25 Silencio y piedra
Silencio y piedra
El silencio no es cordial.
Tampoco es incómodo, no para Craig. El silencio es el material con el que ha construido su vida. Silencio, piedra y madera, y una puerta tras otra entre Joan y el mundo.
Normalmente me apresuraría a llenarlo. Una broma, una pregunta, alguna observación pequeña e inútil para demostrar que sigo aquí y que todavía soy lo bastante ingenioso para que me toleren.
Esta historia viene de demasiado atrás para andarse con ingeniosidades.
Así que nos sentamos y escuchamos la lluvia.
Tamborilea sobre el tejado oculto, corre en pequeños regueros secretos sobre nuestras cabezas, encuentra el canalón exterior y cae en algún lugar al otro lado de la pared. La cacerola junto a la puerta repiquetea sin cesar, allí donde una gotera obstinada se ha ganado un sitio en la estancia.
Detrás de la lona, la voz de Joan murmura sobre las conchas.
Leo le responde con suavidad.
No distingo las palabras. Solo la forma de su voz: cuidadosa, baja, paciente.
Craig está sentado junto a mí a la luz del fuego.
La ballesta está al lado de la puerta exterior, todavía al alcance.
En esta estancia, Craig lo tiene todo al alcance. Herramientas, hervidor, leña, cuchillo, puerta, hermana. Treinta y cinco años disponiendo el mundo de modo que nada pueda sorprenderlo, a menos que aparezca con el abrigo de un periodista y demasiada curiosidad.
«No publicaré esto».
Los ojos de Craig se desplazan hacia mí.
«Ahora no —añado—. No sin hablar antes con usted».
Es mucho prometer en una estancia construida con secretos.
También es la única que tengo.
Craig no dice nada.
«Sí necesito entenderlo».
«No».
Su voz es inexpresiva.
«¿Qué…?»
«Lo que quiere es entenderlo».
Eso golpea algún rincón culpable dentro de mí.
Bajo la vista a mi taza. Se ha formado una película sobre el té, fina, marrón y poco apetecible. El periodismo, como el té, se resiente cuando se deja demasiado tiempo en compañía difícil.
«Sí. Quiero».
La boca de Craig se mueve. No es una sonrisa. Ni por asomo.
«Al menos es sincero».
Desde la estancia que hay detrás de nosotros, Joan dice algo sobre que las conchas amarillas son conchas de mañana. Leo pregunta si eso significa que las conchas rosas no pueden ser conchas de mañana. Joan emite un sonido de una certeza tan ofendida que, en otras circunstancias, quizá me reiría.
No hay otras circunstancias.
Craig también lo oye. Los hombros se le mueven un poco, como si algún gancho de su interior se hubiera tensado y después, al no encontrar peligro, le hubiera permitido respirar de nuevo.
«Le gusta».
«Es difícil que Leo no caiga bien».
«Escucha».
«Sí».
La estancia se aquieta en torno a eso.
«La paridera».
Entonces Craig me mira.
De verdad.
«¿Qué pasa con ella?»
«Bill dijo que hubo incendios antes del granero. Advertencias, los llamó. Uno en el que murieron ovejas. En las tierras de los Prowse».
Craig hace girar una vez la taza sobre la mesa. El roce del esmalte contra la madera rugosa suena breve y áspero.
«Tenía quince años».
Espero.
La tentación es hacer la siguiente pregunta demasiado deprisa. Roer el borde del silencio hasta desgarrarlo. Pero Craig Stone lleva treinta y cinco años convirtiendo el silencio en refugio y, si presiono demasiado, sencillamente desaparecerá dentro de él.
Así que espero.
La lluvia llena la estancia.
«Salí —dice por fin—. Una noche. Al cine, creo. O a un baile. Podría haber sido una feria. Ya no importa».
«Con una chica».
Baja los ojos.
Algo distante le roza la cara. Tristeza, quizá. O solo el esfuerzo de recordar a un muchacho al que lleva casi toda una vida enterrando.
«Sí».
«¿Morwenna Prowse?»
Esboza una sonrisa leve y cansada.
«He olvidado cómo la llamaba entonces».
Pronuncia las palabras tan bajo que parecen privadas.
«He olvidado a la chica. Qué llevaba puesto. Qué dijo. Si la hice reír o la aburrí mortalmente. El nombre se me quedó. La paridera de los Prowse se encargó de eso».
Craig mira la estufa. El pequeño fuego.
«Joan se disgustó porque salí».
«¿Con Morwenna?»
«No importaba con quién. Podría haber sido una chica, un amigo, un maldito recado a Correos. Fui adonde ella no podía ir. Bastaba con eso».
Detrás de la lona, Joan se ríe una vez, un sonido breve y rápido. Leo dice algo que no oigo.
Craig no se vuelve, pero cada parte de él escucha.
Cuando el silencio no se rompe, continúa.
«Antes de eso tenía arrebatos. Ataques. A veces graves. Rompía cosas. Mordía. Arañaba. Gritaba hasta olvidar por qué había empezado. Después lo lamentaba, o no lo recordaba. Madre decía que era la dama de abajo. Padre decía que era maldad».
«¿Y usted?»
Los ojos de Craig se vuelven hacia mí.
«Era un muchacho».
No es una respuesta. Es mejor que una.
«La paridera fue distinta».
Asiente una vez.
«El fuego hace que la gente deje de fingir».
La estufa chasquea.
«Le prendió fuego porque yo no estaba. Los Prowse perdieron corderos.
Ovejas. No recuerdo cuántos. Bastantes».
La voz se le vuelve áspera en la última palabra.
«Bastantes para que el olor durara días.
Bastantes para que Padre pagara dinero y Madre llevara conchas al pozo y todos dijeran que la dama se había enfadado».
«¿Nadie lo sabía?»
«Nadie quería saberlo. Hay una diferencia».
«¿Morwenna?»
Guarda silencio.
Pienso que tal vez he presionado demasiado después de todo.
Entonces dice: «Morwenna sabía más que la mayoría».
«¿Sobre Joan?»
«Sobre cosas antiguas. Sobre lo que dice la gente cuando no quiere pronunciar la palabra real». Mira hacia la lona. «Vio a Joan una vez después. Arriba, junto a las piedras antiguas. Joan se había escapado. Yo aún no la había encontrado. Morwenna se sentó con ella hasta que llegué».
La escena es tan nítida que casi puedo verla: dos chicas que ya no eran chicas, una asustada y fuera de sí, con conchas en los bolsillos; la otra lo bastante serena para no empeorar las cosas.
«¿Guardó el secreto?»
«Morwenna sabía guardar un secreto».
«Lo ayudó».
«A veces». Craig tensa la mandíbula. «No a menudo. Tenía su propia vida».
Lo miro.
Tengo que decírselo.
«Craig».
Levanta los ojos.
«Morwenna murió el mes pasado».
Durante un instante, nada en él cambia.
Entonces algo cambia, muy por debajo de la superficie. No es duelo en ninguna de sus formas habituales o reconocibles. Solo una pequeña falla en la dureza que rodea su boca.
«Me lo preguntaba».
Es una frasecita terrible.
«¿La vio?»
«No». Sus ojos se desplazan hacia la lona y vuelven. «No cuando podía evitarlo. Corté todo contacto con el pueblo. Tenía que hacerlo. No podía arriesgarme a que alguien viera a Joan e hiciera la pregunta equivocada en el lugar equivocado».
«Pero Morwenna venía».
«Cada pocos meses. Más o menos». La boca se le tensa. «A Whealing Stone. Dejaba cosas donde Joan las encontrara».
«¿Qué clase de cosas?»
«Conchas. Siempre conchas». Hace un gesto, no exactamente hacia la estancia trasera. «Manzanas. Una lata de caramelos de cebada. A veces, bizcocho de frutas».
«Bizcocho de frutas».
«Sí». Algo casi tierno le cruza la cara y desaparece. «Joan lo escondía. Lo vigilaba. No hablaba de él durante tres días, lo cual me decía todo lo que necesitaba saber».
«¿Cuándo dejó de hacerlo?»
«En primavera». Traga saliva. «Pensé que estaba enferma. O cansada. O cansada de los secretos».
«¿Era la última Prowse que quedaba en el pueblo?»
«No podría decírselo». Se frota el pulgar contra un nudillo lleno de cicatrices. «Tenía una hermana mayor. He olvidado su nombre».
«¿Sabría la hermana algo de ustedes dos?»
Craig levanta la vista.
«¿Por qué?»
La lluvia corre con más fuerza sobre el tejado, como si la colina hubiera tomado aliento.
Craig entrelaza las manos delante de él.
Tiene los dedos llenos de cicatrices, gruesos en los nudillos, impregnados de una suciedad antigua que ni el lavado más concienzudo conseguiría desalojar.
Manos que fabricaban virotes. Manos que sujetaban a Joan cuando gritaba.
Manos que tallaron un caballo hasta que pudo sostenerse.
«Morwenna era discreta».
«Una mujer fue al círculo de piedras usando su nombre después de que muriera».
Craig mira más allá de mí, hacia la estancia oculta.
Hay tensión en sus ojos. Cálculo. En un instante reordena senderos, escondites y todo lo que quizá haya que trasladar antes del amanecer.
«¿Alguien lo sabe?»
Me encojo de hombros. «Alguien fingió ser Morwenna para poder hablar con desconocidos sobre sirenas. No es exactamente lo mismo».
«¿Eso lo sabe?»
«No. Pero me encanta hacer distinciones que nadie más quiere hacer. Una de mis pocas cualidades con salida profesional».
Craig me mira durante un largo momento.
Entonces suelta un breve resoplido. Irritado. Casi divertido.
«Seguro que le dará vueltas hasta matarlo».
«Tengo un don».
Detrás de la lona, Joan dice: «No, esa es para la calma», y Leo, con admirable seriedad, responde: «Me he equivocado».
La cara de Craig vuelve a cerrarse.
El silencio entre nosotros cambia de forma.
«El granero».
No finge no entender.
«No».
«Craig».
«Quería la verdad. Eso no significa que le deba hasta el último detalle».
«No. No lo significa».
Eso lo sorprende.
A mí también me sorprende un poco.
«Pero necesito lo suficiente».
«¿Suficiente para qué?»
No tengo una buena respuesta.
Para hacer justicia: suena absurdo en esta estancia. Para un reportaje: suena obsceno. Por Joan, por el pueblo, por dos personas enterradas bajo una mentira, por Arthur Coplestone, sentado junto a mí y fingiendo llevar treinta y cinco años muerto como es debido.
«Lo suficiente para no equivocarme con lo que haga a continuación».
Craig aparta la mirada.
El fuego murmura en la estufa.
Dejo que el silencio dure más que nunca.
«A los veinte —dice por fin—. Volví a casa».
Las palabras son tan quedas que casi no las oigo.
«¿De los Junior Leaders?»
Craig levanta la vista.
«Hizo los deberes».
«Denny Treloar probablemente le habría enviado recuerdos si hubiera sabido que aún aceptaba correo en el bosque».
Durante un segundo, Craig casi se ríe.
Casi.