La frontera de piedra Capítulo XXXIII #4
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Capítulo XXXIII #4

–Id con Amage –les indicó, empujando suavemente a Baddo.

–Tienes buen gusto para las mujeres, alano –dijo Uldin.

Baddo lo miró con horror, al tiempo que se alejaba de un salto de Safrax.

Caminó deprisa, con los niños de la mano, sin echar la vista atrás.

El huno, sin embargo, la observaba con lascivia–.

Me gustan las jóvenes de cabellos de oro –comentó, provocador.

–Cuidado con lo que dices –masculló Safrax entre dientes, acariciando el pomo del puñal.

Uldin chasqueó la lengua, divertido.

–Vamos, no he venido hasta aquí a luchar contigo. Al menos, si tú no quieres.

Safrax examinó aquel rostro surcado de cicatrices. Un rostro de apariencia atemporal, pues era imposible deducir la edad con aquellos cortes que ocupaban buena parte de sus mejillas.

–¿Y a qué has venido, si no es a importunarme?

–He venido a reclamar el cuerpo de mi hechicero.

–Ahí dentro lo tienes. –Safrax asintió–. Líbranos rápido de su hedor.

Uldin pareció no escuchar la pulla y simplemente continuó hablando:

–Tu amigo, el godo, ha accedido a pagarme su peso en plata. Creo que es una compensación adecuada..., aunque extrañaré a Bleda en adelante.

El alano miró a la entrada de la tienda, donde los greutungos los observaban con las lanzas cruzadas.

Desde allí, Safrax era capaz de adivinar cómo las astas temblaban ligeramente.

Aquellos hunos eran como espectros, y su lugar estaba bien lejos del de cualquiera de los vivos.

Y él no estaba de humor para recibir visitas.

–Así que has venido a despedirte. Muy educado por tu parte, no lo esperaba de alguien como tú.

Los labios de Uldin se estremecieron en una mueca.

Estaba cansado, pues había perseguido a los romanos durante horas, hasta que su caballo se había negado a dar un paso más.

Habían conseguido un botín inmenso, mucho más allá del pago estipulado por Fritigerno al inicio de la campaña.

Su padre estaría satisfecho con sus actos, y, sobre todo, él se encargaría de hacerle entender lo ricas que eran aquellas tierras y lo necesario que se hacía dirigir sus miras hacia ella y olvidar a los salvajes alanos y sármatas que habitaban la estepa.

Roma y todo lo que ésta representaba eran el futuro para los suyos.

–Sí, lo he dispuesto ya todo para regresar al norte.

Hemos cumplido nuestra parte del trato y hemos recibido el pago acordado.

Aunque no lo creas, soy un hombre de honor.

–Acercó el rostro al de Safrax–. Un hombre de honor que no olvida una afrenta, alano.

Hoy he sufrido la pérdida de un hombre valioso por culpa de ese viejo que te seguía a todas partes como si fuera un chucho.

El puñal de Safrax abandonó su vaina sin apenas hacer ruido, pero el huno percibió el brillo del metal junto a las llamas.

–Pero no siempre es el perro quien debe pagar sus faltas, sino su amo, alano.

Quiero que escuches mi juramento y que lo recuerdes cada día de tu vida hasta que el destino vuelva a reunirnos: la próxima vez que nos veamos, te mataré.

Ya no me contentaré con hacerte huir de tus tierras como un ratón asustado, como he hecho hasta ahora con los tuyos.

Yo mismo acabaré con tu vida, te arrancaré el corazón y se lo daré de comer a los sabuesos de Bleda.

Safrax fue incapaz de contenerse. Con un rápido movimiento, aprisionó el cuello del huno y le presionó la piel con la punta del puñal.

De inmediato, dos arcos hunos apuntaron, ya tensos, hacia él.

Safrax sentía la respiración agitada de Uldin, pero éste no emitió palabra alguna.

De fondo, escuchó unos pasos: los greutungos abandonaban su posición y se acercaban a ellos con las armas dispuestas.

El alano sopesó la situación. Si moría aquella noche, no podría seguir cuidando de los suyos, de su abuela, de sus hermanas. Y no podría ver a Hilduara una última vez. Aflojó la presión y apartó al caudillo huno de su lado de un empellón.

–Eres escoria, como también lo era tu hechicero –le espetó, y escupió al suelo con rabia.

Con una calma pasmosa, Uldin se sacudió las ropas y luego hizo una seña a los suyos para que bajaran las armas.

Sus ojos oscuros y rasgados recorrieron al alano de arriba abajo, deteniéndose en aquellas perlas azules y el cabello color de la nieve.

Tal vez aquél fuera la luz y él, la oscuridad.

Pero una oscuridad que se extendía desde Oriente, como ellos mismos hacían sobre todos los pueblos conocidos.

Una oscuridad que siempre, noche tras noche, conseguía imponerse a la luz.

–Disfruta de la victoria de hoy, alano, pues has luchado bien.

Pero, si quieres seguir viviendo, toma tu caballo, a tus mujeres y a cuantos ames y cabalga mañana mismo hacia el sur.

Vete lo más lejos que puedas; hasta esa Constantinopla de la que hablan o hasta la misma Roma, porque la próxima vez que nos encontremos saldaré la deuda que hoy has contraído –lo amenazó, para de inmediato darle la espalda y dirigirse hacia la tienda.