La frontera de piedra Capítulo XXXII #4
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Capítulo XXXII #4

–Todo lo que nazca de esta zorra está maldito, como ella misma.

Apártate de ella, Safrax, olvídala, entiérrala, si es lo que quieres, pero apártate de ella y empieza una nueva vida lejos de este demonio.

Si no lo haces, tú mismo sufrirás las consecuencias –bramó Alateo, con los ojos inyectados en sangre.

La cabeza de Safrax daba vueltas. El horror de la batalla no era nada en comparación con lo que sentía en ese instante.

Frente a él, Alateo empuñaba su espada, y sabía que no podría retenerlo durante mucho más tiempo sin emplear la fuerza, lo que, en aquel estado de excitación, podría tener consecuencias terribles.

Amage suspiró y se adelantó para colocarse entre los dos hombres.

–Hilduara ha emitido su propia sentencia, nadie más que ella.

Debe morir, pues no ha matado únicamente a un buen hombre como Zandipo, sino también a un niño indefenso que, además, era rey entre los suyos.

Safrax, entiendo tu dolor, pero no hay nada que puedas hacer para salvarla.

En cuanto a ti, Alateo, tu hijo vive, y debes dar gracias por ello, a tus dioses y a la memoria de Zandipo.

–¡Mataré a su verdugo! No se me ocurre mejor manera de honrar la memoria de este anciano.

Safrax, incapaz de razonar, sintió que se hundía en un pozo del que no sabía salir. Miró a la mujer a los ojos, y ella le devolvió una sonrisa cansada. «¿Por qué?», le preguntó en silencio.

–He sido yo, a través de los dioses, la que os ha entregado la victoria hoy –afirmó Hilduara arrastrando las palabras.

–¡Los dioses no quieren sacrificios de niños indefensos! Ellos acompañan a los guerreros y premian su valor –protestó Amage.

–Mis dioses demandan lo más preciado para otorgar sus dones –replicó Hilduara.

–¡Estás loca! –exclamó Alateo.

–¿Lo estoy? Tú conoces bien la historia, hermano.

Sacrificios de reyes, de hijos de reyes, cuando nuestro pueblo ha estado en peligro.

No estoy loca. Alguien debía tener el valor de hacerlo, y salvar así a nuestras gentes.

He hablado con los dioses, he escuchado las señales y he hecho lo que debía hacerse.

Si vuestras armas se han impuesto hoy, ha sido gracias a mí: yo he sido el instrumento de los dioses, de los verdaderos dioses, que han triunfado sobre el débil dios de nuestros enemigos.

Amage hizo una seña a Caina y a Baddo para que se marcharan y se llevaran a Tulga y a Gosvinta de allí, pues bastante habían visto ya los pequeños.

–Hilduara... –la llamó Safrax.

Pero ella había dejado de mirarlo. Nada obtendría de él; en el fondo, era débil, por mucho que ella hubiera deseado lo contrario. Safrax no escuchaba a los viejos dioses y no ambicionaba el poder. «Ojalá lo hubiera aceptado antes para separar nuestros caminos a tiempo», pensó.

–No os atreváis a tocarme o la ira de Woden caerá sobre vosotros. ¡Los dioses maldecirán al que ose ponerme la mano encima! –exclamó.

Al otro lado de la tienda, Ragnahilda continuaba profiriendo gritos, animando a su marido a acabar con ella. Sin embargo, la mano de Alateo se estremeció sobre la empuñadura. Los ojos de su hermana se clavaban en los suyos, desafiantes, llenos de ira, locura, miedo y desprecio a partes iguales.

–Nunca creí compartir agua, sombra y alimento con alguien como tú –Amage escupió sus palabras con voz firme–; alguien capaz de auspiciar un sacrificio tan cruel sobre un niño indefenso.

Creo que la única justicia posible es arrancarte la vida, y es lo que defenderé ante quien sea preciso.

Sin embargo, no deseo contrariar a tus dioses –se volvió hacia Alateo–.

¿Hay sacerdotes entre los vuestros? ¿Alguien que pueda juzgarla y dictar su condena?

–Matad a ese monstruo –lloriqueó Ragnahilda–. ¡Matadla!

Alateo ignoró a su mujer. Quizás Amage tuviera razón y correspondía a los más ancianos y sabios tomar una decisión sobre el futuro de su hermana.

Y, si el castigo quedaba en sus manos, también Safrax tendría que aceptarlo y no le guardaría rencor por la muerte de la mujer a la que tanto parecía amar y de la criatura que ésta portaba en su vientre.

–Hablaré con los mayores. Ellos sabrán qué hacer –respondió al fin.

–Está bien, pues que sean ellos quienes decidan su suerte. Reúnelos, Alateo, y que se pronuncien antes del alba. De esta manera, su castigo contará con el beneplácito de esos dioses a los que asegura honrar, y no incurriremos en ofensa alguna contra ellos.

Alateo envainó la espada. Miró nuevamente a su hermana, en cuyos ojos no parecía quedar atisbo de cordura.

La señaló un momento con el dedo, pero se sintió incapaz de dirigirse a ella.

Acto seguido, dio un paso atrás, y Ragnahilda gritó, furiosa e incrédula, pero un gesto de su mano fue suficiente para que cerrara la boca.

–Así sea, que sean los ancianos quienes decidan.

Pero, hasta entonces, no la escuchéis, no la miréis.

¡Su voz es pura ponzoña! –advirtió, a la vez que escupía hacia el rostro de su hermana–.

Mis hombres custodiarán este lugar hasta el alba.

Llegado el sol del nuevo día, si los dioses así lo quieren, será mi espada la que segará su vida, y ése sí será un sacrificio digno.