Capítulo 4 #2
—Los comerciantes sostienen que hay un acuerdo preliminar.
—Un acuerdo preliminar no es una autoridad definitiva.
—Lo dirán con muchas palabras.
—Entonces responderé con pocas.
Angus asintió, pero antes de recoger los papeles miró el tartán sobre el hombro de Douglas con una atención que no pasó desapercibida.
—Algunos se preguntaban si vendría vestido como en Londres.
Douglas levantó la vista.
—Algunos deberían tener mejores ocupaciones.
—Sin duda, milord. Aunque no les disgustará descubrir que se han equivocado.
Douglas no respondió, pero al quedarse solo un instante, con el viento golpeando las ventanas y el fuego encendido bajo el estandarte Hamilton, sintió una calma inesperada.
No alivio. No exactamente. Algo más incómodo.
Durante varias horas había escuchado a pescadores, revisado mapas, respondido en gaélico a hombres que aún recordaban a su padre como Roderick y ocupado su lugar en el castillo con una facilidad casi brutal.
Había trabajado. Había decidido. Había mandado.
Y en todo ese tiempo no había pensado en Mairi Sinclair.
Aquello debería haberlo tranquilizado.
Quizás eso era todo, pensó. Quizás no había sido amor, sino costumbre.
Dos años de vigilancia convertidos en necesidad.
Dos años midiendo su respiración hasta confundir el miedo con deseo.
Tal vez Mairi había tenido razón al mirarlo con aquella furia; tal vez él solo había querido conservarla viva porque no soportaba fracasar en nada que estuviera bajo su cuidado.
La idea fue razonable.
También fue mezquina.
Douglas apoyó una mano sobre la mesa de mapas y contempló las líneas de Arran con una frialdad que habría hecho sonreír a cualquier Hamilton sensato.
Brodick necesitaba orden. La isla necesitaba autoridad.
Su apellido necesitaba un heredero que supiera mirar hacia delante sin detenerse por una mujer que ya había elegido marcharse.
De modo que guardó el pañuelo manchado de tinta en el fondo del cajón del escritorio, junto a varios papeles sin importancia.
No lo tiró.
Eso habría significado demasiado.
En Glenmuir, Mairi Sinclair despertó el primer día con el viejo Iain discutiendo con su nieta Mòrag.
Aquella discusión doméstica, tan cotidiana y tan propia de la casa, le provocó una felicidad tan intensa que casi le dolió.
Nunca habría imaginado que una disputa entre abuelo y nieta pudiera parecerle tan hermosa.
La habitación que le habían preparado seguía siendo fría en las esquinas, pese al fuego encendido desde antes del amanecer, pero olía a piedra conocida, a madera vieja, a brezo seco en el jarrón junto a la ventana y a esa mezcla de turba y lana que ninguna casa inglesa podía imitar por mucho que se empeñara en ser acogedora.
Durante varios minutos no se movió, no porque le faltaran fuerzas, sino porque quería escuchar la vida de Glenmuir: los pasos firmes de MacNair en el pasillo, la voz de Morna ordenando que no le trajeran mantequilla inglesa "porque la niña ya había sobrevivido bastante", el ladrido de un perro abajo, la risa de Ewan en algún lugar donde probablemente no debería estar y, más lejos, Malcolm hablando con un hombre del clan en un tono tan serio que las paredes parecían inclinarse para obedecerlo.
Estaba en casa.
No curada de todo, no libre de cansancio, no convertida por milagro en una criatura invencible, pero en casa.
Cuando bajó al comedor, Audrey ya estaba sentada con Eliza sobre las rodillas, intentando convencerla de que el pan no debía romperse en pedazos diminutos para alimentar a un caballo imaginario.
Malcolm levantó la vista en cuanto Mairi entró, y aunque no dijo nada, sus ojos la recorrieron con esa rapidez de hermano mayor que buscaba palidez, fatiga, temblores o cualquier excusa para encerrarla junto al fuego hasta el día del juicio.
—Estoy bien —dijo ella antes de que pudiera abrir la boca.
—Buenos días a ti también —respondió Malcolm.
—He dormido, respirado y descendido las escaleras sin morir. Creo que la mañana avanza con un éxito considerable.
MacNair apareció detrás con una bandeja y una expresión de desconfianza hacia cualquier optimismo.
—Siéntese antes de estropearlo.
Mairi obedeció porque quería desayunar, no porque hubiera aceptado que todo el mundo siguiera hablándole como si el aire pudiera empujarla al suelo.
Morna dejó frente a ella una taza de caldo, y Mairi, al ver el líquido humeante, sintió una punzada absurda en el pecho, no por el caldo en sí, sino porque durante un segundo vio la mano de Douglas cerrando una ventana, oyó su voz diciendo que la sopa estaba demasiado tibia y recordó esa seriedad con que podía convertir una taza en asunto de Estado.
—No pongas esa cara —murmuró Morna.
Mairi tomó la taza.
—¿Qué cara?
—La de querer discutir con alguien que no está aquí.
Audrey bajó los ojos hacia Eliza para esconder una sonrisa, pero no lo consiguió del todo.
—Yo no quiero discutir con nadie —dijo Mairi.
MacNair dejó un plato sobre la mesa con un golpe que seco.
Ewan entró en ese momento con barro en las botas, una manzana en la mano y ninguna intención visible de disculparse por ninguna de las dos cosas.
—He oído que lady Mairi no desea discutir y he venido a comprobar si necesitábamos llamar al médico.
—Vete al diablo, Ewan.
—Ahí está. Me quedo más tranquilo.
Malcolm no sonrió, pero algo se suavizó en su rostro. Audrey sí lo hizo, y Eliza, ajena al motivo, imitó la sonrisa de su madre con una fidelidad que habría desarmado a hombres menos orgullosos que los Sinclair.
Mairi bebió el caldo despacio. Estaba salado, más fuerte que los consomés delicados de Hamilton Lodge, menos perfecto y mucho más suyo. Fuera, las colinas se perdían bajo una niebla baja, y por primera vez en dos años Mairi pensó en montar a caballo sin que todo el mundo se estremeciera.
Lo dijo después del desayuno, en la sala donde Audrey revisaba una cesta de ropa de Eliza y Malcolm fingía leer una carta mientras escuchaba cada respiración de su hermana.
—Quiero montar esta tarde —su hermano la miró con mala cara—. No he dicho que quiera cruzar las Highlands al galope perseguida por lobos.
—No hay lobos —dijo Ewan desde la ventana.
—Gracias por esa contribución.
Malcolm dobló la carta despacio.
—Hace dos días estabas en un carruaje.
—Y hoy estoy en una casa con caballos.
—No.
La palabra salió demasiado parecida a una puerta cerrada, y Mairi sintió que algo dentro de ella se endurecía.
No era justo culpar a Malcolm de todos los hombres que usaban el miedo como autoridad, pero en ese instante vio de nuevo a Douglas en la sala azul, oyó esa propuesta razonable llena de seguridad y médicos, y la dulzura de estar en casa se mezcló con una furia demasiado viva para ser ignorada.
—No soy tu rehén, hermano. Solo te he informado de mi pretensión, no te he pedido permiso.
Audrey levantó la vista de inmediato. Malcolm también, aunque tardó un segundo más en comprender que su negativa no había caído sobre una convaleciente caprichosa, sino sobre una mujer que llevaba meses reuniendo fuerzas para pronunciar exactamente esa clase de frase.
Morna, que estaba junto al fuego, soltó un suspiro.
—Puede montar la yegua gris.
Malcolm giró la cabeza.
—Morna.
—No irá sola. No irá lejos. No irá deprisa, salvo que tenga menos seso del que creo. Pero puede montar. Tiene piernas, ganas y mal carácter; tres cosas suficientes para una Sinclair.
Mairi miró a Morna con algo tan cercano al agradecimiento que la anciana frunció el ceño para impedir cualquier exceso sentimental.
—Yo la acompañaré —dijo Ewan.
—No necesito escolta —replicó Mairi.
—Por supuesto que no. Solo necesito una excusa para no ayudar a Hamish con las cuentas.
Audrey miró a Malcolm desde el otro lado de la estancia. No dijo nada, pero lo hizo retroceder con esa frialdad suya que tantas veces había demostrado ser más eficaz que una discusión.
—Media hora —cedió él.
Mairi se levantó.
—Una hora.
—Mairi.
—Cuarenta y cinco minutos, y si alguien pronuncia la palabra prudencia, saltaré un muro.
La palabra había salido de su boca antes de que pudiera contenerla.
«Prudencia».
Douglas. Esa voz grave ordenando que volviera antes de que el viento cambiara.
Mairi notó la mirada de Audrey y deseó, por un instante, que no fuera tan difícil ocultarle nada. Aquellos ojos Hamilton parecían atravesar las palabras y detenerse justo donde ella más se empeñaba en esconderse. Odiaba los ojos Hamilton.
Aquella tarde, Mairi salió al patio con un traje de montar de lana verde oscuro, el tartán Sinclair prendido sobre un hombro y el cabello recogido bajo un sombrero sencillo que no habría complacido a Cathaline Hamilton ni aunque la supervivencia de Escocia dependiera de ello.
La yegua gris, una criatura de ojos inteligentes y paciencia limitada llamada Brèagha, volvió la cabeza al verla como si recordara quién era y hubiera decidido perdonarle la ausencia. Mairi apoyó una mano en el cuello cálido del animal, cerró los ojos un segundo y respiró.
No era una escena grandiosa. No había gaitas ni viento heroico ni hombres inclinándose ante la fuerza recuperada de una dama escocesa.
Había barro, una yegua que intentó morder el borde de su manga, Morna que murmuró que si se caía la levantaría solo para matarla después, Ewan sonriendo como un idiota y Malcolm observando desde los escalones con la cara de un hombre que estaba aprendiendo a no comportarse como un idiota.
Mairi colocó el pie en el estribo y montó.
Su cuerpo reaccionó antes que su orgullo.
Volvió a encontrar el equilibrio sobre la silla, la firmeza de las piernas, el balanceo acompasado de Brèagha y esa sensación de libertad que solo existía a lomos de un caballo.
Durante un instante creyó que el cansancio aparecería, agazapado como tantas otras veces, pero no llegó.
Brèagha avanzó unos pasos, sacudió la cabeza con impaciencia y Mairi soltó una risa espontánea, ligera, como si también ella hubiera olvidado durante un momento el peso que llevaba encima.