Capítulo 4 #3
Malcolm bajó un escalón.
—No vayas lejos.
Mairi lo miró desde arriba, y desde esa altura pequeña pero simbólica se sintió menos hermana enferma y más mujer de su propia sangre.
—No me esperes junto a la puerta como si fueras a recibir mi cadáver.
Ewan montó de un salto.
—¿Y si yo me preocupo de todos modos?
—Entonces procura hacerlo sin que yo me entere.
Cuando cruzó el arco de Glenmuir al paso, con el viento moviendo el tartán Sinclair y las colinas abriéndose frente a ella, Mairi se sintió viva de una forma casi indecente.
Y precisamente por eso, porque estaba viva, porque el cuerpo le obedecía lo suficiente para permitirle regresar a una parte de sí misma, el recuerdo de Douglas resultó más cruel.
Mairi apretó las riendas.
No necesitaba que nadie la salvara, aunque lo odió un poco por haberla hecho sentir segura sin amarla.
En Arran, la primera reunión no se celebró en Brodick, porque Douglas no quería que los comerciantes de Glasgow confundieran las paredes del castillo con una ventaja a su favor ni que los pescadores del pueblo sintieran que debían subir hasta su señor como demandantes.
Ordenó que todos se reunieran en la sala comunal cercana al puerto, un edificio bajo de piedra, con bancos de madera suficientes para obligar a vecinos mal avenidos a compartir el mismo techo durante horas.
Cuando Douglas entró, el murmullo disminuyó, aunque no llegó a desaparecer.
Le pareció una buena señal. El silencio absoluto solía nacer del miedo; aquel rumor flojo indicaba que la gente todavía estaba dispuesta a expresar lo que pensaba.
Douglas llevaba el tartán Hamilton sujeto al hombro con un antiguo broche de plata que había pertenecido a su abuelo, Douglas Hamilton, el duque cuyo asesinato había dividido para siempre a su familia.
Ningún Hamilton necesitaba que le recordaran aquella historia.
El broche había sobrevivido a traiciones, herencias disputadas y décadas de exilio antes de regresar, junto con el ducado, a la rama legítima de la casa.
No había acudido vestido de gala, pero tampoco como un simple terrateniente. Vestía como lo que era: el heredero de una casa ducal cuya autoridad se había forjado tanto en los despachos como sobre la tierra.
Su poder no nacía únicamente de un ducado.
Nacía de siglos de hombres Hamilton gobernando Arran.
En la isla nadie necesitaba recordar antiguos privilegios ni árboles genealógicos.
Bastaba pronunciar aquel apellido para que todos supieran quién había levantado Brodick, protegido la costa, reconstruido los caminos tras las tormentas y acudido cuando el mar se llevaba a uno de los suyos.
Los Hamilton no eran solo los dueños de aquellas tierras. Eran el clan de Arran.
Los comerciantes se levantaron primero. El señor Archibald Pollock era redondo, bien afeitado, de modales aceitados y el chaleco demasiado caro para una sala que olía a sal, lana mojada y pescado seco.
El señor Bain, más joven y más delgado, llevaba un cuaderno bajo el brazo y la expresión ansiosa de un hombre que había aprendido los números antes que las personas.
—Lord Douglas —dijo Pollock—, agradecemos que Su Señoría nos reciba con tanta prontitud. Nuestro proyecto traerá beneficio, empleo y reputación a la isla. Arran no puede permanecer al margen de los tiempos.
Douglas no se sentó de inmediato. Miró primero a los bancos del fondo, donde las viudas estaban agrupadas con chales oscuros, a los jóvenes que intentaban parecer desafiantes y a los ancianos que lo observaban sin parpadear.
—Arran no está al margen de los tiempos, señor Pollock. Los tiempos desembarcan aquí cada semana en un barco a vapor y suelen marearse antes de llegar al muelle.
Hubo una risa baja entre los pescadores. Pollock sonrió con esfuerzo.
—Precisamente, milord. Los visitantes necesitan alojamiento respetable.
—Eso no está en discusión.
Bain alzó la vista del cuaderno.
—Entonces quizás Su Señoría comprenda que para hacer viable el establecimiento debemos organizar el acceso, evitar pasos informales que puedan resultar peligrosos y retirar varios árboles que obstaculizan la vista y el tránsito.
La señora MacEachern, viuda de pescador y voz reconocida de todas las mujeres que habían perdido hombres en la costa, se incorporó antes de que Douglas le diera la palabra.
—Llama obstáculo a árboles que estaban allí antes de que la madre de tu madre conociera el nombre de Glasgow.
—Señora —empezó Bain.
Douglas levantó una mano, no con brusquedad, sino con una calma que cortó la respuesta mejor que una amenaza.
—Hablará. Después responderá usted.
La mujer no le dio las gracias, porque las mujeres como ella no desperdiciaban gratitud cuando todavía estaban indignadas.
—Ese paso baja a la cala desde antes de que yo naciera.
Por ahí han ido los hombres a las barcas cuando el otro camino se inundaba.
Por ahí bajamos nosotras cuando había que llevar mantas, redes, comida o un cuerpo que el mar devolvía.
En ese bosquecillo los niños aprenden el nombre de los árboles y las viejas rezan cuando no quieren que el reverendo las oiga.
Si lo cierran para que los visitantes no se manchen las botas, no harán una mejora, milord.
Harán una vergüenza para nuestras viejas costumbres.
El joven Neil MacBride, que quería trabajo en la fonda porque estaba harto de remendar redes, se levantó desde el lado opuesto.
—También es una vergüenza que nuestros hermanos se marchen porque aquí no hay más futuro que el mar o la tierra de otros. Una fonda traerá jornales, carros, suministros, huéspedes. No todos queremos vivir como nuestros abuelos.
Varios hombres murmuraron.
Un anciano dijo algo en gaélico, áspero y rápido. Pollock no entendió, Bain fingió no escuchar y Douglas giró la cabeza hacia el hombre que había hablado. Era Seumas MacBride, que había llegado desde el muelle con olor a algas y desconfianza.
—Dilo para todos —pidió Douglas en la misma lengua.
El anciano entrecerró los ojos.