Capítulo 2 #3
—¿Me está pidiendo matrimonio como quien propone cambiar la ruta de un carruaje?
—Le estoy ofreciendo una alternativa a volver a un lugar que puede perjudicar su salud.
—Qué romántico.
—No convierta esto en una burla.
—No he tenido que hacerlo yo.
Douglas endureció el gesto.
—Sería una unión ventajosa. Para ambas familias. Usted permanecería bajo protección adecuada. Malcolm no podría objetar nada a una alianza con los Hamilton, ya que él mismo se ha casado con mi hermana. Tendría una casa, posición, médicos cerca, libertad dentro de lo razonable...
—Libertad dentro de lo razonable —repitió Mairi.
—No tergiverse.
—¿También tendría permitido respirar sin autorización escrita?
—Mairi.
—No use mi nombre ahora.
Douglas se calló.
Ella estaba temblando.
No de debilidad.
De furia.
Y eso, de un modo completamente inadecuado, la hacía más hermosa. Sus ojos grises brillaban, la barbilla estaba alzada y el tartán Sinclair parecía haberse tensado sobre sus hombros como si el clan entero acabara de colocarse detrás de ella.
—¿Es eso lo que soy para usted? —preguntó—. ¿Un problema al que debe encontrarle una solución razonable?
—No.
—¿Una enferma que puede administrar mejor si la convierte en esposa?
—No.
—¿Una obligación que durará menos si se legaliza ante un sacerdote?
—Eso es injusto.
—Lo injusto, lord Douglas, es pedir matrimonio a una mujer sin mencionar una sola vez que la desea o la ama de algún modo.
Douglas se quedó inmóvil.
Las palabras atravesaron la habitación como una llama.
«Desea. Ama».
Mairi también pareció darse cuenta de lo que había dicho.
Pero no retrocedió.
—Ni que la aprecia —continuó, con la voz más baja—.
Ni que la respeta más allá de su capacidad para sobrevivir a un viaje.
Ni que la ve como algo distinto a una responsabilidad.
Me ofrece casa, posición, médicos y libertad dentro de lo razonable.
Qué lista tan completa. Casi esperaba que añadiera el número de mantas del ajuar.
Douglas tuvo que obligarse a respirar.
—No he pretendido ofenderla.
—Eso empieza a ser una costumbre suya.
—Mairi...
—Le dije que no usara mi nombre.
Él apretó los puños.
—Está enfadada.
—Por fin coincidimos en algo.
—No piensa con claridad.
Mairi se apartó del escritorio como si necesitara distancia para no arrojarle el tintero.
—Voy a marcharme mañana.
Douglas se quedó helado.
—No.
Ella sonrió, y fue una sonrisa preciosa y terrible.
—Ahí está otra vez.
—El médico dijo unas semanas.
—El médico dijo que podía viajar con prudencia.
—Mañana no es prudente.
—Mañana es pronto. La prudencia la pondré en el carruaje.
—No permitiré...
—Usted no permite ni deja de permitir nada.
Douglas dio otro paso hacia ella.
—Mairi, escúcheme.
—No. Ya he escuchado demasiado. He escuchado que cuidarme era su obligación. Que casarse conmigo sería razonable. Que mi vida debe medirse según la enfermedad y su obligación como caballero honorable. Y ahora va a escucharme usted a mí.
Douglas se detuvo.
Mairi respiró hondo.
Le tembló un poco el pecho.
Él lo notó y quiso acercarse.
Ella vio la intención en sus ojos.
—No lo haga —Douglas permaneció donde estaba—.
No quiero que nadie me salve de mi propia vida ni de mi clan, ni de mi tierra —dijo ella—.
No quiero ser una habitación que usted pueda cerrar para dormir tranquilo.
No quiero un matrimonio construido sobre su miedo.
Y, sobre todo, no quiero volver a preguntarme si el hombre que tengo delante me ve a mí o solo a la enfermedad que una vez me dejó en cama.
La frase lo dejó sin respuesta.
Mairi tomó la carta a Malcolm, aún húmeda de tinta, y la dobló sin esperar a que secara del todo.
—Enviaré esto ahora mismo.
—No puede marcharse mañana.
—Puedo.
—Morna no habrá terminado los baúles.
—Morna terminó de hacerlos en su cabeza hace una hora.
—Su hermano no estará avisado.
—No hace falta.
—El camino...
—El camino no empeorará porque usted esté furioso.
Douglas la miró.
—Iré con usted.
Mairi se quedó quieta.
—No.
—Sí.
—No necesito que me escolte, lord Douglas.
—No le he preguntado si lo necesitaba.
Aquellas palabras salieron de la boca de Douglas como una puerta cerrada de golpe. Mairi lo miró durante un segundo largo, y entonces él comprendió que había vuelto a hacerlo: otra orden, otra imposición, otra forma torpe de decir algo que no sabía pronunciar.
Ella se acercó a la puerta e inclinó la cabeza con una cortesía impecable, tan perfecta que dolía más que un grito.
—No quiero que venga conmigo.
La puerta se cerró tras ella y, sobre el escritorio, quedó el pañuelo doblado, con una pequeña mancha de tinta oscura en el borde. Douglas lo tomó entre los dedos. Había pedido a Mairi Sinclair que se casara con él, y ella no solo lo había rechazado; había decidido marcharse al amanecer.
Y lo hizo.
Cuando la casa aún dormía y la niebla de primavera empañaba los cristales de Hamilton Lodge, Mairi bajó la escalera con una maleta pequeña, un chal sobre los hombros y el orgullo bien sujeto entre las manos para que no se le rompiera.
No despertó a Eliza. No buscó a Alexander.
Solo dejó una nota que pudiera sonar agradecida con un par de argumentos que Morna creía débiles, pero educados.
En el vestíbulo, el mayordomo intentó llamar a un lacayo, pero Mairi negó con la cabeza.
—No hace falta. Puedo subir sola al carruaje.
Y así lo hizo. Con Morna. Sin mirar atrás.
Sin permitir que el primer sol de la mañana viera las lágrimas que no había derramado la noche anterior.
El carruaje avanzó por el camino de grava, alejándose de la casa donde había aprendido a respirar de nuevo y donde, sin darse cuenta, había empezado a querer demasiado a un hombre que solo sabía protegerla, pero no amarla.
Ni desearla.