Epílogo
EPÍLOGO
El alba encontró a Safrax en el mismo lugar, a pocos pasos de la entrada a la tienda. No había dormido ni había probado bocado alguno. Se había contentado con permanecer allí, con la vista fija en el lugar donde estaba Hilduara.
Frente a él, Baddo permanecía en silencio. La muchacha había llevado a sus hermanos donde estaba la familia del alano y había aguardado al regreso de su padre. Cuando Gundebaldo se presentó allí, agotado pero eufórico, ella, satisfecha, había vuelto para cuidar del alano, o eso quería creer.
Safrax cerró los ojos, y en su mente se formó la odiada silueta de Uldin.
A diferencia de lo que había esperado, no lo había insultado, maldecido o amenazado de nuevo al marcharse definitivamente; sólo le había dedicado un gesto cargado de suficiencia.
Tras él, sus hombres cargaron con el cadáver de Bleda, tapado con su hediondo manto.
«Al marcharse, se han llevado la oscuridad consigo», pensó Safrax con cierto alivio.
Poco después había regresado Baddo, no sabía si por propia voluntad o porque Amage, temerosa de que hiciera alguna estupidez, la hubiera mandado de vuelta.
–Ve a descansar, Baddo –le dijo, sorprendiéndose por su voz ronca.
–Prefiero quedarme a tu lado.
–Y yo desearía estar solo.
Baddo lo miró fijamente a los ojos, armándose de valor.
–Los dioses saben que te entiendo, Safrax, pero no puedes hacer nada por salvarla. Ella misma se ha condenado.
Él le devolvió la mirada. Una mirada cargada de cansancio y de tristeza. La mirada de un hombre derrotado que en nada se parecía a aquel que había comandado la carga que había dado a los suyos la victoria.
–Los dioses son injustos. ¿Qué culpa puede tener mi hijo de las acciones de su madre?
La mujer asintió y agachó la cabeza, pues a su mente le llegó el recuerdo de cuando había intentado poner fin a su embarazo y, casi, a su propia vida. Por ese motivo había conocido a Amage, pero también a él.
–Podrás tener otros hijos –le respondió, insegura.
–¿Y la madre? ¿Merece acaso tal destino? Tú la conoces, Baddo... Hilduara... Ella no es así. Ese demonio huno tuvo que realizar alguna clase de sortilegio para apoderarse de su voluntad. Es la única explicación que se me ocurre.
La tervingia se frotó las manos en el vestido, cubierto de ceniza y tierra por muchos sitios. «¿Así que esto es el amor?», se preguntó ante los pueriles argumentos del alano. «¿Un sentimiento capaz de cubrir con un velo de estupidez la razón más evidente?».
–Caina la vio con sus propios ojos, Safrax. Ella acuchilló a Zandipo. Nadie la forzó ni la obligó.
Safrax pateó el suelo, y al momento los centinelas greutungos aferraron sus armas, nerviosos.
–Tengo que verla, Baddo. ¡Necesito hablar con ella! –dijo, poniéndose en pie.
Frente a la entrada, los hombres de Alateo cruzaron las lanzas y las movieron hacia delante, en señal de advertencia. Baddo se acercó al alano y, tomándolo del brazo, le suplicó que entrara en razón y volviera a sentarse junto a la hoguera.
–Así que sigues aquí.
Los sorprendió la voz de Alateo, que se acercaba acompañado por Gundebaldo.
El greutungo parecía relajado; no sólo había dejado atrás parte de su ira, sino que también había hecho lo propio con su armadura y vestía únicamente un calzón y una camisola, aunque su espada continuaba colgando de su cintura.
Al verlo, Safrax se percató de que él continuaba cargando con su armadura, mugrienta y golpeada en muchos sitios.
–Tengo que hablar con ella, Alateo. Te lo pido por favor, por la amistad que nos une. Debo saber qué ha sucedido, necesito saber por qué... –pidió, sintiendo como su voz perdía fuerza a medida que hablaba.
Alateo no respondió de inmediato. Aunque estaba sereno, apenas había dormido.
Pocas veces lo conseguía después de una batalla, pues las emociones vividas se arremolinaban en su cabeza y lo privaban del sueño.
En ocasiones despertaba sudoroso, recordando el lance que había estado a punto de arrebatarle la vida.
Sólo que esa noche había sido la imagen del hechicero huno blandiendo un cuchillo la que lo había despertado.
Al incorporarse, reparó en que Ragnahilda tampoco dormía, sino que velaba el sueño de su hijo.
Alateo había decidido entonces echarse un capote sobre los hombros y partir en busca de los ancianos a los que él mismo había convocado horas antes.
Durante casi una hora, había escuchado tanto a quienes consideraban que su hermana debía morir como a los pocos que estaban seguros de que eran los dioses los que habían guiado sus pasos.
Finalmente, tras repartir oro suficiente entre ellos como para asegurarse de comprar hasta las voluntades más reticentes, había marchado en busca de Safrax.
Estaba seguro de que lo encontraría frente a la tienda de su hermana, como un perro apaleado a las puertas del hogar de su amo.
Las últimas palabras que se habían cruzado el día anterior habían estado cargadas de odio, no hacia él, sino hacia su hermana y todo lo que ella representaba, e ignoraba cómo lo abordaría.
Pero en ese momento, al tenerlo allí, frente a frente, el gesto abatido, derrotado, Alateo sintió que sus últimos reparos se esfumaban.
Durante ya más de tres años habían permanecido juntos, entrelazando sus destinos, y nunca lo había defraudado.
No compartían pueblo, tampoco sangre, pero hubiera preferido con creces que el alano hubiera sido su hermano, y no Hilduara.
–Está bien. Iremos juntos. Desde que te conozco, hemos afrontado cualquier peligro juntos, y eso es lo que haremos una vez más.
Hablarás con ella, y yo seré testigo. Siempre supe que era ambiciosa, desde que era una mocosa...
, pero nunca la creí capaz de hacer lo que vi ayer con mis propios ojos.
Es una asesina, Safrax. Mató a un niño por cuyas venas corría sangre de reyes, y sólo hay una pena posible para algo así.
Y no dudó en acabar con Zandipo para que no interfiriera en sus planes.
Diga lo que diga, no pierdas eso de vista: ella misma ha sellado su destino, aunque serán los ancianos los que lo decidan.
La mandíbula de Safrax se tensó. Entendía el razonamiento, incluso lo aceptaba, pero algo en su interior se rebelaba contra el destino de aquella mujer junto a la que había aprendido a amar.
Sentía un impulso loco de pelear, de irrumpir en aquella tienda, cargársela sobre el hombro y huir, olvidarlo todo y construir con ella la vida tal y como debería haber sido.
Sin embargo, no era ningún idiota y sabía que, con el greutungo a su lado y rodeado por sus hombres, jamás lo conseguiría.
–Te lo agradezco, Alateo –se limitó a decir en voz baja.
Éste hizo una seña a los suyos para que apartaran las lanzas. Irremediablemente, sintió que le flaqueaban las piernas; hubiera deseado no enfrentarse a su hermana nunca más.
–Tú primero –le dijo a su compañero cuando retiró la piel de la entrada, y Safrax cruzó con rapidez el umbral.
Las teas aportaban a la estancia una luz mortecina.
Safrax se acercó al lecho, donde suponía que Hilduara estaría tendida.
Sin embargo, allí no había rastro de la mujer.
Recorrió la escena con la mirada, pero no la halló por ninguna parte.
Con el corazón acelerado, giró sobre sí mismo, y la misma estancia pareció girar ante sus ojos. Hilduara había desaparecido.
Entonces oyó que Alateo soltaba un reniego y se acercó a él.
Allí, a sus pies, sobre las pieles que recubrían la tierra, aún manchadas de sangre, yacía el cuerpo desnudo de Bleda.
Sus ojos abiertos, sin rastro de vida, se clavaban en los de Safrax, y sus labios, grises, parecían contraerse en una mueca burlona.
* **
La columna de Uldin había partido mucho antes del alba, cuando la mayor parte de quienes habían luchado a su lado dormían a causa del cansancio o la borrachera.
En silencio, habían tomado armas y caballos, también el botín, y habían partido sin que ni uno solo de los pocos centinelas que custodiaban el campamento se despidiera de ellos. Nadie quería tenerlos allí un minuto más de lo necesario, y tampoco ellos pretendían estarlo.
Eran centenares de hombres y decenas de carretas cargadas.
Pese a todo, el paso de la columna era vivo, pues Uldin pretendía acampar aquella noche lo más lejos posible de los godos.
También había enviado a sus más rápidos jinetes hacia el norte en busca de los suyos.
No terminaba de fiarse de Fritigerno, tampoco de quienes lo rodeaban, y quería evitar que pudieran sentir la tentación de arrebatarle todo aquello que le habían entregado como pago a sus servicios.
Sólo cuando estuvieron bien lejos y los primeros rayos del sol comenzaban a iluminar los caminos, Uldin aflojó el paso de su montura y se acercó a la retaguardia, a las carretas que cerraban el paso de la columna.
Allí había esclavos, armas y joyas en abundancia, pero también había espacio para los cuerpos de sus caídos y los centenares de esclavos que formaban parte del botín.
Pero en aquellos carromatos había algo más, algo que nunca había imaginado llevar hacia el norte. Debía enviar tal trofeo sin tardanza más allá del gran río, no fuera que el alano se atreviera a perseguirlos, aunque estaba convencido de que los demás no le dejarían hacerlo.
Al llegar a la carreta que buscaba, Uldin sonrió y levantó la lona. Enseguida, el cabello rubio de Hilduara quedó al descubierto. Una nube de polvo se elevó de los tablones, y la mujer estornudó.
–Estamos lejos, mujer. Yo he cumplido con mi parte. Ahora tú cumplirás con la tuya. La muerte de mi hechicero te une a mí como él lo estuvo en vida. Ésa es la ley de mis dioses, los mismos que no han permitido que conociéramos la derrota.
Hilduara entrecerró los ojos, intentando adaptarlos a la tenue claridad, y se llevó la mano al vientre de forma instintiva.
Estaba viva, sin importar el precio. Había creído que moriría cuando despuntara el nuevo día, pero no había sido así.
Contrajo el rostro en una mueca al recordar a todos aquellos que habían querido ajusticiarla.
Sin embargo, ella había encontrado la manera de sobrevivir, como siempre hacía.
Miró a Uldin, aquel hombre de ropas oscuras y corazón aún más oscuro al que había unido su destino.
Ahora la luz la había abandonado, empujándola a las tinieblas.
La criatura que llevaba en sus entrañas nunca sería el hijo de Safrax, pues el alano los había repudiado a ambos.
Crecería lejos de allí, y ella se encargaría de alimentar cada día su odio hacia todos aquellos que habían querido acabar con sus vidas.
La mujer hizo el gesto de incorporarse, y Uldin silbó para que trajeran una nueva montura para ella.
–Seré fiel a mi palabra –respondió Hilduara, ofreciéndole una mano, al tiempo que se apartaba el cabello de la cara con la otra.
Uldin sonrió, pero Hilduara no lo hizo.
«No es momento de risas, sino de planear la venganza», se dijo, seria. Volvió la vista hacia los jinetes que acudían a la llamada de su señor y pensó que, después de todo, ella había estado en lo cierto desde el principio: Uldin era un príncipe de sangre real, y su hijo sería rey.
Así se lo había asegurado. Tomaría el nombre de Mundzuk, y a su muerte sería el rey de su pueblo, el más temido y feroz de cuantos existían en el mundo conocido.
Un pueblo que, como Hilduara había comprobado, contaba con el favor de sus dioses en el campo de batalla.
Se alzarían con la victoria hasta que no quedara nadie capaz de enfrentarse a ellos.