Capítulo 1 #4
Mairi retomó el paseo antes de que él pudiera responder.
Douglas caminó a su lado.
El camino se estrechaba cerca de una hilera de árboles jóvenes. Allí el viento entraba con más libertad, levantando el borde del chal y moviendo el tartán Sinclair sobre los hombros de Mairi. Ella sujetó la tela con una mano.
—Debería volver —dijo Douglas.
—Acabamos de empezar a caminar.
—Es suficiente.
—Douglas...
—El viento está cambiando. Volvemos.
—No está cambiando. Es usted quien se inquieta.
Él la sostuvo la mirada sin inmutarse.
—Llámelo como quiera. Volvemos.
Mairi soltó una risa, aquella risa ligera que siempre conseguía desarmarlo un poco más de lo que estaba dispuesto a admitir. Viva.
No la risa débil de una convaleciente intentando tranquilizar a los demás. No la risa educada de una invitada agradecida. Era una risa Sinclair. Orgullosa, inesperada, capaz de hacer que Hamilton Lodge pareciera demasiado pulcro para contenerla.
Douglas la miró.
Ella no llegó a verlo. En ese momento, uno de los perros se cruzó en el sendero y Mairi se apartó para no tropezar con él. Al hacerlo, pisó una raíz oculta bajo la hierba y perdió el equilibrio.
No llegó a caer. Antes de que pudiera perder el equilibrio por completo, Douglas ya la había sujetado.
Lo hizo con la rapidez instintiva de un hombre acostumbrado a reaccionar antes de pensar: una mano firme alrededor de su brazo y la otra en su cintura, sosteniéndola con la seguridad de quien no estaba dispuesto a dejar que tocara el suelo.
Mairi se quedó contra él el tiempo justo para que el mundo se volviera peligrosamente pequeño.
Douglas sintió el calor de su cuerpo bajo las capas de lana. El peso ligero, pero real. No una enferma. No una responsabilidad. Una mujer. Una mujer que olía a aire fresco, a jabón suave y a esa nota de brezo seco que parecía seguirla incluso en Inglaterra.
Mairi alzó los ojos hacia él. No había debilidad en ellos, ni siquiera gratitud, sino una mezcla de sorpresa y desconcierto. Durante un instante permaneció inmóvil entre sus brazos, demasiado cerca de Douglas, tan cerca que el resto del jardín pareció desvanecerse a su alrededor.
—¿Está bien? —preguntó Douglas.
Su voz sonó áspera.
Más de lo debido.
Mairi tragó saliva.
—Sí.
—Se ha torcido el tobillo.
—No.
—Ha tropezado.
—Eso no convierte mi tobillo en una tragedia.
—No debería caminar tan deprisa.
—Estaba caminando a la velocidad de una persona viva.
—No haga bromas.
—Entonces suélteme.
Douglas no la soltó de inmediato. La sostuvo el tiempo justo para asegurarse de que volvía a tener los pies firmes sobre el suelo, aunque ambos sabían que ese instante había durado un poco más de lo necesario.
Lo correcto habría sido apartar las manos en cuanto recuperó el equilibrio, dar un paso atrás y preguntar con la misma cortesía fría de siempre si se había hecho daño en el tobillo. Douglas conocía a la perfección las normas de la buena educación; lo habían criado para ello.
Sin embargo, entre saber cuál era el comportamiento adecuado y llevarlo a cabo se interponía Mairi Sinclair, mirándolo desde una distancia peligrosamente corta mientras él seguía sintiendo bajo la palma de la mano el calor de su cintura.
—Douglas —lo tuteó ella.
Otra vez sin título.
Esa vez no fue un accidente.
Él la soltó.
Mairi retrocedió un paso. No mucho. Lo suficiente para que el aire volviera a entrar entre ambos y arruinara algo que ninguno habría reconocido.
—¿Ve? —dijo ella mientras se recolocaba el chal con una dignidad casi ofendida—. Sigo entera.
—Esta vez.
Mairi arqueó una ceja.
—Qué poca fe tiene en mí.
—Tengo muy poca fe en los peligros que usted no ve.
Ella dejó escapar una risa.
—Eso ha sonado casi a una disculpa.
—No exagere.
Mairi volvió a sonreír, aunque aquella vez la sonrisa vaciló un instante en la comisura de sus labios.
Era un gesto tan leve que cualquiera habría pasado por alto, pero no Douglas.
Él lo vio al momento, como veía cualquier cambio en la expresión de aquella hermosa escocesa desde el día en que había llegado a Hamilton Lodge pálida y al borde del desmayo.
Ese era, precisamente, el problema: cuando se trataba de Mairi, siempre se daba cuenta de demasiadas cosas.
—Quédese hasta verano —dijo él.
La frase salió antes de que pudiera vestirla de prudencia.
Mairi dejó de sonreír.
—¿Perdón?
Douglas se obligó a adoptar un tono razonable.
—Unas semanas más. Dos meses, quizás. El clima será más benigno entonces. El viaje menos arriesgado. Glenmuir tendrá tiempo de preparar habitaciones adecuadas. Su hermano podrá organizar...
—No.
—No he terminado.
—Yo sí.
Douglas la miró.
—Mairi.
Ella levantó la vista.
—No diga mi nombre con ese tono.
—¿Qué tono?
—El que usa cuando ya ha tomado una decisión por los dos.
Douglas ni siquiera lo negó.
—Quiero evitar que vuelva a enfermar.
—Quiere impedir que me marche.
—Si marcharse pone en riesgo su salud, sí.
Las palabras salieron casi frías, sin un solo grito ni el menor asomo de dramatismo. Precisamente por eso resultaron imposibles de ignorar.
—¿Por qué se cree con el derecho de ordenarme lo que tengo que hacer?
Douglas sintió que la furia volvía a agitarse en su interior, pero, por primera vez en mucho tiempo, no supo contra quién dirigirla.
—Porque no piensa con claridad cuando habla de Glenmuir.
—No. Pienso con amor.
Douglas permaneció inmóvil. Mairi también pareció sorprenderse de sus propias palabras, como si no hubiera esperado pronunciarlas en voz alta. Sin embargo, un instante después alzó la barbilla y sostuvo su mirada, sin una sombra de arrepentimiento.
—Amo Glenmuir —continuó—. Amo sus piedras viejas, sus corrientes frías y sus chimeneas tercas.
Amo escuchar a MacNair insultar a los criados como si estuviera salvándoles la vida.
Amo a Malcolm aunque sea insoportable. Amo a su hermana Audrey intentando fingir que no se ha vuelto más Sinclair de lo que admite.
Amo la lluvia, incluso cuando me obliga a quedarme dentro.
Amo el gaélico que usted mira como si fuera una amenaza.
Amo el olor de la turba, el brezo en las colinas, las montañas cubiertas de niebla. Amo mi casa, lord Douglas.
Douglas sintió cada frase como una puerta cerrándose.
Una detrás de otra.
—Hamilton Lodge no le ha hecho ningún daño —replicó él.
Mairi lo miró con suavidad.
Eso fue peor.
Mucho peor.