10 Un hueco con forma de muchacha
Un hueco con forma de muchacha
El miércoles por la mañana ya he tomado tres decisiones firmes.
La primera es que no voy a volver a Coplestone Cross. Hoy no.
La segunda es que no voy a pensar en pozos.
La tercera es que, si alguien pregunta por qué conduzco hacia Exeter con un cuaderno en el asiento del acompañante, dos tostadas en el estómago y el expediente muerto escondido bajo el abrigo, mentiré con aplomo.
Ese es el problema de las decisiones firmes. Casi de inmediato dejan ver lo que valen.
El Ford Escort se queja durante todo el camino hasta salir de Treggan Bay.
Tiene un ruido bajo el capó que empezó como un leve traqueteo y, con el tiempo, ha madurado hasta convertirse en una opinión política.
Subo el volumen de la radio hasta que el motor deja de ser un problema y se vuelve más bien un rumor.
La mañana está pálida, como recién enjuagada. Los campos pasan fugaces, en franjas húmedas. Los setos se inclinan sobre la carretera, luego se apartan y después vuelven a inclinarse, como si Devon no acabara de decidir si dejarme marchar.
En el asiento de al lado hay un papelucho con la letra de Maurice Gubb.
No es tanto caligrafía como una retirada disciplinada de todo lo legible.
Anoche fui a ver a Maurice después de dejar a Leo en Drift, lo cual fue un error si pretendía parecer despreocupado, cuerdo o sin el menor interés por los Coplestone muertos.
Maurice me escuchó mientras preparaba té con la lentitud metódica de los hombres que han sobrevivido a la guerra, al invierno y a las opiniones de Rita Gubb.
No dijo gran cosa.
Después sacó una vieja agenda de un cajón, buscó un número y llamó.
«Denny Treloar —dijo, con el auricular apoyado contra una oreja—. ¿Sigues vivo?»
Por lo visto, Denny seguía vivo.
«Bien. Tengo aquí a un muchacho que pregunta por los Junior Leaders. No, no para él. Es demasiado viejo y demasiado bocazas».
Protesté.
Maurice no me hizo caso.
«Arthur Coplestone —dijo—. Coplestone Cross. Sí, ese. Trátalo bien, Denny. Se cree periodista».
Aquella fue, al parecer, la presentación.
Y ahora sigo ese hilo.
El pabellón de instrucción se esconde en una calle lateral de Exeter: un edificio cuadrado y poco agraciado, con un mástil, un aparcamiento y el aire de un lugar diseñado por alguien que creía que la comodidad conducía directamente al declive nacional.
Los ladrillos están oscurecidos por antiguas lluvias.
En un tablón junto a la puerta hay tres anuncios combados, un cartel de la campaña de la amapola y una advertencia sobre el aparcamiento que, a todas luces, ha perdido ya varias batallas.
Por dentro, el edificio huele a cera, polvo, lana húmeda, papel viejo y al fantasma del té hervido.
El suelo del pasillo está pulido hasta brillar por el centro y desgastado en los bordes.
En la pared cuelgan fotografías enmarcadas: pelotones, cenas, desfiles, hombres que estrechan la mano de otros hombres igual de poco dispuestos a dejarse fotografiar.
Al fondo hay una puerta abierta.
«¿Señor Yalland?»
El hombre del umbral es más bajo de lo que esperaba y más ancho de hombros de lo que su edad debería permitir.
Lleva el pelo cano y muy corto, tiene la cara colorada y la inmovilidad atenta de alguien a quien llevan demasiados años diciéndole cuándo moverse.
Lleva la camisa arremangada hasta los antebrazos y un lápiz detrás de una oreja.
«¿Dennis Treloar?»
«Denny, salvo que haya hecho algo malo».
Le estrecho la mano. Su apretón es seco y firme.
«El viejo Gubby llamó —dice—. Me dijo que vendría usted».
«Espero que hablara bien de mí».
«Dijo que era persistente».
«En algunas culturas eso es un elogio».
«No en muchas».
Sonríe y se aparta para dejarme entrar.
La sala al otro lado es pequeña, demasiado cálida y está llena de papeles.
Una pared está cubierta de archivadores.
En la opuesta, las baldas se comban bajo carpetas de anillas, cajas de cartón, boletines, álbumes de fotografías y programas viejos de cenas de reencuentro.
Sobre una mesa auxiliar hay un hervidor, una lata de leche en polvo y dos tazas cuyo interior ha renunciado a seguir siendo blanco.
«¿Té?», pregunta Denny.
«Por favor».
«Bien. Los hombres que dicen que no al té suelen intentar vender algo».
«Trabajo para un periódico».
«Peor».
Lo dice tan contento, llena el hervidor y señala una silla. Me siento bajo una fotografía enmarcada de muchachos de uniforme, todo rodillas, orejas, botas lustradas y aplomo forzado.
Algunos parecen tener doce años.
«¿Junior Leaders?», pregunto.
Denny alza la mirada hacia la fotografía. «Sí. Aunque, si nos hubiera llamado muchachos a la cara, nos habríamos enfurruñado una semana».
«¿Lo eran?»
«¿Muchachos? Claro que sí. Por eso nos gritaban tanto. Los hombres adultos no mejoran a base de gritos. A los muchachos aún se los puede convencer de que así se forja el carácter».
El hervidor empieza a traquetear.
Saco el cuaderno. «Estoy buscando a Arthur Gideon Coplestone».
«Eso me dijo Gubby».
«¿Lo recuerda?»
«Algo».
Prepara primero el té. No es una evasiva, por lo visto, sino una cuestión de orden. El té antes que los recuerdos. La leche antes que los fantasmas.
Deja una taza delante de mí y va hasta los archivadores.
«¿En qué año debió de entrar?», pregunta.
«Nació en 1941».
«Entonces, hacia el cincuenta y seis o el cincuenta y siete, si entró joven».
Denny abre un cajón y empieza a mover carpetas con dedos rápidos y expertos. Están clasificadas por año, luego por promoción y después rotuladas a mano con tinta azul desvaída. Saca una, la lleva al escritorio y la abre.
«Aquí», dice al cabo de un momento.
Gira la carpeta hacia mí.
El papel del interior es fino, de color crema, y está mecanografiado en líneas desiguales. Nombres, números, fechas. La aridez oficial de los registros, que siempre parecen menos dramáticos que las vidas que han atrapado.
A media página:
Coplestone, Arthur G.
Junto a la línea mecanografiada, alguien ha añadido a lápiz: notificado como fallecido, Coplestone Cross, 1961.
«Sí. Es él». Toco el nombre con un dedo.
«Buen muchacho», dice Denny.
La mirada se le desvía una sola vez hacia la anotación a lápiz. No lo dramatiza. Los hombres de su edad rara vez lo hacen, y quienes han conservado listas de muchachos muertos quizá menos que nadie.
«Una lástima», añade casi en voz baja.
Levanto la vista.
Denny está apoyado contra el archivador, con la taza en la mano y los ojos entornados, no hacia mí, sino hacia alguna versión de la sala que ya no existe.
«Lo conocía».
«Más que conocerlo, sabía quién era. Estábamos en la misma compañía. Era más joven que casi todos. Callado. Atento. Se fijaba en las cosas».
«Debía de tener quince años».
«Más o menos».
«¿No era demasiado joven?»
Denny me mira por encima del borde de la taza. «¿Ha tratado últimamente con muchachos de quince años?»
«Los evito siempre que puedo».
«Sensato. No, entonces no era extraño. Joven, sí. Insólito, no. Algunos entraban con quince o dieciséis. Al Ejército le gustaba echarles mano antes de que aprendieran demasiadas malas costumbres civiles».
«¿Y a los muchachos les gustaba?»
«A algunos sí. Otros fingían. Algunos lloraban la primera noche y el viernes ya pegaban a cualquiera que lo mencionara».
Se sienta frente a mí. «Tiene que recordar lo que ofrecía aquello.
Comida. Sueldo. Uniforme. Un oficio. Una salida.
Si uno venía de un hogar donde había poco espacio, poco dinero, violencia o aburrimiento, o si sencillamente se le quedaba pequeño, eso importaba».
Lo apunto.
Comida. Sueldo. Uniforme. Oficio. Salida.
Arthur Coplestone procedía de Coplestone House.
Único hijo varón. Hijo amado, según la lápida de St Winifred’s.
Heredero, si todavía puede decirse que las antiguas fincas en explotación tienen herederos después de que los impuestos de sucesión, el mal tiempo y el orgullo familiar se hayan cobrado su parte.
No parecía precisamente alguien que necesitara una salida.
«También estaba la tradición familiar —dice Denny—. Muchos llegaban por ese camino. El padre había servido. El tío había servido. El abuelo aburría a todo el mundo hasta la muerte hablando del Somme. Ya sabe a qué me refiero».
«Sí».
«Eso sí, Coplestone no presumía de ello».
«¿De qué?»
«De ser quien era. Algunos muchachos llegaban con el árbol genealógico prendido al pecho. Otros, con un agravio por hombro y otro de reserva. Arthur no era de ninguno de los dos tipos. Iba aseado. Hacía lo que le mandaban. Se le daban bien las tareas prácticas. Era ágil».
«¿Hecho para aquello?»
Denny esboza una sonrisa. «De cuerpo no, cuando llegó. Pero de cabeza, sí. Se adaptó. Era más joven que los demás, pero no era un blando. Se robusteció al cabo de uno o dos años. A algunos muchachos aquel régimen los encogía. Arthur creció hasta encajar en él».
Vuelvo a mirar la lista. El nombre de Arthur está entre el de un muchacho de Plymouth y el de otro de Taunton.
Nada en la línea mecanografiada sugiere una tragedia.
La anotación a lápiz lo intenta, pero hasta ella es demasiado pequeña para contener una vida.
Una nota al margen, y un muchacho se convierte en una apostilla administrativa.
«¿Hablaba de su casa?», pregunto.
«No mucho».
«¿No se quejaba?»
«Todos nos quejábamos. De la comida, las botas, las inspecciones, los sargentos, la lluvia, los pies de los demás».
Denny se pasa una mano por la mandíbula.
«Lo de casa era distinto. Algunos muchachos se inventaban hogares magníficos.
Otros, hogares terribles. Casi todos mentían en un sentido o en otro.
Arthur no contaba gran cosa por iniciativa propia».
«¿Problemas en casa?»
«Que él dijera, no».
«¿Pero?»
Denny me mira.
«Hay un pero», digo.
«Es usted periodista. Oye signos de puntuación donde no los hay».
«Deformación profesional».
Me observa un momento y luego coge un álbum de fotografías muy gastado de la balda que tiene a la espalda.
«Aquí», dice.
El álbum huele a polvo y pegamento viejo. Pasa las páginas con cuidado. Muchachos en formación. Muchachos frente a barracones. Muchachos sonriendo con tazas en la mano. Muchachos que intentan parecer soldados y aún conservan rostros de niño, sin defensas.
Denny toca una fotografía.
«Ahí».
Me inclino para verla mejor.
Arthur Coplestone está en la última fila, casi en un extremo.
Pelo oscuro, cara estrecha, ojos fijos en la cámara como si esta le hubiera hecho una pregunta que no piensa contestar.
No sonríe. Casi ninguno de los muchachos sonríe, pero la seriedad de Arthur tiene algo distinto. Deliberada. Más vieja que su rostro.
«Escribía a casa», dice Denny.
«¿A sus padres?»
«Sí. Con bastante regularidad. A algunos había que obligarlos. A Arthur no. Cada mes, más o menos. Una carta para casa, dirigida a su madre y su padre».
«Parece normal».
«Lo era. Solo que escribía otra».
La sala parece encogerse.
«¿Otra?»
«Una carta aparte. En otro sobre». Denny hace girar la taza entre las manos. «Nos burlábamos de él. Claro que sí. Ya sabe cómo son los muchachos. Todo lo privado acaba arrastrado a la luz del día y luego va de patada en patada».
«¿A quién iba dirigida?»
«A su hermana».
Dejo de escribir.
El lápiz queda inútil entre mis dedos.
«Su hermana», digo.
«Así la llamaba».
Por un segundo estúpido, se me ocurre Morwenna.
«¿Podría haber sido una novia? —pregunto—. Alguien por quien no quería que le tomaran el pelo».
Denny alza las cejas.
«Señor Yalland, los muchachos de esa edad son unos necios, pero por lo general no confunden a una hermana con una chica a la que quieren besar».
«Se sorprendería».
Me viene a la cabeza la cara de Leo, sin la menor invitación y con la expresión más inoportuna posible.
«Qué va». Se recuesta. «De haber sido una novia, lo habríamos sabido. Se habría puesto rojo, o furioso, u orgulloso. Algo. Él decía que era su hermana, sin más. Como si fuera un hecho que no era asunto nuestro».
«¿Dijo alguna vez su nombre?»
Denny piensa.
El hervidor emite suaves chasquidos sobre la mesa auxiliar. En algún lugar al otro lado de la puerta, un teléfono suena dos veces y se calla.
«No —dice al fin—. Que yo recuerde, no. Hablar de ella, lo que se dice hablar, no».
Escribo: hermana - cartas aparte - ¿casi todos los meses?
Ese signo de interrogación hace buena parte del trabajo.
La voz de Leo vuelve a mí, baja e inquieta.
¿Por qué iba alguien a gritar hacia el fondo de un pozo?
Miro de nuevo la fotografía.
Arthur en la última fila. Serio. Más joven que casi todos y, de algún modo, también más viejo, como si ya se mantuviera entero a fuerza de voluntad.
«¿Alguna vez parecía tenerle miedo a su casa?», pregunto.
Denny cruza los brazos.
«No es la palabra que yo usaría».
«¿Cuál usaría?»
«Tenso».
«¿Tenso?»
«Cuando se acercaban los permisos. Algunos contaban las horas. Algunos se hacían los duros, pero preparaban el petate con tres días de antelación. Arthur se quedaba callado. Más de lo habitual. Como si volver a casa fuera algo para lo que debía prepararse».
«Ya veo».
Denny me estudia entonces, y algo del viejo soldado asoma a su rostro. No es desconfianza exactamente. Me está evaluando.
«¿Qué está buscando, señor Yalland?»
La pregunta es razonable.
Podría decir que busco una historia.
Podría decir que busco tres nombres en una sola lápida y solo dos ataúdes.
Podría decir que busco un pozo viejo que sabe llevar lejos un grito.
En cambio, digo: «Intento averiguar por qué todo el mundo en Coplestone Cross lleva treinta y cinco años fingiendo que un incendio en un granero puede explicarse mediante el folclore».
Denny cierra la carpeta con dos dedos.
«Las leyendas populares son muy socorridas», dice.
«¿Ah, sí?»
«Sí. Se puede señalar con el dedo una leyenda sin tener que nombrar a nadie que siga vivo».
No hay nada sentimental en su voz. Puede ser una observación casual. Puede ser una broma. No sé cuál de las dos cosas es, así que lo apunto de todos modos.
Me deja copiar la línea pertinente de la lista de la promoción. No me permite llevarme la lista, lo cual es sensato por su parte y decepcionante para mí. Me da la fecha, la compañía y el número de servicio de Arthur tal como figuran en el antiguo expediente de la asociación.
Fuera, el aparcamiento reluce húmedo bajo una tenue capa de sol. El Escort está donde lo dejé, ligeramente inclinado hacia el bordillo, como si tratara de escuchar a escondidas.
Me siento al volante y miro el cuaderno.
En St Winifred’s, la lápida dice Gideon, Elspeth, Arthur.
En el pabellón de instrucción, un hombre que conoció a los muchachos cuando más añoraban su hogar dice que Arthur tenía una hermana.
En algún lugar entre esos dos hechos hay un hueco con forma de muchacha.