Capítulo 1 #3
A su lado, la duquesa de Hamilton apareció sin hacer ruido. Llevaba un vestido claro y un chal de seda sobre los hombros. Su presencia siempre parecía armonizar el aire, aunque Alexander sabía mejor que nadie que aquella armonía podía ser engañosa.
—Tiene tu expresión —dijo ella.
—Douglas tiene muchas expresiones mías —contestó él, sin apartar la vista de su hijo.
—Esa no es una de las mejores.
—¿Cuál?
—La que usas cuando crees mandando lo arreglas todo.
—Yo nunca he creído eso.
Eliza lo miró.
Solo lo miró.
Alexander suspiró.
—No tan a menudo.
—Mairi está feliz —comentó Eliza.
—Eso parece.
—Douglas no.
—Douglas suele considerar la felicidad una falta de disciplina.
Eliza sonrió un poco.
Después la sonrisa se perdió.
—No es solo preocupación, querido.
Alexander miró a su esposa.
—Liza.
—No he dicho nada.
—Cuando dices eso, ya has dicho demasiado.
Ella volvió los ojos hacia el jardín.
Mairi caminaba erguida, con el tartán sobre los hombros y la cabeza ligeramente alzada.
Douglas, a su lado, parecía demasiado grande, demasiado moreno, demasiado dominante para un camino lleno de flores inglesas.
Había algo casi absurdo en verlos juntos.
Como si dos climas distintos hubieran decidido caminar por el mismo jardín y ninguno quisiera ceder el cielo.
—Parece usted decepcionado —constató Mairi.
—Estoy preocupado.
—Esa palabra se ha usado tanto cerca de mí que ha empezado a volverse inútil.
—Quizás porque no la escucha.
—Quizás porque todos la utilizan cuando quieren decir otra cosa.
—¿Qué otra cosa? —Douglas clavó sus ojos marrones en los de ella.
Mairi caminó unos pasos en silencio. El viento le movió un mechón rubio junto a la sien. Llevaba el chal ahora, sí, pero el tartán Sinclair seguía visible bajo la lana inglesa, terco como ella.
—A veces significa: no hagas eso porque me incomoda. A veces significa: no vayas allí porque no puedo controlarlo. A veces significa: no vivas de un modo que me obligue a tener miedo.
—Glenmuir es peligroso para usted.
—Glenmuir es mi hogar.
—Su hogar casi la mata.
—No. La enfermedad casi me mata. Glenmuir solo tuvo la desgracia de estar presente.
—Eso es una distinción absurda.
—No para mí.
—La humedad empeoró sus pulmones.
—Sí.
—El frío le provocaba ataques.
—Sí.
—El viaje al norte podría agotarla.
—Sí.
—Entonces no actúe como si me inventara cosas para entretenerme.
Mairi se detuvo junto a un rosal aún sin abrir del todo.
—No creo que las invente.
—Bien.
—Creo que las colecciona...
Douglas la miró con severidad.
Ella no retrocedió.
Aquello era lo que más lo irritaba. No su ironía. No su orgullo. No esa maldita inclinación de los Sinclair a convertir cualquier conversación en una muestra de orgullo.
Era que Mairi no retrocedía.
Incluso cuando estaba pálida.
Incluso cuando le temblaban las manos después de una tarde larga.
Incluso cuando todos a su alrededor parecían dispuestos a cogerla en brazos y depositarla sobre un sofá antes de preguntarle su opinión.
—Usted habla de Glenmuir como si fuera una sentencia —dijo ella—. Yo lo recuerdo como una casa. Fría, sí. Húmeda, desde luego. Llena de hombres que gritan demasiado, mujeres que mandan más de lo que deberían y pasillos que parecen diseñados por alguien que odiaba la lógica. Pero es mi casa.
Douglas no dijo nada.
Mala señal.
Mairi continuó.
—Echo de menos el olor de la turba en las chimeneas.
—Ese humo irrita los pulmones.
—Echo de menos el brezo después de la lluvia.
—La lluvia es precisamente parte del problema.
—Echo de menos oír gaélico en los corredores.
—El gaélico no calienta una habitación.
—Echo de menos a la señora MacNair.
—La señora MacNair puede venir aquí.
—Echo de menos a Malcolm —añadió ella, más bajo.
El nombre sonó de un modo distinto y Douglas desvió la mirada hacia los rosales.
—Su hermano escribe cada semana.
—Mi hermano me escribiría cada hora si Morna no le hubiera amenazado con enviarle de vuelta todas sus cartas sin abrir.
—Malcolm es sensato al preocuparse.
—Malcolm no es sensato. Malcolm es Malcolm. Pero ha aprendido algo.
—¿Qué?
—A no ahogarme —Mairi alzó sus ojos grises y grandes hacia él —Douglas se quedó demasiado quieto. Ella no apartó los ojos—. No fue fácil para él dejarme venir al sur. Me quería en Glenmuir, delante de sus ojos, bajo su techo y dentro del alcance de sus órdenes. Creía que eso era afecto.
Douglas sintió que la frase rozaba algo que prefería mantener intacto.
—Su hermano hizo lo correcto.
—Sí.
—Porque usted necesitaba cuidados.
—Sí.
—Porque aquí podía recuperarse.
—Sí.
—Entonces no veo el reproche, lady Mairi.
—Ese es el problema, lord Douglas. Usted rara vez ve lo que no desea ver.
Él dio un paso más cerca.
No mucho.
Lo suficiente.
—Yo veo que hace dos años apenas podía cruzar una habitación sin agotarse.
Mairi tragó saliva.
—Lo sé.
—Veo que Morna contaba sus cucharadas de sopa como si fueran monedas en una casa pobre.
—Lo sé.
—Veo que cada carta de Glenmuir la agitaba. Que cada día de lluvia respiraba peor. Que cuando alguien mencionaba Escocia sus ojos se encendían aunque su cuerpo no pudiera sobrellevar ese deseo.
Mairi no habló.
Douglas sí.
Porque, una vez que espoleaba al caballo, le costaba mucho tirar de las riendas.
—Veo que ha mejorado aquí. En esta casa.
Con este clima. Con estos médicos. Con alimentos, descanso y habitaciones que no intentan asesinarla durante la noche.
Veo que vuelve a reír, a caminar y a discutir como si la prudencia fuera una ofensa.
Y veo que todos parecen encantados de enviarla de regreso al primer lugar que puede arrebatarnos todo eso.
Mairi lo miró sin decir nada. Durante un instante, Douglas creyó haber ganado la discusión. De haber prestado un poco más de atención, habría comprendido que aquel silencio no anunciaba una victoria, sino todo lo contrario: estaba a punto de perder.
—¿Arrebatarles? —preguntó ella. Douglas cerró la boca. Mairi inclinó la cabeza—. Qué curioso.
—No saque conclusiones absurdas.
—No. Por supuesto. Solo me pregunto en qué momento mi salud se convirtió en una propiedad de los Hamilton.
—No he dicho eso.
—No con esas palabras.
—Está retorciendo mis frases.
—Las frases de los hombres suelen venir ya bastante torcidas cuando hablan de lo que una mujer debe hacer.
Douglas soltó aire por la nariz.
—No convierta esto en una cuestión filosófica.
—No lo es. Es bastante práctica. El médico ha dicho que puedo volver.
Mi hermano estará de acuerdo cuando reciba la carta.
Morna protestará lo suficiente para mantener su reputación, pero empezará a hacer el equipaje antes de la cena.
Lady Eliza se alegrará por mí aunque llore un poco a escondidas.
Su padre dirá algo seco y me ofrecerá más escolta de la necesaria.
Cathaline intentará regalarme un sombrero que ninguna Sinclair sensata llevaría.
Richard preguntará si puede venir para comprobar si los perros de Glenmuir son mejores carteros.
Edward escribirá desde Eton una carta ligeramente insoportable.
A Douglas le molestó saber que lo había imaginado todo.
Con exactitud.
—¿Y yo? —preguntó antes de poder impedirlo.
Mairi lo observó. La pregunta había escapado de los labios de Douglas demasiado deprisa, demasiado baja y peligrosamente cerca de aquello que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
—Usted —dijo ella despacio— me dirá que no estoy preparada.
Douglas sostuvo su mirada.
—No lo está.
Algo pasó por los ojos de Mairi.
No fue sorpresa.
No fue enfado.
Fue cansancio.
Y eso le resultó insoportable.
—Estoy viva, lord Douglas —dijo ella—. No intacta.
No invencible. No curada para siempre de todos los males que puedan encontrarme.
Pero viva. Y empiezo a pensar que algunos de ustedes solo se sentirán tranquilos si esa vida ocurre en una habitación cerrada, cerca de una chimenea, con alguien contando mis respiraciones.
—Eso es injusto.
—Lo sé —Él parpadeó. Mairi bajó la vista hacia el camino—. Lo sé —repitió, más flojo—. Usted ha sido bueno conmigo.
Douglas no se movió.
Ella parecía escoger cada palabra con cuidado. No porque le costara hablar. Porque no quería herir más de lo necesario.
Eso lo inquietó más que una discusión.
—No dulce —añadió Mairi, mirándolo otra vez—.
No siempre amable. A veces demasiado cortés.
A menudo autoritario. Tiene usted la costumbre de aparecer con libros, mantas o instrucciones como si fueran órdenes militares.
Ha mandado cerrar ventanas con una gravedad que habría servido para negociar tratados de paz.
Ha discutido con Morna por la temperatura de una sopa.
Ha mirado cada escalera de esta casa como si pudiera declararle la guerra si yo tropezaba en ella.
Douglas apretó la mandíbula.
—Algunas escaleras son traicioneras.
—Las escaleras no conspiran, milord.
—Yo tampoco, solo pretendo ayudarla.
Mairi sonrió, fue una curva involuntaria en los labios, pequeña y, precisamente por eso, peligrosa. Douglas sintió aquel gesto como un golpe seco en mitad del pecho.
—Ha sido atento —dijo ella—. Más de lo que podré agradecerle jamás. Pero no puede seguir viéndome como a una enferma solo porque una vez lo fui.
—No lo hago.
—Sí.
—Mairi.
El nombre salió sin título.
Sin distancia.
Ella se quedó quieta.
Douglas también.
Durante casi dos años la había llamado Lady Mairi en público, señorita Sinclair cuando estaba irritado, milady cuando se obligaba a ser impecable. Mairi solo en ocasiones raras, casi siempre cuando ella tosía demasiado fuerte o cuando lo miraba enfadada.
A lo lejos ladró un perro, Cathaline dijo algo que arrancó una carcajada a Richard y, desde la terraza, Eliza los observaba sin demasiado empeño en disimularlo. Mairi fue la primera en bajar la mirada, no como un gesto de derrota, sino de defensa.
—No haga eso —dijo ella.
Douglas frunció el ceño.
—¿Hacer qué?
—Hablarme como si creyera que voy a romperme... y como si dependiera de usted evitarlo.
—No era esa mi intención.
Mairi esbozó una leve sonrisa.
—Lo sé. Nunca lo es.
Aquello sí fue un golpe.