La frontera de piedra Capítulo XXXII #3
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Capítulo XXXII #3

–Ese hechicero malnacido ha tenido el final que merecía –repuso Amage, sintiendo la boca pastosa y la lengua aletargada. No deseaba ser ella quien le diera la peor noticia, aquella que su nieto aún no conocía, pero no tenía más remedio–. Pero aún hay alguien que debe pagar por ello.

–No le hagas caso, Safrax. ¡No la escuches! –exclamó Hilduara, alargando los brazos hacia él con expresión suplicante. Pero se apartó al momento bruscamente, al ver que Amage blandía el cuchillo frente a ella–. Lo hice por nosotros, Safrax; por nuestro hijo.

–Cállate –repuso Amage con voz dura, antes de escupir a sus pies.

Safrax las miró sin entender. A su espalda, consciente por fin de lo que sucedía, Alateo había desenvainado su espada y se acercaba a ellos con paso firme y expresión amenazadora.

–¿Qué le has hecho a mi hijo, maldita bruja? –bramó el greutungo, fuera de sí.

Amage pidió con un gesto a Alateo que apartara la espada, pero ni así se atrevió a dar la espalda a Hilduara, por mucho que la creyera desarmada.

–El muchacho se pondrá bien, Alateo, tan sólo duerme –sentenció Amage, pues ya había comprobado la naturaleza del bebedizo que los pequeños habían ingerido al inicio del ritual.

A continuación, extendió la mano libre hacia el cuerpo ensangrentado que se encontraba a la espalda de Hilduara y cuyo contorno, hasta entonces, había ocultado de la vista de los dos hombres–.

Tu hijo ha tenido la suerte de que Zandipo apareciera antes de que llegara su turno, no como tu protegido.

Sólo entonces Safrax vio aquello que hasta el momento ocultaba el cuerpo de su amada.

De repente, el pequeño cuerpo abierto en canal y la maraña de vísceras le provocaron arcadas.

Él había quitado vidas, había torturado a hombres para desatar el miedo entre sus enemigos, había encontrado placer en la sangre cuando había necesitado venganza.

Pero aquello había sido parte de una batalla, donde la vida de su adversario no valía nada si el precio era perder la propia.

Viterico, por contra, era un niño inocente, y la visión de su cuerpo martirizado lo horrorizó.

–Hilduara..., ¿qué has hecho? –susurró el alano.

Alateo, completamente fuera de sí, apartó a Safrax de un empujón y apuntó con su espada a la mujer, aunque Amage continuara entre ambos.

–Como tú hayas tenido algo que ver, maldita zorra enloquecida, juro por los dioses que yo mismo te arrancaré la piel a tiras, aunque seas la única familia que me queda –bramó el greutungo.

Safrax miraba a Hilduara con incredulidad, y aquélla sólo parecía tener ojos para él, pues sabía que era el único del que podía esperar clemencia.

–Lo hice por nuestro hijo, Safrax, por nosotros –insistió, con lágrimas en los ojos.

–¿Qué has hecho? –repitió él, súbitamente sin fuerzas.

Pero no llegó a responder, pues Amage tomó la palabra:

–Unir su destino al de ese maldito hechicero y su magia diabólica, entregarle a dos niños inocentes para sus artes oscuras. Lo que ves ante ti no es una mujer, Safrax; es un demonio –sentenció.

–¡Asesina! ¡Ibas a matar también a mi hijo! –aulló Alateo, ahora sí apartando a Amage sin miramientos, lo que hizo que Safrax se recompusiera y agarrara el brazo con el que su amigo blandía la espada.

–¿Y Zandipo? –preguntó, como implorando una respuesta diferente a la que temía escuchar.

–Ella fue quien lo mató, Safrax. –Fue Caina quien respondió esta vez, con voz temblorosa–. ¡Yo la vi hacerlo, lo vi todo! Zandipo luchaba con el huno, y había logrado apuñalarlo cuando Hilduara lo atacó a traición.

Safrax sintió que el mismo puñal que había acabado con la vida de su viejo amigo penetraba en su carne una y otra vez.

–Todo fue por nosotros, por nuestro hijo, por la victoria... –insistió Hilduara, estallando en un torrente de lágrimas.

–¿Por la victoria? –gritó Alateo, forcejeando por soltarse del agarre de Safrax–. ¡Eres una víbora, hermana! ¡Una perra rabiosa! Estás loca, y vas a morir. ¡Suéltame! –se volvió a Safrax con la mirada enajenada.

Pero Safrax no podía hacerlo. Aquella mujer era culpable de un crimen, de uno de los peores que pudieran imaginarse, el de acabar con la vida de un niño indefenso. Pero también llevaba a su hijo en sus entrañas. Y la quería.

–¡Mátala, mátala! –Ragnahilda jaleó a su marido a su espalda, y, a medida que sus gritos se volvían más estridentes, más fuerza tenía que hacer Safrax para contener a su amigo.

Alateo lo empujó entonces con mayor ímpetu aún, y Safrax retrocedió unos pasos. En ese momento, con el rostro contraído y la mirada llena de ira, el greutungo parecía estar de nuevo en lo más crudo del combate.

Safrax, sin embargo, lo miró con actitud implorante.

No sabía qué hacer: no quería enfrentarse al hombre con el que había luchado hombro con hombro durante tres años, al que había unido su destino para unir a su vez a dos pueblos; pero tampoco podía acabar con la vida de la mujer con la que había compartido tanto.

–Apártate –le espetó Alateo, apretando los dientes en su esfuerzo por serenarse.

–Lleva un hijo en sus entrañas. ¡Mi hijo! –se desesperó el alano.

Amage agachó la cabeza. Aquélla era una decisión difícil para Safrax, para todos; pero no podía quedar así o supondría el fin de la amistad que había unido a ambos pueblos y que, al menos hasta ese día, había supuesto su salvación.