Capítulo 3
Lady Mairi Sinclair había regresado a Glenmuir.
El carruaje entró en el patio con las ruedas hundidas en el barro y los cristales cubiertos de salpicaduras del camino.
Apenas se detuvo, dos perros enormes salieron a recibirlo con tal escándalo que uno de los mozos dejó caer la cuerda que llevaba en la mano.
Al otro lado del arco de entrada, tres hombres del clan interrumpieron una conversación en gaélico y se giraron a la vez, mientras una ráfaga de viento empujaba contra las piedras el olor reconocible de la turba quemada.
Desde los escalones, la señora MacNair ya daba órdenes.
—¡No dejéis ese baúl bajo la lluvia! ¡Y tú, muchacho, si golpeas esa caja contra la piedra, te haré dormir dentro de ella!
Glenmuir seguía siendo Glenmuir: severo, húmedo, orgulloso y poco dado a la comodidad.
Pero ya no tenía aquella tristeza que Mairi recordaba, esa sensación de casa demasiado cansada para seguir sosteniéndose sobre sus propios muros.
Dos años de trabajo de Malcolm y Audrey habían dejado señales visibles.
La torre norte lucía piedra limpia donde antes solo había oscuridad, algunas ventanas tenían cristales nuevos, las chimeneas respiraban mejor y, tras los ventanales, las cortinas recién cambiadas suavizaban un poco la aspereza de las salas.
Incluso el patio, con todo su barro, parecía más ordenado, como si el castillo hubiera dejado de resistir por pura terquedad y empezara a hacerlo por esperanza.
Mairi sintió que la garganta se le cerraba.
Su casa había sobrevivido.
Como ella.
Luego recordó a Douglas Hamilton, su propuesta fría, su voz al hablar de médicos, conveniencias y prudencia, y la ternura que había empezado a dolerle se convirtió de nuevo en furia.
Morna bajó primero del carruaje, apartando la mano del lacayo antes de que este terminara de ofrecérsela.
—Cuidado con ese baúl —gruñó—. Si rompéis algo, os perseguiré hasta la tumba de vuestros abuelos.
Ewan Sinclair, que aguardaba junto a Malcolm, inclinó la cabeza con solemnidad fingida.
—Bienvenida a casa, Morna.
—No empiece usted también.
—Aún no he empezado.
—Tiene cara de empezar.
Ewan abrió la boca, la cerró y miró a Malcolm con aire resignado.
—La he echado de menos.
—Yo no a usted —replicó Morna, sacudiéndose las faldas—. ¿O pretende ayudar mirando?
—Pretendía dar un recibimiento emotivo.
—Pues delo cargando algo pesado.
La puerta del carruaje volvió a abrirse y Mairi apareció en el estribo.
Por un instante, el patio pareció guardar silencio.
Audrey fue la primera en verla de verdad.
Estaba más delgada de lo que habría deseado, con una sombra de cansancio bajo los ojos y la piel demasiado clara después del viaje, pero no parecía la joven quebradiza que había partido hacia Inglaterra.
Se mantenía erguida, con las mejillas encendidas por el frío y los ojos grises llenos de una furia tan clara que hasta Ewan dejó de sonreír.
Llevaba el tartán Sinclair sobre los hombros, prendido con firmeza, como si no hubiera viajado envuelta en él, sino llevada por él.
Malcolm dio un paso.
—Mairi.
—No empieces —lo cortó ella antes de que pudiera acercarse más—. Estoy bien, he comido, he dormido, he obedecido a médicos ingleses durante dos años y he permitido que Morna me tratara como si fuera un cachorro enfermo. Ya he cumplido con todo el mundo.
Audrey, que había adelantado una mano sin darse cuenta, la dejó caer con prudencia y sonrió apenas.
—Bienvenida a casa.
La dureza del rostro de Mairi se suavizó un segundo. Solo uno, pero bastó para que Audrey la reconociera bajo aquella armadura de orgullo.
—Gracias —respondió—. Veo que Glenmuir sigue en pie.
—Con esfuerzo —dijo Malcolm.
Mairi miró la torre, los cristales nuevos, el humo que subía recto desde una chimenea que antes siempre había escupido al viento.
—Eso también lo veo.
Ewan se acercó despacio, con una cautela poco habitual en él.
—Prima, ¿debo preguntar quién ha muerto o a quién vienes a matar?
Mairi levantó la barbilla.
—A nadie. Todavía.
La señora MacNair, que acababa de alcanzar el carruaje, frunció el ceño.
—Eso no es una respuesta tranquilizadora.
—No quiero tranquilizar a nadie.
Malcolm cruzó los brazos. No alzó la voz. No lo necesitaba.
—¿Qué ha ocurrido?
Mairi apretó los labios.
Audrey vio entonces lo que había debajo de la rabia. No era solo cansancio ni una simple irritación de viaje. Había una herida recogida con tanta dignidad que resultaba casi indecente mirarla delante de todos.
—Douglas Hamilton —dijo Mairi al fin, pronunciando el nombre con una cortesía tan helada que lo convirtió en insulto.
Ewan parpadeó.
—Eso ha sonado bastante concreto.
Mairi no le hizo el menor caso. Miró a Malcolm, luego a Audrey, y añadió con toda la compostura que una Sinclair podía reunir después de días de viaje y demasiadas lágrimas no derramadas:
—Y si alguien vuelve a decirme que los Hamilton son una familia razonable, juro que prenderé fuego a la próxima carta que llegue de Devonshire. Lo siento, Audrey.
Audrey buscó a Malcolm con la mirada. Él ya la estaba mirando. Entre ambos pasó una de esas conversaciones silenciosas que habían aprendido a dialogar desde que Glenmuir dejó de ser campo de batalla para convertirse en su hogar.
Algo había ocurrido.
Algo más serio que una discusión.
—¿Qué te ha hecho? —preguntó Malcolm.
Mairi acomodó mejor el tartán sobre sus hombros, como si hubiera sentido frío de repente.
—Nada que requiera que cruces Escocia con una espada.
—Eso no te corresponde decidirlo.
—Sí me corresponde —replicó ella, sin subir la voz—. Y no he vuelto para cambiar un Hamilton mandón por un Sinclair mandón.
La frase golpeó a Malcolm con precisión. Su expresión no cambió, pero Audrey vio cómo los dedos de su esposo se cerraban contra la palma.
—Solo quiero saber si has sido ofendida —dijo él.
—Y yo te lo diré cuando me sienta inclinada a hacerlo.
La señora MacNair miró a Malcolm, luego a Mairi, y decidió que los nobles tenían demasiada afición a discutir bajo la lluvia.
—Dentro —ordenó—. La señorita está pálida, Morna está de mal humor, lord Ewan no ha movido un baúl todavía y milord tiene esa cara que pone antes de hacer algo que me dará trabajo. Dentro todos.
—Por fin alguien sensato —murmuró Audrey.
MacNair la señaló con un dedo.
—No se acostumbre a oírme decir que una inglesa tiene razón, milady.
—Llevo dos años viviendo aquí.
—Y aún dice «por favor» más de lo necesario.
Ewan se giró hacia el carruaje dispuesto a ayudar.
—¿Traéis todos los baúles o solo aquellos con los que lady Cathaline pretendía conquistar Escocia?
—Lady Cathaline no acepta que una mujer viaje con poco equipaje, me ha regalado una infinidad de vestidos —respondió Mairi—. Lo considera una forma de amistad y yo no quise ser desagradecida.
—Lady Cathaline es una dama con principios firmes.
—Es una dama con demasiadas cintas.
Morna le golpeó el brazo al pasar.
—Ayude.
—Soy primo de la familia.
—Entonces avergüence menos a la familia y levante eso.
El patio volvió a moverse. Los mozos cargaron baúles, los perros olisquearon las ruedas y un lacayo trató de rescatar una sombrerera antes de que MacNair lo acusara de crimen contra las buenas telas.
Malcolm iba a inclinarse hacia su hermana cuando una voz infantil salió desde el interior.
—¡Tía Mairi!
La pequeña Eliza bajó los escalones con la determinación de quien no considera útil el equilibrio. Audrey la alcanzó por la cintura antes de que cayera sobre el barro.
—Eliza, despacio.
La niña se retorció para soltarse. Tenía el cabello negro de su madre, unos ojos verdes que habían hecho sonreír a Malcolm desde el primer día, y una barbilla obstinada que parecía pertenecer por derecho propio a los Sinclair.
Mairi se quedó inmóvil.
La furia de sus ojos vaciló.
—Dios mío —susurró—. Está enorme.
—Eso intentaba explicarte en las cartas.
La niña alargó los brazos.
—Tía Mai.
Mairi se agachó con cuidado. No por debilidad, sino porque la emoción le robó un poco de firmeza a las rodillas. Eliza tocó el tartán con los dedos pequeños.
—Bonito.
—Es Sinclair —dijo Mairi, y la voz le salió más suave.
—Mío.
—Veo que has heredado el sentido de propiedad de tu padre.
Malcolm emitió un sonido bajo, más de protesta que de palabra. Audrey se rio y dejó que la niña se inclinara hacia su tía.
La pequeña apoyó la mejilla contra el hombro de Mairi.
Durante un instante, la joven cerró los ojos.
El olor de la niña —leche, lana, humo de turba y algo dulce— se mezcló con el viento del patio.
Aquello, más que las piedras, más que las torres y más que el gaélico de los criados, terminó de traerla de vuelta a su hogar, a su casa.
—Está helada —declaró MacNair, acercándose con un chal que nadie le había pedido—. Y si se me cae enferma nada más cruzar la puerta, tiraré por las escaleras a todos los presentes, empezando por quien haya permitido que baje del carruaje sin abrigo suficiente.
—Me alegra verla también, señora MacNair —dijo Mairi.
—Ya tendrá tiempo de alegrarse junto al fuego.
Malcolm dio un paso más.
—Mandaré llamar al médico.
—No.
—Has viajado antes de lo previsto.
—He viajado sentada.
—Mairi.
La forma en que pronunció su nombre habría bastado para callar a la mayoría.
Mairi no era la mayoría.
—No empieces, Malcolm. No hoy.
Audrey colocó una mano sobre el brazo de su esposo, con esa forma suya que nunca era simple delicadeza.
—Querido, si insistes demasiado, Mairi volverá a subir al carruaje solo para demostrar que puede hacerlo.
—No sería una demostración sensata —dijo él.
—No —concedió Mairi—. Pero sería satisfactoria.
Ewan levantó la vista del baúl que por fin había decidido cargar.
—Lo triste es que la creo capaz.
—Yo también —dijo Audrey—. Por eso vamos a entrar.
Mairi cruzó el umbral de Glenmuir por su propio pie.
No fue poca cosa, antes no podía casi andar.