La furia de la sirena (Los misterios de Treggan Bay 4) 18 El círculo vacío #2
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18 El círculo vacío #2

Las piedras bajas reposan en la hierba áspera, con el liquen pálido destacando sobre la roca oscura.

La más alta se inclina hacia el espino. Los helechos se agolpan en los bordes, donde el claro ha decidido tolerar el desorden, pero dentro del anillo la hierba sigue extrañamente despejada.

Ningún arbolillo. Ninguna ortiga. Ningún espino joven aventurándose a poner a prueba el límite.

Apartado de todo lo demás. Eso había pensado la primera vez.

Aún da esa impresión.

La primera fotografía es práctica: el círculo entero y todo lo que el objetivo me permite abarcar de la disposición de las piedras. Doy un paso a un lado y encuadro las piedras con la línea de árboles detrás.

«Así que hemos venido para esto», dice Leo.

«Documentación».

«Una segunda oportunidad para encontrar la piedra sin ayuda».

«Documentación del crecimiento personal».

«Ah».

«Importante para un periodista».

«¿Encontrar el mismo lugar dos veces?»

«Nunca subestimes la persistencia. Más de uno ha hecho carrera volviendo al lugar de los hechos hasta que el paisaje se rinde».

Bajo la cámara.

Algo va mal.

Tardo un segundo de más en darme cuenta de lo que mis ojos ya han visto.

Las piedras están desnudas.

No hay conchas a sus pies. Ni lapas encajadas contra la piedra inclinada. Ni pequeñas espirales blancas entre las rocas. Ni volutas rosas y crema que brillen en la hierba mojada. Nada.

Me acerco al círculo.

«¿Noah?»

No respondo.

La hierba está tumbada en algunos puntos, pero no lo bastante para decirme nada útil.

Está mojada, crece a rodales y la han aplastado la lluvia, la intemperie, los animales y el tiempo.

Me agacho junto a la primera piedra. Liquen, tierra, una hebra de hierba muerta atrapada en una grieta. Ninguna concha.

La segunda piedra. Nada.

Entre ambas. Nada.

Rodeo el círculo más deprisa de lo que pretendía y examino la base de cada piedra, cada hueco, el lugar junto al espino donde Morwenna había colocado tres conchas juntas mientras movía los labios en lo que podía ser una plegaria o una advertencia.

Nada.

Ni una sola concha.

Leo permanece muy quieto fuera del anillo.

«Ya no están», digo.

Mi voz suena demasiado fuerte. Cae con torpeza en el claro y se queda allí, suspendida.

«¿Todas?»

«Todas».

Vuelvo a rodearlo porque, por lo visto, mi mente cree que la repetición es un método de investigación. No lo es. Solo es pánico con una rutina.

«Las colocó alrededor de todas las piedras», digo.

Leo se acerca, con cuidado de no entrar en el anillo.

«Sí».

«¿Las recogió después?»

«No».

«¿Estás seguro?»

Me mira.

«Sí —digo—. Pregunta estúpida».

«Nos marchamos juntos —dice Leo—. Nos llevó de vuelta al sendero público».

«Podría haberlas recogido después de que guardáramos nuestras cosas».

«No lo hizo».

«No la estuvimos mirando cada segundo».

«Noah».

Me quedo de pie con la cámara colgando de la mano, inútil de pronto.

El claro se ha vuelto muy luminoso y muy frío.

«Puede que volviera», digo.

«Puede ser».

«Puede que se las llevara otra persona».

«¿Quién?»

«Niños».

Leo recorre con la mirada el bosque vacío.

«Niños muy decididos».

«Un perro, entonces».

«¿Un perro se llevó todas las conchas?»

«Un perro muy organizado».

No dice nada.

«Vale. Un perro, no».

La broma se desinfla entre nosotros. Ni siquiera tiene la decencia de morir sirviendo para algo.

Leo mira el anillo. Se le ha ido el color de la cara.

«Sí las vimos», dice.

«Sí».

«Y a ella».

«Sí».

«Bien», dice.

No lo dice como si fuera algo bueno.

Aprieto la cámara con más fuerza.

«No vamos a volver a lo del fantasma».

«No he dicho fantasma».

«Lo estás pensando».

«Estoy pensando —dice Leo con cuidado— que la mujer que conocimos nos dio el nombre de una mujer muerta, conocía un sendero que nadie usa, colocó conchas para algo bajo la colina, oyó un grito y luego desapareció de nuestras vidas como si solo hubiera estado esperando esa tarde concreta».

«No solo una tarde —digo—. También estaba en la finca».

«Sí». Leo responde con un tono casi cortante. «Esperando junto al pozo de la finca».

«Puede ser. O se lo dijo Edwin. Él sabía adónde íbamos. Es probable que la mitad de Coplestone Cross ya lo supiera cuando terminé de fingir interés por el drenaje».

Me mira. «No crees en fantasmas».

«Correcto».

«Pero crees en la gente que finge serlo».

«Y mucho».

«Y en la gente que deja que las historias hagan el trabajo por ella».

«Más aún».

«Entonces, ¿quién se llevó las conchas?»

Bajo la mirada hacia la hierba vacía.

Ese es el problema de las buenas preguntas. Cuando no has sabido responderlas, se quedan ahí plantadas, con aire de suficiencia.

«Quería que viéramos que ya no estaban», digo.

Las palabras me salen antes de que yo mismo me dé cuenta de que me lo creo.

Leo me mira a los ojos.

El bosque hace un ruido.

No un grito.

Peor, en ciertos sentidos.

Un chasquido leve e inequívoco: una ramita bajo un peso.

Viene de la ladera, por debajo del claro y más allá del espino, donde el terreno se pliega hacia árboles más oscuros.

Un sonido normal del bosque. Totalmente corriente.

La clase de sonido que producen el viento, las ramas al caer o cualquier cosa del mundo que no sea una persona que se ha quedado inmóvil al darse cuenta de que la han oído.

Después, silencio.

No un silencio vacío.

Un silencio contenido.

De los que encierran una intención.

Mi cuerpo recuerda antes de que mi mente tenga ocasión de mejorar la situación recurriendo a la razón. El roble. El virote. Craig Stone de pie entre los troncos, con la ballesta medio levantada y la cara ancha, dura e ilegible en la mañana gris.

Muchas cosas pueden moverse en un bosque.

Ramas. Ciervos. Hombres que una vez clavaron un virote en un árbol cerca de mi cabeza a modo de advertencia y lo consideraron una comunicación social aceptable.

Leo se ha quedado inmóvil a mi lado.

«Noah», dice en voz muy baja.

«Lo he oído».

Los árboles que hay más abajo del claro no se mueven.

No levanta el vuelo ningún pájaro. No se oye un segundo paso. Ninguna voz llama para decir perdón, no quería asustarlos, solo pasaba por aquí con una cesta y unas intenciones perfectamente normales.

El silencio se tensa.

Entonces el bosque vuelve a sonar.

Una gota que cae de las hojas. Un pájaro que se mueve más arriba en la ladera. Agua que corre en algún lugar bajo tierra. Sonidos corrientes que llegan todos a la vez y engullen la forma de aquello que los había retenido.

Suelto el aire despacio y a regañadientes.

Leo me mira. Los hombros le bajan apenas.

Whealing Stone se alza desnuda a nuestra espalda.

Las conchas ya no están.

Y, en algún lugar ladera abajo, algo está escuchando.