La furia del Highlander (Los Duques de Escocia 2) Capítulo 2
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Capítulo 2

Mairi Sinclair descubrió que era posible sentirse humillada sin que nadie la hubiera insultado.

Eso la irritó mucho más.

—No aprietes tanto los labios, niña —dijo Morna a su espalda—. Te los vas a dejar finos como los de las inglesas.

Mairi estaba de pie junto a la ventana de su alcoba, con el chal aún sobre los hombros y la vista clavada en los jardines de Hamilton Lodge. Desde allí podía ver el camino donde Douglas Hamilton seguía inmóvil, como si el suelo hubiera decidido retenerlo por insolente.

No debería mirarlo.

Por eso lo hacía.

—No estoy enfadada —dijo.

Morna soltó un bufido tan seco que habría podido apagar una vela.

—Claro que no.

Mairi se giró.

La alcoba que le habían dado en Hamilton Lodge era luminosa, cómoda y muy bien decorada.

Cortinas azul cielo, una cama don doseles, una chimenea siempre vigilada, sábanas tan limpias que casi parecía un crimen dormir en ellas y una butaca colocada junto a la ventana porque, según lady Eliza, allí podía leer sin forzar la vista.

Durante casi dos años había sido su refugio y allí se había recuperado, lo agradecía de veras.

Morna estaba junto a la mesa, preparando una infusión con una expresión de guerra. Su nana tenía el cabello gris recogido bajo una cofia oscura, los hombros fuertes pese a la edad y esa mirada de mujer escocesa capaz de encontrar defectos en un funeral bien organizado.

—Solo estoy cansada —replicó Mairi.

—No estás cansada. Estás dolida.

—Gracias por la precisión médica.

—No hace falta ser médico para verte la cara.

Mairi se quitó el chal y lo dejó sobre el respaldo de una silla.

—Entonces quizás deberías ocupar el puesto del doctor Renshaw. Douglas estaría encantado de discutir contigo.

—Ese muchacho discute hasta con las puertas si no se abren cuando él quiere.

Mairi no pudo evitar sonreír.

Fue pequeño.

Morna lo vio.

—Ahí está. Todavía no te ha matado con su mal genio.

—Douglas no tiene mal genio.

Morna la miró.

Mairi suspiró.

—De acuerdo. Lo tiene. Pero no es cruel.

—No he dicho que lo sea. He dicho que tiene la delicadeza de un toro entrando en una capilla.

—Morna.

—¿Qué? Los toros también son criaturas de Dios.

Mairi caminó hasta el tocador y se quitó los guantes. Tenía los dedos fríos, aunque no iba a admitirlo jamás. Sobre la mesa descansaba la cinta del tartán Sinclair que solía prender a sus vestidos. Verde oscuro, azul profundo y líneas rojas finas. La tocó con la punta de los dedos.

Aquellos colores le daban ánimos.

Incluso allí.

Incluso bajo el techo de una familia que la había cuidado más de lo que muchas familias cuidaban a su propia sangre.

—Ha sido bueno conmigo —dijo.

—Sí.

—Más de lo que debía.

—Sí.

—No puedo reprocharle que se preocupe.

—Puedes reprocharle que use la preocupación como si le debieras obediencia absoluta.

Mairi cerró los dedos alrededor del tartán.

Aquello era.

Eso era exactamente lo que no había querido decir en el jardín.

Douglas no la trataba con desprecio. Jamás.

No la miraba como una carga ni se mostraba impaciente con su debilidad.

Al contrario. Lo había visto pasar noches despierto porque ella tenía fiebre.

Lo había visto aparecer en la puerta de la sala con una manta en la mano antes de que ella sintiera frío.

Lo había visto discutir con criados, médicos, cocheros, jardineros y hasta con Morna por asuntos que cualquier persona sensata habría considerado insignificantes.

Pero siempre era lo mismo: cuidado, vigilancia, deber, obligación.

Palabras correctas, nobles incluso, que deberían haberla hecho sentirse agradecida.

Y lo estaba. Claro que lo estaba. Pero ninguna de ellas era deseo.

Ninguna era elección. Ninguna se parecía a esa clase de mirada que Mairi había empezado a anhelar en silencio, justo cuando debería haberse conformado con concentrarse en respirar sin dolor.

—No quiero ser la pobre hermana enferma de Malcolm —dijo al fin.

Morna no respondió.

Mairi se obligó a continuar.

—Tampoco quiero ser la protegida de los Hamilton.

Ni la muchacha delicada a la que todos consultan después de haber decidido por ella.

Quiero volver a mi casa. Quiero entrar en Glenmuir por mi propio pie.

Quiero que MacNair me regañe por tener barro en el vestido y que Malcolm intente fingir que no ha llorado al verme.

Quiero oír gaélico sin que nadie lo considere una amenaza para mis pulmones.

Morna dejó la taza sobre la mesa.

—Entonces vuelve.

Mairi la miró.

—¿Así de fácil?

—No he dicho que sea fácil. Glenmuir sigue siendo frío. Tus pulmones siguen siendo tuyos, que ya es bastante mala suerte, y tu hermano mayor sigue teniendo un humor de perros.

—Douglas también.

—Los hombres con hombros grandes suelen creer que eso les da derecho a tener mal humor.

Mairi soltó una risa.

Morna se acercó a ella y le tomó la barbilla con una mano áspera.

—Pero una Sinclair no puede vivir eternamente envuelta en mantas inglesas. Volverás. Te cuidarás. Harás caso cuando yo te diga que descanses.

—A veces.

—Harás caso siempre.

—Morna.

—Está bien. Harás caso lo suficiente para que no tenga que morirme de preocupación.

Mairi le cubrió la mano con la suya.

—No voy a morirme.

La expresión de Morna se endureció de una forma extraña.

—Más te vale. Ya he enterrado demasiadas cosas en esta vida.

Mairi tragó saliva y recordó a sus padres. Ambos muertos antes de tiempo. El silencio duró poco porque Morna no era una mujer dispuesta a permitir que la ternura se instalara demasiado tiempo en una habitación.

—Escribe a tu hermano —ordenó—. Si no lo haces tú, lo hará lord Douglas y entonces Malcolm vendrá desde Escocia con una espada, tres caballos muertos de cansancio y una carta mal escrita.

—Malcolm no vendría con una espada.

—No. Vendría con dos.

Mairi fue al escritorio.

La emoción le apretó el pecho antes de tomar la pluma.

« Regresar».

La palabra era enorme.

Durante meses había sido una esperanza, algo que todos mencionaban en voz baja, como si decirlo demasiado fuerte pudiera estropearlo. Ahora estaba allí. Escrita en el permiso del médico, en los baúles que Morna ya miraba con fingido disgusto, en el aire mismo de la habitación.

Mairi mojó la pluma en tinta.

Querido Malcolm,

El doctor Renshaw ha dicho esta mañana que puedo regresar a Glenmuir.

El amor a su casa, su clan, su patria escocesa.

—No llores sobre la carta —dijo Morna desde el armario—. La tinta se corre y tu hermano pensará que has recaído.

Mairi parpadeó deprisa.

—No estoy llorando.

—Claro.

—Me pican los ojos.

—A mí me pica la paciencia.

Mairi sonrió y siguió escribiendo.

Morna, mientras tanto, abrió un baúl con un golpe seco.

—¿Qué haces? —preguntó Mairi.

—Nada.

—Estás sacando el baúl grande.

—Para airearlo.

—Morna.

—¿Qué? ¿Quieres volver a Escocia con vestidos doblados por ingleses? Te presentarás en Glenmuir con las mangas aplastadas y MacNair culpará a mi vejez.

—Hace diez minutos dijiste que no sería fácil.

—Y no lo será. Por eso hay que doblar bien la ropa.

Mairi volvió a la carta, pero su sonrisa se perdió poco a poco.

No sabía por qué la frase de Douglas seguía allí, clavada.

«Era mi obligación».

No había sido cruel.

Quizás por eso dolía.

Una crueldad podía rechazarse. Una torpeza podía disculparse. Pero una verdad dicha sin cuidado se quedaba en la piel de otro modo.

Había sido su obligación.

Y ella, necia, había querido ser algo más.

En la planta baja de Hamilton Lodge, Douglas Hamilton llevaba media hora organizando una rendición como si fuera una campaña militar.

—Dos carruajes —dijo—. No uno. El primero para lady Mairi y Morna. El segundo para equipaje ligero, una doncella, medicinas y provisiones. El equipaje grande puede enviarse por delante.

El señor Keller, de pie junto al escritorio, escribía con la calma de un hombre que había sobrevivido a peores instrucciones.

—Sí, milord.

—Tres lacayos montados.

—Sí, milord.

—No. Cuatro.

—Cuatro, milord.

—Un médico hasta York.

Keller levantó la vista.

—¿Hasta York?

—¿Hay algún problema?

—Ninguno, milord. Solo estaba preguntándome si desea que el médico sea informado de que viaja hasta York o si prefiere que lo descubra cuando ya no pueda escapar.

Douglas lo miró.

Keller bajó la vista al papel.

—Hasta York.

—Paradas cada dos horas si el camino es malo.

—¿Y si el camino es bueno?

—También.

—Por supuesto.

—Mantas en ambos carruajes. Carbón para las posadas. Caldo preparado. Nada de carnes frías por la noche. Que revisen los cierres de las ventanas.

—Sí, milord.

—Y que nadie permita que Morna decida la ruta.

Keller hizo una pausa.

—¿Debo escribir eso?

—No.

—Mejor.

La puerta del despacho se abrió sin llamar.

Alexander Hamilton entró con la naturalidad de un hombre al que ninguna puerta de su casa consideraba prudente negarle el paso. Llevaba una carta en la mano, las mangas impecables y esa expresión serena que Douglas conocía demasiado bien.

Era la calma antes de una reprimenda.

—Keller —dijo Alexander—, déjenos.

El mayordomo pareció aliviado por abandonar un campo de batalla.

—Su Excelencia.

Salió.

Douglas tomó otro papel.

—Estoy ocupado.

—Lo veo.

—Entonces puede esperar.

Alexander cerró la puerta.

—También veo que estás intentando organizar la marcha de Mairi hasta el último bostezo.

Douglas dejó la pluma.

—Alguien debe hacerlo.

—Ese alguien no siempre tienes que ser tú.

—Mi padre está ocupado.

Alexander alzó una ceja.

—Cuidado, muchacho.

Douglas sostuvo su mirada y, durante un instante, fueron demasiado parecidos: el mismo orgullo, la misma mandíbula, la misma testarudez Hamilton envuelta en buena ropa. Alexander se acercó entonces al escritorio y tomó una de las listas.

—Mantas, caldo, paradas, carbón, médico hasta York. ¿Has considerado llevar también una chimenea desmontable?

—Si existiera, ya estaría encargada.

Alexander lo miró.

Douglas no sonrió.

—No es una broma.

—Lo sé. Eso lo empeora.

—Mairi necesita viajar con precaución.

—Sí.

—Glenmuir es frío.

—Sí.

—Su salud todavía no es fuerte.

—También.

—Entonces no entiendo por qué todos actuáis como si mi prudencia fuera un defecto.