La furia del Highlander (Los Duques de Escocia 2) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Alexander dejó el papel sobre la mesa.

—Porque tu prudencia tiene los modales de un carcelero.

Douglas se puso en pie.

—No voy a discutir esto.

—Sí vas a hacerlo. Te he visto en el jardín.

Douglas apretó los labios.

—No fue una conversación pública.

—Lo fue cuando decidiste tenerla en mitad de mi jardín con tu madre mirando desde la terraza y Cathaline fingiendo que no escuchaba cada palabra.

—Cathaline debería aprender discreción.

—Cathaline aprende lo que le conviene y descarta el resto. Es una Hamilton.

—Eso no es una virtud.

—No he dicho que lo sea.

Douglas rodeó el escritorio.

—Mairi quiere volver. Yo solo quiero asegurarme de que lo haga sin matarse por orgullo escocés.

—Proteger a una mujer no significa decidir por ella, Douglas.

La frase no fue alta.

No hizo falta.

Douglas sintió que se le tensaban los hombros.

—No me hable como si fuera un niño, Su Excelencia.

—Entonces no actúes como si negarte algo fuera una ofensa personal.

—Mairi estuvo enferma.

—Lo sé.

—Casi se muere.

—También lo sé.

—Usted no estaba aquí cada vez que tosía hasta quedarse sin aire.

Algo cambió en el rostro de Alexander.

No mucho.

Pero algo.

—No —dijo—. Tú sí.

Douglas apartó la mirada.

Eso no era una victoria. Era una trampa.

—Entonces entenderá por qué no puedo fingir que su regreso me parece sensato.

—Entiendo muchas cosas. También entiendo las que tú no dices.

—No hay nada más.

Alexander soltó una risa baja.

—Eres mal mentiroso cuando estás furioso.

—No estoy furioso.

—Esa ha sido peor.

Douglas apoyó las manos sobre el escritorio.

—Mairi no es mi madre.

Alexander se quedó quieto.

—No he dicho que lo sea.

—Pero está pensando en ella. En cómo usted intentó protegerla. En cómo ella no se dejó. En cómo ahora va a darme una lección sobre amar a una mujer sin encerrarla basada en su experiencia.

Alexander lo observó con una mezcla de irritación y orgullo.

—Veo que al menos tienes inteligencia suficiente para pronunciar mi discurso por mí.

—No necesito escucharlo.

—Claro que no. Los Hamilton nacemos sabiendo cómo arruinar lo que más nos importa.

Douglas levantó la vista.

Aquello sí llegó.

Alexander se acercó un paso.

—Tu madre no fue una mujer a la que pudiera amar apartándola del mundo. Lo intenté. De otras formas, con otros nombres, con excusas mucho más nobles que las tuyas. Miedo. Deber. Protección. Todas suenan bien cuando uno no quiere admitir que está aterrado.

—Mairi puede recaer.

—Entonces asegúrate de que vuelva sana a su casa. Pero no finjas que tu furia nace solo de sus pulmones.

Douglas no respondió.

Porque habría tenido que mentir.

Y su padre lo habría notado.

La puerta se abrió de golpe antes de que el silencio terminara de volverse insoportable.

Cathaline apareció envuelta en seda color lavanda, con una cinta colgando del pelo y la expresión de una joven que llevaba media hora buscándose en espejos y no había encontrado nada que reprochar.

Richard iba detrás, con el perro del mensaje en los talones.

—Papá —dijo Cathaline—, mamá quiere saber si el vestido lavanda me hace parecer una debutante etérea o una nube con ambiciones.

Alexander la miró.

—¿Y por qué no se lo preguntas a tu madre?

—Porque mamá dice que estoy preciosa con todo, y eso, aunque correcto, no es útil.

Richard asomó la cabeza.

—Yo he dicho que parecía una nube.

—Tú no sabes distinguir una nube de una cortina —replicó Cathaline.

—Las cortinas no se mueven solas.

—Las de tu habitación sí, porque dejas la ventana abierta como un salvaje.

Douglas cerró los ojos.

—Fuera.

Cathaline se fijó en las listas del escritorio.

—Oh. ¿Estamos organizando la marcha de Mairi o invadiendo Escocia otra vez?

Richard se acercó con entusiasmo.

—¿Puedo ir?

—No —dijeron Douglas y Alexander a la vez.

Cathaline sonrió.

—Douglas no soporta que Mairi se vaya porque no puede mandar a Escocia que se comporte.

Richard asintió con gravedad.

—Escocia parece poco disciplinada.

Douglas abrió los ojos.

—Salid de este despacho.

—Esa frase la dices mucho —observó Cathaline—. Pero todavía no es tu despacho, es de padre.

Alexander miró a sus dos hijos menores.

—Cathaline, dile a tu madre que el lavanda te favorece. Richard, si atas otro mensaje al perro, te enviaré a Eton dentro de una caja con tu hermano Edward.

Salieron.

Alexander esperó a que la puerta se cerrara.

—Tu hermana tiene razón.

—Cathaline rara vez tiene razón.

—Por eso molesta tanto cuando la tiene.

Douglas volvió a coger la pluma.

—Voy a terminar esto.

Alexander le arrebató la pluma de la mano.

Douglas lo miró, incrédulo.

—¿Qué hace?

—Evitar que conviertas el viaje de Mairi en un problema más.

—Devuélvame la pluma.

—No.

—Padre.

Alexander se inclinó sobre el escritorio.

—Habla con ella.

—Ya lo hice.

—No. Le diste órdenes con argumentos demasiado largos.

—Ella no escucha razones.

—Quizás porque tus razones suenan a mentira.

Douglas no contestó. Alexander dejó la pluma sobre la mesa, lejos de su alcance, y cuando su padre se marchó, Douglas permaneció inmóvil casi un minuto. Después tomó la pluma. No para escribir, sino para partirla entre los dedos.

Mairi estaba en la sala azul cuando Douglas la encontró al anochecer.

No debería haberla buscado.

Por eso había tardado dos horas en hacerlo.

La sala azul era una de las estancias favoritas de su madre: pequeña, cálida, con sillones cómodos, estanterías bajas y un ventanal que daba al jardín.

Mairi solía leer allí porque recibía la luz justa y porque estaba lo bastante lejos del salón principal para evitar conversaciones, pero lo bastante cerca de la vida de la casa para no sentirse apartada.

Estaba sentada junto al escritorio, escribiendo.

Los cuadros Sinclair le cubrían los hombros, como siempre.

La lámpara le doraba el cabello rubio que le brillaba con más fuerza desde que se había recuperado. Parecía frágil de lejos. Una pintura delicada. Una dama hermosa con piel clara, ojos grises y manos finas. Delgada, casi huesuda, pero terriblemente bella.

Mairi levantó la vista antes de que él hablara.

—Lord Douglas.

La formalidad volvió a golpearlo.

Él cerró la puerta.

—Lady Mairi.

—¿Ha venido a revisar si la lámpara produce demasiado humo?

—No.

—¿La ventana?

—Tampoco.

—¿La silla? Podría conspirar contra mi columna.

Douglas inspiró despacio.

—He venido a hablar del viaje.

—Qué sorpresa.

—He organizado una ruta.

—Otra sorpresa.

—Con paradas adecuadas, escolta suficiente y un médico hasta York.

Mairi dejó la pluma sobre el tintero.

—¿Ha organizado también el color del cielo o eso se decidirá sobre la marcha?

—No empiece.

—Yo no he empezado nada. Estoy sentada escribiendo una carta.

Douglas miró el papel.

—¿A Malcolm?

—Sí.

—¿Le ha dicho que el médico le permite viajar?

—Sí.

—¿Le ha dicho que debe hacerlo con prudencia?

—No. Pensaba confiar en que mi hermano imaginara que no viajaré colgada de un caballo durante una tormenta.

—Mairi.

—Lord Douglas.

Él se acercó un poco.

—Antes no quise decir que usted fuera una carga... ni una obligación.

La frase cayó entre ambos.

Horrible.

Torpe.

Irreparable incluso antes de terminar.

Mairi se quedó muy quieta.

—Qué alivio saber que no he pesado demasiado en esta casa.

Douglas cerró los ojos un instante.

—No.

—¿No?

—Eso no ha sido lo que quería decir.

—Entonces quizás debería dejar de hablar antes de empeorarlo.

—Probablemente.

El silencio resultó incómodo.

Mairi bajó la mirada a sus manos. Tenía una mancha de tinta en el dedo índice. Douglas la vio antes que ella. La vio porque siempre veía esas cosas. El mechón suelto. El cansancio en los ojos. La tos. La tinta en la piel.

Sacó un pañuelo del bolsillo y se acercó.

—Tiene tinta.

Mairi miró su dedo.

—No importa.

—Manchará la carta.

—Es mi carta.

—Deme la mano.

Ella alzó la vista.

—No.

Douglas se detuvo ante aquella palabra sencilla, pequeña e insoportable.

—Solo iba a limpiarle la tinta.

—Puedo hacerlo yo.

—Lo sé.

—Entonces no me lo ordene.

Douglas apretó el pañuelo entre los dedos.

—No era una orden.

Mairi lo miró. Solo lo miró. Y él, sin decir una palabra, dejó el pañuelo sobre la mesa.

—Tome.

Ella lo cogió con cuidado, evitando rozarle la mano, y ese gesto le molestó a Douglas más de lo que debería. Mairi se limpió la tinta despacio.

—Gracias.

—No me hable como si fuera un extraño.

—¿Y cómo debo hablarle?

Douglas no tenía respuesta. Al menos, no una prudente. Mairi dobló el pañuelo con cuidado y se lo devolvió.

—Ha sido usted muy generoso conmigo. Toda su familia lo ha sido. Si antes he parecido ingrata...

—No.

—Déjeme terminar.

Él cerró la boca.

—No soy ingrata. Jamás lo seré. Hamilton Lodge me ha devuelto la salud y, durante mucho tiempo, también la esperanza. Pero no quiero pasar el resto de mis días siendo el miedo de otra persona.

Douglas sintió que aquellas palabras encontraban el hueco exacto entre sus costillas.

—No es eso.

—¿No?

—No.

—Entonces ¿qué es?

Él la miró y allí estaba la oportunidad: una frase, una verdad, algo capaz de cambiarlo todo si Douglas se atrevía a pronunciarlo.

Algo sencillo, aunque no supiera pronunciarlo con belleza. Algo que no fuera médico, rutas, mantas, obligación o humedad.

Algo que la hiciera quedarse sin tener que encadenarla.

Douglas Hamilton, heredero de Brodick, futuro duque de Hamilton, educado para mandar salones, tierras y hombres, descubrió que no sabía decir una sola palabra útil.

Así que hizo lo que siempre hacía cuando no entendía una emoción.

La convirtió en una decisión.

—Cásese conmigo.

Mairi dejó de respirar. O quizás fue él. La sala azul pareció perder todo sonido, y hasta el reloj sobre la repisa se volvió ofensivamente lento.

—¿Qué ha dicho? —preguntó ella, desde su silla.

Douglas sostuvo la espalda recta.

—He dicho que se case conmigo.

Mairi se levantó muy despacio.

—No.

Él parpadeó.

—Ni siquiera ha escuchado...

—He escuchado suficiente.

—No sea impulsiva.

Una risa breve salió de ella.

No tuvo alegría.

—Qué frase tan extraordinaria viniendo de usted.

Douglas dio un paso.

—Es una solución razonable.

El color abandonó un poco el rostro de Mairi.

—¿Razonable?

—Sí.