La furia de la sirena (Los misterios de Treggan Bay 4) 8 Dos ataúdes
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8 Dos ataúdes

Dos ataúdes

A media mañana, aparco el Escort delante de St Winifred’s, en Coplestone Cross.

Hasta aquí ha llegado mi contención.

El pueblo parece más pequeño a la luz del día y no mucho más cordial por ello.

Las nubes han clareado y dejan que un débil sol de octubre caiga sobre los tejados húmedos y las paredes remendadas.

Aún se acumula agua en los bordes del camino.

El viejo cobertizo donde se almacenaba la lana me observa desde el otro lado de la carretera con todo el encanto de un edificio que sabe dónde están los cadáveres y no ve con buenos ojos que se hagan más preguntas.

Me quedo un momento en el coche con ambas manos sobre el volante.

Soy un hombre práctico.

No creo en supersticiones, brujería, fantasmas ni sirenas con agravios administrativos. Por tanto, si alguien trata de asustarme para que abandone la historia de los Coplestone, o si ha montado alguna broma muy elaborada con el nombre de Morwenna Prowse, necesito saber por qué.

Esto no es curiosidad.

Es higiene cívica.

Tal vez periodismo.

Y desde luego no es que yo sea incapaz de dejar en paz un misterio.

Salgo y cierro el Escort con llave.

Desde el cementerio llegan voces.

Detrás de St Winifred’s, Edwin Lavers está junto a una parcela familiar mientras dos hombres con chaquetas de trabajo colocan una pequeña lápida de pizarra.

Uno lleva un mazo. El otro sostiene un nivel de burbuja con la solemne concentración de quien interviene quirúrgicamente una estantería.

Hay una caja de madera abierta sobre el camino. De ella se derrama paja húmeda.

Edwin me ve y asiente.

«¿Ha vuelto por lo del agua?»

«El agua tiene la costumbre de reaparecer», digo.

Entorna apenas los ojos.

Sospecho que Edwin Lavers no se ha creído ni un minuto lo de mi estudio de drenaje. Solo ha decidido, por motivos propios, dejar que la mentira avance a la pata coja.

«La lápida acaba de llegar», dice.

«Puedo volver más tarde».

«No hace falta. Casi han terminado».

El cantero que sostiene el nivel gruñe, lo que interpreto como acuerdo profesional.

La piedra nueva no es grande. Más lápida que monumento, de pizarra oscura y colocada entre las tumbas más antiguas de los Prowse, donde el liquen y la intemperie han desgastado las inscripciones. Parece reciente, pero no ostentosa. Borde sencillo. Letras limpias. Respetable.

Me acerco lo suficiente para leer.

En cariñoso recuerdo de

MORWENNA GRACE PROWSE

1940-1996

De esta parroquia

Descanse en paz

Durante un instante, el cementerio se inclina en silencio a mi alrededor.

No es conmoción, exactamente. La conmoción resulta menos útil con cada hora que pasa. Tiene que haber una explicación sensata. Siempre hay una explicación sensata. A veces hay que sacarla a rastras de una cuneta y obligarla a disculparse, pero existe.

Solo que aún no la he encontrado.

«Morwenna Prowse», digo.

Edwin mira la piedra, no a mí.

«Sí».

«Oí que había muerto hace poco».

«El mes pasado». Entrelaza las manos sobre la empuñadura del bastón. Hoy no lleva escoba. Sin ella parece un poco menos oficial y no menos permanente. «Demasiado joven. Para aquí».

En Coplestone Cross, donde la mayoría de los residentes visibles parecen lo bastante viejos para recordar la invención de las puertas, entiendo lo que quiere decir.

«¿Era del pueblo?»

«Nació aquí. La hija pequeña de los Prowse».

«¿Los Prowse tenían tierras?»

«Más arriba del cruce. Ovejas, sobre todo. Un poco de pasto pobre, parideras, antiguos derechos de pastoreo. No quedaba mucho al final, pero les daba de comer». Se le tensa la boca. «Hasta que dejó de hacerlo».

«Y Morwenna se quedó».

«Morwenna se quedó», dice. «Los demás se marcharon. Se casaron fuera del pueblo. Murieron. Así son las cosas».

«¿No tuvo familia propia?»

Entonces Edwin me mira de soslayo, como si sopesara si se trata de la curiosidad de un inspector de drenaje o de algo más irritante.

«No».

Uno de los canteros da suaves golpes para asentar la piedra. El sonido es pequeño, preciso y definitivo.

«¿Nunca se casó?»

«Hubo un muchacho una vez».

«Un muchacho».

«Se cortejaban». Lo dice con la dignidad cautelosa de un anciano que emplea una expresión antigua porque sigue siendo la herramienta adecuada. «Había un entendimiento entre ellos, podría decirse».

«¿Qué ocurrió?»

«El muchacho murió».

«¿Joven?»

Edwin se aparta de la parcela de los Prowse y echa a andar por el sendero.

«Venga».

Lo sigo entre ángeles de rasgos borrados, cruces inclinadas y lápidas de granito con brillo suficiente para tener opiniones. Los canteros callan a nuestra espalda. El viento agita el tejo y desprende algunas gotas de las ramas.

Edwin se detiene junto a la tumba de los Coplestone.

Ya no tiene sentido seguir sorprendiéndose. Es evidente que la sorpresa ha dimitido y dejado orden de que le reenvíen el correo.

«Morwenna Prowse y Arthur Coplestone», digo.

«Durante un tiempo».

«¿Estaban prometidos?»

«No lo llamaban así». Edwin baja la mirada hacia la losa pulida. «No hubo anuncio. Ningún anillo que nadie viera. Pero todo el mundo lo sabía».

«Todo el mundo lo sabía», repito.

«La gente sabía esas cosas entonces».

Todavía las sabe. Lo único que ha cambiado es el equipo de vigilancia: cortinas de encaje y especulaciones en el pub.

Miro la tumba de los Coplestone. La piedra está tan pulcra como antes, igual de bien cuidada. Hay conchas a lo largo del borde inferior. Tres blancas y una espiral marrón, limpias contra la piedra oscura.

«Parece pequeña», digo.

Edwin no dice nada.

«Para tres ataúdes, quiero decir».

«Las tumbas familiares son profundas».

«Aun así», digo. «Hay que cavar mucho».

Me mira durante un largo instante. Entonces dice: «Dos ataúdes».

El cementerio se detiene alrededor de las palabras.

«¿Dos?»

«Gideon y Elspeth».

«¿Arthur no está enterrado aquí?»

«No como tal».

«¿Qué significa “no como tal”?»

A Edwin se le curva una comisura hacia abajo. «Significa que no recuperaron del muchacho nada que una madre pudiera llamar un cuerpo».

Vuelvo a mirar la línea de la lápida.

Y de su amado hijo

ARTHUR GIDEON COPLESTONE

1941-1961

«Pero su nombre está aquí».

«Los nombres van donde los pone el dolor».

Es una respuesta demasiado redonda en boca de Edwin. Me pregunto si la habrá dicho antes.

«¿Qué enterraron?»

«Efectos personales», dice.

«¿Qué clase de efectos?»

Acomoda el bastón entre las manos. «Una hebilla de cinturón. Trozos de una bota. Un pequeño broche de latón de su equipo, estampado con sus iniciales y su número. De Junior Leaders. Había estado fuera con ellos».

«¿Un broche militar?»

«Algo así». Mira la tumba. «Fue hace mucho tiempo».

Una hebilla de cinturón. Restos de una bota. Un broche de latón con iniciales y un número.

Cosas que sobreviven al fuego porque no son carne.

«¿Y eso bastó?»

Vuelve a mirarme.

«A Arthur lo habían visto por el patio aquella tarde», dice Edwin.

«Trabajando. Entrando y saliendo. Después del incendio nadie volvió a verlo.

Registraron el granero, el patio, los campos cercanos donde tenía sentido buscar.

Durante días. La parte trasera del granero se había venido abajo.

El altillo del heno, desaparecido. Calor, ceniza y agua por todas partes».

Aquella tarde.

La palabra me atraviesa sin llegar a asentarse. Ya se agolpan demasiadas cosas en el umbral.

«¿Y luego?»

«Luego suspendieron la búsqueda. En la investigación forense, el coroner lo dio por muerto.

Se presumió que había perecido en el incendio».

La voz de Edwin es llana. «Los padres estaban muertos y el hijo había desaparecido.

La gente no siempre sigue haciendo preguntas cuando el dolor ya ha dado forma a lo ocurrido».

«Pero no estaban seguros».

«No seguros en el sentido que usted le da».

«¿En qué sentido estaban seguros?»

Mira las conchas.

«En el sentido en que la gente está segura cuando la otra respuesta sería peor».

«¿Es decir?»

Edwin mantiene la mirada en las conchas al pie de la piedra.

«Es decir, la dama se había cobrado lo que le debían».

Lo dice sin dramatismo.

El viento vuelve a agitar el tejo. En algún lugar más allá del muro de la iglesia, grita un niño y otra voz responde. Sonidos normales del pueblo. Sonidos diurnos.

«¿Morwenna lo creía?»

«Morwenna creía muchas cosas».

«Eso no es una respuesta».

«No». Edwin mira de nuevo hacia la parcela de los Prowse. Los canteros ya están recogiendo las herramientas y guardándolas en la caja. «Es la única que va a obtener».

Debería dejarlo ahí.

«¿Se casó alguna vez después de Arthur?», pregunto.

«No».

«¿Por él?»

«Por ella misma, supongo». El tono de Edwin se afila apenas. «A veces una mujer puede tener más de un motivo».

«Es verdad».

«Morwenna tenía sus costumbres. Se mantenía al margen. Hacía lo que creía necesario».

«Las conchas».

A Edwin se le cierra el semblante.

«Una vieja costumbre», dice.

«Eso no para de decirlo todo el mundo».

«Entonces quizá debería empezar a escuchar».

Se vuelve antes de que pueda preguntar nada más y regresa hacia la lápida nueva y los canteros. La audiencia ha terminado. Los muertos no han sido perturbados, o al menos no más de lo que lo estaban antes de que llegara.

Me quedo un momento más junto a la tumba de los Coplestone.

Dos ataúdes. Tres nombres.

Entonces lo noto, pequeño y vergonzoso: el primer destello, el primer tirón de una historia que echa a andar.

Intento sofocarlo.

En este momento, una sirena y una mujer muerta con opiniones sobre bizcochos de frutas guían la historia. Un hombre razonable se retiraría.

A mí lo de parecer un hombre razonable nunca se me ha dado bien.

Me ruge el estómago cuando llego al Escort.

El rugido es más fuerte de lo que me gustaría y rebota en el muro de la iglesia como si la propia St Winifred’s quisiera hacer algún comentario.

En el asiento del copiloto hay una bolsa de papel de Drift.

Leo me la metió en la mano esta mañana. Un bocadillo envuelto en papel vegetal. Una manzana. Una pequeña porción de bizcocho de frutas, porque, al parecer, el día ha elegido un tema. Una botella de agua encajada al lado.

Él lo sabía.

No porque yo se lo dijera. No le dije que venía a Coplestone Cross. Monté toda una pantomima para fingir que salía como quien no quiere la cosa, de esas que no engañarían a un niño, un border collie ni un panadero francés con sentimientos.

No habérselo dicho no significaba que no quisiera tenerlo conmigo.

Si me dejara llevar por el egoísmo, mantendría a Leo pegado a mí hasta que este caso dejara de producir mujeres muertas y pozos acústicos.

Pero Leo tiene que ocuparse de Drift. Tiene pan, café, clientes, empleados, proveedores y un rollo de papel de la caja con escasa fibra moral.

Y, si soy sincero, me da vergüenza.

Hay pocas maneras dignas de decirle al hombre que amas que te intriga una historia absurda con sirenas y una difunta entusiasta del bizcocho de frutas.

Cojo la bolsa de papel, cierro el coche con llave y llevo el almuerzo al banco que hay en el borde del pequeño prado comunal.

El pozo del pueblo está delante de mí.

A la luz del día parece menos aterrador y más descuidado.

Piedra oscura, brocal ancho, soporte de hierro, conchas acumuladas alrededor de la base y a lo largo del borde.

La cinta anudada cerca del soporte se ha descolorido hasta quedar de un azul cansado.

El agua de lluvia oscurece el musgo entre las piedras.

El pozo ya no se utiliza. La fontanería sigue siendo, en mi opinión, uno de los argumentos más sólidos de la civilización. Pero el pozo es historia y Devon jamás tira nada que quizá pueda llamar patrimonio más adelante.

Es un día bastante decente para octubre. El sol hace un esfuerzo que se nota, lo cual es más de lo que puede decirse de varios organismos públicos que he conocido.

Desenvuelvo el bocadillo.

Jamón, mostaza, buen pan. Leo no deja que el mal humor se le cuele en la comida.

Si está enfadado, preocupado, dolido o las tres cosas, sigue untando la mantequilla hasta el borde.

Es una de las muchas cosas que hacen que amarlo se parezca menos a un romance que a una condena que no he conseguido recurrir.

Doy un bocado.

La verja del colegio se abre al otro lado del prado.

Los niños salen en un grupo suelto y desigual: los pequeños con jerséis demasiado grandes, los mayores cargados ya con la fatigada autoridad de quienes saben dónde se guardan las barras de pegamento.

Son de todas las edades y no parecen más que codos, carteras, calcetines brillantes y energía que se libera con excesiva brusquedad en el aire húmedo.

Una mujer en la verja los observa con la expresión de quien debe enseñar fonética, divisiones largas, historia local, conducta moral y quizá fontanería de emergencia antes de las tres y media.

Una sola aula, sospecho. Una maestra. Todas las asignaturas. Todas las edades. Una organización escolar capaz de producir espíritu comunitario o jubilaciones anticipadas.

Los niños se dirigen al pozo.

No todos. Algunos se persiguen por el borde del prado. Un chico se sienta en el muro del colegio y empieza a quitarle el papel de aluminio a algo con la solemnidad de quien disecciona una rana. Pero un pequeño grupo se reúne junto a las piedras y discute sobre las conchas.

«Esa va ahí arriba».

«No, ahí no va».

«La señorita ha dicho que no subamos».

«No estoy subiendo».

«Sí que estás subiendo».

Mastico despacio.

Recogen conchas, las reorganizan, pasan una de la base al brocal y vuelven a bajar otra, como si cambiar las cosas pudiera mejorar una tradición más antigua que sus abuelos. Una niña pequeña con un cárdigan rojo se inclina sobre el brocal de piedra y chilla hacia el pozo.

El sonido es vivo y normal.

La mano se me cierra sobre el bocadillo.

Un chico mayor la agarra por la manga.

«No te acerques tanto», dice. «La sirena te atrapará».

La niña se vuelve, encantada.

«¿De verdad?»

«Si olvidas las conchas».

«¿La has visto?»

La expresión del chico cambia. «Alguien la ha visto».

«¿Quién?»

«Todo el mundo lo sabe».

«Yo no».

«Eres pequeña».

«No soy pequeña».

«Ni siquiera te sabes las tablas de multiplicar».

«Me sé el dos».

«Eso no son las tablas. Es un número».

Ella vuelve a reírse mientras se aleja del pozo bailando hacia atrás, con los brazos extendidos y el cárdigan rojo destellando bajo el sol débil.

La maestra lanza una advertencia desde la verja sin levantar la vista de alguna crisis relacionada con una fiambrera.

El chico mayor mira el pozo como si comprobara si se ha ofendido.

Están jugando.

Solo jugando.

Me levanto demasiado deprisa.

El bocadillo vuelve a caer dentro de la bolsa de papel.

Nadie se da cuenta salvo el chico mayor, que me mira con abierta desconfianza. Es la reacción más sensata que he provocado hasta ahora en Coplestone Cross.

Regreso al Escort, lo abro, subo y arranco el motor.

En el retrovisor, los niños se funden en un borrón de movimiento alrededor del pozo. Las conchas centellean, pálidas, en manos pequeñas.

Me marcho más deprisa de lo que pretendía.