Capítulo 6
Malcolm Sinclair llegó a Arran un mediodía cualquiera de octubre, cuando el cielo todavía conservaba ese tono plomizo que hacía parecer al mar una prolongación inquieta de las montañas.
El barco había cruzado desde la costa con una carga que no figuraba en ningún inventario de puerto: hombres de Glenmuir, dos MacKinnon escogidos por su conocimiento de pendientes traicioneras, rollos de cuerda gruesa, herramientas de hierro, un cofre estrecho protegido bajo llave y el orgullo entero de una casa que no acudía a Brodick para pedir hospitalidad, sino para responder a una costumbre antigua entre clanes.
Douglas Hamilton lo esperaba en el muelle.
No había enviado a Angus, ni a un lacayo, ni a un criado con una fórmula cortés.
Estaba allí en persona, de pie junto a las argollas húmedas donde amarraban las barcas, con las botas manchadas, el tartán Hamilton sujeto al hombro y la mano derecha todavía vendada bajo el puño de la camisa, el corte estaba costando de curar.
El viento le movía el cabello oscuro, pero él no parecía sentirlo.
Había en su quietud algo que pertenecía a su padre y algo que era enteramente suyo: una autoridad joven, dura, todavía demasiado orgullosa para saber pedir ayuda sin convertirla en una orden disfrazada de deber.
Malcolm bajó primero.
No llevaba la elegancia de un duque viajando entre iguales, sino la presencia de un laird que cargaba con su clan a cada paso.
Su tartán Sinclair, verde oscuro y azul profundo atravesado por líneas rojas, caía sobre su hombro con esa naturalidad que en otro hombre habría parecido teatral y en él resultaba inevitable.
Tavish MacKinnon descendió detrás, alto, ancho, con el cabello rojizo atado en la nuca y una expresión de insolencia que le era propia.
Otros dos hombres lo siguieron con herramientas al hombro, tan callados como si hubieran venido a una guerra que aún no había sido declarada.
Douglas no miró a los demás.
Miró a Malcolm.
Durante unos segundos no hablaron. El mar golpeó contra el muelle, una gaviota chilló sobre las velas recogidas y varios hombres de Arran fingieron ocuparse de las cuerdas mientras observaban de reojo a los dos cuñados.
Porque eso eran, aunque ninguno pareciera dispuesto a encontrar alivio en el parentesco.
Dos hombres unidos por Audrey, separados por demasiados orgullos y obligados, de pronto, a considerar si podían confiar el uno en el otro.
—Laird Sinclair —dijo Douglas.
Malcolm inclinó la cabeza.
—Lord Hamilton.
—Agradezco que haya venido tan deprisa.
—No he venido por cortesía.
—Eso también lo agradezco.
La comisura de Malcolm se movió, sin llegar a sonrisa.
—Su carta era clara.
—La situación lo exigía.
—También exigía que trajera esto —Malcolm tocó con dos dedos el cofre que uno de sus hombres cargaba con cuidado—. Y que trajera hombres que no se rompan el cuello por mirar demasiado al mar.
Douglas miró fugazmente a los MacKinnon.
—Arran sabrá apreciar cualquier ayuda útil.
—Sir Alasdair envía a sus hombres —comentó Malcolm—. Son MacKinnon. Conocen el mar, las cuerdas y los riscos mejor que cualquiera de los míos. También me deben dinero, de modo que esta vez no discutirán el precio antes de trabajar.
Tavish sonrió sin la menor vergüenza.
—Discutiremos después.
Douglas lo miró con una calma cortante.
—Se les pagará generosamente si trabajan bien.
—Trabajamos bien incluso cuando pagan mal.
—Entonces tendrá ocasión de mejorar la experiencia.
Tavish sonrió.
—No creo que trabajar para un Hamilton mejore nada, milord.
Douglas no respondió. Recordaba demasiado bien a Tavish.
Era de esos hombres que despreciaban todo lo que oliera a Inglaterra y que, años atrás, había llegado a las manos con su hermano Edward durante una discusión sobre el orgullo escocés.
Que ahora hubiera aparecido junto a Malcolm no debería haber significado nada.
Y, sin embargo, significaba más de lo que Douglas estaba dispuesto a admitir.
Malcolm dio un paso más cerca.
—Antes de hablar del Paso de los Ciervos, hablaré de mi hermana.
El viento cambió. Douglas no se movió, pero la venda de su mano derecha se tensó un poco cuando cerró los dedos.
—Lady Mairi no forma parte de esta disputa.
—Lady Mairi forma parte de mi familia.
—Lo sé.
—No lo bastante, al parecer.
Douglas clavó sus ojos negros en los verdes de su cuñado.
Había esperado aquello desde el momento en que selló la carta, aunque una parte de él, más necia que inocente, había imaginado que Malcolm Sinclair podría llegar a Arran con el documento en la mano y la herida de su hermana guardada para otra ocasión.
—Si desea exigirme una explicación, tendrá que elegir un momento más conveniente.
—No he venido a pedir explicaciones. Las explicaciones suelen servir a los hombres blandos.
Douglas apretó la mandíbula.
—Entonces ¿qué ha venido a pedir?
—Nada. —Malcolm bajó la voz hasta convertirla en un murmullo que solo Douglas podía oír—. Solo he venido a recordarle una cosa. Si alguna vez piensa pedir la mano de una mujer Sinclair, primero hay que hablar con su laird. Después, con ella. Usted hizo exactamente lo contrario. No vuelva a hacerlo.
Douglas no apartó la mirada; Malcolm era tan alto como él. No era la primera vez que discutían por una mujer. Dos años atrás lo habían hecho por Audrey, ahora lo hacían por Mairi. Entendía su dolor como hermano, pero ahora también entendía su posición como hombre.
—No quise deshonrarlo.
—Eso espero.
—Lamento si me excedí, no debí haberlo hecho. Solo quería asegurarme que se recuperaba, me lo tomé como una obligación.
Malcolm lo estudió también con una atención incómoda, y Douglas comprendió que el laird no le creía del todo. Peor aún: comprendió que tampoco él estaba seguro de creerse.
—Me alivia saber que no tiene intenciones con mi hermana. No creo que Escocia necesite otra alianza entre los Hamilton y los Sinclair.
Douglas no respondió.
—Audrey debía haber venido. Como duquesa de Hamilton, nadie representaría mejor el vínculo entre ambas casas. Pero mi hija es demasiado pequeña para un viaje así y mi esposa no iba a separarse de ella durante semanas. De modo que necesitaba a alguien de mi sangre que ocupara su lugar.
Hizo una pausa deliberada.
—Por eso Mairi está aquí.
Douglas no giró la cabeza de inmediato.
Ese fue su primer error.
El segundo fue hacerlo.
Detrás de Malcolm comenzó el desembarco del resto de la comitiva.
Los hombres de Glenmuir hicieron bajar los caballos con la seguridad de quien llevaba toda la vida cruzando mares difíciles, mientras los MacKinnon descargaban cuerdas, herramientas y baúles como si cada movimiento hubiera sido ensayado cien veces.
Entonces apareció ella.
Mairi Sinclair descendió lentamente por la pasarela del barco sin aceptar la mano que un marinero le ofrecía por simple cortesía. No la necesitaba. Lo hizo con la elegancia plácida de una mujer que conocía perfectamente su lugar en el mundo.
Vestía un exquisito traje de viaje inglés de lana blanca, confeccionado por uno de los mejores talleres de Londres, cuyo corte impecable realzaba la delicadeza de su cintura y la esbeltez recuperada de su figura.
Sin embargo, sobre aquellos tejidos refinados descansaba el tartán Sinclair prendido con un antiguo broche de plata, recordando a cualquiera que, antes que dama de sociedad, seguía siendo hija de las Highlands.
El viento de Arran arrancó varios mechones dorados del recogido y los dejó danzando alrededor de un rostro que el aire de Escocia había devuelto a la vida.
Sus mejillas tenían un rubor saludable, sus ojos grises brillaban con una seguridad desconocida y cada paso transmitía una confianza que Douglas jamás había visto en ella.
Ya no caminaba como una joven que temiera agotarse.
Caminaba como una mujer plenamente dueña de sí misma.
Douglas dejó de escuchar el mar.
Durante un instante olvidó el conflicto del Paso de los Ciervos, a Malcolm, a los MacKinnon y hasta el muelle de Brodick. Solo existía aquella mujer descendiendo hacia él con una belleza tan arrolladora como devastadora.
No era únicamente hermosa.
Era infinitamente más peligrosa que la última vez que la había visto.
Porque la muchacha a la que había intentado proteger había desaparecido.
En su lugar avanzaba una escocesa capaz de hacer vacilar el juicio del hombre más sensato.
Y Douglas Hamilton, que jamás había dudado de una decisión importante, sintió por primera vez que el aire no bastaba para llenar sus pulmones.
No parecía la muchacha que Douglas había visto sentada junto a una chimenea, calculando fuerzas para cruzar una sala.
No parecía una convaleciente.
Parecía Escocia vestida de mujer.
Delgada todavía, sí, pero no quebradiza; esbelta, viva, con una firmeza en la espalda que convertía cada respiración en un desafío al mundo.
La luz gris de Arran le marcaba los pómulos, le hacía más claros los ojos y transformaba la boca, esa boca que Douglas había recordado demasiadas veces contra su voluntad, en una amenaza completamente distinta a cualquier disputa de tierra.
La miró solo un instante más de lo prudente.
Lo suficiente para que algo bajo las costillas dejara de obedecerle.
Mairi lo vio.
Su yegua siguió andando unos pasos por delante de ella, con ayuda de un mozo.
Pero ella no. O al menos no por dentro. Sus ojos grises se fijaron en Douglas con una quietud que no tuvo nada de sorpresa dulce.
Durante meses había imaginado aquel momento de muchas maneras: con reproches, con indiferencia, con una frialdad impecable.
No había imaginado que bastaría verlo de pie en el muelle de Brodick, con el tartán Hamilton sobre el hombro y la mano vendada, para que todo lo que había logrado reconstruir dentro de sí misma se moviera como tierra mojada bajo un paso mal dado.
Douglas seguía siendo Douglas.
Ese fue el agravio.