La furia del Highlander (Los Duques de Escocia 2) Capítulo 5 #2
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Capítulo 5 #2

—Respira. Has corrido bien —El chico parpadeó, como si aquellas palabras fueran lo último que esperaba recibir—. Ahora bebe agua y dile a la señora MacEachern que prepare vendas.

El niño asintió, temblando.

Douglas montó sin cambiarse.

El camino descendía hasta un estrecho paso abierto en la ladera, un camino de apenas unos metros de anchura que serpenteaba entre la roca y un precipicio desde el que se veía el mar muchos metros más abajo.

Era el único acceso para llegar a varias granjas del norte de la isla y, cuando las lluvias reblandecían la tierra, todos lo usaban.

A medida que se acercaban, el sonido llegó antes que la vista: voces alteradas, un caballo relinchando, el crujido angustioso de la madera bajo el peso del carro y, por debajo de todo, el golpe constante de las olas contra los acantilados.

El Paso de los Ciervos llevaba siglos uniendo el camino alto con una pequeña cala protegida del viento.

Antes de descender hacia el mar, atravesaba un viejo bosque de avellanos, fresnos y robles retorcidos cuyas raíces sujetaban la ladera desde mucho antes de que los primeros Hamilton gobernaran Arran.

Por aquel sendero habían pasado generaciones enteras de isleños: pescadores que salían antes del amanecer, pastores conduciendo el ganado, mujeres cargadas con cestos, niños que aprendían el oficio de sus padres y los cortejos fúnebres que descendían hasta la costa cuando el mar devolvía a uno de los suyos.

No era un simple camino. Era una parte de la memoria de la isla.

Aquella mañana, bajo el pretexto de preparar el terreno para las futuras obras de la fonda, varios hombres habían desmontado los viejos muros de contención y talado los árboles que sostenían la pendiente.

La lluvia caída durante la noche hizo el resto.

La tierra cedió con un estruendo seco y un tramo del sendero se precipitó hacia el barranco, arrastrando medio carro, herramientas, piedras y una mula aterrada que luchaba desesperadamente contra los arreos.

Seumas MacBride había conseguido apartarse del borde antes de que el resto del camino cediera. Tenía la frente ensangrentada y dos vecinos lo retenían mientras él intentaba soltarse para regresar junto al carro.

—Quitaron las piedras —dijo en gaélico cuando vio a Douglas—. Les dije que esas piedras sujetaban más que tierra.

El comerciante Bain, pálido y cubierto de barro, empezó a hablar en inglés antes de que Douglas desmontara del todo.

—Milord, esto es una desgracia inesperada, pero los hombres solo estaban preparando el terreno conforme a nuestra interpretación del acuerdo preliminar y...

Douglas lo miró una sola vez.

Bain cerró la boca.

Douglas desmontó de un salto. No perdió tiempo haciendo preguntas. Bastó una mirada para comprender que el carro podía precipitarse en cualquier momento.

—¡Finlay! Dos hombres al carro. Cortad los arreos de la mula —Señaló el viejo fresno que dominaba la curva—.

Las cuerdas ahí. Ese árbol aguantará. El avellano no —La tierra volvió a gemir bajo el peso del carro—.

¡Atrás todos! Nadie se acerca al borde has que lo diga —Seumas dudó un instante—.

Y tú, Seumas... —la voz de Douglas sonó tan fría que el hombre se quedó inmóvil—.

Si vuelves a acercarte al corte, te ataré al fresno.

El anciano soltó una maldición en gaélico.

—Átame tú, muchacho.

—Después de sacar a tu nieta.

Aquello lo calló.

Douglas se quitó la chaqueta y el broche del hombro; no arrojó el tartán al barro, sino que se lo pasó a Angus, que acababa de llegar con más hombres, y se ajustó las mangas con una rapidez que hizo que los obreros de Glasgow lo miraran como si de pronto comprendieran que no estaban ante un aristócrata que iba a observar el problema desde lugar seguro.

Uno de los pescadores le ofreció una cuerda. Douglas la probó con las manos, la pasó alrededor de su cuerpo y señaló el punto donde el borde parecía menos quebrado.

—No puede bajar usted —dijo el comerciante, en un impulso de alarma tardía.

Douglas ni siquiera giró la cabeza.

—Tiene razón. No debería.

Y bajó.

No lo hizo con imprudencia. Lo hizo con esa calma física de los hombres que han aprendido desde niños a confiar en su fuerza sin confundirla con inmortalidad.

Descendió por el lateral más firme, clavando las botas en la tierra, sujetándose a raíces todavía vivas, mientras dos hombres mantenían la cuerda desde arriba y su hombre de confianza, Finlay, repetía sus órdenes en gaélico a los que no hablaban inglés con rapidez suficiente para una emergencia.

La tierra cedió una vez bajo su pie izquierdo, arrancándole un corte en la mano al aferrarse a una piedra, pero Douglas no miró la sangre. Llegó al saliente desde donde podía alcanzar a la niña si ella soltaba la cabra y avanzaba de rodillas.

—Cait —dijo en gaélico, porque el miedo siempre entiende mejor la lengua de casa—. Mírame.

—La cabra se caerá —lloró la niña.

—La cabra tiene cuatro patas y menos juicio que tú. Suéltala.

—Mi abuela me matará.

—Si no vienes aquí, tu abuela tendrá que esperar demasiado para hacerlo.

La niña soltó un sollozo que casi fue una risa. Douglas extendió la mano.

—Despacio. No mires abajo. Mírame a mí.

Ella obedeció hasta que una piedra se desprendió bajo su rodilla y cayó hacia el agua con un golpe seco que hizo gritar a varias mujeres desde arriba.

Douglas avanzó medio cuerpo más de lo prudente, sintió la cuerda tensarse contra su cintura y alcanzó a la niña por la muñeca.

Durante un segundo, el saliente cedió lo suficiente para arrastrarlos a ambos hacia abajo.

Arriba, los hombres tiraron. Douglas apretó a Cait contra su pecho con una mano, hundió la otra en la tierra y sintió cómo una raíz le cortaba la palma ya abierta.

—¡Ahora! —gritó.

No fue un grito de pánico.

Fue una orden.

Y todos obedecieron.

Cuando llegaron arriba, la niña fue recibida por la señora MacEachern, que había corrido desde la costa con la falda empapada, y la cabra, demostrando una ingratitud considerable, apareció por su cuenta dos minutos después en un tramo menos dañado del camino.

Douglas se incorporó con la camisa manchada de barro, sangre en la mano y un aspecto que no sería bienvenido en Inglaterra.

El viento le pegaba el cabello oscuro a la frente.

Tenía la respiración agitada, pero el rostro seguía bajo control.

El comerciante Bain parecía a punto de desmayarse.

—Milord, yo no sabía...

Douglas recogió el tartán Hamilton de manos de Angus y volvió a sujetárselo sobre el hombro con dedos ensangrentados.

—Eso es evidente.

—Fue un error de los hombres.

—No. Fue una decisión de unos necios.

El silencio se extendió por el Paso de los Ciervos.

Seumas MacBride se apartó de quienes lo sostenían y avanzó con dificultad hasta el bosquecillo, donde los troncos cortados dejaban al descubierto círculos pálidos como heridas recientes.

Apoyó una mano sobre uno de ellos y murmuró algo que Douglas no entendió del todo, no porque fuera gaélico, sino porque era demasiado antiguo, quizás una oración, quizá una maldición familiar.

—Este lugar no es solo Hamilton —dijo el anciano al fin, esta vez en inglés, para que Bain lo oyera y no pudiera esconderse detrás de su ignorancia—. Tampoco es solo de los MacBride ni de las viudas ni de los muchachos que quieren jornales. Este lugar tiene palabra de Sinclair.

Douglas levantó la vista, sin poder creerlo.

—Explícate.

Seumas lo miró con ojos todavía húmedos por el susto de la niña, pero en su voz apareció algo más viejo que el miedo de esa mañana.

—Cuando tu abuela Harriet escapó con tu padre, mucho antes de que todos volvieran a llamarlo Alexander, hubo hombres que los buscaron por toda la isla.

Los caminos principales estaban vigilados.

Así que bajaron por el Paso de los Ciervos.

Se ocultaron entre estos árboles hasta que Fergus Sinclair les mandó una barca.

Si no llega a ser por él, nunca habrían salido de Arran vivos.

Y tú no estarías aquí. Los Hamilton perdieron muchas cosas entonces.

Y los Sinclair guardaron algunos papeles.

«Aquí estarán más seguros», dijo Fergus.

Nunca pregunté cuáles eran. En aquellos tiempos era más sano no hacer preguntas.

Douglas sintió que el viento le enfriaba la sangre húmeda de la mano.

Sabía partes de aquella historia. Su padre nunca se la había contado de principio a fin, sino en pequeños fragmentos: oscuridad, la mano de Harriet aferrada a la suya, puertas cerradas, una casa Sinclair, caballos, dinero, refugio.

Lo que jamás había mencionado era el Paso de los Ciervos.

Nunca había imaginado que aquel viejo sendero hubiera sido la vía de escape que los salvó de Archibald Hamilton, el hombre que había asesinado a su abuelo y que también había intentado matar a Alexander para hacerse con el ducado.

El regordete comerciante. Angus MacAlpin se acercó despacio.

—Hay menciones en los archivos, milord, pero incompletas. Su Excelencia lo sabe, aunque no creo que tenga todos los documentos. Siempre se dijo que una copia quedó en Glenmuir.

—¿Qué copia?

Seumas escupió a un lado antes de apoyar la mano sobre el tronco recién cortado.

—No han venido a construir una fonda, muchacho. Han venido a borrar un juramento.

Douglas frunció el ceño.

—¿Qué juramento?

El anciano acarició la corteza como quien toca una lápida.

—El que hicieron los Hamilton cuando Arran todavía se gobernaba por la palabra de un hombre y no por el sello de un abogado.

Este paso pertenece a Brodick, sí. Siempre perteneció a los Hamilton.

Pero ningún Hamilton podía cerrarlo. Ni tu abuelo.

Ni el padre de tu abuelo. Porque un Hamilton dio su palabra a las familias de la isla de que este camino seguiría siendo suyo mientras hubiera un Hamilton gobernando Arran.

Douglas permaneció inmóvil.

—Eso no aparece en los registros de Brodick.

Seumas soltó una risa seca.