5 Sí lo hay si uno lo conoce #3
Por un momento se queda completamente quieta.
«Es el de Maggie», dice.
«Sí», responde Leo en voz baja.
«Siempre echaba un poco más de especias de las que admitía».
La sonrisa de Leo es cálida y un poco triste. «Sí que lo hacía».
Morwenna da otro pequeño mordisco, con el mismo cuidado con que un niño trataría algo precioso.
Le dejo ese momento. El periodismo es una enfermedad, pero no tiene por qué ser siempre terminal.
Entonces digo: «La gente evita este lugar».
Morwenna mira el granero.
«Ahora sí».
«¿Por el incendio?»
«Por lo que provocó el incendio».
El café de mi taza ya se ha quedado tibio. Aquí el aire hace eso: se lleva el calor sin que parezca moverse.
«La dama de abajo», dice Leo.
Morwenna asiente una vez.
«Hubo advertencias», dice. «Gritos bajo tierra. Perros llorando ante la nada. Agua que brotaba donde no tenía por qué hacerlo. A fuerza de oír una cosa, la gente aprende a no volver a preguntar».
«¿Por qué iba a estar enfadada la dama?», pregunto.
Morwenna mira hacia el pozo.
«Los Coplestone olvidaron lo que le debían».
«¿Las conchas?»
«Conchas. Respeto. Cosas pequeñas». Hace girar la rebanada de bizcocho entre los dedos. «Las cosas pequeñas le importan al agua antigua».
Agua antigua.
Una frase así se anota con cuidado mientras uno finge no sentirla en algún punto entre las costillas.
«Hubo rumores», dice. «Al cabo del tiempo».
«¿Qué rumores?»
«Que la habían capturado».
Leo se queda inmóvil a mi lado.
«¿Que habían capturado a la dama?», pregunta.
Morwenna mantiene la mirada en el pozo. «Lo dijo uno de los mozos del patio.
Dijo que los Coplestone la tenían encerrada.
Dijo que la oyó reír donde no debía haber ninguna mujer».
Aprieta los labios. «Pero aquel chico estaba medio fuera de sí.
Por la bebida, el miedo o ambas cosas. Nadie le hizo mucho caso».
«¿Dónde dijo que la tenían encerrada?», pregunto.
Entonces Morwenna me mira y, por un instante, hay una claridad intensa en sus ojos.
«¿Dónde pondría usted algo que no quisiera que oyera la casa?»
Detrás de nosotros, se oye un ruido leve en el granero.
Solo madera que se asienta. Solo agua que cae de una viga rota. Solo edificios viejos que continúan su larga discusión con la gravedad.
Leo mira hacia la entrada oscura.
Morwenna da otro mordisco al bizcocho de frutas.
«Entonces llegó el incendio», dice. «Después, nadie quiso subir hasta aquí. Cerraron la verja. Le pusieron una cadena. Dijeron que el sendero público estaba embarrado y la gente se alegró de poder creerlo».
«Y las conchas acabaron en el pozo del pueblo», digo.
«Sí. Es más fácil ser valiente a la vista de todos».
Está muy bien dicho. Demasiado bien, quizá.
Leo pregunta: «¿Por qué viene usted, si todos los demás se mantienen alejados?»
Morwenna mira las conchas nuevas que relucen sobre el brocal.
«Alguien tiene que hacerlo».
La respuesta es tan sencilla que podría ser corriente. Pero no tiene nada de corriente.
Miro las conchas: las viejas ofrendas agrietadas sobre el travesaño, las nuevas y brillantes sobre el brocal de piedra, demasiado limpias y pálidas para la ruina que las rodea.
Entonces oigo una risa.
Es débil. Tan débil al principio que pienso que puede ser un pájaro, o agua que se mueve en el pozo, o alguna inoportuna combinación de sonidos bajo la piedra. Después se oye otra vez, aguda y lejana, casi infantil.
Me levanto demasiado deprisa y el café se me derrama sobre los dedos.
«¿Alguien más ha oído eso?»
Leo ya está mirando hacia el pozo.
Morwenna sigue sentada en el poyo, con la taza de hojalata entre ambas manos.
«La dama de abajo», dice.
La miro fijamente.
Bebe el café como si ese fuera un momento perfectamente normal de la tarde.
«Está apaciguada», dice Morwenna. «Por ahora».
«Eso ha venido del pozo», digo.
«Las cosas de abajo suelen hacerlo».
Leo se levanta y se acerca.
«Leo».
«Solo voy a mirar».
En mi experiencia, eso es lo que dice la gente justo antes de tomar una mala decisión cerca de un agujero.
Naturalmente, lo sigo.
La boca del pozo es negra. Ni un destello de agua. No se ve el fondo. Solo un círculo oscuro que se hunde en la piedra mojada, con la vieja cadena colgando inmóvil en su interior.
La risa vuelve a oírse.
No es fuerte. Ni cercana. Pero ahora se distingue con claridad y se me eriza la piel de la nuca. El eco sube desde abajo, como si el pozo no tuviera un fondo sensato, como si bajo la finca hubiera espacios donde el sonido pudiera adelantarse al sentido.
Leo ha palidecido.
«Noah», dice en voz baja.
Detrás de nosotros, Morwenna se pone en pie.
Me vuelvo.
Se limpia las migas de los dedos y recoge la cesta.
«Ya he hecho lo que venía a hacer», dice. «Gracias por el bizcocho de frutas».
«Morwenna…»
«Es mejor no hacerla esperar después de que haya respondido».
Se vuelve hacia los árboles que hay más allá del patio de los establos.
«No hay sendero por ahí», digo.
Morwenna vuelve la cabeza hacia mí.
«Sí lo hay si uno lo conoce».
Después se aleja, con la cesta al brazo y el abrigo marrón moviéndose entre los troncos mojados, y la finca se la traga casi sin ruido.