Capítulo 3 #3
Douglas no importunará a lady Mairi. Lo he enviado a Arran para atender un asunto de Brodick.
Han surgido disputas entre varios habitantes de la isla y ciertos comerciantes de Glasgow que pretenden levantar una fonda para los viajeros de verano, cerrar un paso antiguo hacia la costa y talar parte de un bosquecillo que los vecinos usan desde hace generaciones.
Unos hablan de mejora, otros de despojo, y ninguno parece inclinado a escuchar al otro.
Mi hijo irá en nombre de la casa Hamilton.
Por ahora, esperamos que lady Mairi haya llegado a su hogar sana y salva.
Alexander Hamilton, duque de Hamilton.
Audrey dobló la carta con cuidado.
—Douglas no vendrá —dijo Malcolm.
No había triunfo en su voz.
Tampoco alivio.
—No —respondió ella.
La puerta quedó entreabierta y, antes de que MacNair pudiera retirarse, Mairi apareció en el umbral con Eliza en brazos. La niña dormitaba contra su hombro, con los dedos aferrados al tartán Sinclair.
—¿Quién no vendrá?
Audrey sintió que Malcolm se tensaba a su lado.
—Douglas —respondió ella al fin.
Mairi no parpadeó.
—¿Por qué debería venir? —replicó ella, demasiado rápido.
—Mi padre lo ha enviado a Arran —añadió Audrey—. Un asunto del castillo de Brodick, al parecer.
Mairi acarició distraídamente el cabello negro de la niña.
—Entonces lord Douglas tendrá una ocupación digna de su talento. Estoy segura de que conseguirá que hasta las piedras presenten obediencia —Malcolm no dijo nada. Audrey tampoco. Mairi sonrió con una cortesía perfecta—. No me importa dónde esté.
Pero la pequeña Eliza, medio dormida, apretó con más fuerza el tartán, como si incluso ella hubiera oído la mentira.
Muy lejos de Glenmuir, el vapor de Ardrossan avanzaba hacia Arran sobre un agua gris y encrespada.
Douglas Hamilton no viajaba entre los pasajeros.
El capitán le había ofrecido el pequeño salón de popa con una cortesía casi nerviosa, su ayuda de cámara permanecía junto al equipaje y un mozo de Brodick había subido a bordo antes de zarpar para informarle de que el carruaje estaría aguardando en la bahía.
Todo había sido dispuesto con la eficiencia que acompañaba al apellido Hamilton en sus propias tierras.
Y, aun así, Douglas había salido a cubierta. No porque debiera hacerlo. Sino porque bajo techo el aire le parecía insuficiente.
El viento del Clyde le golpeaba el rostro, salado y frío, mientras la silueta de Arran empezaba a dibujarse bajo las nubes.
Primero las laderas oscuras, después la línea de los bosques y, finalmente, la masa familiar de Brodick, severa entre los árboles, como si el castillo lo hubiera visto nacer y ahora lo esperara para pedirle cuentas.
A sus espaldas, dos comerciantes de Glasgow bajaron la voz al reconocerlo. Un marinero se quitó la gorra.
El capitán fingió no observarlo desde la puerta del salón.
Douglas no les prestó atención.
Su padre había sido claro: debía ir a Arran.
Debía escuchar a los vecinos de Brodick, a los pescadores que se quejaban del cierre de un paso antiguo hacia la costa, al administrador que hablaba de mejoras necesarias y a los hombres de Glasgow empeñados en levantar una fonda para visitantes de verano donde antes se guardaban redes, ovejas y recuerdos de un clan extinto.
Un conflicto de tierra, paso, costumbre y autoridad.
Un conflicto que un hombre como él podía entender.
Mairi Sinclair, en cambio, no pertenecía a ningún mapa.
No había camino que pudiera abrirle, ni administrador al que ordenar, ni carta sellada con el escudo de Hamilton que bastara para corregir lo que había estropeado en una sola noche.
Había intentado ofrecerle seguridad y ella había oído un insulto.
Había pronunciado matrimonio como un hombre que resuelve una dificultad, y Mairi lo había mirado como si acabara de comprender que, para él, seguía siendo una convaleciente antes que una mujer.
Douglas sacó del bolsillo el pañuelo manchado de tinta.
La pequeña marca oscura seguía allí, obstinada. El viento intentó arrebatárselo y él cerró la mano con una brusquedad que hizo crujir la tela entre sus dedos.
No había ido tras ella.
No porque no hubiera podido.
Porque, por primera vez en su vida, Douglas Hamilton no estaba seguro de tener derecho a entrar en una habitación, en una casa o en una vida solo porque su voluntad lo empujara hacia allí.
A lo lejos, Brodick apareció entre los árboles, severo y familiar. El castillo de su sangre. La piedra de su apellido. El lugar al que todos esperaban que regresara cuando había asuntos que resolver, hombres que escuchar y tierras que defender.
Douglas miró la silueta de las torres y guardó el pañuelo dentro del abrigo.
Había elegido Arran.
Había elegido el deber.
Había elegido no perseguir a la mujer que lo había rechazado.
Y, sin embargo, mientras el barco se acercaba a la bahía y los hombres de Brodick empezaban a distinguir su figura en cubierta, Douglas comprendió que no siempre se huye desacatando órdenes.
A veces se huye obedeciendo.
Y él, que jamás había sabido rendirse, acababa de hacerlo por primera vez.