Capítulo 7
Brodick amaneció con olor a lluvia reciente, a sal húmeda y a leña encendida, pero aquella mañana el castillo no pareció despertar como residencia ducal, sino como corazón antiguo de una isla que había decidido acudir entera para escuchar qué se haría con su memoria.
Antes de que el sol terminara de trepar sobre el perfil gris de las colinas, comenzaron a llegar los primeros carros desde la costa: pescadores con las botas todavía manchadas de arena, mujeres envueltas en chales oscuros, muchachos que fingían indiferencia para no admitir que estaban nerviosos, ancianos con bastones retorcidos y niñas que caminaban sujetas a las faldas de sus madres.
No iban a una audiencia inglesa ni a una reunión de arrendatarios convocada por un administrador; acudían a algo más viejo, más desordenado y mucho menos dócil, una asamblea de Arran bajo la mirada de los Hamilton.
Douglas no permitió que los reunieran dentro del castillo, donde las paredes, los retratos y las alfombras habrían colocado demasiada distancia entre su apellido y la gente que debía escucharlo.
Mandó disponer bancos largos en el patio exterior, cerca del arco que daba hacia el camino del puerto, y ordenó que se levantara una mesa sencilla de roble sobre dos caballetes, sin mantel, sin adornos y sin ningún detalle que pudiera recordar a los comerciantes de Glasgow que estaban acostumbrados a negociar entre papeles limpios.
Sobre la mesa descansaban el documento traído por Malcolm Sinclair, los planos de los comerciantes Pollock y Bain, una copia de los nuevos trazados propuestos por Angus y una jarra de agua que nadie tocaría porque todos parecían preferir la sed a perderse una palabra.
El pueblo preguntaba por Douglas antes incluso de que él saliera.
No por el duque de Hamilton. No por el heredero de Brodick. Por Douglas.
—¿Hablará él?
—¿Está aquí el muchacho?
—Que sea el Hamilton quien lo diga.
Seumas MacBride, con la frente aún marcada por el golpe del derrumbe y la autoridad insoportable de los viejos que han sobrevivido lo suficiente para molestar a tres generaciones, golpeó una piedra con el bastón y masculló en gaélico que si seguían cuchicheando como gallinas, no habría documento capaz de salvarlos de su propia estupidez.
Eso hizo callar a la mitad. La otra mitad calló cuando Douglas apareció.
Llevaba los colores de su casa con orgullo.
Malcolm caminaba a su lado, con el documento bajo el brazo, serio, orgulloso, tan distinto de Douglas y, sin embargo, tan igual en aquello que hacía que los hombres apartaran la vista cuando cualquiera de los dos fijaba los ojos en ellos.
Detrás iban Tavish y los otros MacKinnon, que parecían más interesados en medir las pendientes de Arran con la mirada que en atender a discursos, y Angus, que llevaba suficientes papeles como para defender a Brodick de una invasión de abogados.
Mairi no apareció con los hombres.
Douglas lo notó antes de decidir que no debía notarlo.
Ella estaba al otro lado del patio, junto a la señora MacEachern, rodeada de mujeres, niñas y dos ancianas que hablaban con ella en gaélico como si la conocieran desde hacía años.
Mairi las escuchaba con una atención franca, sin condescendencia, sin esa delicadeza inglesa que habría convertido la pobreza ajena en incomodidad.
Tenía el tartán Sinclair sobre un vestido de lana verde oscuro esa mañana, más sencillo que el traje blanco del día anterior, pero igual de impecable.
El viento le había soltado un mechón rubio sobre la sien y una niña, sin pedir permiso, le tocaba el borde del tartán como si comprobara la calidad de una bandera.
Douglas apartó la mirada.
O lo intentó.
—Empezaremos —dijo.
No alzó la voz demasiado. No hizo falta. La gente de Arran se calló porque reconoció el tono de mando.
Pollock y Bain estaban de pie frente a la mesa con el aspecto de dos hombres que habían dormido poco y calculado mucho.
Pollock conservaba cierta compostura, aunque su chaleco caro parecía menos victorioso ese día.
Bain, en cambio, tenía los ojos hundidos y las manos demasiado ocupadas en cerrar y abrir su cuaderno.
Douglas colocó una palma sobre el documento.
—Ayer se confirmó lo que algunos de ustedes recordaban por tradición y otros negaban por conveniencia.
El Paso de los Ciervos no es un sendero abandonado ni un obstáculo en un plano.
Es un paso reconocido por la casa Hamilton para uso del pueblo de Arran.
No puede cerrarse, venderse ni desviarse para beneficio privado sin consentimiento de las familias de la costa y de Brodick —Un murmullo recorrió el patio—.
El documento fue custodiado por Fergus Sinclair cuando mi abuela, Harriet Hamilton, huyó con mi padre de Brodick.
Mi casa no lo conservó para ganar tierras, ni rentas, ni ventaja sobre Arran. Lo conservó para mantener su palabra.
Pollock carraspeó.
—Nadie pretende negar la historia de la isla, lord Hamilton.
Seumas soltó una risa seca.
—Los hombres que empiezan diciendo "nadie pretende" suelen estar pretendiéndolo.
Varias mujeres rieron por lo bajo.
Douglas no sonrió.
—Señor Pollock, señor Bain, nadie discute que Arran necesita empleo. Nadie discute que los viajeros seguirán llegando. Nadie discute que una fonda bien situada puede traer prosperidad. Lo que se discute es si esa prosperidad debe construirse arrancando un paso antiguo de la garganta de la isla.
Bain apretó el cuaderno contra el pecho.
—Lord Douglas, con respeto, los inversores no aceptarán retrasos indefinidos. Hemos gastado dinero, tiempo, estudios, viajes...
—La isla todavía no los conoce, y ustedes todavía no conocen la isla. Empiecen por preguntar antes de cambiar lo que lleva aquí más tiempo que cualquiera de nosotros.
Pollock le lanzó una mirada breve, incómoda.
La viuda la sostuvo con absoluta indiferencia.
Desde el grupo de mujeres, una pescadera de brazos fuertes y voz clara se adelantó un poco. Douglas la conocía como Catriona Boyd, esposa de un hombre que llevaba media vida entrando y saliendo de la bahía con más valentía que prudencia.
—¿Y por qué no levantan esa fonda junto a Glasgow?
—preguntó—. Allí llegan cientos de viajeros cada semana.
Barcos, comerciantes, familias que van y vienen, caballeros que no saben dónde dejar sus baúles y damas que necesitan más almohadas que sentido común.
Si lo que quieren es dinero, vayan al Clyde.
Glasgow se traga en un día más forasteros de los que Arran ve en medio verano.
Varias voces la apoyaron.
—Tiene razón.
—En Glasgow sí pagarían.
—Allí no hay que cortar nuestros árboles.
—Y si quieren vistas salvajes, que paguen después por venir a verlas, no por destruirlas.
Un joven, Neil MacBride, que hasta entonces había defendido la fonda con la desesperación de quien no quería heredar la vida de su padre, se levantó despacio.
—Brodick también necesita trabajo —dijo—. No todos podemos marcharnos a Glasgow.
Douglas lo miró con atención. Aquel muchacho era importante. No por lo que sabía, sino por lo que representaba: el futuro que podía volverse contra la tradición si la tradición solo le ofrecía hambre.
—Lo sé —respondió Douglas—. Y por eso no voy a enterrar la idea de una fonda.
Voy a enterrar este emplazamiento. Hay terrenos más cerca del camino principal de Brodick, lejos del Paso de los Ciervos, donde podría levantarse una casa más pequeña, útil para visitantes que deseen quedarse en la isla sin convertir la costa en un escaparate.
Si los señores Pollock y Bain desean un negocio grande, con tráfico constante, Glasgow es más sensato.
Si desean una presencia en Arran, deberá respetar Arran.
Pollock guardó silencio el tiempo suficiente para que todos comprendieran que estaba calculando no solo dinero, sino derrota.
Bain se inclinó hacia él y ambos hablaron en voz baja, demasiado baja para que el pueblo escuchara, aunque no tanto para que Douglas no percibiera las palabras clave: costes, pleito, retraso, mala prensa, Clyde, inversión alternativa.
Finalmente Pollock alzó la cabeza.
—Estudiaremos ambas posibilidades. Una inversión mayor en la ribera del Clyde, cerca de Glasgow, y una casa de huéspedes más modesta en Brodick, siempre que la casa Hamilton facilite condiciones razonables.
—La casa Hamilton facilitará condiciones justas —dijo Douglas—. No razonables para quienes llaman razonable a desobedecer órdenes directas.
Bain palideció.
Pollock inclinó la cabeza.
—Aceptamos retirar cualquier actuación sobre el Paso de los Ciervos.
El patio entero exhaló.
No hubo gritos de victoria. No al principio.
Solo una especie de alivio. Después alguien golpeó el suelo con el bastón.
Otro respondió. Las mujeres empezaron a murmurar.
Un niño, sin entender del todo qué había ocurrido, preguntó si eso significaba que la cabra de Cait no tendría que mudarse a Glasgow, y aquella pregunta rompió el resto de solemnidad que quedaba.
Mairi rio.
Douglas oyó aquella risa entre todas las voces.
Y se giró.
Ella estaba con las mujeres, rodeada por chales, cestas, manos ásperas y niñas que la miraban como se mira a una dama que no parece pertenecer a los cuentos, sino a la tierra.
La señora MacEachern le decía algo en gaélico; Mairi respondió en la misma lengua, rápida, musical, con un acento de Glenmuir que las mujeres aceptaron sin reparo porque en Glenmuir había un clan tan honorable como ellos.
Una anciana le tomó las manos y las apretó entre las suyas. Una niña se escondió detrás de su falda. Catriona Boyd le preguntó por Audrey y por la pequeña Eliza, y Mairi habló de su sobrina con una dulzura que hizo sonreír incluso a Seumas, aunque el viejo fingió que solo tenía el sol en los ojos.
Douglas la observó demasiado tiempo.
No vio a la enferma que había protegido.
No vio a la invitada pálida de Hamilton Lodge.