La furia de la sirena (Los misterios de Treggan Bay 4) 1 Whealing Stone
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La furia de la sirena (Los misterios de Treggan Bay 4)

La furia de la sirena (Los misterios de Treggan Bay 4)

Por Jern Tonkoi

© inepub.com

1 Whealing Stone

Whealing Stone

Sábado por la tarde.

Los Whealings no se anuncian. Eso es parte del problema.

Los Whealings empiezan con un sendero público, un paso de valla que protesta en cuanto apoyas el peso sobre él y una franja de tierra revuelta entre setos aún mojados por la lluvia de anoche.

Ninguna señal de advertencia. Ninguna calavera clavada en un poste.

Ningún servicial funcionario local asomado a un seto para decir: En realidad, señor Yalland, por aquí se expone usted a una humillación pasada por agua y a quedar emocionalmente al descubierto, y no podrá culpar a nadie más que a sí mismo.

Solo un sendero.

A Devon se le da bien eso. Te ofrece un sendero y deja que cometas tus propios errores.

La tarde se cierne baja y gris sobre la colina.

Aún no llueve, pero el cielo se lo piensa con rigor de funcionario.

El aire huele a hojas lavadas, ese olor que trae octubre cuando deja de hacerse pasar por un otoño de postal y empieza a tomarse en serio la podredumbre.

Más allá de la primera hilera de espinos, los árboles se apiñan en capas verdes y marrones, tan cerca que el resto del mundo parece algo ocurrido ayer.

Estoy ante el paso de valla con la vieja brújula de mi padre en la mano y Leo a mi lado con una cesta de pícnic en la suya.

Uno de los dos viene mejor equipado.

«Pareces muy satisfecho contigo mismo», dice Leo.

«Estoy al aire libre y sostengo un instrumento de navegación. Eso ya casi cuenta como competencia».

«¿Ah, sí?»

«En ciertos círculos».

Leo mira la brújula, luego el sendero y después vuelve a mirarme. Intenta no sonreír, pero la boca lo traiciona con educación. «¿Sabes por dónde se va?»

Hay preguntas en la vida concebidas para dejar el carácter al descubierto. Esta es una de ellas.

«A grandes rasgos», digo.

«A grandes rasgos».

«Es un sendero público. No puede ser tan difícil».

Resulta que el sendero me oye. Se ofende y me lo hace saber con barro, zarzas y una sucesión de bifurcaciones que, más que caminos, parecen sugerencias de un rebaño de ovejas mojadas.

Salimos de Drift después de comer, en la tregua entre dos oleadas de clientes, cuando Leo pudo convencerse de que el mundo no se vendría abajo si se ausentaba una tarde.

Ha preparado una cesta pese a que le dije que no hacía falta, porque Leo considera que ir a cualquier parte sin comida está a medio camino entre la mala planificación y la decadencia moral.

Hay pasteles salados envueltos en papel vegetal. Manzanas. Un termo de café. Una cuña de queso. Un bizcocho pequeño al que él llama «algo que había sobrado»: es decir, lo ha hecho expresamente y lo ha metido en la cesta cuando todavía estaba tan caliente que empañaba el papel.

La cesta le cuelga ahora del brazo, cubierta con un paño de cocina limpio, y parece tan alegre y competente que empieza a caerme mal.

Al principio hay postes pintados de rojo y el consuelo de saber que alguna antigua autoridad recorrió este camino con un martillo y una lata de pintura, creyendo en el orden. Luego los postes escasean. Luego se inclinan. Luego desaparecen por completo, y ya no parece descuido, sino traición.

Octubre se ha metido en los árboles. Las hojas de avellano amarillean por los bordes.

Los helechos se desploman en pliegues herrumbrosos.

Los robles aún aguantan, testarudos como viejos en la barra de un pub, con las hojas oscurecidas por la lluvia y aferradas por una cuestión de principios.

Daría para una foto, siempre que se tomara desde bastante lejos para dejar fuera mis pantalones.

El suelo bajo todo ello se ha rendido y transformado en una pasta marrón y húmeda. Cada paso produce un suave sonido de succión, como si la tierra quisiera hablar de mis botas.

«Te hace sentir cerca de la naturaleza», dice Leo.

«Íntimamente».

Mira la zarza que en ese momento está prendida de la pernera de mis pantalones.

«Parece que la naturaleza quiere ser correspondida».

«Siempre hay que reservar tiempo para dejarse reclamar por los arbustos», digo mientras me desengancho y pierdo un hilo pequeño pero importante del dobladillo.

Leo se ríe y sigue andando.

Ese es el problema. Leo puede estar de buen humor en condiciones que me llevarían a presentar una queja formal contra el tiempo.

Tiene el abrigo húmedo sobre los hombros.

La neblina le ha rizado el pelo en la nuca.

Lleva una mancha de harina en un puño pese a haberse lavado antes de salir, porque la harina lo adora con una devoción que solo puedo respetar.

Y, para mi exasperación, parece que sigue disfrutando de la tarde.

Esa era la idea.

No una cita, claro. Somos dos hombres adultos en Devon, en 1996, no personajes de una de las novelas de bolsillo más optimistas que recomienda Issey.

Pero pretendía que fuera algo parecido a una cita.

Un paseo. Un pícnic. Un círculo de piedras.

Unas vistas, si el tiempo se apiada. Pasar un rato juntos sin nadie muerto, mintiendo, desaparecido, sangrando sobre una alfombra o exigiendo café en mitad de una investigación por asesinato.

Y ahora parece que lo llevo a un bosque que tal vez se lo quede.

«Podemos dar media vuelta», digo.

Leo me mira de reojo. «¿Sabes por dónde se vuelve?»

«No hasta el punto de convencer a un tribunal».

«¿No?»

«No», digo. «Así que la única opción honorable es seguir adelante».

«Ah». Pasa la cesta a la otra mano. «¿Seguir hacia dónde?»

Consulto la brújula.

Ante una pregunta directa, la brújula tiembla un poco y señala el norte con un aire de vaguedad ofendida.

«Hacia el círculo de piedras», digo.

«¿Está al norte?»

«No exclusivamente».

Entonces Leo sonríe de verdad, con suavidad y un punto malicioso en las comisuras. «No sabes dónde estamos».

«Sé exactamente dónde estamos».

«¿Dónde?»

«En los Whealings».

«Es un sitio muy grande, Noah».

«Te estaba dando el titular».

La lluvia llega antes de que pueda mejorar mi defensa.

Primero llega como una neblina fina y punzante, de esas que fingen no ser lluvia para colarse bajo el cuello antes de que puedas protestar.

Luego el cielo baja unos metros y la llovizna se espesa.

Las gotas se acumulan en las hojas de arriba y luego caen, pesadas y a destiempo; cada una golpea con una malicia muy personal.

Leo se detiene y abre la cesta.

«Si sacas un paraguas», digo, «quizá tenga que dejarte aquí por exceso de competencia».

«No hay paraguas». Saca una gorra de tela doblada y me la entrega.

La miro fijamente. «Me has traído una gorra».

«Esto es Inglaterra», dice Leo. «Aquí uno se prepara para la lluvia incluso cuando va a la despensa».

Me pongo la gorra, porque la dignidad está muy bien hasta que la lluvia empieza a correrle a uno por la nuca.

Leo me observa, esforzándose mucho por no parecer satisfecho consigo mismo. Le sienta bien. Casi todo le sienta bien, para mi desgracia.

«Tengo un aspecto ridículo», digo.

«No más de lo habitual».

«Podrías abandonarme aquí para que muriera en el bosque».

«Me atormentarías de lo lindo».

«Desde luego. Te cambiaría de sitio las cucharillas».

«Qué crueldad», dice.

Seguimos adelante.

El sendero, si vamos a llamar así a ese amago de camino empapado bajo nuestros pies, empieza a subir.

Los árboles se cierran a ambos lados. El acebo brilla, oscuro y lustroso, entre la maleza: todo hojas afiladas y ninguna noción de hospitalidad.

Las zarzas nos enganchan. El musgo suaviza las ramas caídas hasta hacer que parezcan más dormidas que muertas.

Los Whealings no llegan a ser territorio salvaje.

No podrías pasarte días andando por aquí sin encontrarte con una carretera, un campo, una verja o un lugar donde alguien dejó una vez una bolsa de patatas fritas y demostró así el alcance de la civilización.

Pero el bosque sabe plegarse sobre sí mismo.

El sonido cambia bajo los árboles. El pueblo desaparece.

El mar se esfuma. Hasta las gaviotas se lo piensan dos veces antes de entrar.

Aquí se cazaba, antes. Los hombres mayores del Bleeding Gull aún hablan de ello con esa mezcla particular de orgullo y resentimiento reservada para las costumbres perdidas y las cervezas descatalogadas.

Faisanes, sobre todo. Algunas cacerías informales por las tierras de la finca antes de que el dinero, los guardas, los derechos de propiedad y la desaprobación general fueran reduciendo la práctica.

Por el sendero público pasan ahora menos botas. Demasiado barro, dice la gente. Demasiado fácil extraviarse. Demasiados pozos mineros antiguos y demasiado terreno inestable.

Demasiado Craig Stone, si fueran sinceros.

Pienso en él mientras subimos: hombros anchos, ballesta, ojos del color de la pizarra erosionada. El hombre que una vez clavó un virote en un roble cerca de mi cabeza y que más tarde resultó no ser el asesino: una forma extraña, a mi parecer, de ser inocente.

«¿Has vuelto por aquí desde el caso de Albert Hooper?», pregunta Leo.

«No».

«Pero se te ocurrió traerme a mí».

«Romántico, ¿verdad?»

«Mucho». Leo salva una raíz con soltura mientras se balancea la cesta. «Nada más romántico que traerme al mismo bosque donde casi te alcanzan con un virote».

«Fue un disparo de advertencia».

«¿Eso lo mejora?»

«Un poco».

Deja pasar un momento. «¿Te molesta estar aquí?»

Abro la boca, con la broma ya preparada. Así suelo descubrir que la verdad se ha acercado demasiado.

Entonces Leo me mira y la broma se me queda, algo mustia, en la garganta.

«Contigo, no», digo.

No dice nada. Apenas asiente, como si le hubiera entregado algo frágil y supiera que no debe agitarlo bajo la lluvia.

A partir de ahí caminamos un poco más cerca el uno del otro.

Como es natural, porque el mundo no respeta mis escasos intentos de madurez emocional, encontramos casi de inmediato una bifurcación.

Un camino va a la izquierda y asciende entre avellanos y helechos. El otro baja hacia la derecha, donde el suelo parece más resbaladizo y oscuro y un hilillo de agua corre justo por el centro, como si el sendero tuviera un pequeño problema de fontanería.