Capítulo 6 #3
Douglas miró el perfil de Mairi bajo la luz tenue que salía de las ventanas. El vestido caro de Cathaline le ceñía la cintura y caía con elegancia sobre un cuerpo que él había intentado recordar como frágil para defenderse de lo que de verdad significaba.
Pero allí, con el tartán Sinclair sobre los hombros, con el cabello rubio rozándole la nuca y la respiración firme en el frío, Mairi no parecía un deber incumplido ni una mujer que necesitara ser apartada del mundo.
Parecía una tentación.
Delgada, sí, pero no débil; hermosa de un modo menos angelical que peligroso, con la clase de atractivo que no pedía protección, sino manos capaces de sostener el fuego sin apagarlo.
Douglas sintió, con una claridad indecente, el recuerdo de su cintura bajo la palma, el peso breve de su cuerpo contra el suyo, la forma en que sus ojos se habían alzado hacia él antes de exigirle que la soltara.
—Parece que Glenmuir le sienta bien —dijo él con voz grave, como si le costara hablar.
Mairi giró la cabeza un poco.
—Nunca me sentó mal. Es mi hogar.
—También lo fue cuando enfermó.
—Y Hamilton Lodge era muy sano cuando usted me hirió.
El golpe fue limpio. Douglas lo aceptó sin bajar la mirada, Mairi no era inglesa y no debía olvidar su forma de hablar: directa, sin rodeos, y honesta.
—Me alegra verla recuperada.
—No parecía tan alegre cuando me marché.
—Se marchó al amanecer.
—Para evitar otra propuesta razonable.
La boca de Douglas se endureció.
—No he venido a repetirla.
—No habría aceptado aunque lo hiciera con mejores modales.
—No he dudado de eso.
—Qué decepción. Esperaba que al menos hubiera dudado un poco.
Douglas dio un paso más hacia ella. No lo suficiente para tocarla. Sí lo bastante para que Mairi notara la anchura de sus hombros, el olor a cuero, a viento y a algo suyo que ella había reconocido incluso enferma, incluso furiosa, incluso intentando olvidarlo.
—Vuelve a montar —dijo él, recordando la yegua de Mairi bajando del barco antes que ella.
Mairi sostuvo su mirada.
—Sí.
—Tavish parece complacido de acompañarla.
—Tavish se complace con facilidad.
—Eso he notado.
La mirada de Mairi cambió. Una chispa pequeña, peligrosa.
—¿Le molesta?
—No.
—Qué respuesta tan poco convincente para un hombre acostumbrado a ordenar al mundo.
Douglas se acercó otro medio paso.
—Me preocupa que no mida sus fuerzas.
—Y a mí me preocupa que siga creyendo que mis fuerzas son asunto suyo.
—No he dicho eso.
—No con esas palabras. Usted nunca necesita las palabras equivocadas para decir algo ofensivo.
Douglas dejó escapar una respiración breve, sin humor.
—Sigue teniendo la lengua afilada.
—Y usted sigue creyendo que eso es un síntoma.
—No. Empiezo a creer que es su estado natural.
Mairi casi sonrió. Casi. Pero la sonrisa habría sido una rendición mínima y no estaba dispuesta a regalarle ni eso.
—Me siento más viva que nunca, lord Douglas.
La frase cayó entre ambos con una intimidad que ninguno había previsto.
Douglas la miró entonces de verdad, sin la defensa de la cortesía, sin el velo de la salud, sin la excusa del viaje o del clima.
Viva. Sí. Lo estaba. En la forma en que respiraba, en el color de sus labios, en la firmeza de su barbilla, en la suavidad del pecho al alzarse bajo el vestido, en la provocación involuntaria de una mujer que había dejado de ser paciente ante sus ojos y se había convertido en deseo.
No el deseo limpio de un caballero considerando matrimonio.
No la ternura vigilante de quien cuenta cucharadas de sopa.
Deseo. Oscuro, adulto, físico, imprudente.
Mairi lo vio comprenderlo.
Y aquello fue peor que cualquier palabra de amor.
Porque durante un segundo Douglas la miró como ella había querido que la mirara en Hamilton Lodge: no como a alguien que debía sobrevivir, sino como a una mujer capaz de quitarle el juicio a un hombre.
—No me mire así —dijo ella, pero la voz le salió más baja de lo que habría querido.
—¿Así cómo?
—Como si acabara de descubrir algo.
—Quizás lo he hecho.
—Demasiado tarde.
Douglas bajó la mirada a su boca.
No la tocó.
No se inclinó.
No hizo nada que pudiera convertirse en disculpa o pecado.
Y, aun así, Mairi sintió aquel no-beso como una presión contra la piel.
—Nunca fue mi intención hacerla sentir menos de lo que es —dijo él.
No era una disculpa.
Se parecía peligrosamente.
Mairi tragó saliva, furiosa consigo misma por desear que continuara.
—Cuando me mira, casi consigo creerle. Cuando habla, recuerdo por qué me marché.
Douglas habría respondido. Quizás aquella vez con algo verdadero. Quizás con otra arrogancia. Ninguno de los dos llegó a saberlo.
—Lord Douglas.
La doncella, Aibileen, apareció con una lámpara en una mano y una venda limpia en la otra.
No venía con la timidez de una criada llamada a interrumpir a sus superiores, sino con la familiaridad de una mujer de Arran que había decidido que la sangre de Douglas Hamilton era asunto de la cocina si él se empeñaba en ignorarla.
—La herida habrá vuelto a abrirse —dijo ella—. Le dije que cambiara la venda después de la cena. Lleva demasiado tiempo para cerrarse.
Douglas se enderezó de inmediato.
—No era necesario que vinieras.
—Eso dice siempre antes de mancharlo todo.
Mairi miró a Aibileen.
Y lo comprendió al instante.
No por las palabras. No por la venda. Por los ojos.
Aquella joven miraba a Douglas como ella lo había mirado en Hamilton Lodge.
Había cariño allí, sí, pero también una esperanza guardada con demasiada dignidad para resultar vulgar.
Aibileen conocía la forma de su mano, el tono de sus negativas, la testarudez de su silencio.
Lo conocía de antes. De Arran. De un tiempo al que Mairi no pertenecía.
Algo frío le rozó la espalda.
—No deseo estorbar —dijo Mairi, con una educación perfecta.
Douglas se giró hacia ella.
—Lady Mairi...
—Su mano parece reclamar atenciones.
La frase salió fría.
Demasiado fría.
Aibileen bajó la vista, quizás por fin consciente de lo que había interrumpido, y en ese gesto Mairi vio suficiente para sentir una punzada idiota de crueldad.
No odiaba a la muchacha. Eso habría sido más fácil.
Odiaba que Douglas pudiera tener vida, recuerdos y mujeres mirándolo en lugares donde ella no había estado.
Antes de que Douglas pudiera decir nada, Malcolm apareció desde el pasillo abierto que comunicaba con el jardín. No parecía haberlos seguido; llevaba el documento en una mano y el gesto de quien venía de hablar con Angus.
—Mañana al amanecer reuniremos al pueblo —confirmó—. Mostraremos el documento antes de que Pollock convierta el derrumbe en accidente inevitable y a Bain en mártir de la modernidad. Deben considerar construir la fonda en otro lugar.
Mairi se apartó un paso.
Douglas no la siguió.
Aibileen apretó la venda entre los dedos.
Malcolm miró una vez a su hermana, otra a Douglas y una última a la joven de Brodick. No dijo nada sobre lo que acababa de encontrar. A veces un laird inteligente sabía cuándo una batalla no necesitaba testigos.
—Estaré preparado —respondió Douglas.
—Eso espero —dijo Malcolm—. Mañana Arran mirará a los Hamilton y a los Sinclair al mismo tiempo. Conviene que estemos unidos.
Mairi inclinó la cabeza.
—Buenas noches.
Pasó junto a Douglas sin rozarlo.
Esta vez fue él quien se quedó mirándola, esperando algo más que no llegó.
Y mientras Aibileen encendía mejor la lámpara para cambiarle la venda, Douglas permaneció inmóvil mirando el lugar por donde Mairi había desaparecido, con la certeza amarga de que el deseo podía ser mucho más cruel que la culpa.
Porque la culpa pedía perdón.
El deseo, en cambio, exigía mucho más.