La furia del Highlander (Los Duques de Escocia 2) Capítulo 5 #3
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Capítulo 5 #3

—Claro que no aparece. Archibald quemó todo lo que pudo cuando se hizo con la casa. Pero hay papeles que escaparon con Harriet... igual que escapó tu padre.

Douglas miró los árboles cortados.

La fonda, los comerciantes, el empleo, la modernidad, todo seguía allí.

Nada de eso había desaparecido porque el pasado hubiera alzado la voz.

Pero el conflicto había cambiado de naturaleza.

Ya no se trataba solo de un camino, ni de una vista despejada para viajeros, ni de un grupo de vecinos resistiéndose al cambio.

Habían tocado una promesa que unía a los Hamilton con las familias antiguas de Arran y, peor aún, con los Sinclair.

Si Douglas decidía solo, como futuro duque, quizás tendría autoridad legal suficiente para imponer una solución.

Pero no tendría autoridad moral ante la gente de su pueblo, ante esas personas que, en el pasado, habían sido parte de su clan.

Y precisamente porque era Hamilton, porque era heredero de Brodick y porque la isla lo había visto bajar por una pendiente escarpada con una niña en brazos, comprendió que pedir a Malcolm Sinclair que interviniera no le quitaba poder.

Lo confirmaba.

Un hombre inseguro habría fingido que no necesitaba a nadie.

Un jefe debía saber cuándo una promesa  requería dos voces para ser oída y si había algún documento que impedía a los comerciantes, de forma legal, continuar... debía encontrarlo.

Esa noche, en el salón de mapas de Brodick, Douglas permanecía de pie, sin haberse cambiado todavía.

Había sido Aibileen quien prácticamente lo había obligado a sentarse unos minutos en la cocina para lavarle la mano.

Él había insistido en que solo era un corte, pero la joven había terminado arrebatándole el paño de las manos con la misma determinación con la que, de niños, le quitaba las piedras que él encontraba demasiado bonitas para dejarlas en la playa.

—Sigue siendo igual de testarudo, Douglas Hamilton —había murmurado mientras le envolvía la palma con una venda limpia.

Él no respondió. Se limitó a dejar que terminara.

Ahora la venda asomaba bajo el puño de la camisa, el barro se había secado sobre las botas.

Sobre la gran mesa de roble aguardaban los planos de la fonda, el trazado del Paso de los Ciervos y los nombres de los hombres que deberían responder por haber desobedecido una orden directa de la casa Hamilton.

El secretario esperaba con la pluma preparada.

Douglas miró la hoja en blanco.

Durante un instante, no vio el nombre de Malcolm Sinclair.

Vio el de Mairi.

No porque tuviera derecho a escribirlo, no porque pudiera justificarlo con la disputa ni con el paso derrumbado, sino porque Glenmuir estaba en Malcolm, Audrey, MacNair, Morna, Ewan, la pequeña Eliza y, de forma insoportable, en ella.

Mairi sabría lo que significaba un bosque de promesas.

Mairi entendería la furia de una tierra tocada sin respeto.

Mairi, con sus ojos grises y su tartán sobre los hombros, le habría dicho que por fin empezaba a comprender que no todo podía protegerse dando órdenes.

Douglas cerró la mano herida y sintió el tirón de la venda.

—Escriba —dijo.

El secretario bajó la pluma.

—A Malcolm Sinclair, duque de Glenmuir.

La tinta sonó contra el papel.

Douglas esperó un segundo antes de continuar.

—Un asunto de Arran ha dejado de ser únicamente asunto Hamilton.

Los comerciantes de Glasgow han iniciado obras sin autorización definitiva en el Paso de los Ciervos, han derrumbado parte de la senda y han puesto vidas en peligro.

La situación está controlada por ahora, pero el conflicto ha revelado una promesa en la que, según los ancianos de la isla y nuestros archivos incompletos, participaron su casa y la mía.

Se menciona a Fergus Sinclair, a Harriet Hamilton, al Paso de los Ciervos y al bosque llamado Coille nan Gealladh.

Angus no se movió.

El secretario escribía deprisa.

Douglas siguió con la mirada fija en el mapa.

—No le escribo porque la autoridad Hamilton sea insuficiente para mantener el orden en Brodick, sino porque una palabra dada por dos casas no debe ser interpretada por una sola.

Necesito su presencia en Arran como laird Sinclair, como portador de un documento que acredite esa promesa dada al pueblo y como hombre capaz de reconocer cuándo un asunto de tierra se convierte en asunto de honor.

Se detuvo.

El fuego crujió en la chimenea.

Añadió, más bajo:

—Traiga consigo a quienes conozcan los viejos trabajos de cuerda y costa, si aún los hay entre los suyos. Habrá que asegurar el paso antes de que el próximo temporal termine lo que la imprudencia empezó y nos faltarán hombres.

El secretario levantó la vista.

—¿Firma, milord?

—Douglas Hamilton —dijo al fin—. En nombre del clan de Arran.

Cuando la carta fue sellada, Douglas la cogió entre sus manos unos segundos más de lo necesario.

Habría sido sencillo añadir una línea para Audrey.

Habría sido más sencillo todavía ordenar que se preguntara por la salud de lady Mairi con la frialdad correcta de un caballero que no pretendía importunarla.

Pero incluso eso habría sido demasiado.

Entregó la carta a Angus.

—Que salga al amanecer.

—Sí, milord.

Douglas se quedó solo cuando el administrador se marchó.

Fuera, la humedad de Arran golpeaba las ventanas del castillo de Brodick con la misma terquedad con que había golpeado el barco a vapor el día de su llegada.

Había elegido el deber para no perseguir a Mairi.

Ahora el deber, con una ironía casi cruel, acababa de abrir un camino directo hacia ella.

No había escrito a ella.

Pero cada palabra iba hacia su casa.