La furia del Highlander (Los Duques de Escocia 2) Capítulo 1
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La furia del Highlander (Los Duques de Escocia 2)

La furia del Highlander (Los Duques de Escocia 2)

Por Maria Isabel Salsench Olle

© inepub.com

Capítulo 1

—No.

El doctor Renshaw, que acababa de cerrar su maletín con la serenidad de un hombre acostumbrado a ser obedecido por pacientes, madres alarmadas y duques con mala digestión, levantó la vista.

—¿Disculpe, lord Douglas?

Douglas Hamilton no repitió la palabra de inmediato.

Eso habría sido innecesario.

Estaba de pie junto a la ventana del despacho menor, con una mano apoyada sobre el alféizar y la otra cerrada a la espalda.

La luz suave de Devonshire le recortaba el perfil, endureciendo la línea de su mandíbula y la sombra oscura de sus ojos.

A pesar de su juventud ya tenía la altura de su padre, la amplitud de hombros de los Hamilton y esa peligrosa impresión de violencia bien educada que hacía que los criados se apartaran antes de saber por qué.

No era todavía el duque de Hamilton.

Pero algún día lo sería.

Y, mientras tanto, se comportaba como si el mundo hubiera tenido la decencia de avisarle de cada decisión antes de tomarla.

—He dicho que no —repitió al fin.

El doctor Renshaw parpadeó una vez.

Solo una.

Era un mérito considerable. Había médicos que habrían recogido sus instrumentos, pedido un carruaje y abandonado Hamilton Lodge antes de discutir con el heredero del duque mientras aquel tenía esa expresión.

—Me temo que no era una pregunta —dijo el médico.

Douglas giró la cabeza.

—Todo diagnóstico es una pregunta hasta que alguien sensato lo revisa.

—Qué alivio. Entonces quizás Su Señoría pueda explicarme en qué facultad obtuvo su título.

El silencio fue breve.

Muy breve.

Pero bastó para que el criado que esperaba junto a la puerta decidiera mirar una mancha inexistente en la alfombra con devoción religiosa.

Douglas se separó de la ventana.

—Lady Mairi Sinclair no está preparada para regresar a Escocia.

—Lady Mairi Sinclair lleva seis meses sin fiebre seria, tres sin ataques de tos preocupantes y casi dos caminando por los jardines sin agotarse antes de llegar al rosal blanco.

—Hamilton Lodge no es Glenmuir.

—No, milord. Hamilton Lodge tiene menos goteras.

—También tiene aire seco, habitaciones templadas, médicos cerca y una familia que no confunde la lluvia con una forma de cortesía nacional.

El doctor tomó sus guantes de la mesa.

—Glenmuir es húmedo, frío y escocés. Lo sé. Lo sabía antes de entrar en este despacho y, salvo que Escocia haya decidido mejorar su carácter desde el desayuno, seguirá siéndolo cuando salga.

—Entonces no puede recomendar su regreso.

—No lo recomiendo. Lo permito.

—Es lo mismo.

—No para un médico.

Douglas apretó la mandíbula.

El doctor lo vio.

También vio lo que Douglas no estaba dispuesto a enseñar. No el enfado. El enfado lo enseñaba de sobra. Lo llevaba en los hombros, en la mirada, en la forma en que ocupaba la habitación como si cualquier silla, cortina o ser humano allí presente pudiera haber cometido una ofensa personal.

Lo otro estaba debajo.

Mucho más abajo.

Y, por eso mismo, era más peligroso.

—El viaje será largo —dijo Douglas—. El camino al norte puede ser infernal incluso en buena estación. Las posadas son malas. El aire cambia. El frío de las Highlands no espera a octubre para empezar a matar a la gente.

—Lady Mairi no va a ir a pie.

—No sea impertinente.

—Entonces no sea dramático.

El criado cerró los ojos.

Douglas miró al médico como si acabara de decidir si podía arrojarlo por la ventana sin disgustar demasiado a su madre.

El doctor Renshaw, de forma imprudente, no pareció preocupado.

—Ha preguntado por mi opinión profesional, lord Douglas. Ya la tiene. Lady Mairi está lo bastante recuperada para viajar si lo hace con prudencia. Debe descansar durante el trayecto, evitar corrientes, alimentarse bien y detenerse cuando se canse. Eso es todo.

—No es todo.

—Para su salud, sí.

Douglas dio un paso hacia él.

—Glenmuir volverá a enfermarla.

—Puede ser.

Aquella sinceridad fue peor que una negativa.

Douglas se quedó inmóvil.

—Entonces...

—También puede enfermar en Inglaterra. Puede caerse por una escalera. Puede atragantarse con una fresa. Puede morir de aburrimiento si todo el mundo continúa preguntándole cada media hora si ha tosido.

—Está burlándose.

—Solo de usted.

La puerta crujió un poco. El criado había cometido el error de respirar demasiado fuerte.

Douglas no apartó los ojos del médico.

—Mi familia asumió su cuidado.

—Y lo hizo con gran generosidad.

—Yo asumí su cuidado.

—Sí.

—Soy responsable de ella bajo este techo.

—Bajo este techo, milord. No bajo todos los cielos de Gran Bretaña.

Douglas sintió una irritación seca, inmediata, casi física. No porque el médico hubiera dicho algo injusto, sino porque había dicho algo exacto.

Él no tenía autoridad sobre todos los cielos.

Solo sobre la casa.

Los caballos.

Los criados.

Los caminos de Hamilton Lodge.

La disposición de las habitaciones.

La hora a la que se cerraban las ventanas.

La silla que debía colocarse cerca del fuego en la sala azul porque allí la luz daba mejor por la tarde y Mairi leía sin forzar los ojos.

El número de mantas que Morna consideraba suficiente.

El grosor de los chales.

La distancia entre Mairi y cualquier corriente de aire.

Lo controlable.

Lo razonable.

Lo que un anfitrión hacía por una invitada enferma.

Nada más.

—No está preparada —dijo.

El doctor lo observó con una paciencia que empezó a resultar ofensiva.

—Lady Mairi no es una porcelana, lord Douglas.

—No he dicho que lo sea.

—No. Solo ha construido media casa alrededor de esa idea.

Douglas sintió que algo oscuro le subía al pecho.

—Cuidado.

—Mi obligación era devolverle la salud, lord Douglas. No decidir dónde debe vivir.

Aquello sí lo golpeó.

No se notó mucho.

Douglas Hamilton había heredado demasiadas cosas de Alexander Hamilton como para permitir que una frase lo descompusiera delante de un médico con gafas pequeñas y corbata mal anudada.

Pero lo golpeó.

Porque no pudo rebatirlo.

No sin decir otra cosa.

No sin admitir que la idea de Mairi subiendo a un carruaje hacia el norte le provocaba una inquietud que no cabía en ningún informe médico.

No sin reconocer que había empezado a medir los días por sus pasos en el pasillo.

Por el sonido de su risa en la biblioteca.

Por los insultos de Morna en gaélico cuando Richard hacía preguntas indecorosas.

Por la sombra del tartán Sinclair sobre los hombros de Mairi al entrar en una estancia inglesa y convertirla, sin pedir permiso, en un lugar menos perfecto y mucho más vivo.

Douglas apartó la vista.

—Mi padre debería haber estado presente.

—Su padre está ocupado con cartas de Londres, cuentas de Brodick y una duquesa que lleva tres días organizando una temporada social capaz de agotar a un regimiento.

—Mi padre siempre está ocupado.

—Y por eso usted ha estado aquí.

Douglas no respondió.

No hacía falta.

Desde que Mairi Sinclair había llegado a Hamilton Lodge pálida, callada y demasiado orgullosa para aceptar ayuda sin convertirla en duelo, Douglas había ocupado un lugar que nadie le había pedido exactamente que ocupara.

Su padre, Alexander Hamilton, duque de Hamilton, protegía a toda la familia con una autoridad que nadie cuestionaba. Eliza, su madre, cuidaba de cada uno con una organización casi prodigiosa, capaz de mantener Hamilton Lodge funcionando como un reloj.

Audrey escribía desde Glenmuir largas cartas llenas de detalles; eran alegres y tranquilizadoras en apariencia, aunque entre líneas siempre dejaban entrever pequeñas preocupaciones que solo él sabía interpretar.

Cathaline ponía el dramatismo, Richard las preguntas inagotables y Edward, cuando regresaba de Eton, observaciones tan certeras como incómodas.

Douglas, por su parte, había hecho lo único que conocía: ordenar, vigilar, prevenir y asegurarse, por encima de cualquier otra consideración, de que Mairi siguiera con vida.

—Le daré mis recomendaciones por escrito —dijo el doctor, guardando el estetoscopio—. Para Morna. Sospecho que es la única persona de esta casa que podría cumplirlas y desobedecerlas correctamente al mismo tiempo.

—Morna no necesita estímulos.

—Morna necesita menos enemigos. Me ha llamado "doctorcillo inglés" tres veces esta mañana.

—Usted es doctor. Y es inglés.

—También mido cinco pies y ocho pulgadas. La parte de "doctorcillo" era innecesaria.

Douglas habría sonreído en cualquier otra circunstancia, pero no lo hizo. Permaneció inmóvil mientras el médico tomaba el sombrero, se lo colocaba sobre la cabeza y se disponía a marcharse.

—No puede encerrarla aquí, lord Douglas.

—Nadie ha hablado de encierro.

—Todavía no. Pero sus ojos lo han considerado.

El criado abrió la puerta antes de que el médico pudiera hacerlo.

—Su carruaje está esperando —dijo Douglas desde la ventana.

—Qué amable.

—No lo era.

—Lo sé. Por eso lo he disfrutado.

El doctor salió con una inclinación correcta.

Douglas permaneció quieto unos segundos.

El despacho menor olía a flores frescas y a esa limpieza que su madre imponía incluso en las habitaciones donde los hombres creían mandar. Sobre la mesa quedaba una lista de recomendaciones médicas: descanso, abrigo, alimentos sustanciosos... evitar humedad excesiva.

«Evitar humedad excesiva».

Douglas soltó una risa breve, sin humor.

—Entonces no debería acercarse a Escocia —murmuró.

Nadie contestó.

Eso tampoco lo tranquilizó.

Salió del despacho con la carta médica en la mano y una furia demasiado grande para una hoja de papel.

Hamilton Lodge estaba en pleno movimiento.

No un movimiento caótico. Nada en una casa gobernada por Eliza Hamilton era caótico durante más de cinco minutos sin que alguien terminara avergonzado de sí mismo.

Era un movimiento familiar: criados cruzando con jarrones de flores, una doncella llevando cajas de cintas hacia el ala de Cathaline, dos lacayos transportando una alfombra que la duquesa había decidido cambiar porque "entristecía el pasillo", y el señor Keller —el mayordomo— inclinándose junto a la escalera con esa dignidad suya que sugería que el mundo podría derrumbarse siempre que lo hiciera sin pisar el mármol.