Capítulo 1 #5
—No. Hamilton Lodge me ha salvado —Él no respondió—.
Su madre me ha tratado con una delicadeza que jamás podré pagar.
Su padre me ha dado techo sin hacerme sentir una deuda.
Cathaline me ha enseñado que una mujer puede sobrevivir a una temporada social si la enfrenta como una campaña militar.
Richard me ha hecho reír incluso cuando no quería.
Edward, en sus cartas, me recuerda que la inteligencia puede resultar tan irritante como útil.
Audrey me escribe desde Glenmuir como si pudiera enviarme un poco de aire escocés doblado entre las páginas.
Douglas esperó.
No sabía qué.
Quizás su nombre.
Quizás nada.
Mairi bajó la voz.
—Y usted ha cuidado de mí cuando no tenía obligación alguna.
Douglas apartó la mirada hacia el jardín.
—Era mi obligación.
El silencio que siguió fue pequeño.
Y, aun así, algo en él se rompió.
Mairi asintió despacio.
—Sí —dijo—. Eso puede ser.
Douglas volvió a mirarla y se dio cuenta de un cambio en su expresión. No era ira, o al menos no solo eso. Había en su rostro un dolor que luchaba por disfrazarse de orgullo antes de que él alcanzara a comprenderla con demasiada claridad.
—No me refería a... —intentó arreglarlo él.
—No tiene que explicarse. De verdad.
—Mairi.
—Lord Douglas —corrigió ella.
La formalidad fue tan brusca que pareció una bofetada.
Él se quedó rígido.
Ella sonrió.
Una sonrisa educada.
Agradecida.
Lejana.
Douglas la detestó de inmediato.
—Dentro de unas semanas —dijo Mairi— estaré en mi casa. En Glenmuir. Y cuando llegue allí, escribiré a su madre para agradecerle cada cuidado, cada bandeja enviada a mi habitación, cada flor fresca que hizo cambiar por mí, cada día de paz que esta casa me regaló.
—No se trata de mi madre.
—No. Lo sé.
El viento volvió a moverle un mechón rubio. Mairi lo apartó con una mano enguantada.
—También le escribiré a usted, si lo desea.
Douglas no dijo nada.
No podía.
No sin decir algo que empeorara la situación.
Mairi inclinó la cabeza.
—Gracias por protegerme, lord Douglas. De verdad. Pero no confunda mi gratitud con sumisión. Y no me pida que renuncie a mis raíces solo porque usted considera que allí sopla demasiado viento.
Douglas la miró fijamente. Quería decirle que era una insensata, que aún no estaba preparada para marcharse y que Glenmuir no podía ofrecerle lo que necesitaba.
Quería recordarle que Malcolm era un hombre orgulloso, Audrey una recién casada con demasiadas responsabilidades, MacNair una tirana con delantal y Morna una anciana capaz de diagnosticar una enfermedad con solo oír una tos.
Sobre todo, quería decirle que Hamilton Lodge era el lugar más seguro para ella. Que, mientras permaneciera allí, él se ocuparía de todo. De prever los peligros antes de que aparecieran, de apartarlos de su camino y de asegurarse de que nada ni nadie volviera a ponerla en riesgo.
Pero no pronunció una sola palabra.
Porque incluso Douglas comprendió que ninguno de aquellos argumentos era el verdadero motivo por el que no quería dejarla marchar. Y ese era el único que aún no sabía poner en voz alta.
Mairi retrocedió un paso, orgullosa, como una dama decidida a mantenerse en pie por sí misma aunque el mundo entero insistiera en tenderle la mano.
—Será mejor que vuelva antes de que Morna decida que usted me ha matado con conversación inglesa.
—Lady Mairi.
Ella se detuvo, pero no se giró del todo.
—¿Sí?
Douglas la miró.
La luz se le había posado en el cabello. Parecía delicada. Sí. Todavía demasiado delgada. Todavía con esa sombra de cansancio que a veces aparecía alrededor de sus ojos por la tarde.
Pero no era débil.
—El señor Keller dejará una copia de las indicaciones del médico a Morna —dijo al fin.
Mairi lo observó un instante.
Luego soltó una risa baja, casi triste.
—Intentaré cumplirlas.
Se alejó por el camino.
No miró atrás.
Douglas se quedó quieto.
Al otro lado del jardín, Cathaline levantó una mano para llamarla. Richard ya había entrado en casa. Morna se incorporó antes de que Mairi llegara, preparada para fingir que no había estado observando cada respiración de la mujer a la que aún llamaba niña.
En la terraza, Alexander Hamilton apartó los ojos primero.
—Lo ha hecho mal —comprendió.
Eliza no respondió de inmediato.
—Sí.
—Se parece a mí.
—Por desgracia, en este momento sí.
Alexander suspiró.
—Sobrevivirá.
Eliza miró a su hijo, solo en mitad del sendero.
—No estoy segura de que quiera solo sobrevivir, Alexander.
Douglas permaneció inmóvil en mitad del jardín mientras Mairi se alejaba.
No la llamó.
No dio un solo paso tras ella.
Solo cuando la distancia entre ambos empezó a hacerse insoportablemente larga se dio cuenta de que tenía la mano derecha cerrada en un puño. La abrió despacio, pero el calor de la cintura de Mairi seguía allí, obstinado, como si la piel se negara a olvidar lo que la razón ya intentaba borrar.
Apretó la mandíbula.
Douglas Hamilton nunca había necesitado perseguir nada. En cuanto decidía que algo debía hacerse, lo hacía. Así había dirigido hombres, administrado tierras y protegido a su familia. El mundo, por lo general, terminaba cediendo ante su voluntad.
Mairi Sinclair no.
La vio cruzar el jardín con el chal sobre los hombros y esa terquedad orgullosa que solo una escocesa podía llevar con tanta elegancia.
Entonces lo comprendió.
No era Glenmuir.
No era la lluvia.
No era la enfermedad.
El único asunto que ya no sabía gobernar se alejaba de él sin mirar atrás.