La furia del Highlander (Los Duques de Escocia 2) Capítulo 4 #4
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Capítulo 4 #4

—Ese sendero no lo hicieron nuestros padres.

Lo hicieron los primeros Hamilton cuando Arran aún se defendía con espada y fuego.

Por él han caminado generaciones enteras: niños, novias, pescadores, viudas y hombres que regresaban de la guerra.

Cuando enterramos a los nuestros, pasamos por ahí.

Cuando nace un hijo, también. No quieren cerrar un camino, milord.

Quieren romper el lugar donde Arran recuerda quién es, donde Escocia sigue viva. No Inglaterra ni sus ansias de Imperio.

Douglas sostuvo su mirada y respondió en gaélico, lo bastante claro para que los viejos entendieran y lo bastante tranquilo para que los jóvenes no se sintieran expulsados de la conversación.

—Y un anciano con hambre de pasado puede negar pan a un muchacho sin recordar que el orgullo no llena una mesa —Las conversaciones se extinguieron por sí solas.

La inquietud seguía presente, pero ahora nadie apartaba los ojos de Douglas.

Él aprovechó aquel instante antes de volver la mirada hacia los comerciantes—.

Habrá una revisión completa de quien es propietario del paso.

Mientras tanto, nadie cerrará el camino, nadie talará los árboles y nadie iniciará obra alguna.

Pollock apretó los labios.

—Milord, con respeto, los retrasos aumentan el coste, y nuestros acuerdos preliminares...

—Sus acuerdos preliminares no le conceden autoridad sobre la gente de una isla.

—La gente no consta en los registros mercantiles.

Douglas se acercó a la mesa donde Bain había extendido los planos. No elevó la voz. No hizo falta. Su sombra cayó sobre los papeles, y Bain, pese a sus cuentas y su modernidad, retiró un dedo que había dejado sobre el trazado del bosquecillo como si de pronto tocara algo que no le pertenecía.

—Entonces aprenderemos a escribirlos correctamente.

La reunión duró dos horas más, y al terminar nadie salió satisfecho por completo, lo cual Angus MacAlpin, su administrador, aseguró después que era la señal más cercana a la justicia que Dios permitía en disputas de tierra.

Los comerciantes habían obtenido la promesa de que el proyecto sería estudiado sin prejuicio.

Los jóvenes habían oído que Douglas no despreciaba el empleo ni la modernización.

Las viudas habían visto que el paso no sería cerrado por una firma apresurada.

Los ancianos habían escuchado gaélico en boca del heredero Hamilton y, aunque ninguno lo habría reconocido delante de Pollock, aquello valía casi tanto como la mismísima tierra.

Al salir, una rueda del carro de la señora MacEachern quedó atrapada en un surco lleno de agua.

Dos muchachos se acercaron tarde, y Douglas, que ya llevaba los guantes en una mano, se adelantó antes de que nadie pudiera recordarle que un futuro duque no tenía por qué hundir el hombro contra una rueda embarrada.

La madera resistió un instante. Douglas empujó con una fuerza brutal, el tartán cayó hacia atrás, las botas resbalaron y luego el carro cedió con un crujido húmedo.

La viuda lo miró como si acabara de confirmar algo que no pensaba decir en voz alta.

—Su padre hacía eso —murmuró ella al fin.

Douglas tomó los guantes manchados de barro y se irguió.

—Mi padre habría gruñido más.

—Su padre tenía más motivos.

Aquella frase, que podía referirse a media vida de Alexander Hamilton, acompañó a Douglas de regreso a Brodick. Pensó en su padre. Pensó en la isla. Pensó, contra su voluntad, en Mairi.

El patio de Brodick estaba casi vacío cuando Douglas llegó al castillo. El sol comenzaba a ocultarse tras Goat Fell y varias criadas cruzaban apresuradas hacia las dependencias del servicio con cestos de ropa limpia.

Una de ellas se detuvo al reconocerlo.

—¿Lord Douglas?

Él levantó la vista.

La joven sonrió antes incluso de hacer la reverencia.

Tenía el cabello rojizo recogido bajo un pañuelo de lino y unos ojos verdes que Douglas recordó haber visto muchos años atrás, cuando ambos apenas levantaban un metro del suelo y competían por lanzar piedras al agua desde el embarcadero.

—Aileen MacLeod.

Ella rio.

—Pensé que ya no recordaría mi nombre.

—Recuerdo demasiadas cosas de Arran.

—Eso dicen todos los Hamilton cuando regresan.

Durante un instante hablaron con la naturalidad de dos personas que habían compartido una infancia demasiado lejana para convertirse en peligro.

Aileen le contó que se había quedado viuda hacía dos inviernos, que ahora trabajaba en Brodick y que el castillo seguía siendo el lugar donde prefería vivir antes que abandonar la isla.

Cuando se disponía a marcharse, apoyó una mano sobre el antebrazo de Douglas con una familiaridad que ningún londinense se habría permitido.

—Sigue siendo el muchacho más guapo de Arran.

Douglas arqueó una ceja.

—Hace años que dejé de ser un muchacho.

—Precisamente por eso.

Los dedos de la joven permanecieron un instante más sobre la manga de su chaqueta.

Douglas no los apartó.

Tampoco hizo nada por retenerlos.

Cuando Aileen desapareció por el pasillo, él continuó caminando como si el encuentro no hubiera tenido importancia.

Y, sin embargo, durante unos segundos intentó convencerse de que aquello demostraba algo.

Que el rechazo de Mairi no importaba.

Que seguía siendo un hombre al que las mujeres miraban.

Que todavía podía elegir.

La idea duró exactamente el tiempo que tardó en abrir la puerta de su despacho.

Después volvió a convertirse únicamente en trabajo.