1 Whealing Stone #2
Vuelvo a alzar la brújula.
La aguja gira, se detiene y me recuerda a un funcionario cinco minutos después de acabar la jornada.
«A la izquierda», digo.
Leo mira a la izquierda.
Luego a la derecha.
«¿Por qué a la izquierda?»
«Instinto».
«¿Así es como vamos a llamarlo?»
«Es instinto profesional. Los periodistas tenemos de eso».
«Creía que los periodistas teníais cuadernos».
«También tenemos instintos».
«Y hojas de gastos».
«Solo los que triunfan».
Todavía está sonriendo cuando una voz seca dice: «Por ahí no encontrarán nada».
Emito un ruido que me niego a describir por escrito.
La mujer está unos metros detrás de nosotros.
Debe de andar por la cincuentena, con el rostro curtido, el pelo gris recogido bajo un pañuelo oscuro y un abrigo marrón que ha visto más lluvia que la mayoría de los embalses.
Algo en ella parece más antiguo que su rostro.
Antiguo como los muros de piedra, como si el tiempo llevara años consultándola y tomando apuntes. Lleva una cesta colgada del brazo.
No una moderna cesta de pícnic. Una cesta antigua de verdad, de mimbre oscurecido por los años, cubierta con un paño descolorido hasta adquirir el tono de un té aguado.
No me sorprendería que levantara el paño y dejara a la vista una manzana roja e impecable, brillante como en un cuento de hadas y casi con toda certeza mortal.
Sus ojos pasan de mí a Leo y luego a la brújula que tengo en la mano.
«Por ahí irán a parar detrás de Long Acre», dice. «Y acabarán maldiciendo una verja sin bisagras».
«Ah», digo con la seguridad de quien estaba a punto de hacer exactamente eso. «Solo estábamos sopesando las opciones».
«¿Ah, sí?»
«Mal», dice Leo.
Le lanzo una mirada. Él la ignora con la serenidad de un panadero cuya masa ha subido como debe.
«Buscamos el círculo de piedras», dice Leo. «Whealing Stone».
«Eso busca casi todo el mundo que viene por aquí».
«¿Va usted en esa dirección?»
Acomoda la cesta. «Sí».
«Entonces le agradeceríamos la compañía», dice Leo.
Entonces la mujer se fija bien en él: en la cesta que lleva del brazo, en el cuidado con que la mantiene cubierta de la lluvia, en el puño embarrado del abrigo, en su rostro franco.
Intercambian una sonrisa por encima de las cestas, unidos por una comprensión tácita. La solemne hermandad de quienes saben que la lluvia se soporta si hay bizcocho.
Permanezco entre ambos, con la gorra chorreando y el orgullo maltrecho, y siento el ancestral temor humano a quedar en evidencia ante quienes dominan mejor las cestas.
«Noah Yalland», digo, porque uno de nosotros tiene que acordarse de la civilización. «Este es Leo Petit».
«Morwenna Prowse». Se vuelve. «Pues vamos. La lluvia está pensando en hacer de las suyas».
El camino correcto no es el de la izquierda. Ni el de la derecha. Naturalmente. Es una tercera opción, apenas visible, que asciende entre los helechos por detrás de un acebo inclinado. Morwenna la toma sin titubear.
«Claro que sí», murmuro mientras vuelvo a mirar su cesta.
Sigue sin haber manzana.
Eso no me tranquiliza tanto como debería.
Leo me roza la manga al pasar. «¿Instinto?»
«Cállate».
Se ríe por lo bajo.
Morwenna nos guía como si la colina supiera que más le vale no hacerla tropezar. No se apresura, pero tampoco hace un solo movimiento de más. Sus botas encuentran los bordes secos allí donde las mías encuentran barro. Se agacha para esquivar las ramas antes de que lleguen a tocarla.
La lluvia amaina mientras subimos. No cesa.
Devon rara vez recurre al dramatismo cuando le basta con la agresividad pasiva.
Pero las nubes pierden espesor y la luz empieza a filtrarse a retazos entre los árboles.
El aire huele a hojas mojadas y tierra fría.
En algún lugar corre agua bajo el suelo, un murmullo oculto que hace que el silencio parezca habitado.
Entonces los árboles se abren.
Y justo delante, como si hubiera estado todo este tiempo esperándonos a la vuelta de la esquina, aparece Whealing Stone.
Lo recordaba más grande.
O quizá la memoria, como los agentes inmobiliarios, tenga el don de agrandar los lugares incómodos. Yo recuerdo un círculo. Antiguo. Imponente. Un lugar donde unos hombres con capa podrían haberse reunido para hacer lo que fuera que hacían los hombres con capa antes de que se inventaran los pubs.
Lo que tenemos delante es un pequeño círculo de piedras bajas incrustadas en la hierba basta, sobre la ladera de la colina. La más alta solo me llega a la cintura. Algunas están inclinadas. Otras apenas sobresalen de la tierra. El liquen las motea de verde pálido y blanco.
El claro que rodea las piedras está casi demasiado despejado.
Los helechos se amontonan en los bordes, los espinos se inclinan cerca y las zarzas esperan donde les han dicho que esperen, pero dentro del anillo solo hay hierba.
Ni arbustos. Ni retoños. Ni una sola mala hierba de Devon con ganas de probar suerte.
El lugar parece en suspenso. No es grandioso.
Bonito tampoco, no del todo. Consagrado es una palabra demasiado grande y demasiado eclesiástica.
Apartado, quizá. Como si la colina hubiera dejado este rincón en paz por motivos propios.
«Ahí», dice Morwenna.
Leo contempla el lugar con tranquilo interés. «Es precioso».
«Es un montón de piedras mojadas», digo.
Él sonríe y deja la cesta en el suelo.
La lluvia nos concede una pausa. Sobre nuestras cabezas, las nubes se rasgan en una costura pálida y, por un momento, se derrama por ella una luz débil, baja y color miel sobre la hierba mojada. Ilumina las piedras con una calidez absurda, mientras el cielo que las cubre permanece frío y gris.
Y eso, perversamente, vuelve el lugar más inquietante.
Leo extiende la manta de pícnic sobre un trozo de hierba justo fuera de las piedras.
Morwenna deja su cesta en el suelo.
Espero pan. Queso. Un termo. Algo envuelto en papel de aluminio.
Y, por supuesto, la manzana.
En vez de eso, levanta el paño y saca conchas.
Conchas pequeñas. Lapas, bígaros, pequeñas espirales brillantes de color rosa, crema y azul, de esas que los niños recogen en la playa y que después los adultos encuentran, llenas de arenilla, en los bolsillos al sacar la ropa de la lavadora.
Pero estas no son conchas para guardar en un bolsillo.
Son perfectas. Limpias, escogidas y ordenadas con el esmero de quien monta un museo en miniatura de la costa.
Empieza a colocarlas alrededor de las piedras.
Con cuidado.
No las usa de adorno. Las dispone.
Las manos de Leo se detienen sobre la manta.