Capítulo 1 #2
—Lord Douglas —saludó el señor Keller—. El doctor Renshaw ha solicitado que le indiquen al cochero que conduzca despacio. Al parecer, desea conservar la vida hasta llegar al pueblo.
—Una petición ambiciosa.
—Se la transmitiré.
Douglas le entregó la hoja.
—Que copien estas instrucciones para Morna.
Keller tomó el papel como si hubiera recibido un tratado de guerra.
—¿Para la señora Morna, milord?
—Sí.
—Entonces haré dos copias.
Douglas lo miró.
—¿Por qué?
—Una para que pueda leerla y otra para que pueda romperla.
Por segunda vez, Douglas casi sonrió.
—También quiero que revisen todas las ventanas del ala sur. La de la sala pequeña vuelve a filtrar aire.
—Fue revisada ayer.
—Que la revisen mejor.
—Por supuesto, milord.
Douglas siguió andando.
Desde algún salón llegó la voz de Cathaline, clara, alegre y satisfecha de sí misma.
Desde que había iniciado su primera temporada, su hermana menor parecía envuelta en una luz propia y en una cantidad alarmante de muselina.
Se había vuelto más elegante, más consciente del efecto que causaba, y mucho más peligrosa porque ahora sabía inclinar la cabeza como una dama antes de decir una insolencia.
Richard respondió algo desde otro lugar.
Ya no tenía catorce años, ni esa torpeza de niño que se colaba en los asuntos de los mayores solo para demostrar que podía estar allí.
Casi dieciséis le habían dado altura, mandíbula, demasiadas opiniones y una peligrosa convicción de que el mundo necesitaba su presencia.
Su madre decía que era curiosidad. Su padre decía que era imprudencia con buena educación.
Douglas decía que era Richard, y con eso bastaba.
Edward no estaba.
Eton se lo había tragado otra vez con sus profesores, sus normas y su irritante capacidad para convertir cualquier carta en una reflexión filosófica.
Douglas atravesó el vestíbulo principal, pasó bajo el antiguo estandarte Hamilton y salió por las puertas de cristal que daban al jardín.
El aire de primavera le golpeó el rostro.
Limpio.
Templado.
Demasiado amable para la noticia que acababa de recibir.
Los jardines de Hamilton Lodge parecían empeñados en demostrar que Inglaterra podía ser bella con el suficiente dinero: caminos cuidados, rosales aún jóvenes, arriates de flores blancas y violetas, césped cortado con esa precisión que habría hecho llorar de emoción a cualquier jardinero francés.
Más allá, los árboles se movían suavemente bajo un cielo claro.
Los perros corrían cerca de la fuente, ladrando sin respeto por la compostura ducal.
Y allí estaba Mairi.
Riendo.
Douglas se detuvo.
No fue una decisión.
Fue una reacción física.
Mairi Sinclair corría por el sendero central detrás de uno de los perros pequeños de Cathaline, que había decidido robar un guante y convertirlo en victoria perruna.
Su vestido de mañana era sencillo, de lana clara, adecuado para el jardín, sin el exceso de adornos que su hermana Cathaline habría considerado necesario incluso para sobrevivir a una inundación.
Sobre los hombros llevaba, como siempre, una pieza del tartán Sinclair: verde profundo, azul oscuro, líneas rojas finas. No como adorno. Como identidad visible.
El viento le había aflojado algunos mechones rubios del recogido.
Douglas frunció el ceño.
Se había quitado el chal grueso.
Por supuesto que se lo había quitado.
Porque si existía una indicación sensata que seguir, Mairi Sinclair la consideraba una sugerencia hecha por un enemigo.
El perro giró cerca de los rosales. Richard intentó cortarle el paso con una estrategia que habría avergonzado a cualquier ejército serio y terminó casi tropezando con una maceta.
—¡No hacia las flores de mamá! —gritó Cathaline, levantando las faldas con una mano y señalando con la otra como si dirigiera una carga de caballería—. Si rompe otro rosal, culparé a Richard.
—¡Yo no soy el perro! —protestó Richard.
—Pero eres responsable de haberle atado un mensaje a la espalda.
—Era una prueba de correspondencia rápida.
—Era una imbecilidad con cinta azul.
Mairi logró alcanzar al perro junto a la fuente. No se arrojó sobre él, ni se inclinó con brusquedad. Se movió con cuidado, pero con una agilidad que meses atrás habría sido imposible. Le quitó el guante de la boca y levantó la mano victoriosa.
—Creo que la correspondencia escocesa acaba de capturar a la inglesa.
Richard llegó a su lado, jadeando lo justo para fingir que no jadeaba.
—El perro no ha entendido el objetivo.
Mairi le devolvió el guante a Cathaline.
—Me parece que no.
Morna estaba sentada bajo la sombra de un árbol, con un chal oscuro sobre los hombros, una labor en las manos y la expresión de quien había vivido suficientes años para saber que todo el mundo a su alrededor terminaría necesitando de su ayuda.
Observaba a Mairi como una guardiana, una nana, una vieja Sinclair y una amenaza compacta.
—La niña no debería correr —gruñó sin levantar mucho la voz.
Douglas oyó la frase.
Porque él ya la estaba pensando.
Mairi también la oyó.
Porque giró la cabeza hacia Morna con una sonrisa.
—No he corrido. He caminado deprisa.
—Eso dicen todos los tontos antes de romperse algo.
Mairi se echó a reír. Sin embargo, al ver a Douglas, la risa no desapareció; simplemente cambió. Siguió curvando sus labios, aunque ahora tenía un brillo distinto, como si acabara de armarse para la batalla.
Douglas conocía ya esa transformación. El modo en que Mairi podía pasar de la dulzura aparente a la ironía cruel sin mover un músculo.
Era delicada, sí. Tenía el rostro fino, la piel clara, esa fragilidad engañosa de las personas que habían pasado demasiadas semanas entre fiebre, mantas y remedios amargos.
Pero sus ojos grises jamás habían aprendido a parecer dóciles.
Douglas avanzó hacia ellos.
No deprisa.
No hacía falta.
Él no corría hacia los problemas.
Los problemas solían detenerse al verlo llegar.
—Lord Douglas —dijo su hermana Cathaline, con una sonrisa demasiado brillante—. Qué expresión tan agradable. ¿Ha muerto alguien o solo ha hablado con el médico?
—Cathaline.
—Ha hablado con el médico —dedujo Richard.
Mairi ladeó la cabeza.
—¿Tan grave ha sido?
Douglas la miró.
Se había sonrojado por el paseo.
No mucho. Solo un color suave sobre los pómulos, un brillo vivo en los ojos, el aliento algo más rápido. Suficiente para que la mitad de la casa lo llamara mejoría.
Suficiente para que Douglas pensara en fiebre, fatiga y recaídas.
Suficiente para que otra parte de él, una parte menos cortés y mucho más estúpida, se fijara en que estaba hermosa.
Condenadamente hermosa.
—El doctor Renshaw ha perdido la prudencia —dijo.
Mairi sonrió.
—Qué forma tan elegante de decir que me ha dado permiso para regresar a Glenmuir.
Cathaline se llevó una mano al pecho.
—Oh, no. Douglas ha venido a enfrentarse al concepto de alegría.
Morna dejó la labor sobre el regazo.
—Si el muchacho va a discutir con la niña, que lo haga lejos de las flores. Las flores no tienen culpa de que los hombres hablen demasiado.
Richard miró a Morna con admiración.
—¿Puede enseñarme a decir eso en gaélico?
—No.
—¿Por qué?
—Porque lo usarías.
Cathaline volvió a reír, estaba insoportable desde que era una muchacha casadera.
Douglas no apartó los ojos de Mairi.
—Necesitamos hablar.
—Qué frase tan ominosa.
—Lady Mairi.
—Cuando usa mi título completo parece que va a ordenar mi arresto.
—No sea absurda.
—Entonces sonría un poco. Ayudaría a descartar la posibilidad.
Richard tosió para disimular una risa. Douglas giró la cabeza hacia él y, de pronto, Richard encontró fascinante al perro, como si el animal se hubiera convertido en el asunto más interesante del mundo.
Mairi, por su parte, dio un paso hacia Douglas, no como una mujer intimidada, sino como una Sinclair que había decidido aceptar una batalla por pura educación.
—¿Desea caminar, milord?
Douglas miró el sendero.
Miró el aire.
Miró el chal abandonado en el banco.
—Con el chal.
—No tengo frío.
—Lo tendrá.
—¿También predice el clima dentro de mis huesos?
—No hace falta ser profeta para saber que el viento existe.
—Qué descubrimiento tan audaz —contestó Mairi, alzando una ceja—. Debería escribirlo para la Sociedad Real.
—Me gusta cuando lo desafía —susurró Cathaline hacia Richard—. Douglas parece a punto de decidir si casarse con una espada o romper una silla.
—Cathaline —amenazó Douglas.
—¿Sí?
—Silencio.
—Qué palabra tan poco efectiva.
Morna se levantó con un gruñido, tomó el chal del banco y se lo lanzó a Douglas sin ceremonia.
—Ahí tiene. Si va a portarse como vieja, al menos sea útil.
Douglas atrapó el chal.
Mairi cerró los ojos un instante.
—Morna.
—¿Qué? El muchacho necesita ocupaciones.
Douglas se acercó a Mairi y le tendió el chal.
No se atrevió a colocárselo sobre los hombros; todavía conservaba el suficiente juicio para comprender que no podía envolverla él mismo como si tuviera derecho a hacerlo.
Mairi lo observó un instante antes de aceptar la prenda.
Al tomarla, sus dedos rozaron los de él un segundo.
Fue un contacto breve, casi insignificante, y, sin embargo, resultó ridículo que algo tan pequeño tuviera consecuencias.
Douglas retiró la mano.
—Gracias —dijo Mairi.
—No me dé las gracias por algo que usted debería haber hecho antes.
Y con aquella respuesta, cualquier intento de amabilidad por parte de Douglas quedó oficialmente cancelado.
Richard soltó una carcajada abierta, y Cathaline no tardó en imitarlo.
Incluso Morna dejó escapar un sonido que bien podía ser una tos o una discreta muestra de aprobación.
Douglas, ignorando a todos, echó a andar, y Mairi lo siguió sin vacilar.
Caminaron por el camino que bordeaba los rosales, sin alejarse lo bastante como para desaparecer de la vista de la familia, pero sí lo suficiente para que su conversación pudiera fingir cierta intimidad.
Desde la terraza, Alexander Hamilton los observaba con los brazos cruzados.