Capítulo XXXIII
CAPÍTULO XXXIII
Gundebaldo frenó su montura a poca distancia de las ruinas de lo que tiempo atrás había sido una suntuosa finca romana: enormes espacios, residencias lujosas y tierra fecunda.
Habían recorrido muchas millas hacia el sur, pero su sed de sangre estaba lejos de saciarse.
Y ahí delante asomaban unos cuantos caballos y un grupo de soldados imperiales, que, al verlos, corrieron a parapetarse tras los muros del mayor de los edificios.
Los más de cien guerreros que seguían al tervingio comenzaron a dar voces, alborozados. En su camino habían sorprendido a algunos romanos que huían, desperdigados, pero hacía rato que no conseguían dar con ningún grupo de rezagados y habían comenzado a impacientarse.
–¿Atacamos ya? –preguntó uno, ajeno al cansancio y ansioso por entregarse nuevamente a la matanza.
Gundebaldo examinó el lugar, a la vez que acariciaba el cuello del caballo que había tomado de entre tantos como habían quedado sin dueño en el campo de batalla.
Se enfrentaban a una veintena de hombres, dispuestos ya alrededor de uno de los edificios, por lo que imaginó que el resto se encontrarían vacíos.
Se mesó el cabello; si no habían tomado los caballos e iniciado la huida hacia el sur de inmediato, debía de haber entre aquellos muros algo de valor, algo que mereciera la pena defender. O eso, o se trataba de una trampa.
Los caballos se revolvían a su alrededor, piafando, nerviosos, pero aún más ansiosos parecían sus hombres por lanzarse a la refriega.
Y, sin embargo, algo le escamaba; algo le decía que la defensa de aquellos hombres sería enconada.
Y él no estaba dispuesto a perder la vida o arriesgar las de quienes lo seguían en aquel remoto lugar tras haber sobrevivido a la mayor batalla que hubiera podido imaginar.
–No, aguardad –ordenó al fin–. Rodead el edificio y prendedle fuego. Comenzad por el tejado. Esperaremos a que sean ellos quienes vengan a nuestros brazos. No tardarán mucho tiempo en hacerlo.
El guerrero que había hablado compuso un gesto de sorpresa, sin poder disimular su decepción; pero el que se encontraba a su lado se echó a reír, divertido, y se volvió hacia sus compañeros.
–¿Quién quiere romano estofado para cenar? –gritó, enarbolando su lanza.
* * *
Las murallas de Adrianópolis se dibujaron en la lejanía cuando el sol apenas representaba una línea en el horizonte.
Nepociano soltó un suspiro. El abrigo de la noche les ofrecería, al fin, un respiro; aquel que no les habían dado sus perseguidores desde que abandonaran el campo de batalla.
Sólo el haber permanecido unidos les había permitido llegar con vida hasta allí.
Quienes se habían quedado rezagados a lo largo de las millas recorridas desde la colina no podrían contarlo al despuntar el nuevo día, pues los bárbaros, en una persecución implacable, seguían saciando su sed de venganza en una orgía de sangre que no parecía tener final.
El tribuno movía los pies de forma inconsciente, nervioso.
Escuchaba en su mente una y otra vez la voz de Trebonio, como durante buena parte de la retirada, marcando el paso y avisando a sus compañeros de lo que se encontrarían delante.
Sin embargo, Trebonio ya no estaba entre ellos.
El centenario había sido herido durante la batalla, pero Nepociano no se dio cuenta hasta mucho después.
Para entonces, la pérdida de sangre había sido tal que el veterano, lívido, no era capaz de dar un paso más.
Cargaron con él durante varias millas, como con otros heridos, pero, poco antes de vislumbrar las defensas de la ciudad, había dejado de respirar.
Y no habían tenido más remedio que dejar atrás su cuerpo insepulto, con la promesa de regresar a por él al día siguiente o en cuanto fuera posible.
Aunque, en realidad, lo más probable era que no la pudieran cumplir.
Era ya noche cerrada cuando traspasaron los muros de Adrianópolis.
El silencio que imperaba en la ciudad parecía irreal, pues apenas se escuchaban los ladridos de los perros o el crepitar de las grandes hogueras.
No había risas, tampoco voces. Todos debían conocer ya la debacle sufrida por Valente, pues los caminos de ronda se veían ocupados por auxiliares y legionarios, así como también por los servidores de las máquinas de guerra.
La ciudad casi parecía estar bajo asedio.
Y tal cosa, ciertamente, podía no tardar en ocurrir.
Los últimos legionarios de la I Adiutrix ayudaron a cerrar las pesadas puertas y se tumbaron allí mismo, extenuados.
La guarnición de la ciudad los observaba con el temor dibujado en sus rostros.
Al alba, formaban parte de un ejército formidable, pero ahora sólo habían regresado algunos centenares de combatientes dispersos, agotados, derrotados.
Y, por lo que parecía, la pesadilla estaba lejos de terminar.
Cayo Nepociano se dirigió al primero de los auxiliares que se acercó hasta él con una manta y un pellejo de vino.
–¿Quién comanda la guarnición? ¿El emperador? –Su voz resonó en el patio, y todos los centinelas del camino de ronda se volvieron hacia él.
El auxiliar, un bisoño oriundo de Armenia, miró al tribuno sin poder ocultar la impresión que le causaba su deplorable estampa.
Antes de que pudiera responder, una voz poderosa como el trueno se escuchó cerca de la puerta.
Era una voz que parecía habituada a ser obedecida, con un peculiar acento extranjero.
Poco tardó en hacerse ver el ibero Bacurio, rodeado por varios de los suyos y algunos protectores.
Feliz de verlo con vida, Nepociano apartó al auxiliar y renqueó hacia el príncipe.
–Mi señor Bacurio, soy Cayo Nepociano, tribuno de la I Adiutrix.
–El ibero lo observó con perplejidad, pues, para él, todos los romanos eran iguales.
Al momento, alguien a su espalda le susurró algo al oído.
En aquella oscuridad, Nepociano únicamente pudo distinguir que se trataba de un joven ataviado con el atuendo de los protectores–.
Estuve con el general Víctor y con Flavio Constancio en la ciudad, mi señor, tras ser enviado por el augusto Graciano.
Debemos partir en su busca. Sólo él puede salvarnos.
El emperador Valente debe recurrir a su sobrino; tiene que entender que es su única oportunidad –continuó hablando atropelladamente.
Bacurio asintió y esbozó una sonrisa cansada.
Desde luego, ese hombre no sería el mensajero más rápido que pudiera enviar al oeste, pero no le faltaban agallas.
Y con ese pensamiento en la cabeza, por primera vez en muchas horas, sintió que no todo había terminado.
Con hombres como aquél y la impresionante disposición de la maquinaria de guerra que Valente había dispuesto en las fortificaciones los días previos, tal vez la ciudad pudiera resistir el ataque que esperaban.
Además, tenían víveres en abundancia, pues los almacenes estaban repletos; suficientes como para mantener alimentados a más de treinta mil hombres.
Los bárbaros eran indisciplinados y desconocían el arte de las máquinas de guerra y la toma de muros tan altos y recios como los de Adrianópolis.
Si podía reunir los hombres suficientes para defender el perímetro, los rechazarían una y otra vez hasta que llegara el augusto Graciano.
–Celebro tu regreso, tribuno. Descansa ahora, pues no creo que nos ataquen por el momento.
Esperarán al alba, ya que esta noche tienen mucho que celebrar y muchos rezagados a los que cortar el cuello.
En tres horas os quiero ver sobre la muralla dispuestos para la lucha.
En cuanto a tu emperador, puedes estar tranquilo: Víctor ha partido ya hacia el oeste en su busca.
Estamos en sus manos o, como a él le gusta decir, en las de su dios.
Hizo un gesto al joven que le había hablado y se volvió para continuar la ronda. Debía hacer recuento de los hombres con los que contaría para la defensa de Adrianópolis.
–Me alegro de teneros de nuevo con nosotros, tribuno –dijo Flavio Estilicón, situándose junto a un sorprendido Nepociano, a la vez que le hacía una seña para que lo siguiera.
–Me alegra verte aquí, muchacho. –Avanzaron algunos pasos en la oscuridad hasta que Nepociano se atrevió a formular la pregunta que rondaba por su mente–: ¿Dónde está tu padre?
* * *
Palaco, con muchos otros prisioneros, había sido conducido hasta una especie de corral en lo alto de la colina.
Por el camino, había recibido todo tipo de insultos, le habían arrojado piedras, verduras, maderos, incluso tierra; cualquier cosa que encontraran a mano los centenares de mujeres y niños que flanqueaban el sendero.
Los animales que debían haber ocupado aquella cerca andaban ahora libres por los alrededores, y dentro sólo había algunos otros supervivientes del ejército imperial.
Pudo reconocer los uniformes de prácticamente todas las unidades que habían compuesto el orgulloso ejército de Valente; todos, salvo aquellos árabes que servían a Víctor, de los que pronto supo que aquellos godos y sus aliados se habían propuesto no dejar uno con vida.
Había allí auxiliares iberos, francos, burgundios, isaurios, armenios, legionarios, clibanarios y también protectores.
Todos con expresiones amargas y la mayoría heridos, pero sólo unos cuantos de consideración.