La furia del Highlander (Los Duques de Escocia 2) Capítulo 6 #2
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Capítulo 6 #2

No había adelgazado por remordimiento, ni perdido arrogancia, ni adquirido esa cara de hombre arrepentido que habría facilitado odiarlo.

Se veía más fuerte que en Inglaterra, más highlander, más peligroso.

Llevaba bastas botas de montar, el pelo alborotado y esa mirada marrón que jamás pedía perdón para entrar donde no debía.

Mairi odió descubrir que el corazón podía ser tan poco leal a una mujer orgullosa.

Tavish la ayudó a bajar del barco.

No porque ella lo necesitara.

Porque lo hizo antes de que Douglas pudiera moverse.

La mano de Tavish se cerró en torno a la cintura de Mairi con una familiaridad breve, práctica, casi fraternal. Él la dejó en el suelo con cuidado y después le dijo algo en voz baja, en gaélico, que la hizo sonreír.

Douglas no escuchó cada palabra.

No hizo falta.

Entendió la sonrisa.

Y la detestó con una calma tan feroz que durante un segundo olvidó incluso que Malcolm lo estaba observando.

Mairi caminó hacia ellos. No deprisa. No insegura. Con el tartán Sinclair moviéndose sobre el vestido caro que su hermana Cathaline le había regalado tiempo atrás, como si hubiera encontrado la manera de ser dama y laird's sister, mujer de salón y criatura de colina, todo a la vez.

—Lord Hamilton —dijo al detenerse con una voz profunda, aguda, femenina y potente. No le faltaba aire, no le faltaba fuerza, no le faltaba absolutamente nada.

Douglas inclinó la cabeza.

—Lady Mairi —hizo una reverencia él, algo torpe sin saber por qué.

La formalidad, sin embargo, fue perfecta.

Malcolm miró a su hermana, luego a Douglas. No sonrió. No gruñó. No necesitó hacerlo. En aquellos dos títulos corteses acababa de oír más confesiones que en media batalla mal explicada.

—Espero que el viaje no la haya fatigado —añadió Douglas.

—Qué considerado. Siempre tan atento a mi salud, lord Hamilton —replicó ella, alzando una ceja rubia mientras lo miraba con evidente desagrado.

Douglas apretó los puños.

—Me refería al trayecto.

—Claro.

Malcolm decidió entonces, con una claridad que no le gustó demasiado, que quizás no debía preocuparse de la misma manera que había creído.

Mairi no parecía una mujer enamorada. Dolida, sí.

Orgullosa hasta la imbecilidad, desde luego.

Pero no sometida a los encantos del hermano de Audrey.

Y Douglas Hamilton, por mucho que intentara llevar el rostro de un hombre que solo veía una invitada difícil, miraba a Mairi como se mira algo que uno ha dado por perdido.

Aquello no lo tranquilizó del todo.

Pero pensó que quizás no debería preocuparse tanto.

—Entremos en Brodick —dijo Douglas—. Hay habitaciones preparadas.

—Con que haya techo, nos bastará —replicó Malcolm.

—Brodick suele ofrecer algo más que techo, laird Sinclair.

—Glenmuir también. Aunque a veces gotee.

—Audrey me lo ha contado todo.

El nombre de su hermana suavizó algo entre ambos hombres. No lo suficiente para volverlos aliados, pero sí para recordarles que una mujer a la que ambos amaban los habría encontrado insoportables si seguían retándose con cada palabra como si fuera un disparo.

—A Audrey le hubiera encantado venir, siempre habla maravillas de Arran, su parte escocesa —comentó Malcolm mientras empezaban a caminar hacia el carruaje—.

Pero viajar con una niña de dos años, una doncella, tres baúles y su hermana intentando demostrar que puede hacerlo todo era una manera innecesaria de tentar a Dios.

—Mi sobrina requiere mucha atención, no era necesario hacer venir a mi hermana.

—Su sobrina ha heredado lo peor de ambas familias.

—Mi pésame.

Malcolm lo miró.

Douglas no sonrió.

Malcolm tampoco.

Mairi, que caminaba unos pasos detrás junto a Tavish, sí oyó la frase.

Y aunque se dijo que no había nada divertido en que Douglas Hamilton intercambiara ironías con su hermano como si no hubiera intentado convertirla en esposa por razones médicas, la comisura de sus labios traicionó una curva mínima.

Douglas la vio reflejada en la ventanilla del carruaje.

Y no se lo perdonó.

La cena en Brodick se sirvió en el comedor antiguo, no en el salón más moderno que la Duquesa de Hamilton habría preferido por luminoso.

Douglas había elegido la estancia de piedra, fuego y retratos porque aquella noche no recibía visitantes de recreo, sino a otro clan  llamado por una promesa enterrada.

Las velas ardían en candelabros altos, el mar se escuchaba a lo lejos cuando el viento encontraba las ventanas y sobre el aparador reposaban dos estandartes: Hamilton y Sinclair, no juntos todavía, pero sí en la misma habitación.

Mairi se sentó a la derecha de Malcolm porque Douglas lo dispuso así con una corrección impecable.

Tavish quedó un poco más allá, con una facilidad irritante para acomodarse en cualquier mesa como si hubiera nacido para ocupar más espacio del concedido.

Los MacKinnon comieron con el apetito de hombres que habían trabajado antes de llegar y pensaban trabajar al día siguiente.

Angus permaneció en un extremo con documentos preparados. Douglas presidió sin parecer joven, sin parecer incómodo, sin parecer afectado por el hecho de que Mairi estuviera al otro lado de la mesa con el fuego marcando sombras sobre la curva de su cuello.

El documento apareció después del segundo plato.

Malcolm no hizo teatro. Apoyó el cofre sobre la mesa, abrió la cerradura con una llave que llevaba en una cadena bajo el chaleco y sacó un papel doblado en cuero oscuro. La conversación se apagó por sí sola.

—Fergus Sinclair guardó varios documentos cuando Harriet Hamilton huyó con su padre —dijo—. Audrey y yo revisamos los archivos al recibir su carta. Este estaba entre papeles que Hamish llevaba años considerando inútiles por no contener deudas inmediatas.

—Un error muy propio de administradores sin imaginación —murmuró Tavish.

Angus lo miró como si acabara de insultar una religión.

Malcolm extendió el documento.

Douglas no lo tocó de inmediato. Leyó desde su lugar la escritura antigua, el sello quebrado, los nombres de Hamilton, MacBride y varias familias de la costa.

No era una escritura bonita. Era una escritura útil.

Y allí estaba, con términos más sencillos de lo que un abogado moderno habría aprobado: el paso debía permanecer abierto para el pueblo de Arran mientras la casa Hamilton gobernara Brodick, y ningún beneficio privado podía cerrarlo sin consentimiento de las familias reconocidas y del jefe de la casa.

Mairi no miró el documento.

Miró la mano vendada de Douglas.

La venda asomaba bajo el puño con una torpeza imposible de atribuir a un ayuda de cámara. Alguien se la había puesto con prisa, pero también con cuidado. Esa idea no debería importarle. Sin embargo, le importó de un modo ridículo.

Tavish, que tenía el talento criminal de hablar cuando más convenía callar, se inclinó hacia ella.

—Lo que he oído es que vuestro Hamilton se lanzó por una pendiente por una niña y una cabra.

—No es mi Hamilton.

Douglas levantó la vista.

Solo un instante.

Lo bastante para que Mairi comprendiera que la había oído.

Tavish sonrió.

—Entonces el Hamilton de nadie tiene buena mano con las cuerdas.

—No es ninguna novedad —murmuró Mairi, tan bajo que solo Tavish pudo oírlo.

O eso creyó.

Douglas no cambió de expresión, pero apoyó la copa sobre la mesa con una calma demasiado exacta.

Malcolm, que no había perdido detalle, decidió que odiaba aquella cena un poco menos de lo que esperaba y bastante más de lo que le convenía.

Su hermana Mairi no estaba indiferente. Douglas tampoco.

El problema era que ambos parecían dispuestos a morir antes de admitirlo, y Malcolm, por experiencia propia, sabía que esa era una forma muy escocesa de cortejar una desgracia.

—Mañana hablaremos con el pueblo —dijo Douglas—.

No bastará con mostrar el documento a los comerciantes Pollock y Bain.

Arran debe verlo. Los jóvenes que apoyan la fonda deben entender que empleo y despojo no son lo mismo.

Los viejos deben entender que el documento no les da derecho a negar cualquier mejora.

—Habla como un hombre que piensa sobrevivir a dos bandos enfadados —dijo Tavish.

—Eso intento.

—Qué ambición tan inglesa.

—Qué comentario tan MacKinnon.

Mairi bajó los ojos para ocultar una sonrisa. Aquella vez Douglas la vio directamente. La sonrisa no era para él. Era para Tavish, para la insolencia fácil de un hombre que parecía hacer reír a Mairi sin esfuerzo. Algo se movió en el pecho de Douglas con una violencia primitiva y absurda.

No eran celos.

Eso habría sido vulgar.

Era simplemente que no le agradaba ver a Tavish MacKinnon inclinado hacia Mairi como si conociera la distancia exacta a la que podía estar de ella sin recibir una bofetada.

Lo cual, en términos menos nobles, era celos.

Después de cenar, Mairi salió al jardín lateral de Brodick sin pedir permiso a nadie. No estaba cansada de la mesa, ni del documento, ni de los hombres hablando de pasos, cuerdas y derechos como si no hubiera una tormenta mucho más peligrosa sentada entre los cubiertos.

Estaba cansada de sentir la mirada de Douglas precisamente cuando él fingía no mirarla, cansada de la venda en su mano, de la voz grave llenando el comedor, de ese cuerpo suyo ocupando la cabecera como si Brodick, Arran y cualquier mujer sensata debieran recordar quién mandaba.

El aire exterior fue una bendición fría.

El jardín de Brodick descendía hacia árboles oscuros y un muro desde el que se intuía la bahía bajo la noche.

No era Glenmuir. Era más ordenado, más rico, incluso menos húmedo a pesar de ser una isla.

Pero el viento era escocés y eso bastaba para que Mairi respirara hondo.

—No debería estar sola.

No se giró.

—Qué alivio descubrir que algunas cosas no cambian.

Douglas se detuvo a varios pasos de ella.

—No he venido a buscarla.

—Por supuesto que no.

—Necesitaba aire.

—Brodick es generoso. Tiene bastante para los dos.