Capítulo XXXIII #3
El joven alano suspiró, aliviado. No sólo era uno de los suyos, sino que además también lo conocía.
Cerró los ojos y quiso elevar una plegaria, pero entonces pensó, por primera vez en su vida, que quizá no lo hacía a los dioses correctos.
Él ya no era un alano. No importaba que cabalgara como tal y utilizara el arco como el mejor de ellos, y tampoco importaba su aspecto, pues ni lo era ni quería serlo.
Se acordó entonces de Palaco; él había querido enterrar la espada en la tierra poco antes de la batalla, y entonces tomó una decisión: olvidaría lo poco que recordaba sobre su origen y abrazaría la fe que habían profesado Pablo y el resto de sus compañeros.
–Celebro encontraros, señor –se obligó a pronunciar.
Constancio pasó un brazo por la cintura del alano y lo ayudó a caminar hasta la pared, indicándole que se tumbara sobre uno de los pocos bancos que permanecían intactos.
–Todavía podemos descansar un rato, hijo. Luego necesitaremos todas nuestras fuerzas. Descansa. Te vendaré esa herida y te avisaré cuando llegue el momento de continuar la marcha.
Goar lo miró agradecido, y sin mediar más palabras se tumbó sobre la tibia superficie de madera. Creyó que sería incapaz de dormir en aquellas circunstancias, pero, en cuanto descansó la cabeza sobre el banco, el mundo pareció fundirse en la oscuridad.
El vándalo echó un último vistazo al muchacho antes de acercarse de nuevo hasta el lugar donde descansaba el cadáver del emperador, dispuesto a elevar una última oración por su alma.
En su camino, encontró el arma del alano en el suelo: la scrama de Geiseric, pues aquél había sido el nombre de su padre, como le había contado tiempo atrás.
También él se había llamado así mucho tiempo atrás.
Constancio tomó el arma entre las manos y la sopesó.
Se sintió cómodo con ella. Quizás aquélla fuera una señal del destino.
Volvió la mirada hacia donde descansaba el alano y se prometió que, si sobrevivían a aquella noche, en la que la oscuridad parecía ser su única aliada, lo tomaría a su servicio y lo cuidaría como a un hijo.
* * *
Quienes habían vivido en lo alto de la colina durante los últimos días convirtieron la noche de aquella jornada en una fiesta interminable.
Tras días de sufrimiento y miedo, la esperanza y la alegría se desbordaron como un torrente.
Hombres y mujeres reían, comían, bebían y bailaban sin mayor preocupación que hacerlo antes de que el agotamiento y el alcohol los derrumbaran.
Pero Safrax no se había unido a la fiesta.
Permanecía en el exterior de la tienda en la que estaba recluida Hilduara, con las manos en las sienes, sin abrir la boca.
Frente a él, Alarico se negaba a alejarse de su lado, y por eso Baddo y Gosvinta también estaban allí, presas de aquel incómodo silencio, esperando a que su padre regresara desde el sur.
Las risas y el alboroto inundaban la noche, acallando los sonidos de los perros, grillos y cigarras que los habían acompañado durante las anteriores.
Pero en la cabeza de Safrax eran otros sonidos los que se repetían una y otra vez: el entrechocar de las armas, el relincho de los caballos, los gemidos de los heridos y la voz de Hilduara implorando perdón.
Si cerraba los párpados, sólo la veía a ella, con la mirada colérica e inflamada por aquella suerte de locura que parecía haberla poseído.
Las llamas iluminaban el rostro del alano, cuyos ojos permanecían fijos en la lumbre.
Miraba las llamas, pero su mente se encontraba muy lejos de allí, soñando con el futuro que hubiera tenido su hijo, aquel que sabía no nacería.
Su corazón se desgarraba cada vez que lo pensaba.
Pocos días antes había pedido a Hilduara que renunciaran a todo y marcharan hacia el norte, solos, para empezar de nuevo más allá de la frontera de piedra.
«Nada de esto hubiera sucedido si ella hubiera accedido», pensó, y se maldijo por no haberlo hecho posible.
Nunca hubiera podido imaginar que una victoria como aquélla pudiera resultar tan triste, tan amarga. En todo combate morían guerreros, amigos, hermanos, y esta vez no había sido una excepción. Pero nadie podía estar preparado para una situación tan inesperada como cruel.
Alateo había abandonado la tienda abrazando a Ragnahilda; después, Amage se había acercado, tratando de consolarlo, pero sin escucharlo realmente.
Todos se habían erigido en verdugos de la mujer que amaba, y él no dudaba que se lo mereciera, pero para poder asumirlo necesitaba tratar de entender qué había pasado por su cabeza.
Hilduara había matado a Zandipo y había entregado al pequeño Viterico al hechicero huno para que se lo ofreciera a sus dioses en un cruel sacrificio.
Ella no lo había negado, pero, aun así, a Safrax le resultaba difícil asimilarlo, y por eso había despedido a todos de malos modos, salvo a Alarico, tal vez porque su pena podía ser la única comparable con la suya.
Había amado a Hilduara con todas sus fuerzas; en realidad, aún la amaba, y una parte de él todavía necesitaba hablar con ella una última vez antes de aquel juicio del que todos conocían el veredicto de antemano.
Pero se lo habían impedido, así que se limitaba a aguardar fuera de la tienda, mascando su desesperación, oteando el cielo, como si su mera voluntad pudiera detener el tiempo y lograr que nunca amaneciera.
Los hombres de Alateo, con órdenes de no dejarlo entrar, lo vigilaban de forma intranquila.
Ninguno habría querido enfrentarse a él, pero, si intentaba entrar, emplearían la fuerza si era preciso, pues temían más desobedecer a su señor que ofenderlo a él.
–Safrax –la voz de Baddo sonó alterada.
Quiso ignorarla, como a todos antes, pero el tono apremiante de la joven tervingia terminó por hacer que volviera la cabeza hacia donde señalaba el brazo de la muchacha.
Allí, a pocos pasos, varias figuras armadas surgían de la oscuridad.
Por inercia, tanteó su espada. Y, aunque poco tardó en reconocer a Uldin y a media docena de los suyos, allí dejó reposando la mano, nervioso.
El jolgorio y la alegría que habían conquistado la colina en nada parecían incumbir a los hunos, que parecían estar todavía en el campo de batalla, con las armas dispuestas y los rostros sombríos.
Uldin señaló al alano, y sus hombres formaron rápidamente en círculo a su alrededor. Atemorizada, Baddo instó a los pequeños a que se acercaran más a Safrax, y allí se acurrucaron. Junto a la tienda, los greutungos de guardia contemplaban la escena en silencio, inquietos y con las lanzas en alto.
Para sorpresa de todos, Uldin hizo una seña a sus hombres para que bajaran las armas y se sentó frente a Safrax con las rodillas cruzadas.
De la misma manera, pidió a Baddo que se marchara, pero sólo consiguió que ésta y su hermana se aferraran más a Safrax, y Alarico lo miró desafiante.
Al verlo, Uldin le dedicó una sonrisa o, al menos, lo que él entendía que era una sonrisa.
–Marchaos y dejadme a solas con Safrax –pidió el líder huno con su voz gutural.
Safrax sopesó la situación. Si Uldin se encontraba allí sólo podía deberse a que sabía lo que le había sucedido a su hechicero. Se preguntaba cómo pretendería saldar aquella deuda. Fuera como fuera, lo mejor sería que los niños no anduvieran cerca.