La furia del Highlander (Los Duques de Escocia 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

Durante las semanas siguientes, Glenmuir volvió a acoger a Mairi como una casa que no pedía permiso para amar mal.

MacNair la alimentó con caldos, panes oscuros, carnes guisadas y remedios que olían a hierbas capaces de resucitar a un enemigo solo para discutir con él.

Morna vigiló sus paseos con una autoridad que parecía insulto y ternura al mismo tiempo.

Malcolm aprendió, con un esfuerzo visible, a dejar que Mairi saliera sin seguirla hasta el último rincón del patio.

Ewan la acompañó algunas tardes con la excusa de que Brèagha desconfiaba del criterio de su prima, aunque era evidente que lo hacía porque Malcolm se lo había pedido, Audrey lo había aprobado y él mismo se sentía mejor cuando podía convertir la preocupación en bromas.

Mairi no empeoró.

Pero Douglas no desapareció.

Aquello fue lo imperdonable.

Mairi había regresado a su vida, a su tierra, pero Douglas Hamilton aparecía en los lugares más absurdos.

Si una ventana quedaba abierta, pensaba que él la habría cerrado.

Si Morna le colocaba una manta sobre las rodillas, recordaba la mano de él tendiéndole el chal en el jardín.

Si un escalón crujía bajo su pie, oía aquella voz grave diciendo que algunas escaleras eran traicioneras.

Si Audrey mencionaba cartas de Hamilton Lodge, Mairi apartaba la vista demasiado rápido y después se odiaba por haberlo hecho.

—No tienes que fingir conmigo —dijo Audrey una tarde, mientras ambas cosían junto a la ventana del salón pequeño y Eliza dormía en una manta sobre el diván. .

Mairi no levantó la vista de la tela.

—No finjo.

—Mairi.

—Si vas a mirarme con ojos de Hamilton, al menos ten la cortesía de avisar.

Audrey dejó la aguja sobre el regazo.

—Mi hermano ha sido un imbécil.

La palabra, pronunciada por lady Audrey Sinclair con una tranquilidad casi aristocrática, sorprendió a Mairi lo bastante para hacerle perder el hilo de la puntada.

—Eso no es muy fraternal.

—No he dicho que haya dejado de quererlo.

—Solo que es un imbécil.

—A veces las verdades familiares deben ser completas.

Mairi quiso reírse, pero la risa no llegó.

—Douglas no es cruel.

—No.

—Pero eso lo hace peor —convino Mairi, dejando que sus ojos grises se quedaran sobre Audrey demasiado tiempo, como si pensara en algo demasiado profundo para una tarde de costura junto al fuego.

Audrey miró por la ventana hacia el patio, donde Malcolm hablaba con Hamish junto a un carro de leña. Había aprendido hacía tiempo que los hombres orgullosos podían amar con manos torpes, como si el afecto fuera una ofensa.

—Malcolm quiere escribir a mi padre para saber qué ocurrió exactamente.

—No.

—Lo sé. Se lo he dicho.

Mairi dejó la costura definitivamente.

—No necesito que mi hermano convierta mi humillación en un asunto diplomático entre la casa Sinclair y la casa Hamilton.

—Eso también se lo he dicho.

—¿Y qué ha respondido?

Audrey sonrió.

—Ha gruñido.

—Entonces ha aceptado.

—Más o menos.

Mairi miró a su sobrina dormida, con un puño cerrado sobre una esquina de la manta. La niña respiraba con esa confianza absoluta de los seres que todavía no conocían los problemas de los adultos.

—No necesito ser salvada, Audrey.

—Lo sé.

—Estoy más fuerte.

—También lo sé.

—No quiero que todo el mundo espere mi caída para tener razón.

Audrey la observó con una gentileza que Mairi habría rechazado si hubiera venido acompañada de compasión.

—Nadie que te quiera desea tener razón de ese modo.

Mairi giró la cara hacia la ventana, porque la frase se acercaba demasiado al lugar donde aún dolía.

—Douglas no me quiere.

Audrey no contestó de inmediato.

Mairi agradeció y detestó ese silencio a partes iguales.

—Mi hermano no sabe hacer nada sencillo con lo que siente —dijo al fin.

Pasaron meses con esa extraña disciplina que solo tienen los corazones heridos cuando se obligan a funcionar.

En Arran, Douglas se convirtió en una presencia constante entre Brodick, la bahía, los caminos interiores y la sala comunal donde las discusiones parecían reproducirse como conejos mal educados.

No permitió que los comerciantes se adueñaran del relato ni que los viejos convirtieran cada propuesta en sacrilegio.

Mandó levantar planos alternativos para la fonda, estudió una ruta menos agresiva para los carruajes, revisó títulos antiguos, escuchó a jóvenes que querían empleo y a pescadores que no querían perder un paso usado cuando la marea cerraba el camino bajo.

Aprendió los nombres de los hombres de Glasgow sin concederles confianza.

Recordó los nombres de las familias de Arran sin usar la memoria como espectáculo.

Cuando un marinero se rompió una pierna, fue él quien ordenó abrir una sala de Brodick para atenderlo hasta que pudiera ser trasladado.

Cuando una viuda no quiso aceptar carbón porque ya debía rentas atrasadas, Douglas lo mandó de todos modos y cargó el gasto en una cuenta que Angus calificó de "generosidad imprudente", recibiendo como respuesta una mirada tan Hamilton que el administrador decidió que la prudencia podía esperar al trimestre siguiente.

También dejó de escribir borradores que nunca enviaba.

Al principio fueron cartas para su madre, para su padre, para Audrey, para nadie.

Después fueron frases sueltas sobre rutas, sobre la fonda, sobre sí mismo...

Una noche escribió el nombre de Mairi al principio de una hoja y se quedó mirándolo hasta que la tinta se secó.

Rompió el papel después, no porque no tuviera nada que decir, sino porque todo cuanto podía escribir sonaba ridículo.

En Glenmuir, Mairi dejó de preguntar por cartas que no llegaban.

No lo hizo en voz alta, pero el cuerpo tiene maneras de traicionarse.

Audrey la veía levantar la vista cuando un jinete cruzaba el patio.

Malcolm la veía tensarse cada vez que una carta de Hamilton Lodge aparecía sobre la mesa.

Morna la veía mirar hacia el sur con una irritación tan profunda que un día le preguntó si pensaba derribar Inglaterra con los ojos.

—Solo una parte —respondió Mairi.

—Procura que no sea la parte donde vive la duquesa de Hamilton. Me cae bien.

A finales de verano, Mairi volvió a galopar.

No lejos. No durante demasiado tiempo. No con esa arrogancia suicida que los hombres le atribuían cada vez que ella quería hacer algo sin pedir consejo.

Pero galopó lo suficiente para que el viento le arrancara lágrimas de los ojos, para que el tartán Sinclair golpeara contra su espalda y para que su cuerpo recordara que estar viva no consistía solo en seguir respirando.

Ewan cabalgaba detrás, fingiendo que no vigilaba cada movimiento, y cuando llegaron a la loma desde donde Glenmuir parecía una fortaleza oscura entre colinas, Mairi detuvo a Brèagha y se quedó mirando su hogar con el pecho agitado, las mejillas encendidas y una sonrisa que nadie en Hamilton Lodge habría reconocido del todo.

—Si Malcolm pregunta, hemos ido al paso —dijo Ewan.

—Hemos ido al paso.

—Si Morna pregunta, hemos ido muy despacio.

—Eso sería mentir.

—Por una vez, prima, intenta apreciar la utilidad de la mentira.

Mairi soltó una risa y se inclinó un poco sobre el cuello de la yegua, no de agotamiento, sino por la violencia inesperada de la felicidad.

Estaba mejor. No como antes de enfermar, quizás nunca exactamente como antes, pero mejor de una forma suficiente para empezar a imaginar mañanas sin que le costara respirar.

Y aun así, al cerrar los ojos, no vio primero Glenmuir, ni las colinas, ni el rostro de Malcolm al descubrir que había galopado más de lo acordado.

Vio a Douglas Hamilton en un jardín inglés, sosteniéndola por la cintura, demasiado cerca, demasiado tarde, mirándola como si el mundo hubiera dejado de obedecerle durante un segundo.

Abrió los ojos con brusquedad.

—¿Estás bien? —preguntó Ewan.

Mairi enderezó la espalda.

—Por supuesto.

—Has puesto cara de querer matar a alguien.

—Eso también significa que estoy bien.

En Arran, el desastre empezó una mañana de septiembre, con una niebla baja sobre la bahía y un muchacho corriendo hacia Brodick como si el diablo hubiera aprendido a usar botas de obrero.

Douglas estaba en el patio interior revisando con Angus varios presupuestos de reparación del camino norte cuando vio al niño cruzar el arco casi sin aire, cubierto de barro hasta las rodillas y con una manga rasgada.

—Milord —jadeó—. En el paso. Están cortando. Han cerrado el paso. La tierra se ha venido abajo.

Douglas dejó el papel sobre la mesa sin apresurarse. Quizás otro hombre habría gritado, habría exigido explicaciones antes de moverse, habría permitido que la indignación consumiera segundos preciosos. Douglas no. Su rostro se quedó tan quieto que Angus palideció.

—¿Quién está allí?

El muchacho tragó aire. Tenía las mejillas rojas por la carrera y barro hasta las rodillas.

—Hombres de Glasgow. Dos carros. El comerciante Bain.

Dijeron que tenían permiso. Mi abuelo fue a detenerlos, pero la senda se vino abajo.

Un carro ha quedado atrapado al borde del desprendimiento y Cait MacBride, la nieta del viejo MacBride, está aislada al otro lado.

Había llevado las cabras a pastar y ahora no puede cruzar.

Douglas ya se movía antes de que el muchacho terminara de hablar.

Cruzó el patio hacia los establos con la chaqueta abierta por el viento y la voz tan firme que nadie tuvo tiempo de entrar en pánico.

—Cuerdas largas, picos, mantas, dos caballos fuertes y todos los hombres que sepan moverse por terrenos escarpados.

Angus, manda a Finlay al puerto. Nadie embarca ni desembarca una sola caja de los comerciantes hasta que yo regrese.

Y si el comerciante Pollock está en la isla, lo quiero en Brodick antes del anochecer.

—Sí, milord.

El muchacho dio un paso para seguirlo, todavía respirando a golpes.

Douglas se detuvo un instante. Lo bastante para sujetarlo por el hombro y obligarlo a mirarlo.