La furia del Highlander (Los Duques de Escocia 2) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

Al pasar la mano por la piedra del muro, la encontró fría, rugosa, familiar. En el pasillo, una criada joven subía con mantas mientras murmuraba algo en gaélico que habría hecho santiguarse a la señorita Worth. Mairi sonrió sin querer.

—No sonrías tanto —le advirtió Morna desde atrás—. Luego dirán que el viaje te ha sentado bien y se olvidarán de darte caldo.

—Echaba de menos esto.

Morna miró alrededor con desconfianza.

—Esto tiene corrientes.

—Lo sé.

—Y humedad.

—Lo sé.

—Y una chimenea en tu cuarto que no ha obedecido jamás a nadie.

—También lo sé.

—Entonces no sonrías como si hubieras llegado al paraíso.

Mairi volvió a tocar la piedra.

—Quizás el paraíso de los Sinclair siempre tuvo goteras.

MacNair apareció con un cuenco humeante y se lo puso en las manos sin pedir permiso.

—Beba.

—Acabo de llegar.

—Precisamente. Antes de que empiece a discutir con todo el castillo.

Mairi miró el caldo. Olía a cebolla, carne, pimienta e infancia. Bebió un sorbo porque quería, no porque se lo hubieran ordenado, aunque MacNair pareció muy satisfecha de atribuirse la victoria.

Audrey la acompañó escaleras arriba después.

No la tomó del brazo. Mairi se lo agradeció en silencio.

A cada peldaño, Glenmuir se le metía un poco más en los pulmones: el humo, la piedra, el roce de una falda en el corredor, el ruido lejano de Malcolm hablando con un criado, la voz de Ewan quejándose de un baúl.

Su alcoba había sido calentada con previsión casi militar.

Sobre la cómoda había un ramo de brezo fresco, una jarra de agua limpia y una manta nueva doblada sobre la butaca.

—MacNair dice que Morna ha elegido la manta —comentó Audrey, cerrando la puerta.

—¿Y es verdad?

—No. La ha escogido Malcolm y después ha fingido que no le importaba.

Mairi dejó el cuenco sobre una mesita.

—Sigue siendo Malcolm.

—Mucho me temo que sí.

Durante unos segundos no hablaron. Audrey alisó con los dedos una arruga del tartán de Mairi, un gesto pequeño, casi fraternal, y luego retiró la mano con discreción, como si recordara que la muchacha que tenía delante ya no necesitaba su ayuda. Quizás nunca la había necesitado.

—No tienes que decirme nada ahora —dijo Audrey.

Mairi se quitó los guantes con lentitud.

—Eso es una forma muy hábil de conseguir que hable.

—Lo he aprendido de mi madre.

—Entonces debo desconfiar.

Audrey sonrió un poco, pero la sonrisa no le llegó del todo a los ojos.

—Solo deseo saber si mi hermano ha sido tan necio como sospecho.

Mairi dejó los guantes sobre la cómoda y miró por la ventana. Las colinas se extendían bajo la niebla, grises, verdes, ásperas. La belleza de Glenmuir era indiscutible.

—Tu hermano tuvo a bien ofrecerme matrimonio.

Audrey no dijo nada de inmediato. Su mano, que descansaba sobre el respaldo de una silla, se cerró un poco.

—¿Douglas?

—No conozco a otro lord Hamilton que pudiera convertir una propuesta en una instrucción médica.

Audrey bajó la vista.

—Comprendo.

—No estoy segura de que nadie pueda comprenderlo sin haber estado allí.

—Tal vez no.

Aquella respuesta, dolida y humilde, desarmó un poco a Mairi.

—Tu hermano no me habló de afecto —dijo, más bajo—.

Ni de inclinación. Ni siquiera de estima, salvo esa estima práctica que se concede a una persona enferma que ha tenido el buen gusto de mejorar.

Habló de conveniencia, de posición, de protección, de médicos cerca y de una libertad bastante razonable.

Audrey cerró los ojos un instante.

—Oh, Douglas.

—Me pareció que faltaba poco para que añadiera una manta por aniversario.

La comisura de Audrey tembló. No llegó a reírse. Fue una lucha digna.

—Perdóname.

—No lo hagas. Casi me habría reído yo, de no haber sido mi propio matrimonio el que estaba siendo tratado como un remedio para la humedad.

Audrey se acercó, pero no la abrazó.

—Mi hermano tiene más costumbre de mandar que de pedir perdón. Y bastante menos talento para decir lo que siente que para esconderse tras su miedo.

—No quiero ser el temor de nadie.

—No.

—Ni la obra bondadosa de un caballero honorable.

La palabra honorable le salió con una amargura demasiado clara. Mairi lo notó y se obligó a sentarse en la butaca junto al fuego, como si el cansancio del viaje justificara lo que la voz acababa de revelar.

—Mairi —dijo Audrey con cuidado—, Douglas no habría dado ese paso por simple compasión.

—Quizás. Pero una dama no debe aceptar una propuesta imaginando los sentimientos que el caballero no se digna pronunciar.

Audrey no encontró respuesta.

Porque Mairi tenía razón.

—Yo no necesito que me salven de Glenmuir, de mi hogar —añadió la joven, con la mirada fija en las llamas—. Ni de Malcolm. Ni de la lluvia. Ni de mí misma. Si alguna vez me caso, no será para que alguien pueda dormir tranquilo sabiendo que estoy lejos de aquí.

Audrey se sentó frente a ella.

—Quizás mi hermano no sepa transmitir sus sentimientos.

Mairi la miró entonces. En sus ojos había dolor, no ira.

—Entonces no debía haberme pedido nada.

La puerta se abrió con un golpe leve y una doncella asomó, sofocada.

—Milady, perdone, pero la pequeña...

Eliza entró antes de que la joven pudiera terminar la frase. Avanzó hacia Mairi con una piedra gris apretada en la mano, como si portara una joya de la corona.

—Tía Mai.

Mairi se agachó.

—Aquí estoy.

La niña abrió los dedos y dejó la piedra en su palma.

—Regalo.

Mairi miró aquel pedazo de las Highlands, áspero, frío, insignificante para cualquiera que no acabara de volver a casa con el corazón hecho una ruina.

—Es preciosa.

—Mía —dijo Eliza.

—Entonces es un honor que me la prestes.

La niña negó con la cabeza, muy despacio.

—No. Tuya.

Mairi cerró los dedos alrededor de la piedra. Por un instante no pudo hablar. Se limitó a besar la frente de su sobrina y a respirar el olor dulce de su cabello.

Audrey desvió la mirada hacia el fuego para concederle ese pequeño refugio.

Más tarde, cuando Mairi aceptó descansar y Eliza fue devuelta a su doncella con gran disgusto, Audrey encontró a Malcolm en el salón de mapas.

Él estaba solo, de pie junto a la mesa central, con una mano apoyada en la madera y la mirada fija en las tierras dibujadas allí como si algún camino pudiera darle una respuesta.

—Cierra la puerta —dijo, sin girarse hacia ella.

Audrey obedeció.

Malcolm esperó hasta oír el clic del pestillo.

—Ahora dime lo que puedas decirme.

Audrey se acercó despacio.

—Douglas le pidió matrimonio.

Malcolm no se movió.

Eso fue lo que más inquietó a Audrey.

—¿Le pidió matrimonio? ¿Sin hablar conmigo? —repitió él.

—Sí.

—¿Y ella huyó de Hamilton Lodge por eso? ¿Acaso la ha ofendido?

Audrey apoyó los dedos en el borde de la mesa.

—No fue la petición, Malcolm. Fue la forma en que lo hizo.

Él levantó la vista. Sus ojos verdes estaban tranquilos, y por eso mismo resultaban peligrosos.

—Explícate o me temo que deberé ensillar mi caballo.

—No lo harás, no la ofendió del modo que imaginas. Le habló como si estuviera resolviendo una dificultad médica. Como si el apellido Hamilton pudiera salvarla de regresar a Glenmuir y recaer en la enfermedad. Basta con decir que no se sintió amada.

Los dedos de Malcolm tamborilearon una sola vez sobre la mesa. Se obligó a detenerlos de inmediato.

—Siempre he sabido que tu hermano era arrogante.

—Y yo siempre he sabido que tú podías serlo. Eso no nos impidió casarnos. No todo es lo que parece, Malcolm.

Él la miró.

Audrey sostuvo su mirada con la misma calma de siempre cuando quería ganarlo en una discusión.

—La dejé marchar para que viviera, no para que le pidieran matrimonio sin mi permiso.

Audrey rodeó la mesa y se colocó a su lado.

—Tienes razón, mi hermano se ha excedido. Pero ha vuelto recuperada de casa de mis padres.

—Eso no me tranquiliza, Audrey. No ahora.

Audrey le tomó la mano.

—Deberemos tener paciencia. Si conviertes esto en un nuevo conflicto familiar, la humillarás más.

Una llamada discreta interrumpió la conversación. MacNair abrió la puerta con un sobre en la mano.

—Ha llegado un mensajero, milord.

Malcolm tomó la carta.

—¿De dónde?

—Hamilton Lodge.

Audrey reconoció el sello de su padre antes de que él rompiera el lacre. Malcolm leyó en silencio. Su expresión no cambió, aunque Audrey supo el momento exacto en que llegó al nombre de Douglas. Cuando terminó, le tendió la carta.

La letra del Duque de Hamilton era firme, sobria, demasiado parecida a su dueño.

A Malcolm Sinclair, duque de Glenmuir:

Confío en que lady Mairi haya llegado a salvo a su casa. Lamento que su partida de Hamilton Lodge se produjera con mayor precipitación de la que mi familia habría deseado y sin la despedida que correspondía a una invitada tan estimada.

También lamento cualquier torpeza cometida bajo mi techo que haya podido hacerla sentirse incómoda. Lady Mairi fue recibida en nuestra casa con afecto y respeto. Si en algún momento se le dio motivo para pensar lo contrario, el error nos pertenece.

Mi esposa agradecerá noticias de su salud cuando lady Mairi esté dispuesta a enviarlas, o una línea de Audrey si mi hija tiene a bien escribirnos.