5 Sí lo hay si uno lo conoce
Sí lo hay si uno lo conoce
Lunes por la tarde.
La lluvia cesa antes de que lleguemos a las verjas. El camino queda mojado y los setos siguen goteando.
Al principio, Coplestone House está oculta tras un seto: laureles espesos, espinos antiguos y un muro de piedra que discurre por detrás y del que solo se ven tramos sueltos. Entonces el camino gira y aparecen las verjas, algo retiradas entre dos pilares cuadrados de piedra.
La propia verja es de hierro antiguo, pesada y decorativa, con COPLESTONE forjado en letras curvas sobre el travesaño.
No es majestuosa en el sentido aristocrático.
Sin leones. Sin blasones. Sin ninguna bestia innecesaria que mire con ferocidad desde un pedestal.
Solo la sólida forja de una familia que esperaba que carros, arrendatarios, gente de oficio y el tiempo reconocieran su autoridad.
La cadena es más nueva.
No nueva, exactamente, pero sí más nueva que la verja: grueso acero de ferretería, pasado dos veces por ella y asegurado con un candado lo bastante grande para encadenar un ferri pequeño.
No parece seguridad de la finca. Parece seguridad del pueblo.
La clase de cadena que compra un comité y sobre la que discuten hombres con abrigo.
Luego la comprueba gente que finge no subir nunca hasta aquí.
Leo se detiene a mi lado.
«Eso es toda una declaración», dice.
«Varias. Casi todas relacionadas con entrar sin permiso».
«¿Estamos entrando sin permiso?»
«Todavía no».
Me mira.
«Técnicamente», añado.
«Otra vez esa cara de culpable».
«Esta es mi cara de incertidumbre jurídica. Músculos de las mejillas completamente distintos».
Más allá de la verja, el camino de entrada traza una curva suave entre márgenes invadidos por la vegetación.
La hierba ha brotado entre la gravilla. Las zarzas se inclinan hacia dentro.
Las ortigas forman hileras llenas de confianza a lo largo de los muros, prósperas pese a décadas de disuasión.
A la izquierda, medio oculta tras tejos y laureles, espera Coplestone House.
Tiene dos plantas, una fachada larga y gris y ventanas altas cegadas por la suciedad y la hiedra.
No es grandiosa en el sentido teatral. Sin torretas, sin una escalinata amplia visible a través de un vestíbulo reluciente, sin tonterías.
Solo la vieja riqueza de Devon: piedra, pizarra, simetría y la firme creencia de que la comodidad es algo de lo que deben ocuparse los criados.
El tejado aguanta. Eso me sorprende. Algunas pizarras se han desplazado y una chimenea se inclina con la cuidadosa dignidad de un juez anciano, pero la casa no se ha rendido al romanticismo del derrumbe. Sigue allí, cerrada y bien plantada, negándose a ser una ruina pintoresca.
A la derecha del camino de entrada, más bajo y más cerca del patio, está el conjunto de establos. Sus muros de piedra están oscurecidos por la humedad, y las puertas, medio podridas e hinchadas en sus marcos. Más allá, al fondo, alcanzo a ver la silueta rota del granero.
Incluso desde aquí parece que algo no encaja.
La línea del tejado desciende donde no debería. Una abertura ennegrecida asoma por un hueco entre los árboles. Un muro se alza más que los demás, recortado contra el cielo como la última frase de una discusión.
Leo sigue mi mirada.
«¿Es eso?»
«Creo que sí».
«No parece gran cosa desde aquí».
«Las cosas muertas rara vez parecen gran cosa desde lejos».
Guarda silencio un momento.
«Noah».
«Perdón».
«No. Quiero decir, ¿cómo entramos?»
Esta es una de las muchas razones por las que me gusta tanto Leo Petit. Puede desaprobar que nos colemos y al mismo tiempo evaluar los puntos débiles de unos arbustos.
Vuelvo a mirar la verja. La cadena está enrollada con férrea confianza. El muro de piedra a ambos lados es demasiado alto para escalarlo sin montar un espectáculo.
«Por ahí no», digo. «Daremos un rodeo. Solo rozaremos la ilegalidad».
Leo suspira, pero viene conmigo.
Seguimos el seto por el lindero de la finca, primero sin salirnos del camino y luego pisando el margen húmedo, donde las zarzas han sido apartadas por animales, por el tiempo o por lugareños decididos que fingen no serlo.
El seto es espeso y antiguo, hecho de capas de espinos, hiedra, hojas muertas y la clase de barro que parece tener ambiciones personales.
Durante varios metros, el muro continúa intacto detrás.
Después pierde altura donde un árbol ha crecido demasiado cerca y ha levantado y desplazado el lindero hasta agrietar la argamasa.
Más allá, cerca de la parte trasera de los establos, hay un hueco justo lo bastante grande para un hombre con poco juicio y una carpeta de viejos recortes de prensa.
Leo me lanza una mirada que dice que le gustaría objetar con más firmeza, pero, por desgracia, el hueco es justo el que necesitamos.
Paso primero porque esta es mi mala idea y porque la caballerosidad, en su versión moderna, parece consistir en sufrir los daños de las zarzas antes que mi novio.
El seto se engancha en mi abrigo, en la manga y, por un instante, en mi dignidad.
Me agacho, giro, pongo una mano sobre hojas mojadas y salgo al otro lado con barro en la palma y una ramita en el pelo.
Leo pasa detrás de mí con mucha más elegancia, la cesta pegada a la cadera, lo que me molesta por principio.
«Ramita», dice mientras alza la mano.
«Déjala. Puede ser una prueba».
La quita de todas formas.
Estamos dentro de los lindes de Coplestone.
La diferencia es inmediata e irracional. El camino está a solo unos metros. El pueblo sigue a distancia de un grito. La verja, el letrero, St Winifred’s, Edwin Lavers y su escoba, todo sigue siendo perfectamente real.
Pero la finca parece separada.
Aquí el aire está más quieto. Los árboles se apiñan más. La humedad huele más vieja, menos a lluvia y más a estancias cerradas, mantillo de hojas y piedra que lleva tanto tiempo guardando secretos que nadie sensato debería preguntarle por ellos.
Salimos detrás del conjunto de establos.
El patio se abre ante nosotros, desigual y cubierto de maleza, con hierba que brota entre adoquines antiguos.
Las puertas de los establos dan hacia dentro, combadas y castigadas por el tiempo.
Una cuelga torcida de una bisagra. Otra está firmemente cerrada, hinchada e inmóvil, con la mitad superior arañada hasta quedar blanca por el roce de algo durante años.
Un abrevadero agrietado descansa bajo el muro, verde de algas.
Más allá de los establos está el granero.
Ahora, de cerca, es más pequeño de lo que parecía en la fotografía.
No diminuto. Lo bastante grande para una finca en funcionamiento, con caballos, arreos, pienso y heno suficiente para sus animales.
Pero no la inmensa catedral de paja que mi imaginación había construido para justificar que murieran tres personas dentro.
Las puertas delanteras siguen ahí.
Es lo primero que noto.
Una cuelga abierta en ángulo, con las tablas inferiores podridas y las bisagras de pletina oxidadas hasta formar costras anaranjadas.
La otra está chamuscada y partida, pero todavía medio sujeta al marco.
Dañada, sí. Castigada por el tiempo, desde luego.
Pero no destruida. No es la aniquilación que daba a entender la fotografía del periódico.
Hay una puerta lateral más pequeña cerca del extremo de los establos, medio ahogada por las ortigas. Otra abertura en la pared del fondo donde una puerta ha desaparecido por completo y la hiedra no ha dejado escapar la ocasión.
Salidas.
Demasiadas.
Leo me mira, sabiendo ya lo que pienso.
Avanzo hacia la puerta abierta.
Dentro, el granero espera.
Antes de entrar, Leo me toca la manga y señala hacia arriba.
Sobre las puertas principales, la fachada del granero forma un arco rebajado de piedra, ennegrecido en algunos puntos y cubierto por una red de hiedra. En el centro está el viejo reloj. Una esfera redonda bajo cristal agrietado. Números desvaídos. Dos manecillas delgadas detenidas en las doce.
«Muy oportuno», digo.
«O cierto».
«No son cosas incompatibles, pero rara vez viajan juntas sin supervisión».
Me dirige una de sus miradas de soslayo. Leo deja sitio para las historias antiguas. Yo también, siempre que traigan los recibos.
El interior del granero está más fresco que el patio. Tiene ese frescor de los edificios abandonados, como si hubieran mantenido una temperatura distinta de la del mundo. Huele a piedra húmeda, ceniza vieja, hojas podridas y metal oxidado.
Han retirado casi todos los restos del incendio.
Tiene sentido. Lo habrían despejado al buscar los cuerpos, luego por seguridad y quizá otra vez cuando algún funcionario subió con un portapapeles y decidió que era mejor dejar el lugar tranquilo.
Lo que queda se ha asentado sobre sí mismo: pizarra rota junto a una pared, retazos de chapa deformada, las costillas grises de viejas viguetas, ortigas que crecen donde el tejado ya no deja fuera la intemperie.
La mitad delantera del granero aún tiene tejado, aunque no confiaría en él bajo nieve, optimismo ni una paloma de tamaño mediano.
Las vigas de arriba están oscuras y astilladas en algunos puntos, pero allí donde han quedado expuestas a la intemperie se han vuelto de un gris plateado, suavizadas por los años y no por las llamas.
La mitad trasera está peor. Allí, el tejado se ha derrumbado por completo y deja un agujero irregular abierto al cielo.
La hiedra se derrama por él. El muro del fondo se ha venido abajo en parte, con las piedras desplomadas hacia fuera entre una maraña de zarzas.
Después de treinta y cinco años, hasta el desastre empieza a parecer jardinería.
Leo permanece justo dentro de la entrada, recorriendo con la mirada una puerta tras otra.
«Tenías razón», dice.
«Atesoro esas palabras».
«Hay salidas».
«Varias», digo. «Y los daños de verdad se concentran en la parte trasera».