenes ni recordar quién era. Le bastaba con acercarse, escuchar y tratar a cada uno como si de verdad importara.
El regreso a Brodick fue menos solemne que la llegada.
Los hombres hablaban con voces más ligeras, las mujeres caminaban agrupadas y los jóvenes discutían si una fonda pequeña cerca del camino principal podría ofrecer trabajo suficiente sin que los viejos encontraran otra razón para invocar la ruina de Escocia.
Pollock y Bain se quedaron con Angus revisando rutas alternativas, y Malcolm aceptó regresar al castillo junto a Douglas.
No habían dejado de desconfiar el uno del otro, pero algo había cambiado.
Malcolm acababa de verlo actuar como un líder cuando habría sido mucho más fácil aprovechar el error ajeno para imponer su autoridad.
—Ha manejado bien la reunión —dijo Malcolm.
—Intento no arruinar todas las conversaciones importantes.
—Qué ambición tan reciente.
Douglas lo miró de lado. Malcolm bebió el aire frío de Arran con esa tranquilidad de los hombres que no temen ser golpeados por una respuesta.
Angus los alcanzó en el patio poco después, con los ojos brillantes de una emoción que intentaba disimular bajo eficiencia.
—Debería celebrarse, milord.
Douglas se detuvo.
—¿Celebrarse?
—La isla esperaba una guerra de papeles, gritos y quizás un herido más. Ha terminado con un acuerdo provisional, un documento reconocido y los comerciantes considerando Glasgow como si la idea hubiera nacido de sus propias cabezas. En Brodick, eso merece al menos música.
Douglas miró el castillo.
Durante un instante pensó en su madre. Liza jamás habría permitido que pescadores con botas embarradas, viudas con chales húmedos y gaiteros de taberna entraran sin preparación en el gran salón de Brodick.
Habría sonreído con esa dulzura suya, habría hablado de manteles, de flores, de criados suficientes para evitar la anarquía y de la necesidad de que cualquier reunión pareciera decente aunque los escoceses insistieran en comportarse como escoceses.
Lo habría convertido en una recepción refinada, hermosa, impecable y llena de sillas colocadas exactamente donde nadie quería sentarse.
Su padre, en cambio, había abierto una vez las puertas de Brodick después de una tormenta que se llevó tres barcas, no para celebrar, sino para que la isla recordara que aún había fuego, whisky y techo común.
Douglas tomó la decisión antes de vestirla de prudencia.
—Que entren los músicos del puerto. El gaitero viejo, si aún puede sostenerse después de dos copas. El violinista que toca en las bodas de Lamlash. Y alguien que cante en gaélico sin convertirlo en funeral antes de medianoche.
Angus parpadeó.
—¿Quiere una velada popular en el gran salón?
—Quiero una vieja noche de Arran en Brodick.
Angus bajó la mirada.
Cuando volvió a levantarla, los ojos no parecían tan secos como de costumbre.
—Su padre estaría orgulloso.
Douglas no respondió de inmediato.
—Mi madre no.
—Su madre ha aportado clase y estilo al apellido Hamilton.
—Sin duda, Angus.
Aquella noche, Brodick dejó de parecer un castillo alzado por retratos y volvió a ser una casa viva. El gran salón se llenó de fuego, humo de turba, lana húmeda, risas, botas sobre piedra y ese olor áspero de los hombres que habían trabajado cerca del mar antes de beber whisky.
Los candelabros ardían con abundancia, pero nadie miraba las velas; todos miraban la chimenea enorme, las sombras de los tartanes moviéndose contra los muros, los estandartes Hamilton y Sinclair sobre el aparador y la pequeña zona despejada donde los músicos habían empezado a probar sus instrumentos.
Un gaitero viejo, más hueso que carne, abrió la noche con una melodía que no pidió permiso al oído, sino a la sangre.
Después un violinista de Lamlash arrancó una pieza más viva, y el salón comenzó a moverse como si la piedra misma recordara pasos aprendidos hacía siglos.
Las mujeres se quitaron los chales más pesados, los hombres dejaron las copas en cualquier superficie capaz de sostenerlas y los MacKinnon, que al principio fingieron observar sin demasiado interés, tardaron menos de diez minutos en encontrar una excusa para unirse.
Douglas no bailó.
Presidía sin hacerlo. Hablaba con Angus, aceptaba comentarios de Seumas, escuchaba a Pollock prometer con demasiada insistencia que la ribera del Clyde ofrecía posibilidades excelentes, y de vez en cuando miraba hacia donde no debía mirar.
Mairi estaba junto a la señora MacEachern cuando una niña la convenció de dar los primeros pasos.
No hizo teatro. No buscó atención. Simplemente dejó la copa, se colocó en la fila y permitió que la música la guiara.
Douglas la vio sonreír antes de moverse, y aquel gesto le pareció más íntimo que cualquier desnudez imaginada.
La vio levantar el mentón, ajustar el tartán Sinclair sobre el vestido y entrar en la danza con una seguridad que nada tenía que ver con los salones ingleses.
Giró.
Su falda se abrió alrededor de los tobillos.
El fuego le encendió el cabello rubio.
El tartán le cruzó el cuerpo casi de forma escandalosa.
Douglas no respiró bien desde ese momento.
Más tarde, cuando la música se hizo más rápida y varios hombres cambiaron de pareja con el desorden organizado de las danzas escocesas, Mairi retrocedió un paso para esquivar a un niño demasiado entusiasta y chocó contra alguien que estaba detrás de ella.
Douglas la sujetó.
No fue dramático. No hubo caída. No hubo grito.
Solo una mano firme cerrándose en su cintura y otra rozándole el antebrazo desnudo entre el guante y la manga.
Pero el cuerpo de Mairi se quedó inmóvil como si aquella mano hubiera atravesado todas las capas de lana, orgullo y memoria que los separaban.
Douglas sintió bajo la palma la curva viva de su cintura, no frágil, no débil, sino cálida, real, de mujer.
El pulgar, por error o por una falta de virtud que él no quiso analizar, rozó una vez el costado de ella.
Mairi giró la cabeza.
Estaban demasiado cerca.
Mucho más de lo que permitía una casualidad.
—No me caía —dijo ella.
—Lo sé.
—Entonces puede soltarme.
Douglas no lo hizo de inmediato.
Fue solo un segundo.
El suficiente para que ambos lo sintieran como una confesión.
Cuando la soltó, Mairi dio un paso adelante con tanta dignidad que cualquiera habría creído que nada había pasado.
Douglas, en cambio, se quedó con el calor de su cintura en la mano y una certeza indecente apretándole el cuerpo: si no la había besado en ese instante no era por falta de deseo, sino porque todo Brodick los estaba mirando aunque fingiera no hacerlo.
Mairi no volvió a acercarse a él.
Y quizás por eso la vio aceptar la mano de Tavish MacKinnon cuando este la invitó a bailar.