21 Una confesión con fontanería #2
Hay varias formas en que un hombre puede sentir que el suelo desaparece bajo sus pies. La mayoría implican precipicios, trampillas o que Shirl decida que una confidencia ha madurado hasta convertirse en cotilleo.
«¿Ah, sí?»
«He llevado el pan al Gull».
«Pensaba que Ryan recogía el pan de los sábados».
«Ryan ha decidido que se muere de un resfriado».
«¿Se muere?»
«Ha estornudado dos veces y ha pedido compasión por teléfono».
«Terminal, entonces».
«Mmm».
Leo saca el termo de debajo del brazo y lo deja junto a la cesta. Ahora no me está mirando. Mira el plano, después las marcas de lápiz de mi cuaderno, luego el abrecartas que tengo en la mano.
«Ha dicho que estabas preguntando por Craig».
«Profesionalmente».
«Claro».
«Y quizá de forma imprudente».
Dejo el abrecartas en el escritorio.
Leo levanta la tapa de la cesta. El olor de la empanada caliente sale al instante, cargado de mantequilla y carne con pimienta. Hace que mi estómago se comporte con muy poca dignidad.
«También ha dicho —prosigue Leo— que me has vendido a cambio de cotilleos».
Ahí está.
«Puedo explicarlo».
«¿Puedes?»
«No de una manera que me favorezca».
Saca dos empanadas pequeñas envueltas en papel parafinado y dos tazas de esmalte. Sus movimientos son tranquilos. Demasiado tranquilos, tal vez. La clase de calma que alguien podría adoptar mientras espera a ver con cuánto esmero piensa uno ahorcarse.
«Ha dicho algo sobre mantequilla», añade.
«Ah».
«Y lo de fermentar».
«Ya».
«Y cruasanes».
«Esa última parte era un cumplido».
Entonces me mira.
Con dulzura.
Esa es la sorpresa. Me había preparado para el enfado, la vergüenza o esa clase tan particular de decepción cortés que Leo sabe expresar cuando he hecho una estupidez con consecuencias. En cambio, hay cautela en su mirada, como si, por absurdo que resulte, intentara no sonreír.
«Así que —dice— hablo en sueños».
«Solo cuando hay bollería de por medio».
«Y se lo has contado a Shirl».
«Bajo presión».
«¿La presión de un paño de cocina?»
«Conoces a Shirl».
Sirve café del termo en las tazas. El vapor se eleva entre nosotros.
«Te ha llamado mi hombre».
Lo dice en voz baja.
Cometo el error de mirarlo demasiado deprisa.
Leo mira el café, pero se le han subido los colores a la cara y, durante un instante, parece desastrosamente joven.
No joven por los años. Joven por la esperanza.
Como un muchacho al que le han dado una nota en clase y se esfuerza mucho por leerla como si solo fuera una lista de la compra, cuando todos pueden ver que hay un corazón dibujado en una esquina.
«¿Ah, sí?»
«Varias veces».
«Parece propio de ella».
«¿No la corregiste?»
«No».
Leo deja una taza cerca de mi mano.
«Bien».
Es una palabra pequeña.
Demasiado pequeña para hacer saltar una alarma. Lo bastante grande para que se me encienda la cara.
Cojo la taza porque tomar café es socialmente aceptable y esconderse detrás de él todavía no es ilegal.
«Que conste —digo— que no le di a Shirl ninguna información que pudiera comprometer la seguridad nacional».
«Solo mi dignidad».
«Tu dignidad sobrevivió. La mía perdió por goleada contra la masa laminada».
«Sí —dice Leo—. Me lo ha contado».
Me da una empanada.
La acepto con recelo.
«Has venido a detenerme».
«No».
«Has traído comida».
«Suele ser porque espero que alguien siga viviendo».
«Parece que intentas detenerme con bollería».
«No». Vuelve a meter la mano en la cesta. «Te olvidaste la brújula».
La deja sobre el plano, entre los dos.
Mi brújula. Con carcasa de latón, rayada y lo bastante vieja para haberse formado una opinión sobre mí. La había dejado ayer en el aparador de Drift, junto a mis guantes y, por lo visto, también a mi sensatez.
«Eso es…»
«¿Útil?»
«Exacto».
La brújula descansa sobre el calco del contratista; la aguja diminuta tiembla apuntando al norte con bastante más seguridad de la que yo tengo en estos momentos.
Leo desenvuelve su empanada y le da un mordisco pulcro. Quizá no sea lo habitual cuando uno se cuela en una casa abandonada para investigar un posible delito. Pero Leo siempre ha entendido que la comida no interrumpe una crisis. Es la estructura que impide que la crisis se apodere de la mesa.
«Come».
«Estás muy tranquilo».
«Estoy comiendo».
«No es lo mismo».
«Ayuda».
Como porque tiene razón y porque la empanada está excelente, lo cual es irritante. Hojaldre. Carne de ternera sabrosa. Cebolla cocida hasta volverse dulce. Un golpe de pimienta negra al final. Si muero en los Whealings esta tarde, al menos lo haré bien alimentado.
Leo baja la vista al plano.
«Enséñamelo».
«¿Que te enseñe qué?»
«Adónde va Craig».
«No sé adónde va Craig».
Me mira por encima del borde de la taza.
«Bien —digo—. Adónde creo que podría ir».
Giro el calco hacia él y señalo con el lápiz.