Capítulo 4
Douglas Hamilton llegó a Brodick con el viento de Arran golpeándole el rostro como si la isla hubiera decidido recibirlo sin cortesía, sin dulzura y sin ninguno de los cuidados que Hamilton Lodge prestaba a las heridas humanas.
El carruaje lo aguardaba en la bahía, tal como su padre había ordenado, pero Douglas no subió de inmediato; permaneció unos instantes junto al muelle, con las botas hundidas en la humedad salada de la madera, el abrigo oscuro abierto al viento y el tartán Hamilton cruzándole el hombro con una sobriedad que habría parecido casi severa en cualquier salón de Londres.
Allí, sin embargo, el tartán Hamilton, de azul marino profundo, surcado por líneas burdeos y finos trazos ocres que apenas rompían la oscuridad del tejido, dejaba de ser una prenda para convertirse en un linaje.
Bajo aquellos cuadros habían luchado generaciones de Hamilton antes de que existieran los parlamentos modernos, y Douglas lo llevaba sobre el hombro con la naturalidad de quien no necesitaba recordar de dónde venía.
En Londres podía ser un lord. En Arran era, sencillamente, un Hamilton.
Un hombre al que la isla reconocía antes incluso de que pronunciara una palabra.
Brodick se alzaba más allá de los árboles, serio y conocido, con sus piedras oscuras recortadas contra el cielo gris, las torres visibles entre el movimiento de las ramas y la bahía extendida a sus pies como una lámina de acero agitado.
No era Glenmuir, no tenía aquella pobreza orgullosa ni esas heridas abiertas que Audrey había descrito en sus primeras cartas con una prudencia casi dolorosa; Brodick estaba cuidado, sostenido por rentas sólidas, reparado antes de que una grieta pudiera convertirse en vergüenza y rodeado de caminos que los Hamilton habían mejorado con dinero, leyes y una obstinación heredada de Alexander.
Y, aun así, no era una casa blanda. Las piedras conservaban memoria, las chimeneas respiraban turba en lugar de carbón perfumado, las salas tenían retratos de hombres que no habían nacido para sonreír y las espadas antiguas que cruzaban las paredes parecían informar a cualquier visitante de que aquella familia había aprendido la civilización sin vender por completo la amenaza.
—Fàilte dhachaigh, mac Alasdair —dijo una voz vieja a su derecha.
Douglas giró la cabeza.
Seumas MacBride estaba junto a una barca medio varada, con la gorra entre las manos y el rostro surcado por tantas arrugas que parecía tallado en la misma madera húmeda del muelle.
Tenía casi ochenta años, o eso decía desde que Douglas era niño, y había conservado la mala costumbre de mirar a todos los Hamilton como si primero debieran demostrar que no habían olvidado de dónde venían.
Bienvenido a casa, hijo de Alexander.
Douglas inclinó la cabeza, no como un caballero respondiendo a un arrendatario, sino como un hombre que entendía la lengua en la que lo habían recibido y el peso de la frase que acababan de entregarle.
—Tha mi dhachaigh, Seumas —respondió en gaélico, con una pronunciación más baja, más grave, menos usada que la del anciano, pero lo bastante limpia para que varios hombres que descargaban cajas cerca de las redes se detuvieran a mirarlo—.
Y veo que todavía finges ser demasiado viejo para ayudar con la barca.
El rostro de Seumas se abrió en una sonrisa lenta, casi desconfiada, como si aquella respuesta hubiera reparado algo que nadie en la bahía se habría atrevido a nombrar delante de un Hamilton.
—Un hombre no finge lo que le han dado los años, muchacho.
—Entonces tampoco debería exagerarlo.
Detrás de Douglas, uno de los hombres de Glasgow que había cruzado en el mismo vapor bajó la voz para preguntar algo a su compañero, quizás sorprendido de que el heredero de una de las casas más poderosas del reino respondiera en una lengua que ellos consideraban casi extinguida, útil para ancianos, canciones tristes y amenazas de taberna. Douglas no los miró.
Había aprendido de su padre que a veces la autoridad se afirmaba mejor ignorando al hombre que espera ser reconocido antes de tiempo.
En Inglaterra rara vez hablaba gaélico. En Hamilton Lodge era una lengua guardada en rincones familiares, usada por su padre con algunos hombres de confianza, por viejos criados escoceses cuando olvidaban que Cathaline escuchaba detrás de las puertas, o por Douglas cuando Richard quería aprender insultos que después Eliza le prohibía repetir.
En Londres jamás lo usaba, porque Londres tenía la vulgar costumbre de convertir cualquier diferencia en entretenimiento. En Arran era distinto. Allí el gaélico no era una rareza pintoresca ni una reliquia conveniente para complacer a ancianos sentimentales.
El carruaje ascendió después por el camino entre los árboles, y Douglas dejó que la ventanilla permaneciera abierta pese al viento frío.
El olor a sal se mezclaba con el de tierra húmeda, pino, hojas aplastadas y turba, y con cada curva aparecía un recuerdo distinto, no ordenado por importancia sino por esa crueldad caprichosa con la que la infancia se conserva en lugares concretos.
Allí, junto al muro bajo, Audrey se había rasgado un vestido persiguiendo a un perro y había culpado a Douglas con absoluta serenidad porque él era mayor y, por tanto, responsable de cualquier desgracia que ocurriera cerca de ella.
Un poco más adelante, Cathaline, entonces de seis años, había declarado que no volvería a pisar una isla donde el viento le desordenaba el pelo con intenciones personales.
Edward había desaparecido una tarde entera en la biblioteca del ala norte porque había encontrado un volumen sobre mapas antiguos y había olvidado que el resto de la familia podía suponerlo muerto.
Richard había caído en un charco hasta la cintura y había intentado convencer a su madre de que investigaba la profundidad de la tierra para beneficio de la familia.
Y su padre.
Su padre siempre respiraba distinto en Brodick.
Douglas no había comprendido aquello de niño, pero lo había visto.
En Inglaterra, Alexander Hamilton era duque, esposo, padre, propietario y amenaza ocasional para quienes ofendían a los suyos; en Brodick era algo anterior a todo eso, un hombre que caminaba por los pasillos como si escuchara viejas voces en las piedras y que a veces se detenía frente a una ventana mirando la bahía con una quietud demasiado honda para ser descanso.
Brodick le había sido arrebatado antes de que pudiera defenderlo.
Brodick le había sido devuelto cuando ya era otro hombre.
Y quizás por eso Douglas nunca había podido considerar aquellas tierras una simple herencia.
Heredar Brodick no era recibir un castillo.
Era cargar con una restitución a su linaje, a su apellido.
Cuando entró en el gran vestíbulo, las antorchas bajas y el fuego de la chimenea arrancaron destellos rojizos a las armas antiguas, al estandarte Hamilton y a los retratos que vigilaban desde las paredes con una severidad familiar.
El antiguo estandarte del clan Hamilton, oscuro y sobrio, reposaba sobre la gran chimenea como si nadie se hubiera atrevido a retirarlo ni siquiera cuando la moda empezó a preferir salones más claros, menos cargados de historia y mucho más fáciles de enseñar a invitados ingleses.
Una vieja claymore ennegrecida colgaba bajo el retrato de un Hamilton que había muerto antes de que su apellido aprendiera a ser prudente, y sobre una mesa larga reposaban mapas de Arran, documentos recientes y cartas traídas desde Glasgow con sellos demasiado limpios para un asunto que ya olía a barro.
Angus MacAlpin, administrador de Brodick desde antes de que Douglas aprendiera a leer los libros de cuentas sin bostezar, lo esperaba junto a la mesa.
Era un hombre alto, seco, de cabello blanco, nariz implacable y ojos que podían convertir una cifra equivocada en un pecado moral.
Hizo una reverencia suficiente, no excesiva, porque los hombres que habían servido a los Hamilton durante décadas no desperdiciaban movimientos en halagos.
—Lord Douglas.
—Angus.
—El señor Pollock y el señor Bain han pedido audiencia para esta misma tarde.
Los pescadores quieren verlo antes. Las viudas de la costa sur han mandado a la señora MacEachern para hablar en nombre de todas, lo cual significa que hablará en nombre de ellas, de sus difuntos esposos y probablemente de Dios.
Los jóvenes de Lamlash apoyan la fonda porque esperan empleo.
Los viejos la odian porque esperan tener razón antes de morir.
El reverendo quiere moderación. Nadie desea escuchar al reverendo.
Douglas se quitó los guantes despacio y los dejó sobre la mesa.
—Entonces empezaremos por quienes no han viajado desde Glasgow para explicar Arran a los de Arran.
Angus bajó la vista para ocultar una aprobación demasiado evidente.
—Como ordene, milord.
Douglas observó los mapas, el camino marcado hacia la costa, el bosquecillo señalado con tinta verde, la línea que los comerciantes pretendían cerrar para crear el paso de los visitantes, carruajes y suministros hacia la futura fonda.
Una fonda en sí misma no era una ofensa. Arran recibía más viajeros cada verano, familias que buscaban aire limpio, caballeros que querían pescar sin manchar demasiado sus botas, damas que hablaban de paisajes salvajes desde terrazas servidas con té caliente.
El barco a vapor acercaba el mundo moderno a la isla con una regularidad imposible de detener.
Había dinero en ello, trabajo, comercio y un futuro menos estrecho para hijos de pescadores que no querían morir en el mismo mar que sus padres.
Douglas no era necio ni romántico. No pensaba convertir cada piedra antigua en altar ni negar una mejora solo porque un anciano la mirara con desconfianza.
Pero tampoco pensaba permitir que unos comerciantes de Glasgow confundieran progreso con permiso para borrar lo que no entendían.
—Nadie tocará los árboles ni cerrará el paso hasta que yo lo diga —ordenó.
Angus alzó una ceja.