La frontera de piedra Capítulo XXXIII #2
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Capítulo XXXIII #2

Palaco había buscado un lugar poco concurrido, y allí se había tumbado.

Había permanecido inmóvil desde que el añil de la noche se había apoderado por completo del cielo.

Sí, la noche había llegado, pero nadie pareció ser consciente de tal circunstancia en el campamento, ya que los sonidos propios de la celebración no parecieron sino redoblarse.

Poco después, cuando hacía ya bastante tiempo que ningún nuevo cautivo había encontrado acomodo en la cerca, dos hombres armados con teas y espadas entraron en el corral y no se detuvieron hasta encontrarse frente a él.

El brillo de la llama deslumbró a Palaco, que mantuvo la vista fija en el suelo.

–Creo que es éste –dijo uno en la lengua que tiempo atrás fuera la suya propia.

–¿Eres tú el alano que estaba junto a los protectores del emperador? –preguntó el otro guerrero.

Palaco no se atrevió a responder de inmediato. No sabía si aquello lo beneficiaba o lo perjudicaba. Recorrió con la mirada a sus compañeros de choza. «En cualquier caso, estamos condenados», pensó, y se decidió a hablar:

–Sí, lo soy.

–¿Qué hacías con esos romanos? ¿Por qué luchabas contra los tuyos?

Palaco dudó de nuevo. «¿Por qué lucho por Roma?

¿Acaso ha sido decisión mía? No, no lo ha sido», se dijo.

Incluso había intentado fugarse en la primera ciudad a la que habían llegado tras cruzar el gran río.

Elevó lentamente el rostro hacia las llamas y miró al hombre que lo interrogaba.

Era el mismo alano que lo había llevado hasta allí horas antes, un joven poco mayor que él, con un caminar pausado a causa de una herida en el costado.

–Mi familia me entregó a los romanos cuando era un muchacho, como parte de un acuerdo. Desde ese momento he vivido con ellos y he luchado para ellos. Sólo he hecho lo que mi familia quería.

Para sorpresa de Palaco, Tasio asintió, comprensivo.

–¿Hace cuántos años de eso?

–Cuatro veranos.

Tasio escrutó el rostro de Palaco. No lo conocía, pero habían sido varias las tribus que habían aportado muchachos en aquel intercambio, no sólo la suya.

Safrax había compartido con él sus sospechas cuando habían capturado al joven, y no se había equivocado.

«Ojalá pueda darnos alguna información sobre Goar», rogó.

–Pues bienvenido de vuelta entre los tuyos, a menos que quieras seguir uniendo tu destino al de esos malnacidos.

Le tendió la mano para que se incorporase, y Palaco se la apretó sin dudar.

* * *

Cuando Goar fue capaz de abrir los ojos al fin, ya era noche cerrada. Tardó un rato en acostumbrarse a la oscuridad y un poco más aún en sentir la mente algo despejada. Entonces se arrastró por el campo, con cautela, para no ser descubierto en el caso de que quedara algún enemigo.

No tardó en encontrarse con la melena alba de Pablo sobre el terreno embarrado.

Le recorrió un escalofrío al ver que le habían separado la cabeza del cuerpo a golpe de espada.

Las lágrimas se le agolparon, no sólo por el dolor lacerante de sus heridas, sino por el triste final de aquel al que tendría que haber servido tras la batalla.

Decidió esperar un rato más, hasta estar seguro de que nada se movía en las cercanías.

Y sólo entonces se atrevió a caminar de nuevo entre los caídos, en busca de Palaco; mas no tuvo éxito: no había rastro de su compañero.

Aun así, a cada momento, el sonido de las risas de los vencedores en la lejanía, unido a los lamentos de los moribundos que se debatían entre la vida y la muerte, le recordaron que todavía estaba muy lejos de estar a salvo, por mucho que hubiera conservado la vida.

Dedicó un último y sentido recuerdo al único amigo que había tenido en aquel inmenso campo de batalla y se puso en marcha.

Siguió reptando un buen trecho, para evitar que su figura se recortara contra la oscuridad, y, cuando al fin sopesó que se había alejado lo suficiente, se incorporó y caminó a toda prisa, refugiándose tras cada roca o arbusto, tratando de ignorar el dolor que recorría todo su cuerpo.

Si quería tener alguna oportunidad, debía ser tan rápido como sigiloso y encomendarse a la suerte.

* * *

Al filo de la medianoche, la brisa nocturna transportaba los sonidos, y Flavio Constancio se detuvo un instante.

Se había ido alejando del campo de batalla en dirección sur, siempre hacia el sur, con la esperanza de llegar a la ciudad de Adrianópolis, donde esperaba que se hubieran reunido los supervivientes del descalabro del ejército imperial.

Aunque agotado, se obligaba a seguir su camino.

Pero, al llegar aquel rumor lejano a sus oídos, olvidándose del cansancio acumulado, echó a correr hacia el fantasmal contorno de las ruinas de lo que parecía una vieja finca señorial.

Pronto se dio cuenta de que todo aquello había sido pasto de las llamas, y poco después, al traspasar los antiguos terrenos de cultivo, lo recibieron el olor picante del humo y el chisporroteo de las brasas.

Se apresuró sin dudarlo hacia el más grande de los edificios, pues aquellos ruidos que había escuchado parecían provenir de allí.

Entró en él por una puerta desvencijada y ennegrecida y buscó un lugar en el que ocultarse.

Lo encontró detrás de los tablones de lo que había sido una mesa enorme.

Allí aguardó un rato en silencio, con la cruz entre las manos, envuelto en un hedor espantoso.

Cuando sus ojos se habituaron a la penumbra, pudo distinguir que entre los maderos carbonizados y muebles destrozados parecía haber algunos cuerpos.

Aguardó un tiempo más, prudente, pero no se oía nada, y al fin decidió avanzar hacia la figura más cercana.

Reconoció enseguida la panoplia de uno de los protectores de Valente, mas no a su portador: la piel había sido presa de las llamas y se veía lacerada y oscurecida, haciendo los rasgos irreconocibles.

Constancio elevó un breve rezo por su alma, y luego examinó la estancia, con el corazón encogido y el oído alerta.

Al menos otros dos cuerpos descansaban sobre la roca, tibia entonces.

Repitió la misma operación que con el primero de ellos hasta que reparó en una última figura que, ligeramente alejada de las demás, descansaba sobre una superficie sobre la que no parecía haber caído cascote o madero alguno.

Al acercarse, la escasa luz que penetraba por el techo desaperecido fue suficiente para mostrarle el astil de la flecha que sobresalía del rostro del cadáver.

Al igual que había hecho con los anteriores, se acercó para cerrarle los ojos y orar brevemente por su alma.

La flecha se había quedado alojada en la cuenca del ojo derecho, pero ese hombre parecía haber resultado ajeno al incendio que se había cebado con buena parte de la estancia, de modo que imaginó que el proyectil había sido la causa de su muerte.

Posó las manos en el pecho del cadáver, y se sorprendió al percibir las delicadas filigranas que decoraban la armadura.

Sacudió la ceniza y el polvo, y sus dedos temblaron mientras recorrían las líneas dibujadas en el metal.

Buscó de nuevo el rostro de aquel hombre, temeroso de confirmar lo que se iba a encontrar.

Allí descansaba para siempre Flavio Julio Valente, augusto de Roma.

* * *

Llevaba horas de marcha. Goar estaba agotado y hambriento, pero también perdido.

Creía haber estado caminando siempre hacia el sur, pero todavía no había encontrado lugar alguno donde ondearan los estandartes de Roma.

Aunque había utilizado parte de la tela de sus ropas para vendarse el hombro y detener la hemorragia, el paño había cedido y volvía a sangrar.

Sentía que la vida se le escapaba por la herida, cómo a cada instante que pasaba se encontraba más cansado; así que, en cuanto divisó aquel edificio semiderruido, decidió hacer un pequeño alto para recolocarse el vendaje y descansar un poco.

En la negra noche, era incapaz de ver con claridad lo que sucedía a su alrededor, pero sí escuchaba los inconfundibles sonidos de cuervos, cornejas y otros animales carroñeros, dispuestos a darse un festín durante la noche.

Y a éstos pronto les siguieron otros aún más desagradables para Goar: el rumor de las guturales risas de sus enemigos en la lejanía celebrando la victoria.

Aunando las pocas fuerzas que le quedaban, rodeó el edificio más grande y se detuvo frente al hueco donde semanas antes debía haber estado la puerta de una elegante casa.

Desenvainó la scrama que había pertenecido a su padre, su única arma ahora, y traspasó el dintel.

Dentro, a pocos pasos, alguien lo miraba fijamente espada en mano.

El alano reconoció al instante la armadura de los protectores y sonrió, contento de haber encontrado a uno de los suyos.

El hombre que tenía frente a él era un guerrero del Imperio, como lo había sido su tío Respendial antes e igual que lo había sido Pablo, al que durante tan poco tiempo había tenido la fortuna de servir.

Convencido de que no la necesitaría y agotado como estaba, Goar dejó caer instantáneamente la scrama al suelo y se llevó la mano derecha a la herida.

–Soy un hombre de Roma –dijo el joven alano en un correcto latín, y al instante Constancio relajó el brazo con el que esgrimía la espada–. Sirvo a Cayo Nepociano, tribuno de la I Adiutrix.

Las piernas del muchacho temblaron de puro agotamiento, y a punto estuvo de caer. Si no lo hizo, fue porque Flavio Constancio, una vez disipadas las dudas, se acercó hasta él con rapidez y le ofreció el hombro para que se apoyara.

–Goar, muchacho. Soy yo, Constancio –le dijo, reconociéndolo.