15 El cerrojo por fuera
El cerrojo por fuera
A medianoche, el pueblo ha renunciado a fingir que sigue despierto.
A nuestra espalda, Treggan Bay está a oscuras, salvo por unas cuantas ventanas iluminadas a lo largo del paseo marítimo; el mar respira en algún lugar más allá de la línea negra de la playa.
Drift está cerrado. El Bleeding Gull se ha quedado en silencio.
La gente sensata está en la cama, cosa que me viene bien, porque esta noche cuento con que la gente sea sensata.
Leo aparca la Berlingo antes de llegar a Coplestone House, en el mismo apartadero embarrado donde los setos se inclinan sobre el camino y convierten la oscuridad en un asunto privado.
Apaga el motor.
Ninguno de los dos se mueve.
El silencio que sigue pesa. No es el silencio limpio de los lugares vacíos. Tiene textura: hojas húmedas que repiquetean contra el parabrisas, ramas viejas que se agitan sobre nosotros, el motor que se enfría con pequeñas quejas metálicas. A lo lejos, algo suelta un ladrido agudo en los campos.
«Un zorro», dice Leo.
«Sin duda, un zorro».
«Desde luego».
«Parecemos muy seguros».
«Somos hombres de ciencia».
Mira la cesta que lleva sobre el regazo.
Es la misma cesta de mimbre que trajo la primera vez que vinimos aquí. Esta noche lleva dentro una linterna, un paño doblado y varios bizcochos pequeños de frutas envueltos en papel sulfurizado.
«Sigo sin entender lo de los pasteles», digo.
«Un seguro».
«¿Contra qué?»
Leo me lanza una mirada.
«No», digo.
«Tú has preguntado».
«Morwenna Prowse no va a aparecer entre los matorrales a medianoche y exigir hospitalidad».
«Apareció entre los matorrales a plena luz del día y aceptó nuestra hospitalidad».
«Fue distinto».
«¿Porque era menos inoportuno?»
«Porque no es un fantasma».
La cara de Leo es mitad sombra, mitad resplandor del salpicadero. Intenta adoptar un aire socarrón. No lo hace mal, siempre que uno ignore los dedos cerrados en torno al asa de la cesta.
«Noah —dice en voz baja—, Shirl dijo que organizó la recepción del funeral de Morwenna».
«Shirl dice muchas cosas».
«Shirl dice muchas cosas con una seguridad alarmante, pero suele acertar en lo de quién está muerto».
Miro por el parabrisas hacia el camino que tenemos delante. Los setos se han cerrado sobre él, negro contra negro.
«Entonces alguien está utilizando el nombre de Morwenna», digo.
«O algo».
«Te prefería cuando desconfiabas de las exposiciones educativas sobre patrimonio».
«Yo también me prefería entonces».
Intenta sonreír. Lo consigue por poco, pero debajo asoma el miedo.
Eso debería detenerme.
No lo hace.
Joan Rose Coplestone lleva toda la tarde metida en mi cabeza.
Joan Rose en una columna de periódico. Joan ausente del registro escolar.
Joan convertida en una página deteriorada del registro parroquial.
La niña que, según la señora Hext, enfermó.
La niña a la que todos se las arreglaron para extraviar en sus recuerdos.
Si quedan papeles familiares en alguna parte, estarán en Coplestone House.
Y si espero a tener permiso, nunca lo conseguiré. O, peor aún, puede que pierda el valor, el rastro o ambas cosas.
«No tienes por qué entrar», digo.
Leo vuelve la cabeza despacio.
«No te me pongas noble ahora».
«Lo digo en serio».
«Aquí fuera no resulta menos siniestro».
«Leo».
«Si vas a entrar ahí, yo entro contigo».
«¿Es porque quieres vigilarme?»
«Por eso».
Levanta la cesta.
«Y también porque tengo pasteles».
Esa es su forma de hacerse el valiente: una broma sostenida con cuidado entre las dos manos para que el miedo no se derrame.
Saco la palanca del hueco para los pies; luego, mi linterna, la cámara y el cuaderno. La copia impresa del anuncio del periódico está doblada dentro del cuaderno. Toco una vez su borde a través de la cubierta, como si el nombre de Joan necesitara consuelo.
Después salimos.
La noche nos recibe con frialdad.
Abandonamos el camino y seguimos el muro de la finca a la luz de las linternas, sin levantar los haces.
Las piedras viejas están resbaladizas por el musgo.
Las zarzas se enganchan en mi abrigo. A plena luz, la brecha del muro había parecido una invitación dictada por el mal juicio.
A medianoche, parece que la finca ha abierto un ojo.
«Tú primero», susurra Leo.
«¿Caballerosidad?»
«Sentido práctico. Tú tienes la palanca».
Paso primero.
El muro me raspa el hombro. El seto muestra un interés profesional por mi manga. Algo mojado se desprende de una hoja que sobresale, se me desliza por la nuca y me hace brotar al menos tres canas nuevas.
Al otro lado, la finca espera.
Coplestone House no aparece de inmediato.
Los árboles la retienen. Cruzamos el patio invadido por la vegetación detrás del conjunto de establos; las botas se hunden en la hierba mojada.
Al fondo, el granero es una forma aún más oscura, con la línea quebrada del tejado recortada contra el cielo nocturno.
En algún lugar detrás de los establos, invisible pero presente, está el pozo de la finca.
No miro en esa dirección.
Porque soy racional y estoy concentrado.
No porque tema ver un pañuelo en la cabeza en la oscuridad.
Leo se mantiene lo bastante cerca para que nuestras mangas se rocen.
«Si aparece —susurra—, deja que hable yo primero».
«¿Si aparece quién?»
«Ya sabes quién».
«¿Una anciana perfectamente viva dedicada a la performance rural?»
«Sí. Ella».
«De acuerdo».
«Bien».
«Ofrécele pastel antes de mirarla a los ojos».
«Ahora te lo estás tomando en serio».
La broma se apaga antes de llegar a la casa.
En la oscuridad, Coplestone House es menos un edificio que un obstáculo.
Larga, gris y de hombros cuadrados, con las ventanas cegadas bajo la mugre y la hiedra, se levanta apartada del patio con la paciencia obstinada de algo que lleva décadas negándose a venirse abajo.
Apenas se distinguen las pizarras desplazadas y la chimenea inclinada.
La puerta principal es una sombra bajo la piedra.
La rodeamos hasta un lateral.
Elijo lo que debió de ser una entrada de servicio: escalón bajo, puerta estrecha, pestillo oxidado y, al lado, una ventanita de la trascocina opaca por la suciedad. La madera se ha hinchado dentro del marco. La cerradura es más nueva que la puerta, pero no tanto como para fiarse de sí misma.
«Aquí es donde dices que todavía podemos marcharnos», dice Leo.
«Todavía podemos marcharnos».
«Muy convincente».
Apoyo la palanca contra el marco.
Durante un segundo, no empujo.
La casa escucha.
O quizá lo hago yo.
Empujo.
El primer crujido retumba en mi pecho como un disparo.
Leo se sobresalta. Me quedo inmóvil con las dos manos sobre la barra. El sonido atraviesa la casa, sube por las paredes, penetra en lo que quede detrás de las ventanas.
Nada responde.
Ningún grito. Ningún paso. Ninguna risa que suba de debajo de la piedra.
Respiro entre los dientes y vuelvo a empujar.
El pestillo cede con el gemido de la madera al astillarse. La puerta se abre de golpe dos pulgadas hacia dentro y se atasca. La madera húmeda se queja. La empujo con el hombro, con cuidado, hasta abrir un hueco lo bastante ancho para que pasemos.
«Sutil», dice Leo.
«Deberías verme con un permiso por escrito».
«A veces intento imaginármelo».
Fotografío el marco roto.
Leo me mira fijamente.
«Pruebas», digo.
«De que estamos cometiendo un robo con allanamiento».
«Prefiero pensar que documento el proceso».
«De que estamos cometiendo un robo con allanamiento».
«Esta noche tu vocabulario jurídico es muy limitado».
«El miedo me limita».
Dentro, el aire lleva años sin moverse como es debido.
Llega hasta nosotros en capas: piedra húmeda, ceniza fría, excrementos de ratón, cola para papel pintado, podredumbre seca y algo levemente dulce que quizá fuese antaño lavanda dentro de un cajón.
La trascocina es pequeña y está alicatada; la suciedad cruje bajo nuestros pies.
Bajo la ventana hay una pila agrietada. A su lado, un cubo se ha oxidado hasta quedar agujereado.
Sobre una silla junto a la puerta, un paño doblado se ha acartonado con el tiempo.
Las cosas corrientes son las peores.
Una hilera de ganchos. Una lata de betún. Dos tazas desportilladas sobre una balda. Un cesto de ropa junto a la puerta interior, con la ropa blanca hundida dentro, gris de polvo.
Leo alza la linterna.
«Es como si todo el mundo hubiera salido un momento».
«Y después se hubiera quedado treinta y cinco años sentado en la humedad».
«Eso no resulta tranquilizador».
«No pretendía tranquilizarte. Pretendía ser preciso».
Pasamos a un pasillo trasero.
La casa se abre lentamente a nuestro alrededor.
Un corredor enlosado. La puerta de una despensa.
Una hilera de campanillas en lo alto de la pared, cada una rotulada en negro desvaído: salón, dormitorio principal, cuarto de los niños, estudio.
Los alambres se adentran en la sombra, flojos e inútiles.
La linterna ilumina grabados de caza enmarcados, plateados por la humedad.
Sobre una mesita hay un jarrón de tallos muertos; los pétalos desaparecieron hace mucho y solo quedan cabezas quebradizas y polvo.
En algún lugar sobre nosotros, la madera cruje.
Leo se detiene.
«Una casa vieja», susurro.
«Esta noche estamos abusando mucho de la excusa de la casa vieja».
Sujeta la cesta contra las costillas.
Recorremos la planta baja solo lo suficiente para encontrar las escaleras y luego subimos.
No sé por qué arriba parece más seguro. Es un instinto insensato. En las películas de terror, arriba es adonde va la gente para demostrar que nunca ha visto una película de terror. Pero no busco seguridad. Busco a Joan, y los secretos familiares suelen dormir escaleras arriba.
La escalera asciende en una curva suave, con la alfombra central podrida en algunos sitios y las varillas de latón mates bajo el polvo. Pruebo cada peldaño antes de confiar en él. Leo me sigue, con una mano sobre la barandilla y la luz de la linterna dando saltos cada vez que la madera protesta.
En el rellano, la casa vuelve a quedarse inmóvil.
Hay cuatro puertas.